Ainda pulsa (¡aquella música sigue viva!). Vuelve el Beat Show


Por Edh Rodríguez

1967 fue un año crucial para la cultura popular de occidente. El Sgt. Pepper’s de los Beatles, el debut de Pink Floyd, el Are you experienced de Hendrix. Por estas tierras la mezcla de ritmos beat —término que, de hecho, engloba todo lo venido del mundo del rock and roll, el pop y sus derivas— con ritmos latinos —sobre todo la bossa que vivía su esplendor en Brasil— y el candombe, dio lugar a ciertos cócteles exquisitos.

A cincuenta años de distancia, y teniendo en cuenta sus carreras y su influencia, un grupo en el que conviven Mateo, Rada, Urbano, Ale Cambón, Luis Sosa y en ocasiones Chichito Cabral y Lobito Lagarde, suena a dream team. Como tener a John, Paul, George y Ringo en tu banda. Eso fue El Kinto: un caldero burbujeante de influencias del rock, el blues, el jazz, los ritmos cubanos y brasileños, el candombe.

Lo más interesante de la contracultura, reelaborada en la Montevideo agitada de 1967, 68, 69, con canciones propias, escritas y cantadas en español. Con ellos, el rock de este lado del Plata aprendió a cantar en criollo, titubeando entre el vos y el tú, tomando posición frente al estado de las cosas, metiendo una polenta demoledora de power trío, arreglada tímbricamente como las delicias del latin jazz o la bossa, y ¡con tumbadoras! Recién en 1969 Woodstock se maravilló ante la presencia de percusión en la banda de un joven Carlos Santana.

Las grabaciones de El Kinto, hechas en analógicos de dos canales, o para los playbacks de Discódromo recién serían reunidas en un LP en 1977. Mientras en Londres estallaba el punk de Pistols y Clash, centrados en la ira y la energía, lejos de armonías y arreglos delicados, aquí en un país vaciado de música y cultura por la dictadura, alguien lograba reunir y editar grabaciones que más parecían material de documental que negocio exitoso. Un disco cercano a un rock que fuera cercenado, y que sólo emergió años después, más cercano al Londres del 77 que al Montevideo del 68.

¿Cómo ocurrió esto? La única explicación que se me ocurre es que la música de aquellas grabación estaba viva. Está viva: respira, se agita, sacude las paredes que quieran guardarla. Tal vez por ello, el ciclo de 30 años de música uruguaya dedicó un CD a las grabaciones del grupo.

Tan viva está que atraviesa el tiempo, y 50 años después, en otras voces, en otros instrumentos, vuelve a sonar, y vuelve a hacerlo con un beat increíble; al menos por cómo se oía y se vivía ayer nomás en uno de los ensayos previos al cuarto show en la sala Camacuá.

En la casona, la banda ensaya. El bajo de Andrés Wells lleva el pulso de un sonido envolvente. A su lado Andrés Arrillaga en la batería pasa sin solución de continuidad de las escobillas y toque sincopado del jazz a la potente energía de un rock demoledor.

Federico Mujica en la guitarra eléctrica hace fluir escalas en las que no hay notas ni silencios que sobren. Deja respirar las notas cuando la canción lo pide, y algo del sonido de ayer fuerza a evocar el sonido de Wes Montgomery en los 60. Nazareno Azcani en accesorios de percusión colorea y se divierte. Ernesto Díaz, artiguense y compositor exquisito, se viste de obrero de ritmo frente a dos tumbadoras, toma la voz principal y hace coros; otro reconocido compositor como Fernando Ulivi le pone su inconfundible voz a buena parte de los temas, mientras su guitarra electroacústica dibuja la melodía encima del caldo rítmico y vibrante que los demás sostienen con un paso relajado sin llegar a ser cansino. Las canciones suenan y se ven frondosas sin que haya excesos. Eso es genialidad: hacer que algo complejo suene simple.

El repertorio del ensayo es el Circa 68, mientras un fuego discreto deja llover brasas bajo una parrilla que lentamente hace brotar un asado de lo que eran trozos de carne cruda hace una hora. En medio de los músicos, divertido, respetuoso de los tiempos de todos, gozando con todo el cuerpo, Edú Lombardo lleva la batuta. Dirige a estos cinco músicos con gracia, marcando arreglos, sugiriendo, preguntando.

Este último show tendrá al Pitufo como invitado, y entre amigos, el invitado es uno más, nunca una visita. De la misma manera que Dino, que viene para el último ensayo antes del 9, es uno más de la casa. Como siempre. No saben qué ni cuánto cantará: «qué se yo, entre una y doce canciones… andá a saber», pero sí saben que tienen con qué acompañar a quien fuera parte de la movida hace cinco décadas.

Eso es lo que se ve en un ensayo previo al cuarto Circa 68: cinco amigos de enorme talento, gozándose con la misma música que escuchaban cuando tenían 15. Una colección de canciones que vivitas y coleando se dejan filtrar por su lectura. Una música tan ancha como el Río de la Plata, que va desde la delicadeza de Mateo a la fuerza blusera que no radica en el volumen o la distorsión sino en la intensidad con que pulsa desde las cuerdas del bajo, las escalas de las guitarras o el beat de mil tambores que alimentan la noche espantando la oscuridad.

Algo de todo eso, con el Pitufo y con Dino, volverá a latir en la Camacuá este 9 de noviembre.

Fotografías de Tocho Ribeiro

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