25 años de “Bleu”: cine con sentimientos

Por Martín Imer


El 8 de septiembre de 1993 (hace ya 25 años) el público francés conoció  Bleu del director polaco Krzysztof Kieslowski. La realización sería la primera de una trilogía conocida como “Tres colores” en las que cada una tocaría uno de los siguientes temas: LIBERTAD, IGUALDAD y FRATERNIDAD. Protagonizada por la reconocida Juliette Binoche, la película – que aquí llegó con un año de retraso – fue un modesto éxito con más de 1 millón de espectadores en su país de origen y logró un éxito internacional de crítica convirtiéndose en una de las obras más celebradas del autor. Pero para entender el impacto de esta obra y la importancia de tenerla constantemente presente al hablar de cine, hay que hacer un leve repaso a la vida y obra del director.

KIESLOWSKI, EL GRAN HUMANISTA

Nacido en Varsovia en 1941, Kieslowski tuvo una infancia normal post-guerra en una familia de clase media. En 1957 comenzó a estudiar cine y teatro, decantándose luego por el cine y comenzando a realizar documentales. Desde sus inicios había un tema profundamente presente en su obra: el hombre, sus problemas terrenales, conflictos de cada día mínimos o morales los cuales incluso le trajeron problemas con las autoridades y la censura. Finalmente el primer gran hito en la carrera del realizador se produjo con DEKALOG (El decálogo), una serie televisiva de historias separadas basadas directamente en los Diez Mandamientos, pero vistos desde un punto de vista teológico pero nada ortodoxo. Luego le siguieron cuatro films que lo convirtieron en la leyenda que es hoy: La doble vida de Verónica y la trilogía Tres colores.

En las obras de Kieslowski se observa un enorme interés en el ser humano y sus problemas, sin hallarse juicios de ningún tipo, con una cámara contemplativa e íntima pero sin hostilidades; casi con una compasión enternecedora que desnuda al espectador de todas sus barreras.  Lamentablemente falleció a los 54 años en 1996, pocos tiempo después de terminar la trilogía y si bien anunciaba un retiro del cine, luego sus colaboradores comentaron en distintas entrevistas que éste ya se encontraba con ideas para realizar un nuevo trío de películas, esta vez sobre La divina comedia: Infierno, Purgatorio y Paraíso. Ver una película de este director se transforma sutilmente en una experiencia arrolladora en la que no existen intermediarios entre lo que ocurre en pantalla y el público: todo es real, se siente, se vive, y no hay un ejemplo más radical que con Bleu, película que explora a fondo los chocantes y contradictorios sentimientos humanos ante una inexplicable y cruel pérdida.

¿Qué tipo de libertad?

“BLEU es libertad, la historia del precio que pagamos por ello. ¿Cómo somos realmente libres?”
Esta frase del director podría resumir a la perfección la trama del film. Julie viaja con su marido, un célebre compositor, y su hija en el auto cuando tienen un fatal accidente del cual ella resulta la única sobreviviente. Luego de algunos días la mujer parece encontrarse totalmente desconectada de su alrededor, y en una suerte de actos en apariencia impulsivos escapa de todo aquello que la conecta con su anterior vida familiar: se muda, deja de ver a los amigos de la pareja (aunque comienza una suerte de romance con el mejor amigo del difunto) y se abandona a su suerte, encontrando en el camino una serie de personajes que comienzan, indirectamente, a reconectarla con la realidad. Como estudio de personaje, Bleu es fantástica y a su vez bastante compleja a la hora de verla por primera vez. Julie desde el primer momento parece de otra galaxia, vagando por el mundo con una frialdad que en otras manos podría haber resultado hasta simplemente desagradable: construye paredes, se aísla, no llora (incluso los trabajadores de su casa parecen tener más sentimientos que ella) y recién cuando esta alienación se completa, teniendo una relación sexual con el amigo de su esposo y luego abandonándolo es que comienza la verdadera libertad, totalmente desatada, desbordante, que se refleja con ese instante en el que ella arrastra los dedos contra una pared mientras camina rápidamente, lastimándose. Esa búsqueda de sensaciones parece también ser un motor para ella, tratando de buscar ya no respuestas sino el camino para seguir sin tener todo el peso del duelo arriba.

La libertad total sin embargo parece tener una contraparte en el individualismo y casi podría decirse que el egoísmo: se puede observar que por momentos la protagonista se encuentra tan alejada de la realidad que no puede ver cosas relevantes a su alrededor (la escena en un bar donde se aprecia de fondo un montón de manifestantes) o incluso pequeños eventos como uno que en las posteriores películas volvería a ocurrir con distintos resultados (la anciana tratando de tirar una botella en el contenedor de basura: hecho que aquí es totalmente ignorado por Binoche, sólo visto a la distancia por Zbigniew Zamachowski – protagonista de Blanc – pero evitando el acercamiento y finalmente abordado por Irene Jacob en Rouge, que decide ayudarla).En el guion también hay pruebas irrefutables del humanismo del realizador, ya desde el primer momento: un joven que es testigo del accidente corre para ayudarlos, quedando muy marcado por el hecho y en cierta forma, hasta ligado a él (representado gráficamente por un collar con mucho significado). La compasión de una enfermera hacia un intento de suicidio, la insistencia de su nuevo amante para abrirse camino entre esas barreras emocionales o el acercamiento entre la protagonista y una curiosa amiga en el edificio son algunas otras señales más que podrían acercarnos a la idea más importante que quiere dejar Kieslowski: sólo el contacto humano y la interacción con otros pueden aliviar totalmente el dolor.

EL COLOR DE LA TRISTEZA

El lector seguramente se estará preguntando que tiene que ver precisamente el azul con la trama. Pues bien, resulta que en la película este color está continuamente presente en casi todos los fotogramas, pero con significados bastante distintos en cada uno, aunque resaltan siempre la tristeza y la melancolía. El azul es frialdad en un principio, en la carretera, y luego pasa a representar un estado de ánimo, un pensamiento, un sentimiento, una premonición o incluso un símbolo al que aferrarse, como el cuarto de la hija totalmente azul. Mi utilización personal favorita del color es en los momentos en los que aparece fugazmente como un destello reflejado en la cara de la protagonista, de repente, como encontrándola luego de una larga persecución para hacerla enfrentar a sus recuerdos del pasado.

Con esto se abre una especie de juego de llevar al personaje al límite de la corrección, terminando en una explosión verbal (no un insulto, pero una frase hiriente o extremadamente cortante) seguida de un fugaz corte a negro y un estallido musical que logra tener un marcado efecto en el público. El azul está tan presente en cada escena que nos transporta íntimamente al mundo interior de la protagonista, una auténtica prueba de fuego para la actriz que además es constantemente filmada en primerísimos planos que la dejan totalmente expuesta y de la cual sale muy bien parada.

Sin embargo es preciso detallar que, a pesar de que constantemente se menciona a la tristeza e incluso parte de un hecho trágico y traumático, el film siempre se mantiene en una línea dramática firme y contenida, sin caer en golpes bajos ni sensibilidad barata: aquí los estallidos mencionados son los únicos momentos donde el guion recurre a una exteriorización agresiva de los pensamientos profundos del personaje. Con un contenido de este tipo el intento por hacer lo más hermético posible el drama es meritorio y se agradece; por esto mismo la utilización del color es aún más notoria e importante: nos marca lo que está ocurriendo sin necesidad de decirlo o subrayarlo, simplemente se deja ver en el fondo y toma fuerza según lo que suceda con los personajes.

SENTIMIENTOS Y HONESTIDAD

Como película, estamos ante una verdadera maravilla. El guion tiene una sencillez y a su vez una profundidad asombrosas; en 90 minutos se crea un mundo externo e interno, ambos con matices, misterios y emocionantes. No sólo eso sino que además en la relativamente corta duración se anima a dejar respirar la trama, con pequeños momentos que no contribuyen al avance de la acción pero simplemente ayudan al público a relajarse, a seguir construyendo esa confianza con la protagonista y entender su dolor a un mayor alcance. Con la excelente fotografía estos momentos se transforman en auténticas obras de arte: Julie tomando un café y viendo como el cubo de azúcar absorbe el líquido es una poesía visual que merece verse en la mejor calidad posible, por más insólito que parezca. También es un logro de Kieslowski como autor la alienación total de la protagonista hacia los demás personajes pero no hacía con el público, dejando un espacio para la identificación y el querer seguirla en su camino. Y no podía haber funcionado tan bien si su protagonista no estuviera tan bien elegida e inspirada como Juliette Binoche, quien aquí tiene un rol consagratorio y sumamente difícil. Incluso su belleza, que parece tan distante, ayuda a la alienación del rol y la continua fascinación que siente el espectador hacia ella. Lo mejor del equipo actoral del film es la honestidad con la que interpretan sus papeles: la forma en la que se expresan, sus gestos y miradas, su cansancio exteriorizado… Todo es una forma de respaldar el realismo de este universo y sin dudas aquí la mano del director brilla sobre sus actores.

LO QUE SIGUE PARA VER

A pesar de que aquí sólo se hace hincapié en la primera parte, las continuaciones de la trilogía son igual de excelentes o mejores aún. Blanc es tal vez un poco menor en comparación gracias a su tono algo más ligero, pero aun así es una ácida exploración de las relaciones y la desigualdad de posición en la pareja, o más precisamente, quien tiene el control sobre el otro. Rouge, el último film (de la trilogía y del realizador) es mi favorita y resulta una obra maestra que refleja totalmente el humanismo del director, haciendo un análisis de las relaciones entre los seres humanos y los cambios profundos que pueden suceder en una persona solitaria ante la llegada de otro ser. Si bien cada una funciona de forma individual, verlas en conjunto resulta un placer agregado, especialmente debido a las conexiones sutiles (aunque algunas no tanto) que comienzan a aparecer entre ellas.

Este curioso efecto de unión, que también dejo ver en El decálogo, resulta la base del cine de este maravilloso cineasta y un mensaje que día a día se hace cada vez más necesario: necesitamos la conexión humana como seres sociales que somos: es a través de ella que podemos sanar, amar, descubrir y en definitiva sobrevivir. Preocuparse, estar presente, incidir en el otro es un acto de vital importancia, ya que, según lo que Kieslowski mostró a través de su obra, es sólo a través del otro que podemos descubrirnos a nosotros mismos y aferrarnos definitivamente a la vida. A mi esta trilogía, y este realizador me conmueven profundamente y este aniversario es simplemente una forma de volver a tener presente, más que nunca, su imborrable huella en la historia del cine internacional.


 

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