Cine: “Midsommar” y “La música de mi vida” renuevan la cartelera

Viveik Kalra, Nell Williams and Aaron Phagura appear in Blinded by the Light by Gurinder Chadha, an official selection of the Premieres program at the 2019 Sundance Film Festival. Courtesy of Sundance Institute | photo by Nick Wall. All photos are copyrighted and may be used by press only for the purpose of news or editorial coverage of Sundance Institute programs. Photos must be accompanied by a credit to the photographer and/or 'Courtesy of Sundance Institute.' Unauthorized use, alteration, reproduction or sale of logos and/or photos is strictly prohibited.

Por Martín Imer

REBELDÍA Y ROCK

Otra semana, otra película sobre música y se me va haciendo cada vez más difícil el escribir esta pequeña introducción usual sin sonar demasiado repetitivo. La fascinación del público y los realizadores por el mundo de los cantantes y su creación es innegable, haciéndose presente en salas de cine y también en streaming. Si bien sigo buscando la razón de este nuevo fenómeno lo considero interesante, ya que permite la oportunidad de ver como se rebusca cada cineasta para transmitir la misma idea: el impacto del determinado cantante en la sociedad. En esta ocasión llega a salas La música de mi vida utilizando las canciones del conocido estadounidense Bruce Springsteen y basada en el libro autobiográfico de Sarfraz Manzoor, periodista británico.

Manzoor, quien también colaboró en el guion, aquí se cambia el nombre y es Javed, quien trata de seguir sus sueños de escritor dentro del complicado panorama social de Inglaterra en 1987. Los grupos supremacistas comienzan a tener más presencia, algo que para el chico es una pesadilla ya que es hijo de inmigrantes pakistaníes. Y no es lo único que lo tiene preocupado, ya que su padre Malik le obliga a abandonar sus aspiraciones en pos de seguir una vida calculada y organizada, sin ningún tipo de ribete artístico. La única esperanza para Javed de tener una vida mejor es escapando del hogar familiar, algo que por su corta edad aún no puede permitirse hasta que tiene una metafórica respuesta cuando comienza a oír la música del célebre Springsteen. Las letras de esas canciones se relacionan de forma profunda con el sentir del muchacho a tal grado que lo lleva a transformarse por completo, abandonando la convencionalidad de su entorno y decidido a seguir la “filosofía” que profesan los temas de su nuevo ídolo, algo que obviamente chocará con las estrictas normas de su padre y el creciente racismo imperante en su ciudad. Para complicar aún más el panorama Malik es despedido de su trabajo por lo que la familia deberá hacer sacrificios importantes para seguir manteniendo la casa, llevando al protagonista a la más dura elección: seguir sus sueños aunque implique desconectarse totalmente de sus familiares o abandonar los estudios en pos de un trabajo que termine consumiendo su vida.

Gurinder Chadha, realizadora de la conocida Jugando con el destino vuelve a abordar la temática del choque cultural en Inglaterra aunque de forma diferente: mientras en esa la protagonista quería jugar al fútbol aquí el muchacho quiere ser escritor a la vez que tiene una influencia importante del famoso cantante. El resultado es una comedia dramática simpática y emotiva, que incentiva la rebeldía en el mejor de los sentidos: una que libera a la persona de sus ataduras pero con un fin mayor de cambio positivo en los demás. Incluso en lo narrativo Chadha se encuentra aquí mucho más madura que antes, ya que sin renunciar a los montajes con presencia musical o una construcción del arco dramático convencional logra aportarle identidad al conjunto haciendo que los personajes tengan cosas para decir y no sean simples caricaturas y muestren sus ambivalencias al público gracias a una mirada comprensiva detrás de cámaras, que no hace juicios. Además le suma el componente musical, que aparte de que es muy bueno le otorga a la película una bienvenida seriedad, otra forma de transmitir las emociones deseadas. La puesta en escena es ingeniosa en este apartado, ya que juega muy bien con las letras en pantalla y ciertas imágenes que se sobreponen creando efectos visuales interesantes. Por supuesto que no escapa a las fallas, especialmente cuando en el tercer acto decide subrayar todos los puntos que quiso abordar con tendencia al final feliz, destacando una toma final que no era necesaria. Siguiendo con los involucrados, el protagonista Viveik Kalra está bastante bien en el rol protagónico, transmitiendo la angustia existencial de un adolescente que aún no sabe cómo decirle a su familia quien quiere ser. Si bien en algunos momentos parece inclinarse un poco a la sobreactuación su Javed tiene humanidad y fuerza, creando una inmediata empatía en el espectador.

Pero lo que es más interesante de La música de mi vida es como maneja el apartado musical, integrándolo de una forma muy fluida pero también casi en una línea secundaria. Si bien la música de El jefe suena a lo largo del metraje teniendo mucha importancia el mayor interés es la relación padre-hijo en medio de un escenario cada vez más discriminatorio, algo que está bien interpretado por los actores los cuales alimentan una tensión creciente y creíble, algo fundamental para que lo demás funcione. A diferencia de otras películas en donde se abordaba la obra y no el cantante aquí también es bueno destacar que el enfoque no va tanto hacia el destaque de las canciones sino a cómo éstas van alterando al oyente, como influyen en la vida del que las escucha. Se trata de una mirada humanizante hacia la creación del artista, orgánica, en donde se estudia el efecto antes que la causa, haciendo que el conjunto tenga bastante originalidad a pesar de sus formas convencionales. No se trata, de todas formas, de un análisis intelectual sobre la influencia musical en el consumidor pero es valioso, ya que de esa forma permite que exista una conexión entre el espectador y la película apelando a una sensación universal pero también íntima: el diálogo entre uno mismo y lo que escucha, la razón por la cual conectamos con un estilo particular de música y el sentimiento de cercanía que tenemos con ella.

No hay que ser fan de Bruce Springsteen para entender de qué habla esta película, tanto en lo musical como en lo humano. En el primer apartado es una carta de amor pero no solo al cantante sino a la música en general y la importancia de ella en nuestras vidas; en lo segundo es una historia sobre romper con el legado (pero no con la familia) que además toca temas de bastante atemporalidad como la discriminación y la aceptación personal. En ambos sale bastante bien parada ya que si bien el abordaje es liviano lo compensa con una visible honestidad sobre el mundo que retrata, logrando que el público salga de la sala con una sonrisa.

LA MÚSICA DE MI VIDA (Blinded by the light, Reino Unido/EE.UU, 2019) Dirección: Gurinder Chadha. Guion: Paul Mayeda Berges, Gurinder Chadha, Sarfraz Manzoor. Música: A.R. Rahman. Fotografía: Ben Smithard. Montaje: Justin Krish. Con Viveik Kalra, Kulvinder Ghir, Meera Ganatra, Aaron Phagura, Hayley Atwell.

 

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UNA CELEBRACIÓN PERVERSA

En el panorama cada vez más gris del cine moderno, y especialmente relacionado con el género del terror, cuesta encontrarse con películas verdaderamente valiosas. Con esto me refiero a producciones que no vayan simplemente por el dinero de los espectadores descuidando todo lo demás sino que también pretendan ofrecer un producto serio y elaborado, con imaginación, ideas frescas o algún giro interesante a planteos ya vistos que creen la ilusión de que se está haciendo algo nuevo. El año pasado, el debutante Ari Aster lo había logrado con El legado del diablo, un notable y atmosférico film que contenía una historia bastante vista (los fantasmas rodeando una familia) pero abordada de una forma bastante creativa, apostando a una fotografía austera y elegante, silencios pronunciados de imborrable efecto en la platea y unos actores estupendos que lograban darle vida al material. Era realmente una sorpresa y una alegría que se sumaba a un tipo de cine independiente de género y también de autor, a pesar de que fuera una ópera prima. Por lo tanto este segundo film, Midsommar – el terror no espera la noche era muy esperado por todos los que habíamos encontrado en El legado… una esperanza: un director que no temía combinar géneros para encontrar una voz potente, mezclando terror convencional con un fuerte contexto dramático.

Hay dos sorpresas estilísticas en la película, una en lo visual y otra en lo conceptual. La primera la adelanta el subtitulo local: la ausencia de la oscuridad, tan presente y usada en otras producciones (incluso en el anterior film de Aster) que aquí es reemplazada por una presencia constante de la luz solar, justificada en la trama pero que además sitúa de inmediato al espectador en el entorno que retrata: la idea de ese lugar apartado como un paraíso soleado, un lugar sagrado, en donde todo es expuesto y no existen secretos. En lo conceptual sorprende que no parezca existir en la mente del director la idea de hacer propiamente un film de terror, renunciando a los códigos del género que él mismo había abrazado tan fervientemente. No solo es en el escenario totalmente iluminado que el cineasta marca la diferencia: durante el metraje no se hace uso de las técnicas más clásicas que se suelen ver, como los conocidos – y odiados – jumpscares, o una música invasiva que le diga al público que debe sentir. Tampoco está estructurada como una película de género, ya que si bien estamos acostumbrados al inicio tranquilo, el medio con abundantes sobresaltos y presencia maléfica y la usual batalla contra el mal sobre el final, aquí se apuesta por un ritmo muchísimo más pausado y una gradual presencia siniestra que nunca termina de tomar forma, especialmente porque Aster decide no ser maniqueísta con respecto a sus personajes. Es curioso que esa estructura también invierte el orden de importancia que uno espera en estas producciones: los hechos que el espectador pretende que ocurran en primer plano quedan como subtramas, muchas veces apostando incluso a que eventos terribles y sangrientos ocurran fuera de cámara, mientras que la prioridad la tienen los sucesos que siempre están “para llenar metraje” como la evolución de la pareja protagónica. Esto es muy interesante y es una valentía bienvenida, ya que permite que se desarrolle el tema principal que es, en cierta forma, el mismo que en El legado…: el dolor y la pérdida; las formas en las que ambas nos unen a los otros (sean cercanos o desconocidos) y también nos separan y aíslan como seres humanos.

Esta claro que a este director le interesa hablar particularmente de esas dos poderosas emociones humanas en contextos cinematográficamente insólitos y ve al género como la forma más honesta de retratarlos en pantalla. En la anterior película Toni Colette sufría la pérdida de su madre y esto resonaba en la familia, ya que era en definitiva la que mantenía a todo el grupo contenido. Eso derivaba ocasionalmente en un cuento de fantasmas con ritual satánico incluido, pero ya se observaba que a Aster le interesaba también crear con esa pérdida un tejido emocional endeble entre sus personajes, un dolor profundo que explotaba con rotunda violencia, de la física y también de la verbal, destacando un momento inolvidable en donde la protagonista se desquitaba a los gritos con su hijo en una cena familiar de creciente tensión. En esa escena existía una declaración de intenciones: más allá de que eventualmente o no estos personajes terminaran siendo carne de cañón, a merced de las hordas de espectadores que tan fervientemente esperan sólo sangre en pantalla, tenían personalidad y matices, existía dentro de ellos una historia que necesitaban contar. En Midsommar ocurre algo similar: en los primeros momentos el personaje principal, Dani, es expuesta a una de las tragedias familiares más terribles que se pueden imaginar, un auténtico horror que la destroza emocionalmente. De entrada queda asentado que el duelo es un tema central, pero no sólo se refiere al duelo ante la muerte de un ser querido. Al mismo tiempo su novio, Christian, pretende viajar con sus amigos a Suecia para ser testigos de una celebración de verano en la comunidad natal de uno de ellos. Antes de irse, sin embargo, planea dejarla, pero luego de lo que le sucede a la chica decide invitarla a viajar con ellos, algo que ella acepta por lo que intuimos debe ser una forma de escaparle a los problemas personales.

La pareja claramente está quebrada, y durante toda su primera mitad la película aborda este tema de forma sutil pero constante, mostrando una separación tanto física como emocional a medida que avanzan en el viaje. Toda esta parte está manejada con maestría por parte del director, apoyado en un virtuosismo visual aún más fino que en su anterior film, apostando por una idea distinta: si allí la fotografía usaba las tomas estáticas y los acercamientos para transmitir que se trataba de una especie de casa en miniatura, con los personajes avanzando en un macabro juego como títeres (y Aster siendo el titiritero), acá se trata de una obra de teatro, concretamente una tragedia. El telón se abre en la primera escena y las situaciones van escalando en tensión dramática en muy pocos escenarios, descartando mostrar todo aquello que pasa “detrás de escena”. Cuando llegan a Suecia se encuentran con que la comunidad es muy pacífica y bonita, abierta a estos pocos extranjeros dispuestos a pasar con ellos la festividad del midsommar, pero no pasa mucho tiempo para que las cosas se vuelvan bastante extrañas, ya que estos individuos tienen costumbres sangrientas que pondrán a prueba al grupo de amigos y especialmente la relación de Dani y Christian. Es ahí en donde sucede el segundo duelo que abarca la película: el de una relación de larga data que lentamente va llegando a su fin, retrasado por eventualidades pero ineludible, lo que también genera una dosis adicional de interés en la propuesta, ya que así va creando una columna vertebral potente a base del drama de los personajes, aportando especialmente en el personaje de ella una dosis adicional de profundidad.

También ayuda una inspirada decisión de casting: Florence Pugh es una de las revelaciones más apasionantes de los últimos años en el rubro actoral desde su aclamaba labor en Lady Macbeth y aquí vuelve a demostrar todo su talento y fiereza en un papel que exige una importante dedicación, sobre todo por el exhaustivo trabajo emocional que requiere el personaje. Lo de Pugh es de una intensidad avasallante, ya que también aporta desde los movimientos corporales y sus gestos un componente extra de humanidad que hace que el espectador realmente siga con interés el devenir de Dani, logrando exitosamente que ese duelo que tanto interés genera en el director se vea en su rostro, en su forma de hablar y caminar, y sobre todo que su arco dramático se sienta mas genuino. Es una lástima que Aster no parezca tener el mismo interés en el resto de los personajes, especialmente en el de Chrstian, quien comienza siendo de cierta manera pero luego cambia rotundamente en Suecia, sobre todo para acoplarse a los objetivos de la trama. Lo que en la chica es una progresión esperable y válida en el chico es un retroceso que se hace más y más grotesco, ya que si bien se entiende a donde quiere llegar el realizador con esto no parece ser el mismo que al comienzo. En los otros secundarios es todavía más variante el desarrollo, oscilando entre lo definido y lo caricaturesco con bastantes lugares comunes en el medio. El libreto también se va volviendo un poco más predecible, aunque es cierto que la intención aquí no es sorprender sino ofrecer un viaje onírico y en cierta medida catártico, que a pesar de algunos problemas en su ritmo lo va logrando mientras avanzan los minutos.

Es cierto que carece, de todas formas, de la precisión que se encontraba en El legado del diablo, pero a diferencia de esa en Midsommar – el terror no espera la noche se logra armar una conclusión más en sintonía con el resto del producto, el cual escapa a toda noción de convencionalidad combinando el drama y lo psicodélico con pinceladas de humor seco que sacudirán a la audiencia y referencias no sólo a clásicos (The wicker man, de quien es bastante deudora) sino también a producciones más recientes e impensadas (la remake de The wicker man, con Nicolas Cage, a la cual se le hace una guiñada obvia pero no explícita). Se trata de un producto diferente y asumidamente imperfecto que refuerza las virtudes de su realizador a la vez que lo encuentra tomando nuevos riesgos, algo que siempre es bienvenido incluso con sus errores.

MIDSOMMAR – EL TERROR NO ESPERA LA NOCHE (Midsommar, Estados Unidos/Suecia, 2019) Guion y dirección: Ari Aster. Fotografía: Pawel Pogorzelski. Música: The Hazan Cloak. Montaje: Lucian Johnston. Con Florence Pugh, Jack Reynor, Vilhelm Blomgren, Will Poulter.


 

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