Cine y fuego, una candente relación


Por Amílcar Nochetti (*)

CATEDRAL. El voraz incendio que días atrás asoló a la catedral de Notre Dame estuvo a punto de calcinar hasta los cimientos ese edificio. La rápida acción de los bomberos impidió que la iglesia colapsara, aunque no se pudo evitar el derrumbe del techo y la magnífica aguja gótica. Aún se investigan las causas del siniestro, pero se especula que un cortocircuito pudo haber sido el culpable de un holocausto que ni el odio de Hitler había logrado llevar a cabo. En efecto, la colosal ¿Arde París? de René Clément (1965) comunicaba ya desde su título la duda que asaltaba al Führer en Berlín, pero entre docenas de artistas famosos y múltiples peripecias la película mostraba que la catedral sobrevivió intacta a la barbarie nazi, pese a haber estado repleta de explosivos a la espera de una orden final que llegó de Berlín, pero fue felizmente desoída por el general Choltitz.

Tampoco dañaron al templo las andanzas de Quasimodo, personaje inventado por Víctor Hugo para la novela Notre Dame de París, adaptada al cine como El jorobado de Notre Dame. La historia es por casi todo el mundo conocida. Bajo el reinado de Luis XI, entre 1461 y 1483, tenía lugar el Festival Anual de Tontos, donde se buscaba entre los más tontos y feos del pueblo al rey del año. Quasimodo, un jorobado que vive en lo alto de la catedral de Notre Dame, observa al gentío bailar y divertirse, mientras él se desliza entre las estatuas de la fachada. Por otro lado, una gitana llamada Esmeralda baila en medio de la gran plaza, enamorando al capitán de la guardia y provocando gran tentación pecaminosa en el abad Frollo, que usará a Quasimodo para secuestrarla. Sus planes empero no saldrán como esperaba, provocando una serie de dramáticas aventuras que incluyen romances, turbias pasiones, motines, torturas y un intento de auto de fe.

JOROBADOS. La primera versión (Wallace Worsley, 1923) es un título mítico debido a la portentosa labor de Lon Chaney como Quasimodo: su maquillaje casi de cuerpo entero lo hacen auténtico y creíble, sobre todo cuando se cuelga de las campanas o desciende por la fachada de la catedral.. Destacan también los enormes decorados, con la iglesia de Notre Dame muy bien recreada, demostrando que los sets de algunas producciones mudas de Hollywood eran un trabajo de artesanía monumental, y nada de la infografía digital que impera hoy día. Sin embargo, pese a la estatura mítica del film, siempre ha tenido cosas negativas. La fundamental se detecta a nivel de actuación: Patsy Ruth Miller, que hace el papel de Esmeralda, de sensual y gitana tiene poco y nada, por lo que cuesta creer que produzca un sentimiento de lujuria sobre el abad. El mismo abad (Brandon Hurst) no da la talla y no llega a ganarse el odio del espectador ni transmitir una personalidad torturada por la tentación que Esmeralda ejerce sobre él. Tampoco el soldado del que ella se enamora, Febo (Norman Kerry) convence, y el resultado final se resiente en las escenas íntimas. Aún así, tiene suficientemente interés como para disfrutar de una muy buena fotografía, en la cual se usaron filtros para teñir de azul las escenas de noche, o un color pálido para iluminar los interiores, recordando en este punto a El gabinete del doctor Caligari. Pero son las escenas rodadas en exteriores lo mejor del film, dando un buen toque a la ambientación de la época.

Sin duda alguna la mejor versión jamás filmada es la que William Dieterle rodó en 1939, con una memorable actuación de Charles Laughton. El director alemán radicado en Hollywood recrea de forma melancólica el escenario y los personajes del París del siglo 15, con espléndida dirección artística de Van Nest Polglase y fotografía de Joseph August. Y hay que decir que al lado de Laughton destaca entre el estupendo elenco un fenomenal Cedric Hardwicke como el abad, en la mejor labor de su larga carrera. El resultado es un drama romántico de la RKO, con escenas inolvidables (casi todas las de Laughton) y la revelación de la irlandesa Maureen O’Hara como Esmeralda, incitadora de diversas pasiones amorosas que desembocan en tragedias y esperanzas. El drama está muy bien ambientado en una época en que la Edad Media moría y dejaba paso al Renacimiento, período donde el humanismo intentaba enfrentar a la superstición, el fanatismo y el prejuicio. Un tiempo de descubrimientos e inventos, de la aparición de la imprenta que acercó el conocimiento a todos los hombres, de la desaparición de ciertos dogmas, y del triunfo del poder mayoritario del pueblo frente a la oligarquía y el privilegio de la nobleza y la Iglesia. Testigo sordo y ausente de esos cambios, morando en soledad en medio del sonido de las campanas, reside Quasimodo, ser incomprendido y aislado que desea poseer un corazón de piedra para así no sufrir de amor. Víctor Hugo rara vez encontró mejor acomodo en la gran pantalla que en esta lustrosa oportunidad.

Vistosas pero menores fueron otras dos versiones, en su momento exitosas debido al carisma de sus protagonistas, pero hoy bastante olvidadas. Una de ellas fue francesa y la dirigió en 1956 Jean Delannoy, con Anthony Quinn en el rol de Quasimodo y Gina Lollobrigida -en el mayor esplendor de su mediterránea belleza- como Esmeralda. La otra es británica y fue rodada en 1982 por el mediocre Michael Tuchner. Allí la belleza electrizante de la gitana que componía Lesley-Anne Down quedaba raramente opacada por el duelo interpretativo entre los carismáticos Anthony Hopkins como el jorobado campanero y Derek Jacobi como el lascivo abad.

Una quinta adaptación, una animación de Disney de 1996, fue una de las cosas más valientes que hizo esa empresa, un film serio y realista, con personajes tridimensionales, pasajes verdaderamente oscuros y temas nunca antes vistos en la casa de Mickey. Todo esto quedaba claro en el brutal prólogo, que se cuela entre los tres mejores inicios que Disney ha creado jamás. El apartado visual estaba realmente logrado, consiguiendo una magnífica recreación de Notre Dame. Pero donde realmente destacó la película fue en la historia. Se cambiaron muchísimas cosas de la novela, por supuesto, pero aún así los temas que trataba permanecieron intactos: racismo, opresión al pueblo, prejuicios ante el diferente, corrupción, hipocresía. Escenas como el mencionado prólogo, el baile de Esmeralda (y las reacciones que provoca), las burlas y torturas del pueblo a Quasimodo, y sobre todo la escena de la canción de Frollo, denotan un atrevimiento digno de elogio. Otro acierto son sus personajes: el desdichado Quasimodo enternece desde el principio y empatizamos con él enseguida; Esmeralda es el regreso de las grandes protagonistas femeninas de Disney, una mujer fuerte y carismática, preocupada por los derechos de su pueblo; y el capitán Febo derrocha carisma. Pero si hay un gran personaje en esta versión es sin duda el malvado Frollo, un impresionante villano, cruel hasta extremos inhumanos, haciendo gala del más repugnante doblez moral, aunque muestre humanidad al desear a Esmeralda. Pero el film no tuvo el éxito esperado, quizá por ser demasiado adulto. En cualquier caso probó que Disney seguía en los años 90 en plena forma.

INCENDIOS. Los estudios y salas de cine son imán para los incendios, sobre todo las instalaciones clásicas, llenas de materiales y celuloide que hacían combustión de sólo mirarlos. Es un tema del cual se habla poco, pero en 124 años de vida el cine sufrió varios holocaustos. En Montevideo aún se recuerdan los del cine Victoria (Fernández Crespo entre La Paz y Miguelete), el Auditorio del Sodre (Colonia y Andes) y la Empresa Glucksmann (18 de Julio y Río Branco), cuya falta de seguros arruinó al dueño.

A nivel internacional, uno de los más recordados ocurrió en Hollywood en 1934: 61 km2 fueron devastados al avanzar el fuego contra los estudios Warner. Sin embargo la empresa reactivó los viejos platós de Sunset Boulevard mientras se arreglaban los destrozos, y en 1935 el estudio estaba de nuevo en actividad. En cambio los Estudios Burbank, fundados por Columbia en 1934, no sufrieron una catástrofe sino tres. Las dos primeras ocurrieron en 1970, acabando con parte de las instalaciones más antiguas. Pero en 1974 un fallo en la instalación eléctrica causó un tercer incendio, que arrasó parte de los sets, las zonas de recepción de turistas y una gran colección de coches antiguos. Pese a todo, los estudios fueron reconstruidos y siguen activos.

La sección de los Estudios Pinewood conocida como Plató 007 fue creada en 1970 para la saga de James Bond. 12 metros de altura, 4 km2 de superficie y un tanque de agua de 22 metros de profundidad le convirtieron en el set sonorizado más grande del mundo. Pero en 1985 unos bidones de gasolina usados en el rodaje de Leyenda de Ridley Scott estallaron, acabando con todo. Reconstruido para En la mira de los asesinos, el set aguantó sin sobresaltos durante dos décadas, hasta que al terminar de rodarse Casino Royale (2006) unos bidones de gas explotaron al desmantelar los decorados. Hicieron falta ocho cuerpos de bomberos para extinguir el fuego, y el set se reinauguró en 2010.

De todas formas en este tipo de siniestros las palmas se las lleva la Universal, que sufrió ocho incendios en 104 años de vida. Los siete primeros redujeron a cenizas, entre otros, los decorados de Espartaco y Ben Hur, pero el más reciente sucedió en 2008, cuando el set ya se había convertido en parque temático. ¿Por qué este siniestro tiene especial importancia? Porque por mera estupidez humana (la insensata utilización de un soplete de acetileno) se perdieron una atracción dedicada a King Kong, la plaza de Volver al futuro y los archivos de video de la compañía. Esto último es una pérdida irreparable.

     En la presente década los incendios estuvieron a la orden del día. Uno de ellos (el del set Hogwarts de Harry Potter en 2010) fue aparatoso pero no tan importante como se dijo: allí hubo más publicidad que desastre. En cambio los dos fuegos en Cinecittá (que había sobrevivido a la guerra sin mucho sobresalto) fueron terribles. En el de 2007 las llamas consumieron 3 km2, incluyendo los decorados de la serie Roma de HBO. El segundo tuvo lugar en 2012 y afectó al mítico Estudio 5, donde Federico Fellini rodó La Dolce Vita, Amarcord y Casanova. Y en el recuento tampoco hay que olvidar el devastador incendio del 2018 en California, que calcinó 6.700 viviendas, entre ellas las de Neil Young, Miley Cyrus y Gerard Butler, además del set donde se rodaron MASH y La mujer robada, western que sirvió para el debut en cine de Elvis Presley. También sucumbió el Rancho Paramount, donde se ubicaba el pueblo del Oeste en el que se rodó la serie de HBO Westworld.

DOS GRANDES FUEGOS. No debe terminarse una reseña de este tipo sin mencionar los dos mejores fuegos que se han visto en la pantalla, desde que las míticas Sodoma y Gomorra fueron arrasadas por los terribles ojos de Peter O’Toole en La Biblia, hasta las consecuencias de la hoguera nuclear que mostró la notable Lluvia negra de Shohei Imamura. Uno de esos dos fuegos memorables del cine fue real, y ocurrió en el Londres arrasado por los bombardeos nazis. Fue registrado en el único largometraje del eximio documentalista Humphrey Jennings y se llamó El fuego nos sobresalta (1943). Tras haber contribuido al esfuerzo bélico británico con magníficos cortometrajes documentales de propaganda (Los primeros días, 1939; Ofensiva Primavera y Londres puede lograrlo, 1940; Esto es Inglaterra, 1941; Escuchen a Inglaterra, 1942), Jennings brindó un magnífico documental dramatizado, de emocionada pero contenida expresividad, con un realismo sincero y creíble. El resultado fue un canto al espíritu de colaboración humana y al esfuerzo colectivo, una aleccionadora lección imprescindible en el contexto de guerra en el que fue realizada, llevada a cabo sin actores profesionales, y donde sorprendió la extraordinaria capacidad del cineasta para hacer sentir al espectador que compartía la dura tarea de los bomberos. La platea sentía que estaba apagando los incendios con ellos, con una fisicidad estremecedora aunque siempre bajo el dominio de una contenida flema británica. La descripción de la extinción del primer incendio bajo las bombas alemanas, por ejemplo, es un modelo de narrativa y de tensión, al igual que la magnífica escena (aparentemente intrascendente) en la que tras el incendio se muestra con detalle cómo los bomberos limpian todo, brindando homenaje silencioso a esos héroes civiles carentes de la épica del soldado.

Un segundo fuego mayor de la historia del cine fue ficticio, aunque no imposible, y se llamó Infierno en la torre. Lo dirigieron en conjunto, en 1974, John Guillermin, un  experto en cine bélico y de aventuras, e Irwin Allen, un especialista en cine catástrofe y efectos especiales. El cine catástrofe había reclutado una enorme cantidad de adeptos a partir de los años 70, cuando vivió un período de auge jamás visto antes ni después. Subjetividades aparte, del abundante lote de films de esos años el mejor sigue siendo Infierno en la torre, porque cubre holgadamente con todos los requisitos que debe exigírsele al género. En primer lugar, tuvo un reparto brillantemente elegido: un par de héroes adecuados y carismáticos (Paul Newman, Steve McQueen), una mujer de lujo (Faye Dunaway), dos viejas glorias de antaño (William Holden, Fred Astaire) y un conjunto de secundarios que responden a un registro interpretativo de gran vuelo (Susan Blakely, Jennifer Jones, Richard Chamberlain, Robert Vaughn, Robert Wagner).

En segundo término, el film contó con un guión que poseía un alto grado de lógica interna. Es decir, no importa lo improbable que pueda ser la premisa inicial (¿puede un rascacielos de 138 pisos incendiarse totalmente, a partir de un fuego que se origina en el séptimo piso?), si los hechos que más tarde se desencadenan no transgreden las leyes de la causalidad y la probabilidad. A su favor debe decirse que nada de lo que sucede en el film después del chispazo inicial resulta descabellado.

Una tercera premisa fue la de mantener un ritmo constante y progresivamente avasallante: en ese terreno la película no sólo atrapa a lo largo de sus 165 minutos sino que además provee al público de datos suficientes como para que tenga clara idea de la personalidad de todos los protagonistas, y cómo reaccionarán ante los acontecimientos por venir. Desde ese punto de vista, el único reparo que quizás pueda hacérsele al film es la resolución final, demasiado fácil para ser creída. Por último, Infierno en la torre se benefició de algo fundamental: una dirección sin excentricidades. Guillermin y Allen cumplieron su labor ateniéndose al guión, sin desviar la atención del espectador en base a ínfulas creativas que podían haber hecho pedazos la acción y el suspenso. Esa actitud por suerte no sucede en esta película que hoy, 45 años después de estrenada, permanece con todas sus cualidades intactas, probando que en el cine hay fuego para rato. Incluso para que Quentin Tarantino pueda quemar una sala entera llena de gente en su explosiva obra maestra Bastardos sin gloria…     


(*) Publicado en el semanario Voces.

 

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