Cinemateca abrió sus nuevas salas con “Roma”, de Alfonso Cuarón


Por Martín Imer

En primer lugar, algo totalmente destacable: gracias a la tecnología digital con la que se manejan actualmente las salas de cine podemos disfrutar de diversos estrenos especiales que antes no podíamos ni soñar con verlos en la gran pantalla, o al menos con la rapidez que podría esperarse en un país de primer mundo. Si ya de por si la llegada de las nuevas salas de Cinemateca Uruguaya era algo digno de destacar y celebrar, especialmente por lo bien que lograron ajustarse a las mejores comodidades de un multiplex, es aún más esperanzador el hecho de que parecen abrirse a diferentes formas de llegada de películas, como por ejemplo este esfuerzo masivo que se realizó, para que esta producción llegara a verse de la manera que su director tanto insistió para que se viera. Es meritorio resaltar esto ya que resulta un fuerte mensaje de resistencia de las salas ante el fenómeno del streaming y la defensa definitiva de que el cine, y especialmente el bueno, debe verse en el cine.

No hay dudas que Alfonso Cuarón es una leyenda viva tanto en el cine mexicano como en el internacional. El ganador del Óscar por Gravedad ha demostrado tener una de las voces más notorias, originales e interesantes de la cinematografía actual, y con cada nueva producción se toma su tiempo para ofrecer el producto más genuino posible. Roma es por lejos su producción más personal, regresando no sólo a filmar en México (la última que realizó allí fue Y tu mamá también) sino que volviendo a un tono más intimista que sus últimas películas habían olvidado por completo. De todas formas, Cuarón es Cuarón y no podía quedarse en el intimismo: no sólo por las formas en las que encara cinematográficamente la película sino en la polémica que despertó desde su principio. Siendo una producción de Netflix tuvo prohibido su paso por el Festival de Cannes pero no así en el de Venecia donde su amigo Guillermo del Toro le entregó el León de Oro. Lo que siguió fue una auténtica guerra entre el director y los exhibidores para que el film llegara de cualquier forma a salas, algo que se le era negado ya que se exigía que el plazo entre el estreno comercial y la salida en Netflix fuera más larga. Finalmente las cosas salieron bien (a medias) y si bien el realizador no pudo tener el estreno comercial masivo que anhelaba, al menos consiguió que en muchas partes del mundo el film llegara al menos a una sala.

Muchos nos preguntamos entonces el porqué de la insistencia del director a que la película llegara a salas a pesar de su estreno mundial confirmado por Netflix: la historia de una empleada doméstica en una casa de clase alta en el México de los años 70 no parecía ser un tema que requiriera obligatoriamente un visionado en la pantalla grande, como otras previas películas de Cuarón como Hijos del hombre. Y sin embargo, ni bien empieza la película uno se siente agradecido de los esfuerzos de los involucrados para que el film se vea en la mejor calidad posible: rodada en un bellísimo blanco y negro y en 65mm, y especialmente con un fascinante y extremadamente cuidado diseño de sonido, Roma relata la historia de Cleo, una empleada alegre y atenta que trabaja en una casa de familia. Querida por todos, la jóven transitará por varios importantes momentos de su vida mientras la propia turbulenta situación del país también tendrá su impacto en la trama. Confesamente autobiográfica, la película va mostrando un enorme cariño por su protagonista, deslizándola delicadamente por las situaciones que presenta, sin juzgar ninguna de sus actitudes y con un inesperado humanismo que no se había visto recientemente en el cine de su autor. También no se había visto en su filmografía un ritmo tan decidamente pausado y la observación directa en lo más mínimo del día a día familiar, pero no aburre en ningún momento y se sigue con franco interés.

Sin embargo, termina en un momento resultando un pequeño inconveniente: al ir desarrollando de esa forma la trama el espectador comienza lentamente a cuestionarse las decisiones del film y especialmente sus desviaciones, que comienzan a ser más y más enormes en su escala al mismo tiempo que irrelevantes. También es curioso el enfoque: a pesar de que está bien trabajada en la primera mitad la invisibilización de la empleada doméstica, sin embargo toma una enorme fuerza en la segunda mitad y pasa incluso a ser la roca emocional de toda la familia, siendo este un desarrollo que si bien para el personaje es logrado e interesante para su mensaje queda bastante contradictorio. Hasta aquí todo transcurre en la línea de lo aceptable, con sus apartados visuales fenomenales y poco de esa enorme repercusión que había cosechado en festivales internacionales, y es entonces cuando Cuarón decide definitivamente acelerar el ritmo y Roma se vuelve cine magnífico, sensacional, donde muchos de los eventos previos cobran una bienvenida fuerza dramática y el impacto está asegurado con enormes resultados. El enorme presupuesto cobra sentido y ofrece un nivel de calidad que con menos dinero jamás hubiese funcionado, a la vez que el director calibra a la perfección la intimidad de lo que viene contando con la magnitud de los eventos que contextualizan la trama.

Esta hora final alcanza un grado tan elevado de excelencia que se enmarca en lo mejor que el director jamás hizo, enfocándose en lo emocional pero con un tono y un estilo claramente épico. Recién allí se ve la verdadera genial visión del director, aunque es una lástima que tarde tanto en llegar. Es rescatable también la presencia de su protagonista, Yalitza Aparicio, que logra no perderse entre la escala de los eventos y tener un peso escénico muy definido. El trabajo de cámara resalta su presencia invisible, casi fantasmal al comienzo, pero ella logra que en ningún momento nos olvidemos de que allí está, y que tiene una historia que merece contarse. Cuanto de esto es verdad y cuanto pertenece a la imaginación y la devoción del director por el personaje real ya ni importa, porque lo que sucede en escena esta tan lleno de cuidados detalles y radiante vida como para parecer en su totalidad algo genuino. Puede parecer hasta neo realista en varios fragmentos (sin dudas bebe del gran cine italiano del pasado, con una escena festiva que pudo haber dirigido tranquilamente Fellini) pero siempre con el toque distintivo del realizador, lo que convierte a la película en una de las más interesantes del cine mexicano tal vez en su historia.

Podemos discutir las formas con las que Roma quiere ganar intensidad dramática en la última hora: sin entrar en detalles ocurren particularmente dos eventos durísimos, el primero siendo tal vez uno de los más logrados en la carrera de Cuarón como narrador y el segundo que ocurre mayormente fuera de plano y parece algo más bien arbitrario para dar una conclusión más potente. Pero es innegable la capacidad visual, auditiva y narrativa con la que esta historia llega a la gran pantalla; el enorme talento que se encuentra detrás de cada detalle, cada gesto y cada palabra expresada. Tal vez no es la mejor película del realizador, o al menos no es la más redonda, pero sin dudas es un film interesante, valioso y original que despertará alguna emoción genuina en el público. Eso sí: imprescindible visionado en el cine para tener la experiencia completa.

ROMA (Ídem, México/Estados Unidos, 2018) Dirección, guion, fotografía: Alfonso Cuarón. Edición: Alfonso Cuarón y Adam Gough. Con Yalitza Aparicio, Marina de Tavira, Diego Cortina Autrey, Verónica García, Jorge Antonio Guerrero. CALIFICACIÓN: 7/10


 

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