Dos de acción


Por Martín Imer

Hace unos días leí en internet un resumen de la charla que dio Sylvester Stallone en Cannes presentando una copia restaurada de Rambo y allí decía frases muy interesantes aunque fue una la que más me llamó la atención: “El negocio antes se movía así: la estrella era la taquilla. Ahora es la película, todo ha cambiado.” Viendo el panorama de los estrenos blockbuster parece tener toda la razón: aquellas películas (que podían ser individuales o sagas) tenían como principal atractivo para el público la presencia de un reconocido intérprete como héroe, independientemente de la trama que trataran; el espectador reconocía a la figura e iba a ver la película, buena o mala, pero con la idea de que fuera lo que fuera de igual forma iba pasarla bien ya que “x la protagoniza”. Gradualmente esto fue mutando hasta lo que ahora vemos que es la tendencia: los “universos cinematográficos” de uno o más personajes que van ampliándose entrega a entrega haciendo más grande a la marca por sobre los que la integran. Ejemplos hay muchos: tal vez hace 20 años nadie podía imaginarse una Star Wars sin Darth Vader pero luego se le buscó la vuelta para que la historia continuara sin grandes ausencias o incluso con regresos que seguían agrandando el mito de la franquicia. O Marvel, la empresa que impuso esta nueva regla y que ha sabido adaptarla tan bien que pueden incluso matar al máximo protagonista de la saga sin sufrir grandes cambios en la historia general. Esto podría servir para justificar por qué ahora incluso las películas que deberían ser más sencillas intentan tener su propia mitología y profundidad aun cuando no lo necesitan como en el caso de dos películas del mismo género que por esas coincidencias de distribución se estrenan en fechas casi similares: John Wick 3 en salas y Furie en Netflix.

Tal vez no tanto en el caso de la segunda, pero ya el número en el nombre debería decirle al espectador que la primera es parte de una saga la cual no parece tener ninguna intención de acabar en un futuro cercano. Ambas parecen beber del estilo de la ya legendaria La redada, aquella joya del género dirigida por Gareth Hue Evans, aunque terminen yendo por caminos separados. Furie pretende adaptar a la Vietnam contemporánea en cierta forma el espíritu de aquellas películas ochenteras al mejor estilo Schwarzenegger en la clásica Comando: se trata de una mujer que trabaja de recaudadora en un pueblito siendo básicamente odiada por todos y cuya única alegría es su pequeña hija, a la cual sin embargo no ve nunca. Un día la niña es secuestrada por una organización de tráfico de niños sin saber que la madre oculta un gran secreto: es una antigua gangster que tiene un gran conocimiento de las artes marciales. Desatada la mujer se encuentra en una carrera a contrarreloj para salvar a su hija y desmantelar a la malvada corporación. Mientras tanto John Wick 3 intenta continuar la línea del film de Evans con un enfoque más moderno hacia la acción, con especial cuidado en las coreografías salvajes y una locura gore ascendente. La película arranca segundos después del final de la parte 2 con el protagonista siendo expulsado de la organización internacional “La orden suprema” y con un precio por su cabeza que cada minuto asciende más. Sólo contra el mundo el asesino intentará recurrir a cada amigo que tiene aunque también existe un precio sobre cada uno que intente ayudarlo, en una aventura internacional sin respiro para salvar su vida.

Es muy curioso como ambas películas, a pesar de tener nacionalidades e intenciones tan distintas, terminan coincidiendo tanto en sus aciertos como en sus errores. Las dos destacan por sus refinadas coreografías, los interesantes movimientos de cámaras, la iluminación de estas secuencias (en la estadounidense se prioriza el color celeste en la mayoría de las escenas, cambiando solamente cuando el protagonista se encuentra en una zona cálida como Casablanca, mientras en la vietnamita se usan colores de neón casi flúor luciendo como se vería una película de género de Nicolas Winding Refn) y el intento de mostrar una acción salvaje y realista a pesar de confiar en que el espectador perdone la falta de credibilidad de muchas situaciones en las que el protagonista se levanta casi milagrosamente y sin heridas. Cuando las situaciones están en movimiento ambas se encuentran en su pico, especialmente John Wick 3 cuya primera media hora es un prodigo de esto. Casi carente de palabras y recurriendo a la menor cantidad posible de explicaciones la primera parte de esta película es un carnaval muy disfrutable de las más rebuscadas y sorprendentes secuencias de acción vistas en el cine reciente con un inesperado exceso de violencia y crueldad explícita, perfectamente estructuradas en complicidad con la platea que acepta gozosamente lo que se le ofrece. Furie en cambio es mucho más clásica en su planteo, guardando la mejor secuencia del film para el final con una estimulante pelea arriba y adentro de un tren ofreciendo un clímax muy satisfactorio y bien ganado.

Sin embargo el error principal de ambas radica en algo fundamental: el libreto. La vietnamita es una producción de lo más convencional en su trama pero con intenciones de dejar algún tipo de moral o lección al espectador por lo cual dedica secciones enteras a mostrar o hacer explícito en el diálogo el arrepentimiento interno de su protagonista debido a sus decisiones de vida; más precisamente el huir de casa en la juventud y tener una hija con “quien sabe quién”. El mensaje ya de por si es innecesario (la manía de esta camada de películas recientes de dar explicaciones de todo…) pero aparte queda muy extraño debido a que – por supuesto – se ofrecen flashbacks y no parece ser la adolescencia más feliz del mundo; de hecho, hasta parece ser bastante abusiva respecto a los malos tratos que recibe de niña en orden de ser la maestra de artes marciales que es ahora. Pero lejos de quedarse ahí parece querer hablar de la ineptitud policial ante la red de tratas (aceptable mensaje, vale resaltar) pero con su propia ineptitud narrativa que termina resultando en ciertas situaciones risibles, como por ejemplo: dejada sola en la comisaría, la mujer camina un poco y descubre pegada a una pared TODA la investigación policial respecto a la organización criminal, con fotos de cada uno de los integrantes. Pero esto sólo escala en tontería debido a que unos segundos después mira en unos archivos convenientemente guardados en el mismo cuarto donde quedan las casas de cada uno de los investigados. Es cierto que sin esto la trama no podría avanzar, pero uno no puede evitar preguntarse si el guionista no podía encontrar alguna otra manera de resolver esto sin resultar tan tonto.

Lo de John Wick ya entra en otro tema y es la necesidad de las producciones actuales de establecerse como franquicia a partir de un éxito inesperado; en este caso de la primera, aquí llamada Sin control. Como el argumento de la venganza del protagonista por la muerte de su perro no era suficiente para una continuación se comenzó a armar toda una estructura a partir de un elemento muy curioso de esa película: el hotel de asesinos en donde se cruzaban varios personajes en momentos clave. Se trataba de una idea llamativa, ya que dentro del lugar los huéspedes no podían derramar sangre incluso aunque fueran los peores enemigos, y aparte establecía un cierto código de honor que dentro de ese micro universo funcionaba muy bien. Sin embargo ahora todo forma parte de una organización masiva no es muy difícil de entender pero se desmorona cuando uno se sienta a pensar en su estructura o su ridículamente enorme alcance. Pareciera que en Nueva York todos sus habitantes son asesinos o sirven para la corporación, dejándole al espectador la idea de que eventualmente no va haber nadie a quien asesinar más que a ellos mismos, algo que en definitiva es lo que pasa en esta película. Pero lo más raro no son los miembros sino los que uno asume son ciudadanos comunes y corrientes: en varios momentos de esta película ocurren asesinatos nada sutiles en pleno centro sin que nadie se espante o al menos se pregunte qué está pasando ahí, como si ya estuvieran absolutamente acostumbrados a este tipo de eventos o ni les interesara. A la hora de querer armar una franquicia se debe tener cierta seriedad en sus estructuras, y es cierto que esta película la tiene incluso quedando así en un incómodo punto medio: trata de aportar algo de humor (el cual por momentos es muy efectivo) pero es en esencia absolutamente seria por lo cual cada momento que desafía a la realidad es recibido de forma confusa por el espectador el cual no sabe si debe reír o preocuparse por lo que está viendo.


Es cierto que a la hora de la verdad no hay que pedir de estos productos más de lo que ellos mismos quieren dar, y ahí es donde John wick 3 gana: en definitiva es un producto que ofrece exactamente lo que quiere el espectador a pesar de que luego de esa gloriosa media hora inicial pisa el freno y se vuelve mucho más convencional. Tiene todos los ingredientes que sedujeron al público calculadamente ejecutados aunque con cierto aire a repetición que es entendible luego de que el efecto sorpresa haya desaparecido al terminar la primera entrega. Si bien Furie no intenta engañar a nadie resulta un poco más incompetente a la hora de ofrecer un producto digno, especialmente por la evidente mano del realizador a la hora de hilvanar las secuencias de acción buscando la espectacularidad antes que un más acertado realismo: aquí la desesperada madre que tiene tan poco tiempo para encontrar a su hija no parece tener ninguna complicación para meterse en todas las peleas que puede, incluso esperando a sus enemigos en lugares rebuscados o deteniéndose a pensar en su vida. Son detalles que se van sumando para crear un producto fallido aunque interesante para ver en tele, mientras la otra suma mucho con la presencia imponente de un Keanu Reeves que sigue en estado de gracia repartiendo golpes por doquier con una entereza creíble y aterradora; un antihéroe que si bien no tiene mucho de sustancia compensa con una inagotable fuente de carisma y una empatía inmediata que logra este limitado pero tan simpático actor.

No sé si el cambio que resaltó Stallone en Cannes es bueno o malo, pero en definitiva es lo que tenemos actualmente: un mercado en donde impera la marca antes que el protagonista, por lo que hay que establecer sí o sí alguna imagen icónica que despierte el seguimiento del público, en este caso un protagonista. Ambas películas tienen figuras fuertes que terminan erigiéndose ante cualquier peligro que se les presenta, conectando así con el espectador el cual quiere continuar viendo sus aventuras en el futuro y logrando el interés deseado de sus productores. El tiempo dirá si estas producciones tendrán continuación (al menos la estadounidense seguro) pero por ahora nos encontramos con dos películas que si bien fallan de distinta manera en su construcción consiguen resaltar en lo que se proponen: escapismos a pura acción y llenos de adrenalina.

JOHN WICK 3: PARABELLUM (John Wick: Chapter 3 – Parabellum, EE.UU, 2019) Dirección: Chad Stahelski. Guion: Derek Kolstad, Shay Hatten, Chris Collins, Marc Abrams. Fotografía: Dan Laustsen. Montaje: Evan Schiff. Con Keanu Reeves, Halle Berry, Ian McShane, Laurence Fishburne, Anjelica Huston.

FURIE (Hai Phuong, Vietnam, 2019) Dirección: Le-Van Kiet. Guion: Le-Van Kiet, Nguyen Truong Nhan, A TYPE MACHINE (eso dicen los créditos…) Fotografía: Morgan Schmidt. Edición: Quyen  Ngo. Con Veronica Ngo, Thanh Nhien Phan, Pham Anh Khoa, Kim Long Thach.


 

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