Dos estrenos: “Mi obra maestra” y “No viajaré escondida”


Por Amílcar Nochetti

CINISMO EN EL MUNDILLO ARTÍSTICO

“Mi obra maestra”. Argentina/España. 2018. Dirección: Gastón Duprat. Con: Guillermo Francella, Luis Brandoni, Raúl Arévalo, Andrea Frigerio. Estreno: 23.08.2018. Calificación: Buena.

La denuncia de los dobleces artísticos parece ser habitual en el cine de Gastón Duprat, ya sea rodando a medias con Mariano Cohn (El artista, 2008; El hombre de al lado, 2009; Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo, 2011; El ciudadano ilustre, 2016) o en solitario como en Mi obra maestra, donde plantea una incómoda pregunta (¿quién decide el verdadero valor de una obra de arte?) y da una respuesta igualmente embarazosa: todo menos la calidad artística. Duprat se juega por la comedia negra y con el arma filosa de la risa termina echando una ojeada muy cínica sobre el mundillo de los curadores de arte y los galeristas. La impostura, la falsedad y el esnobismo de la élite cultural permiten que la película lleve a cabo una lectura sesgada de su trama más vendible. Porque por debajo de la historia de la amistad entre un pintor en decadencia (Luis Brandoni) y su fiel e inescrupuloso galerista (Guillermo Francella), debatiéndose en un mundo salvaje y carente de códigos, lo que importa aquí es el análisis de la conexión -que brilla por su ausencia- entre los dilemas morales y los cánones artísticos.

Duprat sabe de lo que habla, ya que proviene de una familia cercana al arte y el universo intelectual. Desde ese lugar permite que en Mi obra maestra sobrevuele la idea de que lo más importante no sería realizar una obra de arte (o un espectáculo, si pensamos en el cine o el teatro), sino llegar a los demás con ese cuadro, película o puesta en escena. Y lo de menos es cómo lograrlo, ya sea por medio de amigos, la suerte (que siempre debe tenerse en cualquier emprendimiento) o una lisa y llana estafa. La película sale airosa de ese planteo, porque entre la risa franca, la tragicomedia y el cinismo poco a poco va colando dos preguntas que requieren urgente respuesta: 1) ¿Hay que ser capaz de cualquier cosa para lograr el éxito?; y 2) ¿Se puede ser realmente fiel a un ideal si en forma permanente especulamos con los resultados? La incomodidad del planteo queda establecida mediante un tercer personaje, el alumno del pintor (Raúl Arévalo), idealista al cual el cinismo del film termina convirtiendo en alguien molesto, en lugar del héroe que debió ser. No hay lugar para Quijotes en la actualidad, parece decir Mi obra maestra, mientras permite el lucimiento de Guillermo Francella y en especial de Luis Brandoni, que se roba cada escena en la que interviene. Vale la pena navegar en las aguas revueltas del submundo artístico.

UN PERSONAJE DE LEYENDA.

“No viajaré escondida”. Uruguay / Argentina. 2018. Dirección: Pablo Zubizarreta. Documental. Estreno: 23.08.2018. Calificación: Buena.

Un famoso dicho popular indica que muchas veces la vida imita a la ficción. Es un lugar común, pero no por ello menos real. Eso queda claro al ver No viajaré escondida, que aborda la ajetreada y polémica vida de Blanca Luz Brum, mujer bellísima y fascinante que nació en Pan de Azúcar en 1905, y que a lo largo de su azarosa existencia fue poeta, periodista, pintora y novelista. También fue una adelantada a su época (llevaba larga, suelta y sensual melena en lugar del usual y aniñado pelito a la garçon, vestía pantalón en lugar de pollera larga) y fue calificada de “colchón de América” en referencia a su agitadísima vida sexual. Empero, su lecho no recibió a cualquiera. En su largo periplo entre Uruguay, Perú, México, Argentina y Chile (donde murió en 1985) Blanca tuvo relaciones amorosas -siempre muy pasionales- con los escritores Juan Parra del Riego y César Miró, el muralista David Alfaro Siqueiros, el magnate de la prensa Natalio Botana, Juan Domingo Perón y un par de jerarcas de líneas aéreas (Lan Chile, Braniff), y también fue amiga íntima del escritor y pensador José Carlos Mariátegui.

En esos personajes y lugares Blanca tuvo clarísima incidencia: inspiró a Parra muchos poemas y a Miró varios escritos, apoyó ideológicamente a Mariátegui, posó desnuda para Siqueiros en el mural subterráneo de la finca de Botana, y tuvo rol primordial en la organización del Día de la Lealtad (17 de octubre de 1945), esa gran movilización de masas que liberó a Perón y lo elevó al poder. En Santiago de Chile fue jefa de prensa del presidente Juan Antonio Ríos, y famosamente protagonizó el episodio de la fuga de prisión del peronista Patricio Kelly, a quien en medio de una visita logró sacarlo vestido de mujer. Era pasional, no cerebral, y quizá a eso se deben sus enormes contradicciones: apoyó a Sandino y fundó una revista llamada Guerrilla, pero desde un temprano y belicoso comunismo escoró hacia el peronismo oficial y terminó apoyando la dictadura de Pinochet. Detestaba a Allende por razones ignotas, y aún no hay explicaciones para un viraje ideológico tan brusco e irracional. También fue castigada por la vida: tuvo tres hijos y una hija, pero sólo ésta la sobrevivió. Con semejante material No viajaré escondida no erra el tiro. No necesita ser un documental de vanguardia, sino que le basta con exhibir una factura clásica: realización minimalista, entrevistas montadas al material de archivo, formato periodístico, off de Mercedes Morán dando voz a Blanca, ordenamiento cronológico de los hechos. De ese modelo surge un documento que revisa una vida explosiva y de paso detalla los vaivenes de un siglo volcánico como pocos.


 

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