Druga strana svega. El documental “El otro lado de todo”.


Por Luis A. Fleitas Coya

Excelente documental

Después de haber visto Roma de Alfonso Cuarón y asistir con mucho placer al nuevo complejo recientemente estrenado de Cinemateca, ir a ver este documental de la serbia Mila Turajlic constituye una inesperada remezón cinéfila y también política, por qué no. Con un título en el original serbio que para los espectadores de habla hispana  suena deliciosamente cacofónico y sonoro, Druga strana svega (El otro lado de todo. Serbia/Francia/Qatar, 2017, con dirección, guión y fotografía de Mila Turajlic),  está a la par y al mejor nivel de lo que siempre ha exhibido  esta institución cinematográfica –a esta altura un orgullo nacional.

Cuando comienza el film, la cámara apunta a una puerta cerrada, y a una mujer mayor que tenazmente pule sus herrajes. Desde detrás de la cámara, la voz en off de la directora le va haciendo preguntas a la mujer, que ésta va contestando con cierta parquedad. Todo parecería apuntar a una morosa crónica familiar habitada por los recuerdos, pero sin embargo enseguida esa falsa impresión se desvanece. La mujer mayor está lejos de ser una viejecita dedicada al hogar, y comienza a mostrársenos como una persona de extraordinaria personalidad, desconocida por estas tierras, pero con una trayectoria descollante en su país. Es Srbijanka Turajlic, la madre de la cineasta: integrante del equipo yugoslavo para las Olimpíadas Internacionales de Matemática de 1964 en Moscú, Doctora por la Facultad de Ingeniería Eléctrica de Belgrado, profesora universitaria, encabezó los mitines y las protestas estudiantiles en las calles de Belgrado convirtiéndose en una improvisada pero vibrante y emotiva oradora,  fue integrante del movimiento OTPOR contra el régimen de Slobodan Milosevic, y a su caída integró el nuevo gobierno como Ministra de Educación; cuando posteriormente en las elecciones triunfaron las fuerzas conservadoras nuevamente fue denostada por éstas, y últimamente, como lo muestra la misma película, recibió un importante premio en su país por su contribución a la democracia en Serbia.  Lo que parecía una crónica intimista y familiar, se transforma en una larga entrevista a Srbijanka por parte de su hija, en la cual la entrevistada demuestra una serena fortaleza moral, principios, y una inteligencia admirables, relatando lo que le tocó vivir en su convulsionado país desde la implantación del socialismo y el régimen de Tito, la caída del socialismo real y la disgregación de Yugoslavia, la posterior guerra civil entre serbios, croatas, eslovenos, albaneses, etcétera, los bombardeos de la OTAN en represalias contra el régimen de Milosevic, la revuelta popular contra Milosevic, la cambiante situación política posterior.

Pero la película tampoco se queda en eso, sino que va más allá aún. La puerta cerrada con que daba comienzo el film tiene algo de aquel impresionante cuento de Cortázar, Casa tomada, pues Srbijanka va contando que esa situación está así desde que tiene memoria, ya que esa puerta está clausurada y nunca más se abrió desde el año 1947 ó 1948, cuando ella tendría dos o tres años. Del otro lado se escuchan ruidos de cocina, conversaciones, y ella supone que lo mismo escucharían los del otro lado. Una misteriosa y vaga situación de convivencia forzada con gente extraña que ella y toda su familia vivieron desde su infancia y durante el resto de su vida. En los años referidos, 1947 ó 1948, se apareció una funcionaria del gobierno y estableció el reparto forzado de las habitaciones de la casa  de los burgueses Turajlic, instalando a otras dos familias, en compartimientos estancos y separados a rajatabla.  Sin embargo, pese a la incomodidad, y a la sensación de despojo e injusticia, Srbijanka relata que no hubieron rencores ni violencias en esa coexistencia forzada; es más, los Turajlic reacomodaron el cuerpo y se acostumbraron a convivir con lo inevitable. La directora, Mila, tiene la enorme sensibilidad de ir a entrevistar a esas otras familias por sus respectivas puertas de entrada exteriores, y de una manera conmovedora muestra a la muy anciana  Nada Lazarevic de 90 años, única sobreviviente de la familia que vive del otro lado de la puerta cerrada, que dice que ella no tiene la culpa pues el gobierno la llevó a vivir allí, y que  no tiene bienes ni patrimonio, nada de nada (valga el juego de palabras con su nombre, por lo menos en la traducción, pues no sabemos cómo se dice en serbio), que ella es una proletaria como la definía el gobierno de la época. Pro-le-ta-ria, dice, y lo remarca, con orgullo o con ironía, o tal vez anticipándose a un reclamo  contra su carácter de injusta ocupante de la casa ajena, actualmente como “inquilina protegida” por la legislación serbia que parecería que mantiene esos statu quo.  Sin embargo, pese a que la cineasta nada nos comenta ni nos sugiere, lo que vemos nos causa lástima y empatía: Nada Lazarevic tal vez sea tan víctima como los Turajlic, y si no lo es y se aprovechó de una situación injusta, ahora ya tiene 90 años, está enferma y vive malamente en tan solo dos habitaciones atiborradas de objetos.

El manejo de la cámara y la edición posterior de las imágenes son exquisitos. Mila Turajlic se muestra como una cineasta extraordinaria en la mirada exacta, sin excesos ni sobreabundancias de ningún tipo, en el apunte al detalle y en el sentido narrativo de las tomas que se producen secuencialmente, sin morosidades y al servicio de la historia que se va contando, aderezándola de sentido y de sensibilidad con imágenes interiores de la casa, y exteriores de la calle que pasa por el frente, vistas de la ciudad, vehículos que pasan, árboles, peatones, nieve que cae. El talento de la directora y camarógrafa es tal, que el punto de vista narrativo por momentos parece ser el de la propia casa, que adquiere un rol protagónico y aparenta mirar y contar lo que acontece.  En cuanto a la historia colectiva, la directora va alternando sabiamente  imágenes de archivo sobresalientes como la de la última sesión del partido comunista yugoeslavo en la cual un dirigente demudado porque la historia está derribando todas sus convicciones, con el dedo índice extendido le enrostra a Slobodan Milosevic la liquidación de la federación y la disgregación en repúblicas independientes, como una decisión de consecuencias terribles. También aparecen imágenes de la protesta popular contra la invasión de Checoslovaquia del 68 por tropas soviéticas, las refriegas frente a embajada norteamericana que estaba frente a la casa, y las crecientes y sucesivas participaciones en actos públicos y en oratorias de Sbrijanka.  Todo guiado por el relato y los recuerdos de ésta.

Un objeto hogareño rescatado por la cámara, nos lleva a un recuerdo esclarecedor: una lámina enmarcado muestra la reproducción de un cuadro pintado en ocasión de un hecho histórico, el Acta de Unión de los serbios, croatas, y eslovenos realizada al término de la primera guerra mundial en 1918. En ese cuadro, de perfil, casi de espaldas aparece el abuelo de Sbrijanka, entonces Ministro del gobierno, y partícipe directo de los hechos. Ese cuadro demuestra, dice Sbrijanka, que Yugoslavia nació allí y no que fue obra del régimen comunista ni de Tito como lo quiso mostrar la historia oficial, al punto que ese cuadro no figura en la casa de gobierno, pese a que ella fue a preguntar expresamente. Le dijeron que el cuadro no existía, y ella les contestó que cómo no iba a existir si ella tenía una reproducción en  su casa.  Ocultar la historia, tergiversarla o manipularla; algo tan típico de los gobiernos de fuerza o  dictaduras o totalitarismos, o como quiera llamársele. No puede dejar de recordarse a Trotski borrado de las fotografías y de los documentos de la historia oficial soviética, así como de los sucesivamente fusilados, encarcelados o caídos en desgracia Zinoviev, Kamenev, Bujarin …

¿Y por aquí cómo andamos? Srbijanka nos termina de conquistar cuando en medio del film dice algo memorable que nos retrotrae a nuestra propia historia y a nuestro propio país. Preguntada por su hija sobre si no tenían esperanzas de que cambiaran las cosas bajo el régimen de Tito, dice de frente con total honestidad y claridad, casi sorprendida por la pregunta, que no, que ellos –ella y su esposo y todos los de su época-  vivían con la sensación de que  Tito era eterno o que no se moriría, y que el régimen duraría para siempre, hacían lo que podían. Así nomás. Para quienes no vivieron una dictadura esto parecerá absurdo dado que al final todo cambió, pero puede asegurar este cronista, que lo que dice Srbijanka era exactamente lo que se sentía aquí bajo el régimen militar que duró más de 11 años. Lo cual no tiene nada que ver con no resistir o no desear que las cosas cambien; todo lo contrario. De lo que se trata es de la sensación de asfixia y de inmovilidad que un régimen coactivo produce en los individuos: nada se escucha en la radio, nada en la televisión, nada en los diarios, todo sometido a la marea oficialista de comunicados, noticias propagadas como verdades incuestionables; ninguna opinión, ninguna crítica, nada. Nadie se atreve a opinar en voz alta. La molicie más grande que se pueda imaginar. Y no un día, sino otro y otro y otro, y luego meses y luego años y años.  Tal cual, parecería que nada nunca va a cambiar. Eso es lo que produce un sistema opresivo y sin libertades, y eso es lo que con total simpleza y llaneza le dice a la cámara Srbijanka.  Dan ganas de saltar a la pantalla,  abrazarla y decirle: “hermana”.

Es que Srbijanka es un personaje notable. En las reuniones y  discusiones familiares y con amigos demuestra toda su convicción moral, y su claridad conceptual y por ejemplo explica que los serbios pueden querer mucho a su país, pero que desean vivir o irse a vivir a Estados Unidos o a Europa, pese a que fueron países que los bombardearon, porque eso no tiene nada que ver con el sentimiento nacional o patriótico, sino con las condiciones de vida. Y también le dice algo mucho más profundo aún a su hija; le dice que se animó a resistir y a encabezar las protestas y a hablar en público, por dos razones, una porque era profesora universitaria y tenía responsabilidad frente a sus alumnos, ¿cómo dejarlos solos, cómo abandonarlos, cuándo ellos encarnaban los ideales por los que valía la pena luchar? Un verdadero compromiso ético de una docente de ley. Y por otro lado, por la responsabilidad frente a sus hijas: dice que cómo podría haberlas enfrentado después, si pudiendo actuar no hubiera hecho nada, ni participado en nada. Un doble compromiso ético pues la llevó a la acción.

Sin embargo, dice con amargura y decepción, cuando el régimen de Milosevic la destituyó de la Universidad,  pese a ser una víctima de ese compromiso, sus colegas docentes ni se inmutaron, e incluso se apuraron a ocupar su puesto (“Sbrijanka”, dan ganas de  decirle, “no te preocupes que aquí pasó exactamente lo mismo; es universal”).

Eso tiene esta película, una enorme fuerza moral que sacude nuestra conciencia, y que nos lleva a que, al tiempo que miramos la historia que se nos cuenta en 104 minutos, simultáneamente repasemos lo que nos tocó vivir, desde la convulsionada década de los sesenta, el pachequismo y la guerrilla urbana, hasta la dictadura de triste memoria 1973-1984, y las ilusiones y desilusiones posteriores, aunque afortunadamente y desde entonces, siempre con el voto que el alma pronuncia.

Dos detalles finales cierran la historia. La cámara sigue a la asombrada Srbijanka cuando por televisión ve el noticiero en que se informa que en la sede del gobierno descubrieron que hay una pared que parece tapiar algo oculto, y pasan en directo las imágenes de los obreros que van picando la pared detrás de la cual aparece en toda su majestuosidad el cuadro del Acta de Unión en que figura el abuelo Turajlic, y la verdad histórica se abre paso. Por otro lado Nada Lazarevic muere, sus habitaciones quedan abandonadas, y Srbijanka se resuelve a realizar la reclamación para que las habitaciones le sean devueltas, lo que logra. La cámara muestra entonces el momento familiar histórico en que finalmente Srbijanka introduce la llave conservada durante 70 años, abre la puerta, y toda la familia accede por fin, desde su propia casa, a las habitaciones prohibidas.

La banda de sonido es también de primera y para aplaudir como el resto de la película en todos sus rubros. Se trata de música original compuesta por el francés Jonathan Morali. Música de cámara, violín, viola, violonchelo, un piano, notas sutiles. No se precisaba nada más.


 

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