“El ángel”. La historia, con filtros de Instagram


Por Martín Imer

Hay algo que es innegable en el ser humano: somos morbosos. Nos encantan las historias retorcidas, sangrientas, que exploren lo más bajo del ser humano, y tal vez justificamos esto con la idea de que lo vemos “para saber lo que no se debe hacer”. Sentimos particular fascinación por las historias de mafia o criminales famosos, y obviamente mientras más cruentos sus crímenes más fama consiguen. El cine argentino parece haber revisado en este último tiempo los antecedentes criminales de su país con mucho éxito, como por ejemplo El clan de Pablo Trapero, y ahora El ángel del director Luis Ortega intentará repetir la jugada con una fuerte salida comercial y un personaje muy llamativo para el público como Carlos Robledo Puch.

Una rápida búsqueda sobre su persona lo delata: a sus 20 años fue condenado a cadena perpetua por varios delitos entre los que se incluyen diez homicidios calificados, tentativa de violación, diecisiete robos, dos raptos y sigue la lista. Robledo Puch siempre fascinó a los investigadores y seguidores de la historia criminal argentina particularmente por su falta aparente de motivos que justifiquen su comportamiento y la brutalidad de sus actos. Y todos estos componentes en papel son un excelente material para el cine, por lo que no resulta ninguna sorpresa además que sean los hermanos Ortega (Luis en dirección y Sebastian en producción) quienes agarraran este proyecto: ambos han realizado varias exploraciones en televisión sobre el mundo criminal, tanto en Historia de un clan — otra historia sobre la familia Puccio – como en El marginal. Sin embargo, también era de esperarse un estilo particular a la hora de abordar el tema como se podía observar especialmente en Historia de…: un estilo particularmente preocupado por las formas y las sugerencias antes que una acción directa y explosiva, y aquí eso no falla: el primer aspecto claramente visible es una excelente fotografía, diseño de producción, montaje y musicalización, de altísimo nivel que claramente aspira alto y lo logra. Es particularmente gozosa visualmente en la combinación de sofisticación y decadencia; una suerte de kitsch pop que funciona muy bien y hace que la película resalte ante el resto de los productos. La estética casi de videoclip y modernismo podría haber sido un elemento que quedara extraño o desubicado, pero con buen hacer se logró fundir con la trama y queda muy adecuada a la par de bellísima.

Sin dudas hay que resaltar un aspecto de valentía e incorrección en la propuesta: al no tener una idea prefija ni marcada sobre su protagonista, no lo juzga ni lo demoniza y sobre todo no intenta dejarle al público alguna lección de moral barata. Pero en la decisión de no querer buscar o crear motivaciones del personaje a los crímenes que comete pierde de vista un punto fundamental: el público puede sentirse atraído en un primer momento a un protagonista que hace cosas solo por impulso, o “por juego” como él mismo lo llama, pero si en todo momento se acciona de esta forma rápidamente se pierde el interés al no existir ningún otro valor en juego para preocuparse. Con esto quiero decir: no hay ningún peligro que importe, ni un antagonismo (ni siquiera policial ya que una situación específica en una cárcel se soluciona con simpleza y de nuevo, sin ningún remordimiento que logre enganchar al público o volver creíble el hecho) que le saque jugo a los acontecimientos. Si la intención era crear una experiencia visual y auditiva que hipnotizara al público y por ende no cuestionara nada, está conseguida a medias ya que sobre la mitad el film se estanca y recién sobre el final vuelve a tener situaciones de relevancia que sacuden al público.

También se observa la intención del director de ficcionar la historia real y torcerla de forma que quede acorde a lo que realmente quiere contar: una historia desenfadada de violencia, locura y sexo. El resultado resulta irregular, sin llegar a lo ofensivo pero resultando desconcertante si lo que el espectador esperaba era un auténtico estudio de personaje. De hecho, y seguramente con el objetivo de crear un monstruo sin llegar a ser repulsivo, se obviaron o cambiaron la mayoría de los crímenes que cometió Robledo Puch. Esta también es una decisión curiosa, pero ya queda en cada uno y su propia apreciación del film si resulta acertado o desagradable. En términos parciales la decisión es interesante aunque por momentos termina jugando en contra el propio historial de la persona real: la forma en que ocurren los acontecimientos – al menos como están narrados aquí – no terminan de crear una proporción auténtica sobre él y por eso cuando al final es descubierto y perseguido por las fuerzas policiales uno termina preguntándose si realmente hacía falta, o al menos en la película, una respuesta de las autoridades tan importante sobre alguien así, además de otras cuestiones que no se buscaron responder. El componente homoerótico de la propuesta también resulta llamativo aunque al no llegar a ningún lado con el tema termina siendo irrelevante y por momentos de un obvio subrayado.

Por el lado actoral la revelación de Lorenzo Ferro como Carlitos es fundamental y sin dudas es todo un logro del director. Este intérprete aporta una enorme dosis de energía y espontaneidad que todo el tiempo sorprenden y atrapan al público; sin una actuación con este nivel de entrega y poder no se podía haber sostenido todo lo demás, a pesar de que el protagonista está muy bien acompañado por figuras del nivel de Mercedes Morán, Cecilia Roth y Daniel Fanego, entre otros. Todo esto termina haciendo que el balance final sea difícil e igual de desconcertante que la propia película: hay brillantes secuencias y un delicado aspecto técnico que resultan eclipsadas por importantes desaciertos narrativos y de ritmo. Priorizando el aspecto ficticio a la biografía, y sobre todo yendo con la mente abierta, puede encontrarse el espectador con una propuesta diferente y estilizada. Como relato de una época, por momentos funciona. Como relato de un personaje, flaquea más allá de toda duda razonable.

EL ÁNGEL (Idem, Argentina/España, 2018) Dirección: Luis Ortega. Guion: Sergio Olguín, Luis Ortega y Rodolfo Palacios. Fotografía: Julián Apezteguia. Edición: Guille Gatti. Con Lorenzo Ferro, “Chino” Darín, Mercedes Morán, Daniel Fanego, Cecilia Roth, Peter Lanzani. CALIFICACIÓN: 6/10

 


 

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