El cine como lienzo del alma. Por Amílcar Nochetti

Dolor y gloria, España 2019. Dirección y libreto: Pedro Almodóvar. Fotografía: José Luis Alcaine. Música: Alberto Iglesias. Con Antonio Banderas, Asier Etxeandía, Leonardo Sbaraglia, Penélope Cruz, Nora Navas, Julieta Serrano, Cecilia Roth, Raúl Arévalo. Estreno: 06.06.2019. Calificación: Muy buena. (*) 


Pedro Almodóvar siempre fue un talento intuitivo y marginal por naturaleza, capaz de expresarse con soltura y total libertad desde el aislamiento que da la independencia. Es un autodidacta que no debió contaminarse con el juicio crítico ni con los halagos de la fama. Por ese desprejuicio creativo fueron notables ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, Matador, La ley del deseo y Mujeres al borde de un ataque de nervios. Pero el universal reconocimiento de su talento a partir de 1989 quitaron naturalidad y soltura al manchego, que se convenció que era “el importante cineasta Almodóvar” y marcó el paso de las exigencias de la industria para no caerse del pedestal. Como le sobra talento, de vez en cuando redondeó algún film notable (Todo sobre mi madre, Hable con ella), pero por lo general tropezó e incluso cayó con disfrutables pero desteñidas imitaciones de lo que habían sido sus primitivas y memorables audacias. Por eso su puntería se desvió, la maldad perdió filo, su intencionada cursilería careció de magia y su ferocidad terminó siendo muy previsible (La piel que habito) o directamente inútil (Los amantes pasajeros). En cambio el manchego se despacha ahora con una película mayor, una de las mejores de su carrera, y también la más honesta y confesional.

Porque aquí Almodóvar no toma nada de otro lado que no sea el suyo. Como en La ley del deseo, el protagonista es un cineasta aturdido, aunque las pulsiones sexuales de la juventud han dejado paso a una indolencia autodestructiva y una tardía adicción a la heroína para mitigar sus intolerables dolores físicos. E igual que en La mala educación, recupera la España cerril y miserable del franquismo, aunque desde el recuerdo de una infancia feliz pese a las penurias económicas. Salvador Mallo (Antonio Banderas, en el mejor papel de su carrera) es un alter ego de Almodóvar, reproduciendo la imagen del director desde el peinado y los lentes negros al vestuario chirriante y el padecimiento de numerosas enfermedades. En todo eso hay retazos de la biografía oficial del manchego, como también están su hogar y sus obras de arte, sus caprichos y sus rutinas.


Sin embargo ése es sólo el brillo exterior del film, porque aquí lo más valioso es algo invisible que conquista al espectador desde el inicio. Una melancolía y un sedimento de languidez al que se llega acompañando al protagonista en su deambular, donde se cruza con actores con los que ha permanecido peleado durante años (Asier Etxeandía) o con amantes perdidos (Leonardo Sbaraglia) que testimonian el pasado febril de un hombre que experimenta el terror a la doble decadencia física y artística. En ese permanente mirar hacia adentro, el veterano protagonista arribará al puerto inevitable, la madre perdida aunque nunca olvidada, que en Dolor y gloria aparece doblemente: desde el recuerdo lejano (Penélope Cruz), como joven abnegada que da todo lo que tiene a cambio de la educación y libertad de su hijo, y desde ayer nomás (Julieta Serrano), esa anciana icónica en la que coexisten el humor rústico y la enorme sutileza de lo que nunca se ha dicho. Con esa letal combinación Salvador, y con él Almodóvar, arriba a la verdadera naturaleza de lo humano.

La genuina y callada emoción que transmiten las secuencias con la anciana madre son coherentes con algo que un rato antes Mallo había dicho como al pasar: “Los mejores actores no son los que lloran, sino los que saben contener las lágrimas”. Eso es lo que brinda Almodóvar con una película en la que nunca permite que la emotividad estalle del todo, pero aún así se da el lujo de oprimirnos el corazón escena a escena. Dolor y gloria parece el título ideal para esta película, porque aquí se explicitan paralelamente el dolor de vivir y la gloria de saber comunicarlo mediante la imagen. El resultado es el alma de Almodóvar puesta al desnudo, con momentos deslumbrantes (los de la infancia, la animación al detallar los padecimientos físicos del personaje) y una poliédrica forma de narrar que, paso a paso, nos conduce al final más inteligente de toda la obra del cineasta, donde la ficción y la realidad se dan la mano, pero no como una llamativa vuelta de tuerca, sino como constatación que para él ambas vertientes lo conforman, ambas son su vida. Como nunca antes, Almodóvar deja de lado su ego en aras de una catarsis que sin duda parecía estar necesitando. Entre el ímpetu, el atrevimiento y la sinceridad, Dolor y gloria no es sólo una película mayor, sino también una necesidad personal transformada en pulsión artística de altísimo nivel.


(*) Publicado en el semanario Voces

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