El feto, el monolito y Hal-9000: 50 años de “2001: odisea del espacio”

Por Amílcar Nochetti (*)


Tarde de agosto de 1969, fría y soleada. Mi padre me lleva al cine una vez más. Rito impostergable. Pero hoy es distinto. Vamos a una sala de estreno a ver una película que me va a gustar mucho, porque dicen que es la mejor ciencia ficción de la historia. “La dan en el Ambassador”, dice mi padre, y desde el recuerdo que me dan mis escasos diez años le respondo: “Ah, ya sé, donde los ojos de Peter O’Toole destruyeron Sodoma y Gomorra en La Biblia”. Subimos por Julio Herrera y Obes desde Uruguay, tres cuadras interminables ya que el ansia me consume, producto del entusiasmo generado por el alunizaje de Armstrong días atrás. La primera sorpresa me aguarda en la puerta del cine: al acercarnos a la boletería, ubicada sobre la vereda (y no en el hall) suena una música estridente. ¡La película se oye desde afuera! Pasamos a la sala, ubicada en el primer piso del edificio, las luces se apagan, va a comenzar la magia. Sin que pueda imaginarlo, mi vida está a punto de cambiar para siempre.

Música majestuosa y “Qué bueno, el Sol, la Tierra y la Luna en línea recta”. Paisaje africano, leopardos, monos. “Pero ¿dónde estamos?”. Pasa un rato, nadie habla, los monos comen hierbas y se esconden del felino. Anochece. Un coro muy fuerte y un… un… “¿Qué es eso, papá?”, y la respuesta: “Parece una especie de losa, un monolito”. Un mono se atreve a tocarlo, al día siguiente el monolito se fue y el simio descubre que un hueso puede servir para defenderse del enemigo. “Esto no es ciencia ficción”. El mono pelea y gana, tira el hueso para arriba y “¡Ja, que fantástico, el hueso se convirtió en una nave espacial! Ahora empieza la ciencia ficción”. Mucha música y muchas naves, “Ese vals lo conozco, lo tienen en casa en un disco”, y después de un rato en medio de una reunión alguien dice que deben ir a la Luna, porque apareció un objeto misterioso. “Mirá, papá, es la misma piedra de hoy”. Mi padre, con cara preocupada, no responde. El astronauta toca el monolito y un pitido agudísimo me obliga a taparme los oídos. De golpe una nave distinta, larguísima, ocupa todo el ancho de la pantalla. Dentro van varias personas y una computadora que habla. Y comienzo a entretenerme, porque ahora pasa de todo: gente que camina con los pies para arriba, desperfectos que obligan a los protagonistas a salir al espacio, la computadora perfecta que se equivoca… “¿O no se equivocó y todo esto está hecho a propósito?”. Nueva salida al espacio y HAL 9000 empieza a asesinar a todo el mundo. Pero con el capitán no puede, él retorna y la mata desconectando unos cuadraditos… “Es el cerebro de HAL”, dice mi padre. Otra vez estamos en el espacio, que se adivina muy frío, y me empiezo a sentir incómodo y solitario, con el Sol tan lejos y chiquito. De golpe mi gesto de sorpresa debe ser igual al del protagonista, porque entramos en una especie de enorme corredor de luces y colores chillones, con mucha música de órgano y coros que una vez más me lastiman los oídos. “Me rindo”, pienso, porque ahora todo es inexplicable. Miro a mi padre, que sigue serio. “Estamos todos locos, ahora la nave está dentro de una casa”, y el joven astronauta se ve más viejo, cenando. Una copa cae al suelo, se rompe y ahora el protagonista parece una momia, muriéndose en la cama. La losa aparece de nuevo y salimos otra vez al espacio. “¿Qué es eso? ¿Un bebé dentro de un huevo transparente? Es enorme y está delante de la Tierra y… ahora se da vuelta y me mira fijo y…”, y la música inicial resuena una vez más, mientras las luces se encienden y todo finaliza.

A la salida no hablamos. “No entendí nada, papá”, confesé mientras esperábamos el ómnibus. “No te preocupes, yo tampoco”, respondió de mal humor. Y después: “Te aburriste mucho, ¿no?”. Salté sin pensarlo dos veces: “¡No! ¡Me encantó! No entendí nada, pero me encantó”. Sonrió, incrédulo. Llegados a casa, con gran entusiasmo le conté toda la película a mi madre. “Papá, quiero ir a verla de nuevo la semana que viene”. La respuesta fue un látigo: “Ni loco veo esa película otra vez, por favor”. Y entonces mi madre miró a mi padre y le dijo: “No te preocupes, vamos a hacer una cosa: la semana que viene voy yo, porque esto que ustedes vieron no es ciencia ficción. Realmente tengo ganas de ver esa película”. La suerte estaba echada: 2001: Odisea del espacio había llegado a mi vida. Ya no se iría nunca más.

***

La gestación de 2001 fue larga. El cuento que la originó, El centinela, fue escrito por Arthur C. Clarke en 1948 para un concurso de la BBC, y publicado en 1951. En 1962 Stanley Kubrick quedó fascinado con una novela del escritor (El fin de la infancia) y quiso trasladarla al cine, pero Abraham J. Polonsky se le había adelantado. Entonces compró los derechos de doce cuentos de Clarke, uno de los cuales era precisamente El centinela. Al principio escritor y cineasta quisieron realizar un documental con entrevistas a famosos científicos, acerca de la posibilidad de vida extraterrestre y la teoría del viaje intergaláctico. Pero Kubrick cambió esos planes, volcándose a la ficción y rehaciendo el libreto innumerables veces, en una labor tan perfeccionista como irritante. El rodaje comenzó el 29 de diciembre de 1965 en Inglaterra. El film estaba concebido para ser filmado y exhibido en Cinerama, pero la idea fue descartada y terminó adaptándoselo al Super Technirama 70 mm de MGM. 2001 es anterior al uso de la computación en cine, por lo que cobra particular relevancia la perfección de sus efectos especiales, íntegramente realizados en base a maquetas en escala y trucos fotográficos. El propio Kubrick supervisó todo ese asunto, y su principal colaborador fue Douglas Trumbull, que más tarde cobraría fama como encargado de efectos visuales para Encuentros cercanos del tercer tipo. La película se estrenó el 2 de abril de 1968, pero a Uruguay tardó 16 meses en llegar. Su costo fue de 10.500.000 dólares, casi el doble de lo estimado en principio. De esa aventura múltiple saldrían una obra maestra del cine, una disputa entre filosofía y ciencia y una serie de novelas de Clarke explicando lo inexplicable. En todo eso no hay discusión: el cine salió ganando.

Contar el anecdotario de 2001 es aniquilar sus contenidos, pero debe correrse el riesgo. En la prehistoria un misterioso monolito transforma la vida de unos hombres monos. Cuando uno de ellos comprende que un hueso puede ser un arma efectiva para cazar y matar, el espectador asiste a una transformación histórica: el simio herbívoro se convierte en carnívoro asesino. Nace el hombre. De inmediato, el mayor salto temporal de la historia del cine (cuatro millones de años) nos proyecta a la superficie de la Luna, donde aparece otro monolito que al tomar contacto con los astronautas emite una señal sonora dirigida a Júpiter. Ese hecho origina una misión llevada a cabo por varios científicos junto a una computadora llamada HAL 9000. Luego de una feroz batalla entre máquina y humanos, el protagonista entra, mediante un tercer monolito, en una dimensión desconocida, una suerte de puerta estelar, de la cual regresa a través de un cuarto monolito, convertido en alguien diferente, quizás superior.

Imponer una única explicación a los significados ocultos de 2001 sería reducirla injustamente, porque es una obra abierta a todo tipo de especulaciones, y es eso lo que la hace monumental. Es válido en cambio ofrecer pistas a espectadores desconcertados. La interpretación racionalista de Clarke habla de una civilización extraterrestre que viajó a la Tierra (el monolito sería entonces una nave) y plantó en sus habitantes la semilla del conocimiento, confiando en un inexorable proceso evolutivo. Pero otros hacen hincapié en el macabro progreso de la ciencia, que llevaría a la humanidad hacia una segura destrucción: para ello se apoyan en el largo episodio de la lucha entre Bowman y HAL 9000, en quien ven un remedo de IBM (las letras de la máquina son las anteriores en el abecedario a las de la empresa). Una tercera opción tomaría al monolito como símbolo de Dios, con lo cual quedarían felizmente unidas dos irreconciliables enemigas: ciencia y teología. Una última interpretación, de tono metafísico, abreva en Nietzsche: sugiere que el ser humano es el escalón intermedio entre el animal y el superhombre. Sus defensores se apoyan en varias alusiones del film, como la utilización de “Así habló Zaratustra” en la banda sonora o el apellido del astronauta, ya que para Nietzsche el hombre es “un tenso arco entre el animal y el superhombre”, y Bowman significa arquero…De todas maneras, en una famosa entrevista para la revista Playboy, Kubrick declaró: “Jamás traté de dar un mensaje traducible en palabras. 2001 es una experiencia de tipo no verbal: a lo largo de 139 minutos de película hay apenas 40 minutos de diálogo. Traté de crear una experiencia visual que trascendiera las limitaciones del lenguaje y penetrara directamente en el subconsciente con su carga emotiva y filosófica. En 2001 el mensaje es el medio. Quise que fuera una experiencia que alcanzara al espectador a un nivel interno de conciencia, como la música: explicar una sinfonía de Beethoven sería castrarla, al levantar una barrera artificial entre la concepción y la apreciación”. Imposible expresarlo mejor.

Está claro que lo que convierte al film en una obra maestra no son sus múltiples interpretaciones. 2001 es Kubrick en estado puro. En ella desarrolló al máximo sus más persistentes obsesiones: la confianza en la imagen por encima de las palabras; el macizo pesimismo existencial, por el cual el hombre debería desaparecer para que el universo mejore; la derrota del héroe individual, que no sabemos muy bien quién es: ¿Bowman, HAL 9000, ambos?; la formulación de historias complejas mediante un estilo que mezcla frialdad estética y vigor narrativo; y una forma austera de mostrar violencia: las muertes en 2001 son terribles, sobre todo la extenuante agonía de HAL 9000, concebida con descomunal sadismo (quizás porque el ordenador es el único personaje humano del film, mientras que los hombres se comportan con robótica gelidez). También hay que destacar el formidable poderío audiovisual, que sumerge al espectador en una experiencia única, debido a la sabia combinación de majestuosidad narrativa y rigor científico. Nunca en cine las leyes de la física fueron tan respetadas: el acoplamiento de la pequeña nave a la estación espacial, la ausencia de sonido (y la importancia de la respiración) en el espacio, el diseño del Discovery, son hitos en la materia.

Y también está la banda sonora. Las naves bailan al compás del “Danubio azul” de Johann Strauss, pero la eficaz correspondencia de música e imagen no se agota en ese vals, sino que es una constante en el film: la magnificencia de “Así habló Zaratustra” de Richard Strauss surge en los tres momentos épicos de la historia, la suite “Gayané” de Aram Khatchaturian pone énfasis en la sideral soledad del espacio, y los fragmentos de “Lux Aeterna”, “Kyrie” y “Atmósferas” de György Ligeti otorgan un aura misteriosa y altamente inquietante a un infinito ubicado más allá de la comprensión humana. 2001 ubicó a Kubrick en el sitial más cotizado entre los cineastas de su época, y le permitió convertir sus posteriores Naranja mecánica y Barry Lyndon en un par de empeños personales minuciosos y de idéntico magisterio.

***

2001 cambió mi entera existencia. Me hizo adivinar que ciertas cosas no necesitan explicarse con palabras para gustar de ellas: se las aceptan como son, en total entrega, porque son un acto de amor. La película propició además un cambio de ruta, porque a partir de ella tomé un sendero que me iría alejando de los gustos sencillos de mi padre, en beneficio de las inquietudes más intelectuales de mi madre. Mi entusiasmo no fue pasajero: abandoné las revistas de chistes (en esa época no se decía cómics), y comencé a sumergirme en Julio Verne, mi verdadero inicio en la literatura. Un mes más tarde cumplí once años. En las últimas cinco décadas vi 2001 46 veces. Me sumerjo en ella y siempre termino asombrado como la primera vez. A veces paso años sin verla, y luego me atrapa cinco o seis veces seguidas, para terminar descubriéndole siempre cosas nuevas. Es una experiencia alucinante, cuyo nivel de genialidad el cine actual extraña.

 


(*) Texto extraído del capítulo 5 del libro “Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria”, de Amílcar Nochetti, publicado por Ediciones de la Plaza. 

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