“El infiltrado del KKKLAN”: el horror de lo atemporal


Por Martín Imer

Fe de erratas y advertencia: en la previa publicación sobre el MONFIC 2018 mencioné a esta película bajo el título “Infiltrado en el kkklan” cuando en realidad se llama aquí “El infiltrado del kkklan”. Se trata de una diferencia mínima pero un error al fin, por lo que expreso mis disculpas del caso. También aclaro aquí que la crítica puede tener algún comentario sobre momentos claves de este estreno, por lo que se recomienda leer con cuidado si el lector no quiere enterarse.

Desde 1986, cuando debutó con Ella lo quiere todo, el director Spike Lee hace siempre lo mismo.

Lo que no significa que sea algo malo — el hombre, nacido en Atlanta en 1957, ha dedicado su carrera a sus convicciones políticas y sociales, lo que es totalmente válido y muy digno; gracias a esto pudimos ver films valientes y comprometidos como Haz lo correcto y Malcolm X. No siempre los resultados artísticos se corresponden con el valor de realizarlas, pero sin dudas es una voz diferente en el panorama del cine estadounidense (aunque no tan innovadora ni genial como se nos suele decir o él mismo cree). Y si bien ocasionalmente ha realizado algún film totalmente alejado de sus lugares comunes (El escape perfecto, por ejemplo) no es ninguna sorpresa leer su nombre luego de ver El infiltrado del kkklan, ya que sus temas, su furia y su sus inquietudes están en constante diálogo con el resto de la filmografía del director.

Basada en la autobiografía de 2014, la película cuenta la increíble historia de Ron Stallworth, quien es el primer oficial negro en el departamento de Colorado Springs. Inicialmente relegado a trabajos menores, el policía logra repuntar hacia liderar una curiosa operación: infiltrarse en el Ku Klux Klan para impedir un posible ataque terrorista. Claramente hay un problema de piel a la hora de ingresar a “la organización” por lo cual la solución es aún más insólita: mientras el verdadero Stallworth habla por teléfono con los integrantes del KKK y organiza distintos encuentros, quien pone la cara es su compañero, Flip Zimmerman, quien es blanco y puede perfectamente hacer el papel. Con ambos agentes en campo empieza entonces un viaje a través del odio más irracional y latente que se esconde en los Estados Unidos, llegando incluso a que ambas vidas estén en constante riesgo.

Luego de realizar la fallida e impersonal remake del clásico de culto coreano Oldboy Lee regresa a la pantalla con su mejor film en años: una violenta bola de ira arrojada hacia el público a máxima velocidad, sin dejar indiferente a nadie e indirectamente obligando al espectador a relacionarse con el film. ¿Cómo? Sugiriendo mediante un magnífico montaje final que los hechos que vimos reflejados a lo largo del metraje tienen una resonancia y una repetición actual y al rojo vivo, que claramente apunta a un llamado de atención urgente. El golpe no queda ahí: durante toda la película se hace explícito el imperante racismo que abunda en los EE.UU y que los peores no son los racistas, sino quienes miran hacia el costado y dejan que ocurra, que crezca. Y digo abunda y no abundaba,  ya que durante el film a través del guion sutilmente también se eleva el material a una atemporalidad que asusta (ciertos diálogos y una particular escena donde se discute sobre el futuro político de uno de los personajes dejan ambigua la idea de si se refieren a los hechos actuales o al día de hoy). Por esto la producción sale por momentos del mero género biográfico o como se dice actualmente revisionismo histórico, ya que aquí el análisis va con la intención no de observar sino directamente de atacar y de abofetear al espectador, dando un brutal mazazo a quien pueda ir con la intención de divertirse y pasar un buen rato. A diferencia de la reciente Django sin cadenas de Tarantino aquí el tratamiento es estrictamente humano y no se reduce todo a un regodeo gore y falto de respeto a la realidad: el hecho de presentar personajes con tantas debilidades y fragilidades genera un inmediato contacto con el público que también impacta en los minutos finales a pesar del aparente triunfo de la justicia. ¿Hay un verdadero triunfo cuando el verdadero mal sigue implantado de raíz?

El golpe de Lee no sólo queda relegado a la política y la sociedad de aquel entonces y la actual sino que al principio y especialmente en una cruda secuencia en la mitad del largometraje se interpela explícitamente a dos míticas realizaciones de la historia del cine: Lo que el viento se llevó y muy especialmente El nacimiento de una nación, de D.W. Griffith. Ambas realizaciones comparten la épica y la novedad en su época (El nacimiento… es de hecho una de las primeras realizaciones cinematográficas donde se narra una historia concreta y completa y no se trata simplemente de una combinación de secuencias sin relación entre ellas como se hacía hasta el momento) pero también un aspecto clave: ambas tienen en lo más profundo una relación con el racismo — mientras El nacimiento… es un relato sobre los acontecimientos clave de la historia americana (incluyendo un favorecedor retrato del Ku Klux Klan), Lo que el viento… transcurre en su mayor parte durante la Guerra de Secesión, y ambas son acusadas bajo una lupa moderna de racistas. Tal vez de las dos podría ser más justificable la segunda, ya que el racismo de la imagen no corresponde tanto al de los personajes y además la historia, al tratarse de una familia del sur, inherentemente iba a tener una mirada más condescendiente hacia la esclavitud, incluso mencionada ocasionalmente en este film cuando dos personajes dialogan sobre la relación entre Scarlett O’Hara y Mamita, la esclava que todo el tiempo estaba detrás de la protagonista tratando de que no hiciera de las suyas. Pero en el caso de la primera es especialmente bochornoso, ya que incluso a día de hoy se sigue exhibiendo y celebrando en reuniones secretas del Klan y al ver uno el film no puede dejar de lado su vena profundamente discriminatoria (es todo tan escandaloso que incluso los personajes negros del film son actores blancos pintados de negro). Que esta película sea una pieza clave a la hora de hablar del cine es un acontecimiento bochornoso que el director desde sus días de estudiante combate*: si, no hay duda de que es una película imborrable y valiosa por sus aportes cinematográficos, pero a la hora de evaluarla en esta película el mensaje es claro y se nos habla de que no hay que ser olvidadizos del contenido incluso valorando sus otras virtudes. La apuntada con el dedo es tan feroz que incluso se permite alejarse de la trama para contar un aberrante suceso que tuvo lugar poco tiempo después del estreno de la película, e incluso se lo relaciona directamente con ésta. Es inevitable al hablar de nuestra historia como sociedad tener que mencionar los hechos más desgarradores y lamentables que hemos vivido a lo largo de los siglos; por ende no es ninguna ironía que uno de los hechos más importantes de la historia del cine como lo conocemos esté ensuciado por su repudiable contenido, y siguiendo la mejor tradición de la sociedad moderna resulta muy conveniente y audaz que el cine cuestione al cine: desde una película como ésta se cuestiona explícitamente el contenido de la otra e implícitamente el hecho de que no se hable más seguido de esto.

Siguiendo con la revisión y revaloración del cine el guion pretende también revalorizar, tanto desde lo directo de los diálogos como lo indirecto de las formas, al sub género del blaxploitation, mostrándolo como una forma de liberación de la raza negra desde donde el espectador podía sacar su ira viendo en pantalla a un héroe de la raza negra combatiendo injusticias, racismos, violencia y etc. Para quien no conozca, este tipo de producciones comenzaron a invadir las pantallas a principios de los años 70, con una combinación explosiva de acción, drogas, sordidez en sus tramas (típico del más común exploitation) y el uso de una banda sonora apabullante compuesta por temas del momento. Con ejemplos como Shaft, Super fly (ambas con continuación en marcha y remake este año respectivamente) y Mandingo uno puede ir construyendo el mapa cinematográfico que Lee quiere dejar sentado en la película, e incluso trazar la línea de que aquí busca crear un análisis sociológico y muy válido de la cinematografía: a partir del movimiento social el cine tiene la deuda de responder con películas que hablen directamente a ese sector; una reacción por así decirlo a partir de la acción — aunque también es necesario aclarar que el blaxploitation no contaba con los papeles necesarios (ni tampoco las pretensiones, si somos sinceros) para tener grandes y oscarizables películas — pero aun así por su valor en la sociedad de aquella época es necesario tenerlo en cuenta.

Volviendo a lo estrictamente relacionado con la crítica hacia el film no pueden ignorarse distintos problemas que va teniendo durante su visionado: la repetición de algunos esquemas e ideas se hacen notar en la sala especialmente cuando uno percibe que el asunto empieza con muchísima energía y se va diluyendo mientras pasan los minutos. Hay de todas formas momentos de mucha tensión en la segunda parte de la película, especialmente llegando al final donde más se nota el homenaje del director al subgénero previamente mencionado, pero no deja de resultar notorio el cambio de ritmo y perjudica notoriamente el resultado final. Sin embargo no hay que dejar de apreciar la constancia del conjunto sobre los temas que trata y su interés por abarcar mucho más que una simple historia policial: el libreto no tiene ningún inconveniente en detener los acontecimientos para dejar clara una idea o contar una mini historia aparte para luego volver con la misma naturalidad. También en el apartado visual se observa uno de los trabajos más cuidados de Lee incluso volviendo a filmar en 35mm, algo que para los más observadores resultará una grata alegría ya que le aporta ese algo que en la filmación digital nunca existirá. En el lado de las actuaciones ambos protagonistas se destacan de formas totalmente distintas: por un lado John David Washington (hijo de Denzel) parece querer emular el héroe temerario y desprejuiciado típico del blaxploitation aunque con un particular acierto en la hora de elegir cuando fingir y cuando ser lo más auténtico posible. Tiene sus momentos donde se abre a la sobreactuación pero están bien justificados y funcionan en su propio mundo. Por el otro, Adam Driver va con su habitual onda más calmada y abajo aunque es ideal para el papel y ofrece además la contracara del personaje de Washington, quedando como resultado una dupla dinámica e interesante que logra complementarse muy bien.

Esta película sin dudas busca llegar a lo más profundo de los espectadores, y es a partir de ahí que cada uno logrará hacer su análisis. Ni bien terminó dudé mucho sobre si me había gustado o no, pero con alguna distancia puedo, a pesar de sus desaciertos, recomendarla como un ejemplo de cine denuncia y combativo, sin miedos, con una marcada posición política que defiende a capa y espada y además con buenas actuaciones, banda sonora y demás valores técnicos. No es aquella gran joya que se venía prometiendo desde su arrollador paso por Cannes, pero sin dudas es un film interesante que dará de que hablar.

EL INFILTRADO DEL KKK (BlackKklansman/EE.UU/2018) Dirección: Spike Lee. Guion: Charlie Wachtel, David Rabinowitz, Kevil Willmott y Spike Lee. Música: Terence Blanchard. Fotografía: Chayse Irvin. Con John David Washington, Adam Driver, Laura Harrier, Topher Grace y Alec Baldwin. CALIFICACIÓN: 8/10

ANECDOTARIO

*Como se mencionó en esta crítica, El nacimiento de una nación es, a pesar de su contenido, una pieza fundamental en el crecimiento del cine como un arte y una forma de contar historias, además de un éxito comercial masivo mundialmente. Por eso no es ninguna sorpresa que sea un film exhibido en escuelas de cine, y de aquí viene esta curiosidad que vale la pena contar para mostrar también una imagen más clara del realizador detrás de El infiltrado… Cuando Spike Lee estudiaba en la Escuela de cine NYU se sintió profundamente enojado cuando, al hacer un análisis del film, ninguno de sus profesores hicieron mención a su evidente contenido discriminador. Por ello decidió realizar un cortometraje como respuesta a esta omisión; éste se titula The answer y puede encontrarse fácilmente en YouTube. El corto hizo estragos en la escuela: al parecer ofendió a tantos profesores que Lee casi es expulsado de la institución y se salvó por los pelos. Luego de convertirse en un exitoso director volvió a la escuela esta vez en calidad de profesor y podría decirse que ésta película resulta en un momento la segunda parte de aquel cortometraje estudiantil, esta vez con mucha más resonancia y distribución mundial.

 


(Fuentes: IMDb/Amílcar Nochetti/”Historia del cine” – Román Gubern)

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