“El vicepresidente”: Cuando la realidad parece ficción


Por Martín Imer

Es complicado, en esta reciente ola de biopics que está ofreciendo el cine internacional, crear uno que se destaque por su originalidad en el enfoque o en lo visual. Biopic es un diminutivo de biographical pictures (películas biográficas) que describen las hazañas de un personaje famoso o importante para la humanidad, y últimamente tuvimos varios ejemplos como El primer hombre en la luna, Stefan Zweig: Adiós a Europa o Bohemian Rhapsody, la cual de hecho hace días acaba de coronarse como la biopic más taquillera de la historia. Parece que el público ha hablado y les encanta una buena historia real, abriendo camino a Vice del director Adam McKay sobre la controversial figura del ex vicepresidente de los Estados Unidos Richard “Dick” Cheney, quien sirvió bajo la administración de George W. Bush desde el 2001 hasta el 2009. Su manejo de la situación post 11 de setiembre, entre otras tácticas de política, lo han llevado a ser un personaje muy recordado tanto para bien como para mal, cuestionado moralmente por muchos y apoyado por otros.

Por lo que la idea de una película no está nada mal, y Vice (o El vicepresidente, según su título en español) logra ser, en gran medida, un adecuado retrato de la figura: en constante cambio, con una fuerza dramática ascendente y una potencia emocional duradera y que abre a una reflexión de lo más interesante sobre la ambición de la gente a cargo del poder, el dinero que circula por estos círculos y la ambigüedad moral y de intereses que corre detrás de cada decisión tomada; en definitiva, los entretelones de una política cada vez más corrupta y deteriorada. El tratamiento de McKay era esperable y a esta altura marca de la casa, intercalando frenéticamente imágenes de archivo, un look cinematográfico con uno más acorde al documental, fotos y escenas de irreverente humor afiladísimas con la clara intención de ridiculizar al protagonista, algo que si bien sabe ajustar mucho mejor al tema expuesto que en La gran apuesta sigue resultando algo problemático, especialmente a la hora de tomarse en serio a la película.

Por ejemplo, por momentos el ácido humor aparece para dar un golpe brillante, como en un gran dialogo entre los personajes de Bale y Carell cuando el primero le pregunta al otro en que creen, despertando una sonora risa en el otro, pero luego aparece una escena entre Bale y Adams recreando una charla entre esposos con diálogo de Shakespeare que simplemente es una simpática tontería durante pocos segundos, pero así otro par de escenas que parecen simplemente estar puestas para tratar de hacer mucho más explícito y subrayado el aspecto burlón e irónico de la propuesta. No es necesario, ya que en sus momentos más crudos el humor suma y se suceden secuencias realmente fantásticas como una cena entre los altos mandos del poder en el que el menú es una serie de “interpretaciones” de la constitución; la combinación entre lo terrible que el espectador sabe qué significa eso y lo burlón de cómo está planteado es simplemente brillante. McKay sin embargo debo admitir que me ha sorprendido en esta película en el planteamiento de algunas decisiones mucho más sutiles en el estilo que rebotan bien emocionalmente. Algunos silencios, sombras y gestos separados del conjunto ruidoso y escandaloso de la propuesta tienen una interesante resonancia, profunda y que habla de que hay una cierta claridad mayor en los objetivos que pretende alcanzar.

El director está ayudado también por dos elementos claves: el guion, de su autoría, que sin dudas está muy bien balanceado y muchísimo más inspirado que en su anterior película (esa tontería de hacer explicar términos complicados a personalidades famosas por suerte no se hace aquí), y luego el brillante cuarteto protagónico: Christian Bale sin dudas roba todas las miradas por su enorme observación de la figura real, haciendo un gran esfuerzo — con maquillaje incluido — para ser lo más parecido posible a Cheney, incluso desde lo bocal bordeando el personaje con altura e imponiendo una enorme fuerza actoral que deberá ser reconocida al menos en muy seguras nominaciones, pero está sostenido también por interpretaciones muy interesantes de Amy Adams, Steve Carell y muy especialmente el brillante Sam Rockwell quien también a pesar de la brevedad logra recrear muy bien a Bush. Los otros actores también están todos muy bien (incluyendo los refrescantes cameos de Alfred Molina y Naomi Watts) pero la potencia de este cuarteto eleva absolutamente los otros méritos del film.

El título original podría referirse tanto al puesto político del protagonista como al vicio que genera el poder, y la película en cierta forma termina siendo un buen reflejo de esto: excesiva por momentos, vertiginosa, adictiva y potente, piadosa con sus espectadores a la hora de no ponerse pesada con sus escenas más complejas y especialmente valiente y muy autoconsciente (ya al comienzo se excusa si no es totalmente exacta en sus datos, y que hicieron lo mejor que pudieron). Para empezar el 2019, y especialmente la temporada de premios — en los Globo de Oro es la más nominada — sin dudas es una opción de lo más interesante, compleja y abierta a todo tipo de discusión ideológica, moral y política. Un poco más de picante para estos tiempos de lo más polémicos.

Y si les queda alguna duda sobre el final del film sobre cuál es la posición ideológica del film, éste mismo se encarga de dejarlo bien en claro y subrayado en una tonta pero en definitiva simpática escena entre créditos.

EL VICEPRESIDENTE (Vice, Estados Unidos, 2018) Guion y dirección: Adam McKay. Fotografía: Greig Fraser. Música: Nicholas Britell. Montaje: Hank Corwin. Con Christian Bale, Amy Adams, Steve Carell, Sam Rockwell, Jesse Plemons. CALIFICACIÓN: 8/10


 

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