“En la dirección uno empieza a tener contacto con la locura humana”. Con Villanueva Cosse

Desde éste sábado 6 vuelve al teatro El Galpón “Los cumpleaños de Irina”. En versión y dirección de Villanueva Cosse, la obra se basa en “Villa Dolorosa – (tres cumpleaños fracasados)”, de Rebekka Kricheldorf. Versión libre de “Las tres hermanas” de Chejov. Vilanueva Cosse contó a Granizo cómo vive éste regreso a un teatro al que siente como parte de él.


Por Mauricio Rodríguez

En una versión libre de “Las tres hermanas”, de Anton Chéjov, la berlinesa Rebekka Kricheldorf  pone en escena tres cumpleaños sucesivos de Irina donde somos testigos de las discusiones de las protagonistas acerca de la posibilidad de escapar de su realidad tediosa y aburrida. La obra en términos actuales reflexiona acerca de lo que está ocurriendo con los millennials y su insatisfacción permanente.Nos encontramos con una familia disfuncional, que ha tenido todo para no serlo; ha tenido dinero, ha tenido nutrición cultural, aunque amontonada y sin un propósito. Personajes excéntricos, fiel reflejo de una sociedad apática y trivial entregada a la inercia a pesar de su declamado deseo de encontrar algo mejor.


¿Qué le está sucediendo a esta juventud que tiene acceso a las posibilidades de formación y aprendizaje? ¿Qué está pasando con los libros y la tecnología? ¿cuál es la salida? ¿hacia dónde van? A pesar de la problemática del asunto, esta versión nos lo entrega en momentos de suma gracia. Una comedia dramática chirriante y potente, con momentos vertiginosos y con momentos de relax. Estas tres hermanas plantean una reflexión acerca de los jóvenes de hoy, mostrándonos desde otro ángulo el fenómeno de la desorientación.

  

¿Cómo diría que se encuentra hoy su presente artístico, más allá de esta obra?
En los finales.

¿Lo siente así?
Si no lo hiciera sería un inconsciente. Tengo 85 años. Incluso el hecho de estar acá – eso ya lo había dicho en ocasión de Arturo UI que fue en el año 2017 – es como que sentí… (Piensa) Cuando me invitó El Galpón, sentí como que el destino me estaba dando una oportunidad de cerrar algo. Ahí, en El Galpón, nací, ahí me formé, estudié, aprendí a querer al teatro. Y ahí me preparé para lo que vino después… Yo soy doble nacionalidad, por supuesto la que nunca se pierde, y la argentina, que me la tuve que sacar de apuro para poder lograr un pasaporte de la época de plomo. Yo estuve prohibido acá desde el 75 al 83.

¿Y por qué nunca volvió definitivamente?
Volví muchas veces. Pero tenía mi vida organizada allá, profesionalmente ya estaba todo organizado. A pesar de que durante esos años que la dictadura me prohibió acá, los hermanos dictadores del otro lado me cerraron toda posibilidad. Y esos ocho años fueron los años de fideos y arroz…

¿Qué hizo en ese tiempo?
Si clases. Me salvaron los  alumnos, y además me salvaron porque me permitieron contactarme con la docencia, que es algo que te enriquece para cosas posteriores. Descubrir lo poco que sabés, tenés que estudiar para no quedar como un estafador con los alumnos (Risas). Y así sobreviví. En ese momento yo no tenía pasaporte y la cosa venía terrible del otro lado. De repente venía la angustia … (Piensa). Y  la solución a la angustia es que en plena dictadura, en medio de veinte o treinta coreanos – porque era la “invasión” coreana de los inmigrantes – alguien que no voy a nombrar – un tipo de teatro – que trabajaba en Tribunales, me dijo “vení y te hacés ciudadano argentino”. “¿Cómo voy a hacerme ciudadano  argentino?”, le dije. Y me dijo “vos vení y te hacés”. Como eran muchos, te decían “jurá y no sé cuanto”. Y entre medio de treinta coreanos dije “sí, juro”. Todos juntos. Y así fui ciudadano argentino. (Risas) Son anécdotas. Vino la democracia, estuve en Teatro Abierto – en la gran zona épica de la profesión que fue Teatro Abierto – , luego vino el incendio del teatro. Todas esas cosas pasaron. Y después bueno, televisión, cine, teatro.

¿Y la opción de volverse a instalar en Uruguay en algún momento se acercó o definitivamente no?
No, no, nunca. Acá estaban mis amigos, mis afectos, mi familia.

¿Cómo fue el reencuentro con El Galpón?
Es que no se olvida, es “la casita de mis viejos”, aunque ahora es la casona (Risas). Entonces las veces que venía a Montevideo, con cierta frecuencia, un día terrible para mí fue cuando en Mercedes y Roxlo me dí cuenta que a El Galpón lo habían demolido, y yo no estaba enterado. Fue una cosa terrible, nadie me había dicho nada.

¿Qué tiene que tener una obra para que usted diga “la voy a hacer”?
No sé qué tiene que tener … Tiene que atraerme, enamorarme, incluso te diré que de ésta obra me enamoré después. Me la mandaron el año pasado en un paquete del Instituto Goethe. Yo había sacado varios premios con “Arturo UI”, el Premio Florencio, y también saqué un premio de la comunidad europea al mejor espectáculo de Montevideo. Y la condición para el premio, que estaba dotado de unos miles de dólares, era que yo a esos dólares los usara en otra puesta de otra obra, que debía ser europea. Hablé con El Galpón y me mandaron  un lote. Y ahí estaba “Irina”, que se llamaba “Villa Dolorosa”. Le puse “Los cumpleaños de Irina” que es una versión lejana de “Las tres hermanas”, de Chéjov. La primera vez que la leí la sentí como sobreabundante en ingenio. Y no me gustó ninguna de las otras. Me dije “voy a volver a leer esta”. Y vi que era muy valiosa, y pensé que eso del exceso de ingenio se puede corregir, es totalmente manejablev. Entonces empecé como a reversionar la cosa. Empecé a trabajar y me empecé a enamorar de la obra. Además, me encontré con un elenco que me capturó. Años de trabajo en la dirección hacen que uno empiece a tener contacto con la locura humana. Soy actor y conozco eso. A mí me pasa lo mismo entonces, me integro a un sector de la sociedad un poco complicado (Risas) De alguna manera tendríamos que estar de vez en cuando recluidos para hacer alguna cura (Risas). Lo cierto es que acá me encontré con una gente desprovista de divismo, sin celos, sin envidia, sin conatos de malos climas. De esos que de repente vos sentís “¿qué estoy haciendo acá? Dios mío tengo que huir un poco de esto”. Entonces fue para mí muy placentero. Lo de cerrar el círculo también está teñido de cierta cursilería, es una imagen medio romanticona, pero algo de eso sentí. Pensar y aceptar que volvía a un lugar que es muy distinto a “la casita de mis viejos”, pero donde también tengo recuerdos. Yo me fui cuando ya hacía cosas en la sala grande, e incluso eso ha cambiado mucho también; hay nuevas salas. Me quedan muy pocos, por no decir ningún, testigo de aquellos tiempos porque o han fallecido o se han retirado.

¿Extraña charlar con algunos de los que ya no están?
Trato de no pensar en eso porque sería como hacerme una especie de tortura personal, pero sí me encuentro con gente de … (Piensa). Luis Fourcade, por ejemplo – “Pupi”, como le decimos nosotros – era alumno de la escuela cuando yo ya era actor; había salido de la escuela hacía cinco seis años. Me encuentro con gente intermedia con la cual tengo mucha más afinidad, pero además me encuentro – como en este caso, con éste elenco – , con gente que está terminando la escuela y tienen una sorpresiva veteranía.  Hay una cierta complicidad, y me tratan muy bien.

¿Qué cree que trata de transmitir como director y como docente?
Yo hablo con los alumnos, y trato de mostrarle que el teatro es tan vasto, y los escritores son de tan distintas extracciones y formas de expresarse, que tener una posición tomada de cómo hay que actuar en teatro es en cierto modo una agresión al 99 por ciento. Trato de decir que lo que dice el autor, lo que aspira a decir, todo aquello que resuena como una cosa iluminadora para nosotros, actuarlo de tal manera que sea no verdadero, pero simple. Que no hay verdad en el arte, esas son cosas para la moral, la ética. Y en el arte sobrevive el más fuerte. Entonces lo que yo trato es de decir a los actores es, primero, que creo en la técnica. Y lo creo desde experiencias. Yo hice “Arturo UI” dos veces como actor: en el 65 del siglo pasado y en el 72 del siglo pasado. En el 65 me quedé sin voz en la vida corriente, toda la zona media de la voz se me fue al demonio y la recuperaba a los gritos, vociferando en las funciones. Sentía que me estaba desgarrando, además con remedios para la garganta que me destrozaban el estómago. ¡Todo lindísimo! (Risas) El actor parecería que fuera un vago. Porque los bailarines todo el tiempo están trabajando su instrumento, los cantantes también. Y el actor, ¿qué es? ¿Qué pasa ahí? Cuando hago teatro, a veces lo hago realista, a veces doy mucho permiso buscando imágenes, visuales, auditivas, etc. A veces corto el proceso. Y hago todas las cosas que deforman la realidad, pero porque me lo sugiere el que escribió eso. Incluso en obras totalmente realistas trato de alguna forma de hacer maleable eso, y le huyo un poco al naturalismo. Porque me aburre. Me aburre en el sentido de que acota demasiado. Soy un ecléctico que he tratado – no sé si lo he conseguido – de sentirme cómodo. Si fuera en pintura es como si yo fuera impresionista. Y al mismo tiempo fuera “picassiano”, y de Dalí, y la escuela holandesa, Vermeer, etc. Todo de acuerdo a aquello que llegue directo a la sensibilidad de la gente. Toda esa discusión con respecto al teatro viejo y al teatro joven me pudre un poco. Puedo perfectamente equivocarme, pero no puedo entender por qué en un mundo tan confuso, el teatro a veces se pone tan confuso. Es como si yo quisiera dar la monotonía de la vida haciendo una función monótona. Brecht lo dice: el pecado mortal del teatro es aburrir.

Es inevitable preguntarle como padre cómo ve a Carolina en esta etapa política en la que está…
Como hija (Risas).

Elenco: Soledad Lacassy, Elizabeth Vignoli, Guadalupe Pimienta, Pablo Pípolo, Pablo Robles, Melisa Artucio. Dirección de Arte: Nelson Mancebo. Ambientación sonora: Fernando Condon. Luces: Eduardo Guerrero. Oficina Prensa y comunicaciones: Gabriela Judeikin. Producción Ejecutiva: Daniela Pauletti. Asistente de dirección: Nadina González Miranda. Dirección General: Villanueva Cosse.

Una producción de Teatro El Galpón.

Funciones: sábado hora 20.30 y domingo hora 19.00. Sala Atahualpa.


 

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