“Enemigo del pueblo”: cuando la Comedia Nacional hizo bailar y cantar


Por Luis A. Fleitas Coya

Cuando la Comedia Nacional  hizo bailar y cantar, aplausos para el  elenco. Sobre “Enemigo del pueblo”, de Henrik Ibsen, en versión de Marianella Morena.  (Comedia Nacional, Sala Zavala Muniz, 2019)

Provocar y después.  El procedimiento parece sencillo. Marianella Morena, directora de la obra y versionadora del texto original, para instalar la obra de Ibsen en nuestros días, además de cambiar y modificar partes sustanciales del drama, nombres y personajes,  sustituye el problema de la contaminación por bacterias de las aguas de un balneario, principal fuente de ingresos de una ciudad, por la contaminación y demás problemas que puede traer aparejada la instalación de la planta de UPM2, pero no de manera simbólica sino como realidad palpable en nuestro país, en el hoy por hoy del debate ambientalista y político nacional. Lo confiesa la propia directora en su presentación de la obra en el programa: “Este Enemigo del pueblo es del presente uruguayo”.

Ya se sabe que Marianela Morena es una dramaturga y directora polémica y particularmente provocadora en sus creaciones como Las Julietas (Teatro Circular, 2009) y en sus versiones y adaptaciones de clásicos, como ocurrió en su recordada versión libre de  Barranca Abajo de Florencio Sánchez  por la misma Comedia Nacional en el 2016.  En esta versión de Enemigo del pueblo la provocación tiene lugar porque en una ciudad del interior, el  personaje principal, el médico Tomas Stockmann (Leandro Íbero Núñez) elabora un informe que se va a publicar en el periódico local La voz del pueblo,  que contiene todas y cada una de las críticas que se le han hecho a la instalación de la nueva planta de UPM a orillas del Río Negro, con el arsenal completo con el que nos bombardean Gustavo Salle, César Vega, Hoenir Sarthou, y políticos de la oposición al gobierno tanto del Partido Nacional como del Partido Colorado, con el cuestionamiento del contrato entre el gobierno y la empresa finlandesa incluido.

Este planteo provoca rechazo y repulsión en el espectador ante la propuesta y  toma de posición de la directora que rechina, y que hace que la obra, embanderada en un ambientalismo fundamentalista y fantochesco, esté a punto de hundirse cuando Leandro Núñez encarnando al doctor Tomás Stockmann comienza a enunciar sus ideas, calcos textuales de las de Salle, Vega y compañía.

Afortunadamente, esta versión de Enemigo del pueblo no se queda en eso, sino que es un punto de partida a partir del cual la directora dispara una catarata de temas poniendo sobre la escena planteos y cuestionamientos en ebullición de  nuestra sociedad actual, como la relación de pareja y las relaciones múltiples, la homosexualidad,  las crisis comunicacionales que plantea el lenguaje inclusivo llevado a sus puntos extremos y caricaturescos, el machismo y su vertiente el autoritarismo paterno-filial, el cuestionamiento y dinamización de los vínculos filiales aunado a la crisis generacional y el decaimiento y trasmutación de valores como los ideales políticos o revolucionarios (“Vos cantabas A desalambrar, pero yo canto A desanillar”, le dice la hija, Petra, al padre el doctor Stockmann, señalándole que no le interesan anillos de casamiento ni anillos que la encarcelen o la frustren). Todos esos temas entran y salen permanentemente, a la par, y mientras se va desarrollando el conocido conflicto principal de la obra.

Salvo el meollo de ese conflicto central, poco es lo que queda en pie de la obra original de Henrik Ibsen, y hay que advertir a quienes vayan a ver esta versión que se enfrentarán con un espectáculo bastante diferente,  que en realidad termina apuntando y priorizando otros conflictos y otros enfoques, en un libre juego de Marianella Morena.

Ibsen en el cuadrilátero. La Sala Zavala Muniz  es un espacio cuadrangular con especial flexibilidad para adaptarse a diversas puestas en escena; aquí, el escenario es todo el rectángulo central circundado por plateas, como un ringside rodeado por tribunas. La escenografía de esta versión de Enemigo del pueblo está constituida por escritorios móviles con pantallas y teclados, alineados por todo el perímetro;  según las necesidades de la obra son redistribuidos por los propios actores en medio del transcurso, y  fungen tanto como escritorios del periódico como muebles de una casa. Otro elemento a destacar es el uso de carteles y de proyecciones de textos en las paredes, que apoyan la acción. Todos los personajes permanecen en escena durante toda la obra, permaneciendo sentados en los escritorios cuando no les toca participar en la acción dramática.

Luego de una introducción en la que los personajes -ya en escena cuando se ingresa a la sala-  cantan canciones frente a micrófonos con pie, una larga secuencia inicial erótica entre la redactora del periódico, Jovsta (Natalia Chiarelli), y la esposa del médico, Catalina Gleijer (Lucía Sommer), da comienzo a la obra. El inicio ha sido inesperado y cuesta un poco comprender a qué apunta ese inicio lésbico vertiginoso, y el conjunto de personajes deambulando en el escenario, discutiendo, desnudándose, haciendo el amor, pero poco a poco el planteo se va delineando con nitidez. Mientras que por un lado la obra sigue el decurso del conflicto  con el médico idealista, el doctor Tomás Stockmann, que quiere denunciar la contaminación,  enfrentado al poder individualizado en la figura del intendente, su hermano, Pedro Stockmann (Luis Martínez),  y a los vaivenes de la redactora Jovsta, el periodista Boli (Fernando Vanet) y el representante de los propietarios de  La voz del pueblo, Laksen (Pablo Varrailhón), por otro lado, y saludablemente, la obra va disparando el otro costado de conflictos y situaciones que hemos enumerado, y en los que radica el verdadero interés de esta puesta en escena de Marianella Morena.

Es así, en ese contexto, que estallan y se ponen de manifiesto todos los temas urticantes referidos, y que Petra (Emilia Asteggiante), hija del doctor Stockmann y de Catalina Gleijer, caracterizada en esta versión a diferencia del texto de Ibsen con rasgos más bien de adolescente, comienza a tomar una cariz que va in crescendo de manera continua y cada vez más poderosa, para terminar cobrando una importancia superlativa, de libre creación de la directora y completamente ajeno al texto de Ibsen.

La superación del maniqueísmo puro y duro.  En esta versión, el conflicto central, siguiendo el planteo original de la obra, es convertido en un maniqueísmo  tal que hasta termina resultando ofensivo para la inteligencia del espectador. El bueno del ambientalista doctor Stockmann termina siendo abatido por el malo de su hermano el intendente que maniobra para que el médico no pueda publicar su artículo en el periódico ayudados por los vendidos colaboracionistas la directora del periódico y sus periodistas, convirtiendo al primero de héroe en un “enemigo del pueblo” por ir contra los intereses generales de las mayorías; pero eso que sigue al pie de la letra la obra original, aquí se constituye en un esquema rudimentario y pueril con su culminación final con la convocatoria al público para que vote con mano alzada a favor de una u otra posición.  El planteo recuerda aquellos bizarros juegos infantiles en el show televisivo de Cacho Bochinche en el que éste les hacía preguntas a los niños haciéndoles señas al mismo tiempo con la cabeza si debían contestar “Sí” o “No”. Lo mismo. Con el agravante de que se coloca al espectador en la violencia  de participar en una votación en la que están en juego sus convicciones políticas sobre la instalación de la nueva planta de UPM en Uruguay, haciéndole sentir que es un idiota retrógrado si no acompaña las tesis de Salle y Vega puestas en boca del doctor Stockmann.

Pero cuando ello ocurre, simultáneamente  la obra hace rato que ya ha tomado otros derroteros y han cobrado más importancia los intercambios y retruécanos entre Petra y su padre el doctor Stockmann,  el conflicto generacional, los cuestionamientos de las prioridades del presente al idealismo del pasado, el patetismo del doctor Stockmann en su relación de machismo al desnudo con su cónyuge y la mínima y casi muda rebelión de ésta última a través de breves gestos, los múltiples vínculos cruzados que además existen entre el doctor Stockmann, Jovsta y los integrantes del períodico, Boli y Laksen.

Petra termina robándose la obra con su enfrentamiento final con su tío el intendente Pedro Stockmann, en una escena que tal vez sea la mejor del espectáculo, la de mayor intensidad;  es un momento culminante a partir del cual la hija asume el rol preponderante dándole a la obra un aggiornado sentido final de reivindicación joven de la verdad, tal vez no tan ajeno al planteo y a las intenciones sustanciales de Ibsen, pero muy acorde con nuestros tiempos y que termina pegando fuerte en el público, desplazando el eje central inicial que queda arrumbado en una discreto y saludable segundo plano.

Musical.   Más la versión de Marianella Morena tampoco se queda en eso, sino que le agrega un ingrediente no menor, que será esencial en el decurso de esta puesta en escena, y que es la inserción del género musical en lo que originariamente Ibsen planteó como un drama social. Esa arista aparece ya en los prolegómenos de la obra, cuando los personajes aparecen cantando y bailando en escena mientras los espectadores van ingresando y tomando asiento, y luego paulatinamente va apareciendo mediante algunos flashes, hasta que termina instalándose luego de que la obra llega a su clímax con los enfrentamientos entre los hermanos Tomás y Pedro Stockmann y por sobre todo, el de Petra con su tío Pedro Stockmann. A partir de ahí, Petra toma las riendas del espectáculo, prácticamente se desnuda en escena, porta un cartel “La verdad es pornográfica” y comienza a bailar encima de un escritorio y por todo el escenario, agitando a toda la platea.

Es cierto que la directora tiene la gran habilidad de interrumpir la acción para llevar a cabo la lastimosa votación que ya hemos mencionado, sin que decaiga el interés y logrando la participación del público tal como era su manifiesto propósito. Esa agorización de la escena teatral da pie a la gran participación que sobrevendrá ya en el cierre del espectáculo, cuando los actores canten y bailen logrando que el público también se integre cantando las canciones e incluso bajando al cuadrilátero central a bailar y a acompañar la movida final llena de ritmo y alegría, que poco tiene que ver con el drama de fondo que planteaba la obra de Ibsen pero que Marianella Morena logra trasmutar a gusto y paladar. Parecería que ningún sentido podemos buscar a ese cambio de orientación del espectáculo, sino simplemente atribuirlo al rupturismo y a la transgresión como premisa y propuesta artística de Marianella Moreno, y como tal bienvenida, aunque ello conlleve  pasajes eróticos y desnudos no muy justificados salvo porque siempre son transgresores y provocadores.

En este espectáculo se rompe la cuarta pared, se rompe el distanciamiento actor-espectador, y se rompe finalmente el encuadramiento formal del drama como género.

La directora compuso todas las letras de las canciones que se cantan, salvo una que es de coautoría con Juan Martín López, quien a su vez compuso  la música. Una característica de esa música es que todos son ritmos tropicales y de rumba flamenca, muy pegadizos, con algún pasaje de hip hop, pero de escaso anclaje nacional solo reconocible en un repiqueteo de palmas en una de las canciones que pareció evocar el ritmo del candombe.

Buena dirección, muy buenas actuaciones, descollante Emilia Asteggiante.  El embanderamiento anti UPM2 y el maniqueísmo, que pueden señalarse como errores o como desaciertos de la versión, son en definitiva opciones de la directora que pueden o  no compartirse. Sin embargo a la hora de juzgar  la eficacia del espectáculo y  la dirección de la obra, tales aspectos deben soslayarse frente a las bondades de una  apuesta al dinamismo y al permanente cambio del conflicto y del juego actoral que se van sucediendo alternadamente a medida que avanza el planteo y desplazándose de un lugar a otro del escenario, sin solución de continuidad, es decir, sin interrupciones, sin baches y sin zurcidos a la vista, lo que hace que la obra adquiera un ritmo tremendo que lleva al espectador a estar concentrando y en tensión las dos largas horas que dura la obra, sin cansarse ni aburrirse un solo instante, ni caer en una de esas lagunas del pensamiento en mitad de una obra en la que no se sabe ni qué está haciendo uno allí, lo que ocurre cuando la dirección es mala o pierde el rumbo. Nada de eso pasa aquí, al contrario. La mano de la directora ha aceitado todos los aspectos de la mecánica teatral, tan fáciles de enumerar pero tan difíciles de llevarlos a cabo de buena manera, conjugando total solvencia y efectividad en un escenario como el descripto, tan hiper concentrado y siempre expuesto a la vista del público, las entradas y salidas de los actores, la concatenación de escenas y de actos en un continuo sin treguas de principio a fin de la obra, la fluidez de los diálogos, los cambios de ritmo,  la inserción del musical en un drama, las dosificación del humor y de la tensión dramática, los espacios para la improvisación, los sutiles cambios escenográficos llevados a cabo por los propios actores.

Claro que el elenco ayuda y mucho constituyendo en su conjunto el motor colectivo permanente que va empujando la obra a través de sus enrevesados meandros, sin pausas y con un sentido del crescendo exponencial.  Las actuaciones individuales no se quedan en zaga. Leandro Núñez en una gran actuación llena de matices, con una acertada caracterización de uno de los más paradigmáticos personajes de la dramaturgia universal muchas veces representado de manera acartonada, y que el actor dota aquí de actualidad, ímpetu, frescura, humanidad,  desdoblando adecuadamente al personaje en sus contradicciones en sus diferentes planos de  héroe,  padre y  esposo. Luis Martínez, en un papel que le viene como un guante a su reconocida capacidad histriónica para representar personajes cínicos, también en un gran desempeño al que le aúna una extraordinaria actuación como showman subiéndose encima de un escritorio, cantando y bailando muy bien. Natalia Chiarelli, una actriz con mucho crecimiento, deslumbra aquí con un personaje que despliega ambigüedad, desdoblamientos frente al poder, y un erotismo mayúsculo. Lucía Sommer acompaña también muy bien en las jugadas escenas con Natalia Chiarelli, en las que ambas ponen en juego un gran profesionalismo,  y realiza un sobrio papel como madre y esposa desencantada y semi sumisa. Fernando Vannet, un muy buen actor que en este caso incurre en algún exceso de histrionismo, pero también en una buena labor, al igual que Claudia Rossi en su papel de abuela, con escasa participación, pero que cuando interviene, muestra su garra siempre presente de gran actriz. Pablo Varrailhón un actor con tantos altibajos en su carrera,  se muestra muy convincente en su papel de Laksen,  sumamente representativo del conservadurismo y las precauciones  frente a los vaivenes y los tentáculos del poder, y también  solvente cuando le toca subirse  a un escritorio a cantar y a bailar.

Queda para el final el desempeño de la joven y talentosa actriz invitada Emilia Asteggiante, de quien lamentablemente el programa no nos arroja más datos que el referido.  Ya ha sido escrito a lo largo de este artículo que su participación termina constituyendo una extraordinaria actuación, al punto de ser el pilar fundamental en el cual se apoyan los últimos tramos del espectáculo que finaliza sobre sus hombros. Espontaneísmo, gran solvencia en los diálogos, una actitud desafiante y un total desenfado, acompañado de un gran despliegue físico con pleno dominio del espacio escénico, termina conduciendo al elenco y a todo el público en el  show final, cantando, bailando y conduciendo como una verdadera entertainer de cabaret.

Confesiones de un cronista.  Debe confesar este cronista que no votó, no bailó, ni cantó, atornillado a su silla enfurruñado por la manipulación que se había intentado contra él como espectador en los planteos maniqueístas y en la capciosa votación, pero que así y todo, rupturismo va, ruputurismo viene, disfrutó del espectáculo y aplaudió a todo el elenco y a quienes no les dolieron prendas y menos rígidos que él saltaron a escena a cantar y a bailar en ese excelente final que llenó la noche del sábado de música, alegría y desenfado, algo inusual en los adustos templos de nuestro teatro oficial.


(Fotografías: comedianacional.montevideo.gub.uy)

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