Festival de Cinemateca 2019: ganadores y crónica de cobertura / parte 1


Por Martín Imer

Como ya deben estar enterados, el pasado domingo terminó el 37º Festival de cine internacional del Uruguay organizado por la Cinemateca Uruguaya, una edición que tenía un poderoso aliciente: las nuevas salas inauguradas en diciembre, que cuentan con la misma calidad de proyección y comodidad que los multiplex del shopping, por citar un ejemplo. La institución volvió a contar con el apoyo del público agotando funciones y activamente participando en las propuestas que ésta ha propuesto hasta ahora, y sólo podía esperarse que el éxito continuara — a pesar de que no conozco los números oficiales puedo suponer que se trató de una edición satisfactoria para sus encargados, ya que han logrado llenar sala varias veces y con propuestas de lo más extrañas, de todos los países del mundo. En esta nota mi interés es combinar lo informativo con lo estrictamente personal, una suerte de relato de mi paso por esta convulsionada semana cinéfila en la cual asistí en calidad de jurado por parte de la ACCU en la sección de películas iberoamericanas. El lector podrá entender con este detalle que no pude ver todas las películas; ni siquiera las de más alto perfil y que enriquecerían ampliamente este contenido, pero trataré de llenar los huecos con algún material sobre las películas ganadoras.

La competencia que más puede atraer a un cinéfilo es la internacional, ya que por lo general la selección contiene títulos de alto perfil en festivales alrededor del mundo que pueden o no llegar a salas comerciales en nuestro pequeño circuito. Para esta competencia y la iberoamericana se hicieron dos jurados: el oficial y el de la ACCU, y en ambas hubieron dos ganadores; en este caso el oficial le dio el premio a Nuestro tiempo de Carlos Reygadas y el ACCU a Répertoire des villes disparues del director Denis Côté. Y no vi ninguna. La canadiense venía con excelente crítica y una premisa que prometía ser bastante misteriosa e interesante: un pequeño pueblo de Quebec en el que un día, luego de una inesperada muerte, comenzaban a aparecer un grupo de desconocidos junto a una niebla que cubre todo el lugar. La premisa me recuerda a una serie francesa llamada Les revenants en la cual un grupo de muertos vuelven a la vida como si nada e intentan seguir con su día a día sin saber por qué volvieron o todo lo que pasó en el tiempo que estuvieron del otro lado. Y no debo ser el único al que pareció similar la propuesta, ya que he leído varias críticas mencionando esto, aunque refiriéndose a la película del mismo nombre que inspiró a la serie. Al no haberla visto, me remito al material que conozco.

De la del mexicano se habló mucho en su paso por el Festival de Venecia, pero mal: las críticas la destrozaron, la trataron de “autocomplaciente”, “egocéntrica” e “irritante”. El director se pone a sí mismo, a su esposa y a sus hijos como protagonistas absolutos de una suerte de melodrama sobre la vida de una pareja en un momento turbulento de su relación; no puedo ponerme ni a favor ni en contra del producto, pero buscando información sobre él me encuentro con que está nominada a cinco premios Ariel (los Oscar del cine mexicano) en una edición en la que Roma está nominada a quince. Es entendible el deseo de los mexicanos de premiar una obra que sienten tan propia y sobre todo que ha sido tan aplaudida y homenajeada en el mundo entero, pero uno se pregunta si en ese afán no existe también una intención de nominarla a lo que sea: a las pruebas me remito, ya que en la categoría de “revelación femenina” tienen como nominada a la que era en la película la mejor amiga de la protagonista, un personaje que en el film tiene minúsculo destaque. Y siendo incluso más detallistas, ¿la revelación no sería la propia Yalitza, quien antes de aparecer en el film era una docente? Pero bueno, eso es irse de las ramas.

Las que vi de la sección internacional son dos, pero ambas me parecieron muy destacables y dignas de recomendar en caso de que tengan un estreno local (improbable, pero no imposible). Ganadora del Oso de Oro en la última edición del Festival de Berlín, Sinónimos del israelí Nadav Lapid, es una crónica que oscila todo el tiempo entre el humor y el drama siguiendo los pasos de Yoav, un israelí asqueado de su país que se muda a Francia para renunciar definitivamente a su patria. El primer paso parece para él ser el más importante: dejar de hablar hebreo y comunicarse únicamente en francés, guiándose por un diccionario que obviamente le enseña a expresarse correctamente pero de una forma muy esquemática. El chico tiene un accidentado comienzo en París luego de que le roban todo y conoce así a un chico y una chica; él se siente fascinado por el extranjero mientras ella lo mira con más lejanía aunque vaya creciendo una tensión sexual entre ambos. Los intentos del protagonista por renunciar a Israel son de lo más variados y extraños, y denotan un perfil altamente biográfico aunque exagerado de su director.

Es una película insólita en muchos momentos, con una energía avasallante, momentos bizarros bastante provocadores y una intención muy clara de mostrar la desesperación de los inmigrantes a la hora de irse, queriendo o no, de su país de origen a otro donde las costumbres y las personas son totalmente diferentes a lo acostumbrado. Lapid no sólo se queda en lo individual sino que también a partir de las diferentes vivencias del personaje principal denuncia la hipocresía de ciertos sectores sociales frente a los extranjeros; el trato variable y arbitrario que en definitiva muchas veces son cruciales en lo que respecta al futuro de un individuo. Si bien tiene algunos momentos que se pueden haber recortado, el trabajo del protagonista es tan absorbente y enérgico (debutante, vale decir) que compensa las fallas.

La otra me pareció de las mejores (o la mejor) que vi en esta edición. Se trata de la rumana I do not care if we go down in history as barbarians de Radu Jude, una película que está entre la comedia, el drama y el ensayo. Parte de lo que parecería ser un documental sobre una directora de teatro a la cual le asignan una obra pública sobre un momento histórico que involucró al ejército rumano durante la segunda guerra mundial. Los realizadores pretenden que esta presentación sea patriótica y deje bien parados a sus protagonistas, pero la directora parece tener una idea muy distinta de que llevar a cabo en el evento: una denuncia sobre el papel que tuvo el país y sus mayores autoridades en torno a los crímenes nazis que ocurrieron en la época (más precisamente una “limpieza étnica” avalada por el General Antonescu) y el silencio posterior de generaciones que simplemente decidieron asumir que eso jamás había pasado o no era tan grave. Comienza entonces una batalla entre la directora, con una posición ideológica bien marcada, y no sólo los realizadores del evento sino también con los actores quienes la acusan en cierto momento de “antirumana”.

La película es un absoluto triunfo, ya que funciona tanto como un análisis de hechos pasados como un panorama de mentalidades del presente, donde el antisemitismo y la discriminación parecen seguir a la orden del día en un país que no puede (o quiere) asumir su lugar en la historia, valiéndose de notables momentos donde los protagonistas exponen sus punto de vista con seriedad e inteligencia, permitiendo un debate de lo más interesante pero evitando las bajadas de línea y los sermoneos. También gana mucho poniendo en el centro de la escena a una protagonista estupendamente interpretada por Ioana Iacob, un personaje que inspira y empatiza de inmediato con el espectador gracias a su constancia y su entereza ante las situaciones que se le presentan; su continuo compromiso con lo que en definitiva es su verdad.

Es una realización realmente audaz y provocadora que incluso se permite tener un estilo tan suelto y despreocupado que inserta apropiadamente algunas pinceladas de humor. Esta película, junto con Catorce de Dan Sallitt tuvo una mención especial del jurado oficial, mientras que entregaron el premio de Mejor dirección ex-aequo a Hugo Lija – Pella Kagerman por Aniara y a Natasha Merkulova – Aleksey Chupov por El hombre que sorprendió a todos. Tanto el premio especial del jurado como el del público fueron a parar a manos de So long, my son, melodrama chino que a pesar de tenerle muchas ganas tampoco pude ver. Cosas de tiempos.

Uno esperaría aquí encontrarse con la segunda sección que tuvo doble jurado, pero ya que esa la integré yo y puedo hablar de mayor cantidad de films prefiero dejarla para el final y seguir con otras donde simplemente haré un rápido repaso a fines informativos. Para la sección de cortometrajes, tanto uruguayos como internacionales, se contó con el mismo jurado integrado por Adriana Loeff, Ricardo Ramón y Max Richter, y ganaron Negra de Lucia Nieto Salazar (con mención para Luz breve de Florencia Colman) y Brotherhood de Mryam Joobeur (con mención para El laberinto de Laura Hertas Millán) respectivamente.

En la competencia de cine de derechos humanos, en la que se exhibió el último documental del gran director italiano Nanni Moretti, hubieron dos menciones: para Gaza de Andre McConnel – Garry Keane, y para Los últimos hombres en Alepo de Feras Fayyad, aunque la ganadora finalmente fue Soles negros de Julien Elie. Se trata de un documental canadiense sobre la difícil situación del narcotráfico y la corrupción en la sociedad mexicana actual, con un largo metraje (dos horas y media) que, según dicen los que la premiaron, es “un descarnado relato de una situación de degradación humana y social desesperante, que se está viviendo en México ahora mismo.” Debe serlo.

Y aquí culminaría la primera de dos partes de este informe/crónica sobre el festival. La semana que viene hablaré un poco sobre los films de la competencia iberoamericana, Nuevos realizadores y algo que vi de Panorama.


 

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*