Festival de Cinemateca 2019: ganadores y crónica de cobertura / Parte 2


Por Martín Imer

Antes de continuar con la nota, me gustaría resaltar un estreno muy especial. Se trata de El libro de imágenes, el más reciente film de Jean-Luc Godard. Se trata de una película que continúa con el estilo visual y “narrativo” de las últimas producciones del legendario director como Adiós al lenguaje aunque tal vez esta es aún más críptica, más difícil de comprender aún para su público más fiel. El realizador examina el papel del cine y la sociedad frente a las guerras y masacres, con la marca de la casa y una preocupación tal vez más presente que nunca. Se trata sin lugar a dudas de un acontecimiento que seguramente dividirá aguas (cuándo no) pero siempre con una provocación invasiva, constante y sorprendente como nos tiene acostumbrados Godard. El estreno se produce, obviamente, en las salas de Cinemateca; mientras allí reciben a los curiosos espectadores que se acerquen al mencionado estreno o a la también recomendable La flor de Mariano Llinás aquí seguiré con esta especie de diario que relata los films vistos en el pasado festival.

 

Sobre la sección Nuevos realizadores pude ver la que el jurado eligió como ganadora y una de las menciones, además de otro film muy bonito llamado The miseducation of Cameron Post. Se trata de una producción curiosa, ya que a pesar de haber ganado Mejor Película en el prestigioso Festival de Sundance el año pasado (donde la uruguaya Lucía Garibaldi ganó este año el premio a Mejor Dirección con Los tiburones la cual se presentó en este festival pero no pude ver) no consiguió una distribuidora hasta varios meses después de haber triunfado e incluso la empresa que sí la estrenó en salas lo hizo de una forma tan chiquita que no logró hacer ningún impacto en taquilla. Uno podría pensar que esto se debe al tema polémico que trata, pero en realidad el año pasado salió otra producción con el mismo punto de partida: los temibles campamentos de “conversión” para jóvenes donde son sometidos a una “terapia de reorientación sexual”. Lugares donde van personas que creen tener tendencias homosexuales para volver al “camino heterosexual” a través de un tortuoso programa con raíces religiosas. La película cuenta la historia de Cameron, una chica que termina en uno de estos centros, llamado aquí “La promesa de Dios” luego de que sus familiares la descubren besándose con otra chica, con la cual estudiaban la biblia. En el centro Cameron parece impenetrable al principio, pero comienza rápidamente a ceder a las presiones de sus compañeros y la directora del centro, una implacable mujer al mejor estilo de la inolvidable enfermera Ratchet (no soy el primero y seguramente no seré el único que note los parecidos entre esta película y Atrapado sin salida y como no hacerlo…) aunque tiene la ayuda de dos inesperados amigos que se hace a lo largo de los días; otros dos chicos presos de los intereses de sus padres e incapaces de poder expresarse libremente y ser lo que ellos quieran.

La película puede verse, sobre todo en su primera mitad, como una lista de tics de “cine Sundance”: protagonistas adolescentes, un entorno que les lleva la contra, un coming-of-age bien estadounidense reflejando los distintos cambios sociales que va teniendo la juventud de ese país, la bonita fotografía, el humor sarcástico y la música de ascensor. Pero de repente comienzan a ocurrir eventos mucho más serios, con una inesperada profundidad dramática, reforzados por unas estupendas actuaciones de todo el elenco. Lo que parecía una comedia ligera sobre un tema serio va tomando una relevancia necesaria y obligatoria que si bien choca un poco con lo anterior nunca deja de ser coherente consigo misma y el asunto tratado. Y convence gracias a los matices de varios personajes (resalta uno de los encargados del campamento, quien a su vez fuera uno de sus primeros internados), la simpleza con la que le habla al espectador y el dejo de tristeza que producen sus últimas imágenes. No tiene un final tan terrible como la ganadora del Oscar pero aun así tanto los protagonistas como el público saben lo que puede pasar cuando la pantalla corta a negro. Y es agridulce, no sólo por la ficción sino por la realidad, por saber que esos centros todavía deben estar activos por el mundo gracias a la intolerancia y la extrema ignorancia.

Leyendo IMDb descubro que Paul Thomas Anderson dijo una vez que realmente sentía que “para mejor o peor, Magnolia era la mejor película que alguna vez haría”. Y Un elefante sentado y quieto parece ser por momentos una respuesta china a la mencionada gran película del director estadounidense. Si bien no comparte tanta cantidad de personajes o tramas tan distintas entre sí, tienen en común ser películas largas sobre seres humanos infelices cuyos destinos se van definiendo y sus caminos cruzando a lo largo de un día. De Anderson se sabe que tuvo películas mejores, como su gran obra maestra Petróleo sangriento, pero lamentablemente nunca sabremos si este director, Hu Bo, tenía en su camino alguna otra maravilla debido a que se quitó la vida mientras terminaba de realizar este film, su opera prima, supuestamente por problemas con los productores debido al control creativo de la obra. Se trata de una película muy pesada de ver, dura, compleja en el tratamiento de sus personajes pero finalmente muy satisfactoria para el espectador que sigue durante 3 horas y cincuenta minutos a cuatro personajes bastante diferentes entre sí pero todos desdichados, vagando por un entorno gris y deprimente donde la única salida aparente es la violencia o el nihilismo que muchas veces despliegan. Lo que une a los personajes, sin embargo, es el deseo de ir a un pueblo donde dicen que existe un zoológico en el que se encuentra un elefante, sentado y quieto. Una imagen tan rara y tan peculiar como, tal vez, la normalidad que tanto ansían, la felicidad que ven de lejos y no pueden alcanzar.

La apuesta por un drama profundo de casi cuatro horas es arriesgada hasta para el realizador más experimentado, pero Bo logra que las historias sean interesantes y atrapantes, hipnóticas, con un ritmo pausado pero que se vuelve progresivamente más intenso y con un crescendo emocional que recompensa por el tiempo invertido. Para lograrlo va en busca de un realismo visceral, utilizando casi en su totalidad planos secuencia largos sin mucha presencia de la edición que ponga un contraplano, o cosas del estilo. Y también ayuda desde el libreto ubicar a los personajes en un mismo complejo (técnica similar, aunque con distintos propósitos, que aparecía en la magnífica serie El decálogo) evitando despliegues de escenarios que podrían romper con la atmósfera. Siguiendo con el libreto, uno podría pensar leyendo la sinopsis que se encuentra ante un film terrible, lacrimógeno y deprimente, y si bien queda bien claro desde el comienzo que aquí no estamos ante una comedia el drama se desenvuelve con una admirable sobriedad, sin caer en golpes bajos, regodeos o bajadas de línea, mostrando una realidad difícil que choca directamente con esa visión de prosperidad, éxitos y lujos que muchas otras producciones chinas de alto nivel tanto intentan transmitir al mundo entero. Lo más destacable de todo es que, aun sabiendo tanto los caminos que toma la película como el propio final terrible del director, en la parte final se advierte una pincelada de positividad, que no es lo mismo que un final feliz. Sigue siendo un final frío, doloroso, sin atisbos de redención, pero al menos propone la idea tan humana de seguir adelante. Tal vez es todo lo mismo, pero… hay que seguir adelante. Gran cine y gran pérdida.

Tanto esta como Cisne de cristal tuvieron una mención especial por parte del jurado, pero lamentablemente todos los eligió que dije sobre la producción china no puedo repetirlos al hablar de la ganadora, la brasilera Sócrates. El protagonista del título es un chico pobre de quince años que se despierta una mañana y con horror descubre que su madre, la única persona con la que cuenta en el mundo tanto afectivamente como económicamente, ha fallecido. Sócrates se encuentra entonces en un verdadero problema, ya que al ser menor de edad no puede conseguir un trabajo que lo sustente y tiene dos alternativas: terminar en un reformatorio o ir a vivir con su padre, un hombre violento y homofóbico que jamás aceptó que su hijo fuera gay. La película, que dura setenta minutos, agarra a su protagonista (y al espectador) y lo lleva por un viaje sin piedad al peor de los infiernos, pasando por básicamente todo: la angustia por no poder encontrar un trabajo, la idea de un amor salvador que luego revela ser todo lo contrario, la humillación por comer y en definitiva una última opción que si bien no revelaré si sucede o no parece en un momento ser la única alternativa y lo que el espectador haría sin dudar. Las intenciones son más que nobles y el intento por reflejar el desamparo de un sector social es algo siempre aplaudible, especialmente si le sumamos una buena actuación protagónica, pero las formas que utiliza esta película bordan lo manipulador y lo excesivamente cruel, cayendo constantemente en los peores tics del cine social: la constancia en el golpe bajo, la marginalidad extrema, la exposición ininterrumpida de la miseria y la condena a los personajes de que siempre, pero siempre, puede pasar algo peor. El guion no para de presentar situaciones terribles que seguramente formen parte de la realidad (no sé si se trata de una ficción o algo inspirado en hechos verídicos) pero con tanto apuro que fallan a la hora de encontrar una hondura emocional que abra camino a una discusión; más bien se van chocando unas con otras, ascendiendo en dureza y desesperanza.

De la sección Panorama sólo pude ver dos, aunque hay una que en realidad ya la había visto en el MONFIC 2018. Se trata de Sin dejar huellas un thriller de suspenso protagonizo por Vincent Cassel y Romain Duris, dos buenos actores que no tienen ningún problema a la hora de meterse en los mundos más oscuros que les plantee un director, en este caso Érick Zonca. El relato abre con una desaparición: la de Dany, un chico aparentemente normal aunque introvertido. Del caso se encarga el comandante Visconti, del cual podría decirse que es una versión nada irónica del infame policía José Luis Torrente y con el cual Cassel se entrega a su peor registro, una de esas actuaciones sufridas y desagradables en las que el intérprete ofrece su lado más animal y salvaje, ese que irónicamente es el menos interesante que suele dar. Pero como si fuera poco con Visconti y su problemática vida personal (hay dando vueltas un hijo adolescente metido en la delincuencia) se suman otros personajes igual de oscuros: el profesor de Dany, un hombre que escribe una novela policial y decide comenzar a mover los hilos para observar las consecuencias del hecho y que le sirvan de inspiración (el choque entre personajes es por lejos lo mejor del film aunque tome en definitiva el rol simplemente sirva para despistar en múltiples oportunidades al espectador quedando últimamente como una desaprovechada herramienta) y la madre del desaparecido, una misteriosa mujer que eventualmente empieza una retorcida relación sexual con el oficial. Y así se va desenvolviendo una película oscurísima pero a su vez predecible en cada golpe bajo y miseria que va exponer en pantalla; un abanico de comportamientos autodestructivos que ni siquiera suman a la hora de contar el misterio el cual por momentos queda en segundo o hasta tercer lugar. Un film noir fascinado por los personajes que muestra en pantalla, en donde la perversión es moneda corriente.

La otra, en cambio, me pareció una muy agradable sorpresa. Se trata de Vendrán lluvias suaves de Ivan Fund. La película es una especie de cuento de hadas adaptado a la realidad local donde las clásicas viviendas perfectas se encuentran aún en construcción y parecen casi detenidas en el tiempo, y habla sobre un grupo de niños que un día, luego de un apagón, descubren que los adultos se han ido a dormir y no despiertan. Más allá del inicial desconcierto, los niños tratan de organizarse a pesar de – obviamente – no tener las armas necesarias (deciden hacer leche chocolatada en lugar de tener/conservar agua, por ejemplo), y eventualmente marchan en una misión muy especial: una de las niñas del grupo recuerda que su hermano menor estaba al cuidado de sus padres y muy posiblemente está solo, por lo que debe partir para cuidarlo. El relato es muy pequeño pero no por ello carente de un elemento fundamental: el espíritu de aventura y de inocencia, que aporta credibilidad y simpatía al metraje. El contraste entre el mundo infantil tan encerrado en sí mismo y el peligro que acecha a los adultos funciona por la espontaneidad de los protagonistas y el buen ojo del director a la hora de elegir que dejar y que recortar de lo que parecería ser un guion improvisado, libre. La delicada fotografía redondea un film noble y muy entretenido, que sólo desentona en algunas decisiones (como por ejemplo algún evento fuera de cámara en el que jamás se indaga y deja más confusión que fascinación) pero que por momentos uno siente que, en otras circunstancias, podría haberla hecho Spielberg.


 

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