“Gladiador” versus “La caída del imperio romano”

En estos días se cumplieron dos décadas del estreno de Gladiador, oscarizada película de Ridley Scott. Casualmente, también se conmemoran los 55 años de la exhibición montevideana del film que le dio origen, La caída del imperio romano de Anthony Mann, estrenado con bombos y platillos en el desaparecido cine California.


Por Amílcar Nocheti (*)

BRONSTON. Haciendo un fácil juego de palabras, La caída del imperio romano supuso en su momento la caída del productor Samuel Bronston (1908, Besarabia, actual Moldavia-1994, Sacramento, USA), que además de ser sobrino de Trotsky era un hombre que había trabajado para la sección francesa de MGM en París, hasta que llegó a Hollywood en 1939 para convertirse en ejecutivo de Columbia. Fundó su propia productora, la Samuel Bronston Productions, en 1943, y durante varios años lanzó una serie de films de aventuras de mediano presupuesto. Pero a fines de los años 50 compró un complejo de chalés y platós en las afueras de Madrid, y durante un lustro llegó a convertirlos en una suerte de Hollywood castizo. Fue en ese momento que Bronston se dejó llevar por el entusiasmo (y la soberbia) y se convirtió en un productor afecto a los espectáculos históricos grandiosos y poblados de vastos elencos: Su imperio era el océano (John Farrow, 1959), El Cid (Anthony Mann, 1961), Rey de reyes (Nicholas Ray, 1961), 55 días en Pekín (Nicholas Ray, 1963), El fabuloso mundo del circo (Henry Hathaway, 1964) y La caída del imperio romano (Anthony Mann, 1964).

CAÍDA. El desencadenante del fracaso de Bronston fue la desigual relación entre el desmesurado costo de esta última película y la tibia acogida que tuvo por parte de público y crítica, sobresaturados ya por las historias enmarcadas en la Antigüedad. Sin embargo, visto hoy ese film no merecía tal rechazo, aunque no sea un producto redondo. No lo era por el marcado contraste existente entre dos formas diversas de ver y hacer cine: la de Bronston y la de Mann. El productor tenía un ansia verdaderamente exhibicionista por hacer alarde de los cuantiosos medios que disponía para recrear la Roma imperial, dato que puede percibirse en la secuencia de la entrada de Cómodo al Foro y en varias épicas batallas, en especial el alucinante enfrentamiento de bárbaros y romanos en una angosta cueva, un verdadero prodigio de planificación.

Ese estilo empero se contradice con el film intimista que Mann propone, a partir de una historia de resonancias shakesperianas impregnada de humanismo. Con esa base Mann realiza una película de tono crepuscular que tiene sus hallazgos en la soledad del cuartel fronterizo y el choque de civilización y barbarie. Pero el quiebre conceptual sin duda existe, y también se nota en el elenco. Para presentar un film con diez estrellas, como rezaba la publicidad de entonces, Bronston contrató actores que apenas asoman durante los 180 minutos del gigante (Mel Ferrer, Omar Sharif, Anthony Quayle). Otro error fue unir al canadiense Christopher Plummer y los británicos Alec Guinness y James Mason (que están excelentes) con la superficial pareja protagónica que forman Sofía Loren y Stephen Boyd. Con otro equilibrio y un elenco dramáticamente más homogéneo, este buen film pudo haber sido notable, pese a lo históricamente descabellado que resulta el duelo final en la arena entre un soldado y el mismísimo emperador.

GLADIADOR. Ridley Scott en cambio atempera lo shakesperiano y bebe en fuentes mucho más modernas, como Espartaco de Stanley Kubrick o la miniserie Yo, Claudio de Herbert Wise. En la columna del debe hay que señalar que calca sin tapujos la anécdota del film de Mann, con Russell Crowe en el rol de Boyd, Connie Nielsen en el de Loren, Joaquín Phoenix en el de Plummer, Richard Harris en el de Guinness y Derek Jacobi en el de Mason. La película, hay que reconocerlo, es de todas formas un buen ejemplo de cine-espectáculo, y además contiene una serie de elementos que la elevan sobre la media habitual. En primer lugar, tiene aspectos poco usuales para esta clase de películas, ya que determinados asuntos quedan sin explicar, a merced del juicio y la imaginación del espectador, como la relación entre Crowe y Nielsen, así como la inclinación del joven emperador hacia su hermana. Por otro lado, Scott retrata el momento y ubica en su sitio a los personajes, haciéndoles vivir sólo el aquí y el ahora, mientras son sus acciones presentes las que presagian su futuro o arrojan luz sobre su pasado. Además, aparte de la épica que las escenas de acción destilan, muestran haber sido rodadas con nervio y sin demasiados efectismos. Sin duda otro pilar de la película es su reparto, desde el magnífico y contenido Russell Crowe a la sorprendentemente refinada y cruel actuación de Joaquin Phoenix, o el insólito nivel de Connie Nielsen.  A su lado se ubican actores experimentados que son un lujo aparte, como Richard Harris, Derek Jacobi y Oliver Reed, fallecido poco antes de finalizar el rodaje.

Pero también debe consignarse un grueso error en la recreación que Scott efectúa de la Roma clásica. El abuso de la digitalización hace imposible creerse esa ciudad tal cual aquí la vemos: todo parece demasiado limpio, aséptico, ambientalista. En el Hollywood de antaño normalmente “limpiaban” estéticamente las ciudades de la Antigüedad y el Medioevo, pero aún así un film tan clásico y envejecido como Quo Vadis (Mervyn LeRoy, 1951) luce ciertas secuencias callejeras de Roma mucho más sucias que las que mostró medio siglo después Scott. El saldo empero es meritorio, y queda a cargo del espectador elegir una u otra de estas propuestas hermanadas por su tema, aunque separadas por un tercio de siglo y dos formas muy diferentes de trasladar a la pantalla ciertas historias cargadas de contenido épico.


(*) Publicado en el semanario Voces

 

 

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