Hollywood cumple 110 años

Inicio de una industria millonaria


Por Amílcar Nochetti

Millones lo aman, millones lo odian, pero es imposible referirse a la historia del cine sin mencionar a Hollywood. Para bien y para mal, es la Meca de la industria. Este año se cumplirán cien años del establecimiento del primer estudio de cine en Los Ángeles. La historia de ese episodio fundacional merece recordarse porque es “de película”.

ALBORADA DEL CINE. Empecemos por el principio: Hollywood aún no tenía nombre cuando se construyó una solitaria mansión en 1853, en el valle de Cahuenga. Fue el inicio de una floreciente comunidad rural productora de ananás, granos y bananas. Esa proliferación agrícola era tan fuerte que movió a los avispados agentes inmobiliarios a convertir la zona en parcelas, que más tarde podrían vender, pero con la llegada del ferrocarril en 1880 todo comenzó a cambiar. De él saltó en 1903 Harvey Henderson Wilcox (otros lo mencionan como Horace Henderson) y su esposa Daeida, que compraron 160 acres al sur de las colinas, y convirtieron el predio en la tentación ideal para los compradores de tierra del Medio Oeste, cansados de sufrir duros inviernos. Esa primera expansión dio lugar a la construcción de la Prospect Avenue, que hoy es Hollywood Boulevard, más conocido como el “Paseo de la Fama”. Empero, el lugar fue bautizado como Hollywood por H. J. Whitley, un magnate que compró dos kilómetros cuadrados de parcela y construyó el primer gran hotel del pueblo en el lugar exacto donde hoy se encuentra el Dolby Theatre (antes llamado Kodak Theatre). Fundó también una empresa desde la cual construía y vendía edificios, remarcando en la folletería que formaban parte de “un soberbio medio ambiente, sin costos excesivos, al costado de las colinas de bosques de acebos” (es decir, “holly woods”).

Por cierto, aunque la industria del cine americano carece de sentido sin Hollywood, no debe olvidarse que el séptimo arte estadounidense no nació en la costa del Pacífico. Al comienzo de todos los comienzos el cine fue un espectáculo ambulante. Si llegaba a ocupar un recinto, lo hacía junto a la música, la danza, las sesiones de humor y los actos de magia. Sin embargo, rápidamente los exhibidores estadounidenses, que eran además empresarios teatrales (y nada tontos), reconvirtieron sus salas para proyectar films, y así surgieron los nickelodeons, nombre referido al precio de la entrada (cinco centavos, es decir un níquel). Para rentabilizar el nuevo negocio usaron una técnica muy hábil: se intercambiaban los films, que sólo se destruían cuando ya estaban desgastados por el uso. Además del beneficio económico, ese sistema permitió el florecimiento de los distribuidores, que eran (y aún son) intermediarios entre productores y exhibidores. Pero atención: todo esto ocurría en Nueva York, no en Los Ángeles.

EDISON. Este no es el lugar adecuado para dirimir la vieja disputa de quién inventó el cine, si los hermanos Louis y Auguste Lumière o Thomas Alva Edison. Lo cierto es que ya en 1896 el norteamericano se había percatado que su kinetoscopio (precursor del moderno proyector de films) no podía competir con el recién inventado cinematógrafo francés. Por lo tanto, con mucho pragmatismo y sin ninguna ética, Edison se pasó al nuevo invento y sin avisar a nadie comenzó a ganar toneladas de dinero pirateando a sus rivales europeos. Cuando la ley sobre derechos de propiedad se lo impidió, sustituyó la piratería por el plagio liso y llano, y de esa forma su hegemonía continuó. El invento era un éxito rotundo en Estados Unidos: según el historiador del cine Georges Sadoul, “en 1905 había sólo diez salas fijas en todo el país, pero en 1909 la cifra ya se acercaba a 10.000, dato contundente si tenemos en cuenta que en 1966 las salas apenas eran 15.000. Los espectadores se contaban en 14 millones por año”. Debido a ese auge nacieron junto a la Edison las primeras y más importantes productoras estadounidenses: la Biograph, la Vitagraph y la hoy olvidada Kalem, que fue la primera en salir a rodar en exteriores naturales, no sólo en su país sino también en Europa y Medio Oriente, y que luego sería absorbida por la Vitagraph.

Estas primeras productoras se asentaron en la ciudad de Nueva York y empezaron a explotar el novedoso filón. Mediante su poderosa política dictatorial, Edison registraba sistemáticamente todas las patentes de sus descubrimientos, para asegurarse cualquier beneficio que de ellas surgiese. Como ejemplo máximo de su demencial poderío cabe decir que llegó a patentar la propiedad de las perforaciones a través de las cuales es arrastrada la película. Ese tipo de cosas indignó al resto de sus colegas pioneros, que frecuentemente se encontraban con que la Edison les boicoteaba los rodajes y absorbía a las pequeñas productoras, que se veían imposibilitadas de pagar los derechos exigidos por el todopoderoso e inescrupuloso inventor. Eso desencadenó una pelea abierta que ocasionó muchos dolores de cabeza a todas las partes. Percatándose de la inutilidad de llevar las cosas por esa vía, Edison vio que era hora de proteger de modo más eficaz sus intereses.

Lo hizo aliándose con sus enemigos y formando un Trust compuesto por las “vacas sagradas” del momento: Edison, Vitagraph, Biograph, Kalem, Essanay, Lubin y Selig, más los franceses Pathé y Méliès, que firmaron a regañadientes para mantener activos los negocios entre Europa y Estados Unidos. La sociedad se formalizó legalmente el 19 de diciembre de 1907 en Nueva Jersey en casa de Edison, bajo la sigla MPPC, que significa Motion Picture Patents Company. Debido a ello el consorcio comenzaría a controlar de manera feudal 5.281 de las 9.580 salas existentes (57% de la explotación), lo cual trajo como consecuencia inmediata el estallido de la guerra de patentes.

TRUST VS. INDEPENDIENTES. El objetivo del Trust era uno y sólo uno: que los productores pagaran un impuesto, de lo contrario serían perseguidos. Pero Edison y su Trust no tuvieron en cuenta dos cosas. La primera fue que a la industria americana del cine no la crearon los inventores ni los abogados y contadores, sino los emigrantes, que le ofrecían a sus propios paisanos (exilados en un nuevo país, a menudo hostil) una posibilidad de comunicarse fácilmente unos con otros. De esa forma, poco a poco irían afianzándose el alemán Carl Laemmle, posterior fundador de Universal; el austriaco William Fox, creador de Fox; el bielorruso Louis B. Mayer, que junto al judío Samuel Goldwyn echaría las bases de la futura MGM; y el húngaro Adolph Zukor, fundador de Paramount. En respuesta a la MPPC esos hombres fundarían la NIMPA (National Independent Moving Pictures Alliance), que terminaría acaparando la atención masiva del público con sus películas de género (aventuras, westerns, comedias), nacidas más del corazón que de la billetera.

Lo segundo que Edison y sus socios no advirtieron es que las pequeñas sociedades que componían la NIMPA necesitaban sólo trescientos dólares para filmar un corto, y unos pocos miles para exhibirlo. La rigidez de Edison terminó incluso molestando a sus socios, que también terminaron independizándose, formando sus propias compañías. A la larga, los ejecutivos que quedaron en el Trust eran ni más ni menos que eso: meros ejecutivos. La deserción masiva y el imparable auge de los nickelodeons hicieron que el gigante Edison comenzara a tambalearse, y finalmente cayera.

Pero para llegar a ese momento se libró una batalla durísima, prolongada durante ocho años (1907-1915), entre la MPPC y la NIMPA. Edison volcó todo su poder contra los rivales: según crónicas de la época, el magnate usó a la prensa para denigrar a los nickelodeons, estableció la censura y se valió de una policía venal para cerrar salas independientes por inexistentes problemas de seguridad. Incluso se dice que llegó a sabotear las filmaciones de sus rivales con “ácidos vertidos en las cubas de revelado, cámaras robadas, balas de verdad suplantando a las de salva y batallas campales con muchos heridos y varios muertos”, según Sadoul. Los independientes respondieron resistiendo mediante la vía legal, hasta que comenzaron a buscar otros lugares de rodaje, para evitar la implacable guerra neoyorquina. Después de varias opciones (Colorado, los grandes lagos, Florida) alguien descubrió un sitio ideal donde casi nunca llovía, donde el frío era una ausencia permanente y donde los paisajes agrestes permitían el rodaje de westerns y aventuras selváticas sin correr riesgos. Allí se podía filmar todo el año. Allí se estaba lejos de Edison. Allí era Los Ángeles. Mejor dicho: allí era aquel lejano lugar llamado Hollywood…

NACE UN IMPERIO. A ese lugar llegó a fines de 1908 Francis Boggs para filmar El conde de Montecristo. Al percatarse del despoblado y casi salvaje aspecto del entorno, comunicó de inmediato la noticia a su socio, el coronel William Selig. Éste ya había visto en Texas en 1895 el kinetoscopio de Edison. Abriendo un estudio fotográfico en Chicago, había comenzado a investigar los misterios de las imágenes móviles. Aliado con Boggs, casi sin querer descubrieron las facilidades que otorgaba el cinematógrafo Lumière. En 1896 fundaron la Selig Poliscope Co., uno de los primeros estudios de cine americanos. Para fines de 1908 Selig estaba harto de integrar el Trust bajo la dictadura de Edison, y fue uno de los tantos productores que lo abandonó. En agosto de 1909 instaló un estudio de filmación en Echo Park, Los Ángeles, y comenzó a rodar cortos: en una década produjo cerca de mil, y descubrió a gente talentosa como el obeso cómico Roscoe Arbuckle y los cowboys Bronco Billy Anderson y Tom Mix. La noticia de las bonanzas que ofrecía ese lugar de California corrió como reguero de pólvora en el ambiente neoyorquino del cine, y todo el mundo terminó instalándose en Hollywood. El primer corto rodado allí fue En la vieja California de David Wark Griffith (1910), y el primer largo sería El marido de la india de Cecil B. DeMille (1913).

Por la contraparte, la caída de Edison fue definitiva en 1915. De inmediato nacería el régimen de doble mando, que aún continúa vigente hoy, un siglo después: los estudios, artistas y técnicos estarían en Hollywood, pero los empresarios continuarían viviendo en Nueva York. A ese ordenamiento interno de la naciente industria vino a unirse un hecho histórico que cambiaría de raíz el poderío del cine en el futuro: el 28 de junio de 1914 asesinaron en Sarajevo al archiduque de Austria, precipitando el inicio de la Primera Guerra Mundial, que pulverizó la industria del cine francesa, impidió el progreso del gigantismo italiano de Enrico Guazzoni (Quo Vadis?, 1912) y Giovanni Pastrone (Cabiria, 1913), y frenó al expresionismo alemán, que casi había nacido con El estudiante de Praga (1913), y ahora debería esperar siete años para retornar. Ese estado de cosas coincidió con el estallido en Hollywood del genio de David Wark Griffith mediante las grandiosas El nacimiento de una nación (1915) e Intolerancia (1916). Por otro lado, con Florence Lawrence primero y Lillian Gish, Mary Pickford y Theda Bara después, se pondría en marcha el exitoso sistema de estrellas, al que casi de inmediato se integrarían futuros nombres ilustres: Charles Chaplin, Douglas Fairbanks y los cowboys William S. Hart y Harry Carey. Paralelamente, la banca en Nueva York se percató del potencial económico de la joven industria, comenzando a invertir en ella. Las salas se agrandaron para recibir más público y surgieron los lujosos “palacios del cine”, que originaron a su vez los circuitos de salas, creados por los propios productores para facilitar la expansión infinita de su maquinaria comercial. Y de esa forma, desde las piraterías y dictaduras iniciales de Edison a las guerras pandilleras y el espíritu emprendedor de los independientes, veía la luz un imperio que nacía para perdurar.


 

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