Hollywood: ¿De los acosos a un nuevo maccarthysmo?

Por Amílcar Nochetti


Antecedentes. El 5 de octubre de 2017 marcará sin duda un antes y un después en la defensa de los derechos de las mujeres en el cine de Hollywood. Ese día aparecieron publicadas en el New York Times y el New Yorker las primeras denuncias de acoso sexual contra el famoso productor Harvey Weinstein. En los días siguientes el torrente se hizo incontenible, porque docenas de actrices ventilaron los desmanes que habían sufrido en carne propia (o habían visto padecer a colegas) por parte del orondo magnate. Pero allí recién comenzaba a caer la primera ficha, y luego se generó un verdadero efecto dominó en el cual terminaron derribados, en forma parcial o definitiva, muchos otros nombres famosos en la industria del celuloide estadounidense.

Cuando hablo de un antes y un después de ese 5 de octubre no quiero decir que el mundo se haya enterado de sordideces que fueran novedosas. Esa fecha no equivale al descubrimiento de América, sino más exactamente al hallazgo de una vacuna efectiva contra un virus que se conocía desde siempre. Sin embargo, la caída de Weinstein y el efecto logrado mediante ella en los siguientes 90 días alcanzan proporciones sísmicas. Piense el lector que sucedía lo mismo con los viejos magnates, ya fueran (por nombrar a los más notorios libidinosos y fiesteros) Adolph Zukor, Jesse Lasky y Joseph Schenck en los años 20, o Darryl F. Zanuck en los años 40 y 50. Sin embargo, esos intocables ejercieron durante décadas el mismo nefasto poderío sobre sus actrices que el que ahora practicaba Weinstein, sólo que su impunidad murió recién cuando lanzaron el último suspiro. La posibilidad de derrocar a un magnate, y no los hechos específicos que provocan su caída, son la verdadera nota importante de ese 5 de octubre de 2017.

Hollywood es una fiesta. El tema no es novedoso en la Meca del cine. Comenzó casi desde el nacimiento de la industria, con sórdidas fiestas secretas que continuaron vivas hasta nuestros días. Las perversiones sexuales estuvieron a la orden del día desde el caso de Fatty Arbuckle matando sin querer a Virginia Rappe en una desenfrenada orgía en 1921, pasando por las presuntas violaciones de Errol Flynn y la afición a las menores de edad de Charles Chaplin, hasta llegar a la ninfomanía de Vivien Leigh o la azarosa vida sentimental de Rock Hudson del otro lado del espectro. Esos casos integrarían el período Paleolítico de lo que hoy es el llamado Efecto Weinstein.

En el Neolítico, en cambio, los nombres a manejar resultan más cercanos, y podrían iniciarse con las legendarias festicholas de Jack Nicholson, que acabaron derivando en uno de los casos más sonados del negocio, cuando el 24 de marzo de 1977 el cineasta Roman Polanski fue llevado ante un tribunal de Los Ángeles tras ser acusado de drogar y violar a una niña de 13 años en la casa de Jack, mientras éste estaba de vacaciones. Horas antes de ser condenado el ágil Roman huyó a Europa, y desde entonces no ha vuelto a pisar Estados Unidos, ni siquiera cuando ganó el Oscar por El pianista.

Ese Neolítico se alimentó también de otros casos, de los cuales quizás el más terrible sea el de Tatum O’Neal, que en su libro autobiográfico lanza horribles acusaciones contra su padre Ryan, al que señala como verdadero culpable de haberla sumergido en una perversa espiral de drogas, alcohol y sexo siendo aún menor de edad. En ese libro, además, Tatum señala directamente a Melanie Griffith por haberla inducido a participar en una orgía…. y Melanie nunca la llevó a juicio por difamación

Otro escándalo mayúsculo fue a mediados de los años 90 el de la joven Heidi Fleiss, famosa proxeneta conocida por todos como la “madame de Hollywood”, que terminó acusada por delitos sexuales y condenada por evasión de impuestos. Su caso adquirió relevancia pública debido al renombre de su selecta clientela, entre los que figuran Jack Nicholson, Charlie Sheen, Nicolas Cage, Johnny Depp y Sean Penn. Dos curiosidades se registran en este caso. Una tiene que ver con la legendaria doble moral del Condado de Los Ángeles, que condenó a dos años de prisión a Heidi pero no hizo lo mismo con ninguno de sus celebérrimos clientes. La segunda radica en que la acusada terminó acusando en público a su novio, el actor Tom Sizemore, de violencia doméstica y conductas amenazantes, convirtiéndose sin querer en una adelantada de las mujeres que hoy acusan a Weinstein y compañía. Eso sucedió en 2003, y el 15 de agosto de ese año Sizemore fue declarado culpable de violencia doméstica, amenazas criminales y llamadas telefónicas obscenas, con lo que su carrera en la pantalla se fue al diablo.

Lo de Heidi Floss fue la punta de un iceberg en lo que a “sociedades sexuales” en Hollywood se refiere. En ellas, durante décadas sus miembros han celebrado fiestas secretas en mansiones particulares, que por serlo se mantienen casi siempre lejos de la acción policial y los paparazzi, y según el gusto de cada uno las celebridades se codean con prostitutas o prostitutos de lujo, quizá en busca de contacto con el mundo del espectáculo. Lo que parece estar claro es que la adicción al sexo es una afección común entre los poderosos, y no sólo los del cine: el mundo de la política y la economía merece un libro aparte al respecto. Dos casos muy célebres y bastante recientes han sido los de David Duchovny (Archivos X), que acabó arruinando su matrimonio con la actriz Tea Leoni, y Michael Douglas, cuyo superado cáncer de lengua le obligó a confesar algunos de sus pasados excesos en la cama. No hay que olvidar tampoco los aislados accidentes callejeros de Hugh Grant y Eddie Murphy, que en lugar de ir a fiestas utilizaron métodos más viejos para relacionarse.

Y si de juergas actuales se trata la campeona sería Lindsay Lohan, joven promesa de la actuación que rápidamente arruinó su futuro con el alcohol, las drogas y la falta de disciplina en el manejo de sus horarios nocturnos. Cabeza a cabeza la acompaña el inefable Charlie Sheen, aficionado a las drogas y también a relacionarse  -e incluso a casarse y descasarse- con jóvenes actrices porno californianas. Ante Lindsay y Charlie, las visitas de John Travolta a los saunas gays parecen un juego de niños.

Woody Allen. El caso del octogenario maestro neoyorquino resurgió ahora, como parte del Efecto Weinstein, pero en realidad ya tiene 25 años de antigüedad. Como se sabe, Mia Farrow y Woody Allen nunca se casaron, pero vivieron como pareja entre 1980 y 1992. Mia –hija del cineasta John Farrow y la actriz Maureen O’Sullivan- ya había estado casada previamente con Frank Sinatra y André Previn. Allen venía en cambio de una relación con Diane Keaton, entre 1973 y 1979, años en que la actriz fue su musa. Ese rol en la década siguiente lo heredaría Mia. Allen no tenía hijos, y lo compensaba muy bien porque Mia era madre de seis, mitad con Previn (Matthew, Sascha, Fletcher) y mitad por adopción (Soon Yi, Lark Song, Daisy). Además, la pareja tuvo un hijo biológico (Ronan) y adoptó dos más (Moses, Dylan).

Con ese elenco se desató en enero de 1992 un verdadero teleteatro. En la fecha citada Mia descubrió fotos de Soon Yi desnuda, y Woody reconoció haberlas tomado el día antes, además de confesar que tenía relaciones sexuales con Soon Yi desde hacía dos semanas. Woody tenía 56 años y Soon Yi 21. Mia y Woody se separaron de inmediato, aunque terminaron de rodar juntos Maridos y esposas, que precisamente habla de los divorcios de dos matrimonios. Meses después, en agosto de 1992, una niñera dijo haber visto a Woody con la cabeza apoyada en la falda de Dylan, su hija adoptiva de 7 años de edad. La niña luego testificaría que Woody le tocó sus partes íntimas. Varios adultos ratificaron haber sido testigos antes de ese tipo de situación, aunque Mia nunca había ido a la policía a denunciar esos hechos antes que Woody la engañara con Soon Yi.

Del 19 de marzo al 4 de mayo de 1993 Woody y Mia mantuvieron una batalla legal por la custodia del hijo biológico Ronan y los adoptados Dylan y Moses, que el cineasta reclamaba para sí. Los forenses convocados por la Corte no hallaron evidencia alguna de abusos contra Dylan, y un conjunto de psiquiatras y psicólogos señalaron que su testimonio pudo haber sido inducido por su despechada y vengativa madre. El juez Elliot Wilk no halló evidencias en el caso. Por lo tanto: 1) declaró inocente a Woody; 2) dio la custodia a Mia; y 3) no autorizó ningún régimen de visitas. Por su parte, el fiscal general desechó las investigaciones, debido a los informes forenses y psiquiátricos, y el Departamento de Servicios Sociales de Nueva York retiró el apoyo a Mia ante la falta de evidencias de su caso, que en la actualidad ya prescribió.

Dos décadas después, en 2014, Dylan Farrow –por entonces, con 29 años de edad- publicó una carta en el New York Times ratificando el abuso de su padre y algunas de las situaciones expuestas en la batalla legal por su custodia. De inmediato su hermano Moses rechazó públicamente la versión de Dylan, asegurando que no hubo nada fuera de lo normal entre ella y Allen, y confesando haber sido testigo presencial de la lección impartida por Mia a una Dylan de 7 años de edad, en los días anteriores a declarar en el juicio. En cambio otro hermano (Ronan) respaldó a Dylan, quien en diciembre de 2017 resucitó por segunda vez sus ataques contra Woody, con lo que podría definirse como un “tiro por elevación”, es decir atacando a los movimientos surgidos en defensa de las mujeres abusadas por Weinstein, acusándolos de doble moral por condenar al magnate y perdonar a su padre.

“Quiero mostrar mi rostro y contar mi historia”, dijo Dylan. “Mi padre me llevó al ático en la casa de campo de mi madre en Connecticut, me pidió que me tumbara boca abajo y jugara con un tren de mi hermano. Se sentó detrás de mí, y mientras yo jugaba abusó sexualmente de mí. Como niña de 7 años que era, en el juicio declaré que tocó mis partes privadas. Hoy, ya casada, digo que tocó mis labios vaginales y mi vulva con sus dedos. Y por supuesto, mi madre nunca me adoctrinó para atacar a mi padre en medio de su disputa legal”.

De inmediato Woody lanzó un comunicado de prensa en su descargo: “Jamás abusé sexualmente de mi hija. La familia Farrow está aprovechando la oportunidad creada por los movimientos Time’s Up y Me Too para volver a sacar a luz la acusación. Todo esto ya fue investigado a fondo por la Clínica de Abuso Sexual Infantil del Hospital Yale-New Haven y el Centro de Bienestar Infantil del Estado de Nueva York, y ambas instituciones concluyeron de forma independiente que no se había producido ningún abuso sexual. Lo que sí descubrieron en su lugar es que probablemente una niña muy vulnerable había sido aleccionada por su enojada madre para contar esa historia durante una ruptura polémica, algo de lo que fue testigo mi hijo Moses, quien vio a Mia convencer a Dylan que yo era un peligroso depredador sexual. Lamentablemente estoy seguro que Dylan realmente está convencida de lo que dice. Pero las cosas son como son, y los engaños de Mia no son nuevos. También quiso convencer al mundo que yo la había traicionado cometiendo incesto con una menor, cuando todos sabemos que Soon Yi no lleva una gota de mi sangre y tenía 21 años cuando iniciamos la relación”. Sea como sea, lo cierto es que hoy Woody Allen ha sido integrado al Efecto Weinstein, al igual que sucede con el cineasta Bryan Singer y el capocómico Bill Cosby.

Bryan Singer. Como Woody, Singer también es un neoyorquino de origen judío. En 2014 fue acusado de depredador sexual en versión gay, pero antes de eso se hizo famoso por su película Los sospechosos de siempre, donde el protagonista era Kevin Spacey, que para Time’s Up es hoy sinónimo de depredador gay. Singer continuó su ascendente carrera detrás de cámaras con varios títulos de una exitosa saga de superhéroes (X-Men, 2000; X-Men 2, 2003; X-Men: días del futuro pasado, 2014; X-Men: apocalipsis, 2016), en medio de las cuales experimentó fracasos (Superman regresa, 2006, con Spacey como Lex Luthor) y aciertos (Operación Valquiria, 2008). Pero en abril de 2014 el actor Michael Egan lo acusó de haber abusado de él cuando tenía 15 años.

Egan dijo haber sido violado muchas veces en una mansión de Los Ángeles donde se celebraban sórdidas fiestas a las que sólo se podía asistir desnudos, y en las cuales la especialidad de la casa era que los adultos violaran adolescentes. “Yo tenía 15 años cuando fui violado en una de esas fiestas”, declaró Egan, “orgías que tenían lugar en una mansión de Encino llamada M & C Estate. Singer me obligó a inhalar cocaína y a beber alcohol, y luego amenazándome con una pistola me violó varias veces”. El actor explicó que Singer y varios hombres allí presentes le dijeron que “nosotros controlamos Hollywood, y si no nos mantienes contentos te eliminaremos a ti y a tu familia. Por eso tuve que consentir que me violaran en varias futuras ocasiones. Todos los jóvenes que allí estaban, al igual que yo, éramos sólo un pedazo de carne para esa gente”.

Ya en el año 2000 Egan había denunciado este hecho, aunque como era menor de edad figuró en la denuncia como Michael E. A partir de entonces el chico se refugió en la bebida y tiró su carrera por la borda, hasta que en 2011 inició una rehabilitación, superó su trauma y su adicción al alcohol, y pudo salir a denunciar el caso. Singer y su abogado de inmediato lo acusaron de falsedad, pero un segundo joven demandó al cineasta, al magnate de Broadway Gary Goddard y al ex ejecutivo de Disney David Neuman por abusos sexuales cometidos en Londres cuando era menor de edad. Y aunque el abogado de Singer siga diciendo que las acusaciones son totalmente falsas y que estos jóvenes sólo buscan sus quince minutos de fama, el hecho es que el cineasta les pidió públicas disculpas y hace dos años se mantiene alejado del sillón de director.

Bill Cosby. El célebre comediante negro hoy tiene 80 años. Debutó en el stand-up en 1961, luego consiguió un rol co-protagónico en la famosa serie Yo soy espía y terminó siendo universalmente reconocido por su comedia televisiva El show de Bill Cosby, emitida entre 1984 y 1992, siempre en primer lugar en el ranking de audiencia. Cosby era una de los rostros más queridos por los espectadores, pero ese sentimiento se vio resquebrajado cuando a partir de 2014 salieron a luz numerosas acusaciones de agresión sexual en su contra, la más temprana de las cuales data de décadas atrás. Más de 60 mujeres lo han acusado de violación, sumisión sexual facilitada por drogas, abuso sexual infantil y mala conducta sexual. Las fechas de los presuntos incidentes abarcan un período que se extiende de 1965 a 2008 en 10 estados americanos y una provincia canadiense. Obviamente la mayoría de esos actos ya prescribieron a efectos penales, aunque no así en el área civil. A partir de noviembre de 2015 se activaron ocho demandas contra Cosby, dos de las cuales también van dirigidas contra su abogado, e incluso una de ellas implica a su esposa y gerente, Camille Cosby.

El actor durante mucho tiempo negó repetidamente cualquier fechoría. En noviembre de 2014 dio un paso adelante, y en lugar de negar todo nuevamente, declaró: “No hablo más de eso”. A partir de entonces no ha discutido públicamente el tema de las acusaciones excepto una vez, en mayo de 2015, cuando dijo que “he estado en este negocio 52 años y nunca había visto algo igual. Esta es una conspiración por mis actividades políticas a favor de la integración racial, y por eso no quiero hablar más”. Sin embargo, hasta en ese ámbito Cosby es discutido, por haber atacado a los negros “que defienden más la igualdad en el deporte, la moda y el canto, que en la educación, el respeto a sí mismos y la superación personal”. A raíz de todos estos sucesos, muchas organizaciones rompieron sus lazos con el comediante, e incluso le llegaron a revocar honores y títulos.

El 30 de diciembre de 2015 Cosby fue acusado de agresión sexual en Pennsylvania por Andrea Constand, quien declaró que diez años antes fue sometida y abusada por Cosby mediante el uso de una droga vertida en una taza de café. Se emitió una orden de arresto en su contra, y llevado a audiencia el actor admitió que tuvo relaciones sexuales ocasionales con una serie de mujeres jóvenes, y que para dichos encuentros utilizaba el sedante Quaalude (prohibido hace décadas en Estados Unidos), aunque no recordaba a Andrea Constand como una de esas jóvenes. El 24 de mayo de 2016 un juez dictaminó que había pruebas suficientes para que su caso fuera llevado a la Corte. Cosby debió pagar un millón de dólares para quedar libre bajo fianza hasta la fecha del juicio, iniciado el 5 de junio de 2017. Esa instancia empero se anuló diez días después por estancamiento del jurado, que llegó a un punto muerto debido a las contradictorias declaraciones de Constand al testificar durante el juicio. La mujer apeló y una nueva instancia legal fue fijada para el 6 de noviembre de 2017. En esa fecha el juez Stephen O’Neil, que ya presidió el primer juicio, aceptó una solicitud de posponer la prueba hasta abril de 2018, debido a que Cosby contrató un nuevo equipo de abogados.

En medio de esos arreglos estalló el caso Weinstein, y ahora el comediante podría hallarse en una situación más comprometida de lo que antes pudo imaginar, dado el creciente poder mediático de las redes sociales, de Me Too y de Time’s Up. Queriendo contrarrestar esa delicada situación el nuevo equipo de abogados de Cosby lanzó el 26 de enero de 2018 un comunicado acusando a la fiscalía de retener y haber hecho desaparecer documentos que probarían que no toda la culpa es de Cosby. Sucede que una mujer llamada Marguerite Jackson aparentemente habría declarado que un año antes Andrea Constand le habló acerca de un plan para acusar en falso a “una persona de alto perfil”, con el fin de demandarla y sacarle dinero. En el primer juicio contra Cosby el juez bloqueó sin explicaciones el testimonio de Jackson, contribuyendo al estancamiento del jurado. Lo de Bill Cosby está muy lejos de ser cosa juzgada.

Harvey Weinstein. Y así llegamos al jueves 5 de octubre de 2017, el día en que estalló la tormenta cuando el New York Times y el New Yorker publicaron un amplio reportaje sobre la cara oculta de Harvey Weinstein como depredador sexual. En ese momento era el productor de cine independiente más poderoso del mundo. Nacido en 1952 en Nueva York e iniciado en la producción en 1981, en su haber tiene hasta el momento 329 films entre cine y TV, lanzados primero como integrante de Miramax y a partir de 2005 desde la empresa The Weinstein Company, fundada junto a su hermano Bob. Ganador del Oscar por Shakespeare apasionado de John Madden, entre los títulos en que intervino como coproductor figuran los también ganadores del Oscar El paciente inglés de Anthony Minghella, Chicago de Rob Marshall, El discurso del rey de Tom Hooper y El artista de Michel Hazanavicius. Patrocinador de Quentin Tarantino, produjo sus films más recordados (Perros de la calle, Tiempos violentos, Triple traición, Kill Bill 1 y 2, Bastardos sin gloria, Django sin cadenas, Los 8 más odiados), además de otros títulos valiosos de Wayne Wang (Cigarros), Gus Van Sant (En busca del destino), Alejandro Amenábar (Los otros), Martin Scorsese (Pandillas de Nueva York), Peter Jackson (la trilogía El señor de los anillos), Robert Rodríguez (La ciudad del pecado) y Simon Curtis (Mi semana con Marilyn).

Pero de nada le sirvió ese currículum el pasado 5 de octubre. Tampoco lo ayudó el hecho de ser Caballero de la Legión de Honor ni Comendador de la Orden del Imperio Británico, y mucho menos ser miembro de la Academia de Hollywood, lugar del cual terminó siendo expulsado. Porque entre los detalles iniciales revelados en esa fecha constaba que al menos en ocho ocasiones durante los últimos veinte años el productor había llegado a acuerdos extrajudiciales con sus víctimas de acoso y abuso, que callaron a cambio de dinero. Eran una secretaria, tres asistentes, dos modelos y dos actrices. Entre ellas están Rose McGowan, que recibió 100.000 dólares, y la italiana Ambra Battilana, que haciendo gala de su apellido igual lo denunció en 2015. Otras mujeres en cambio salieron a acusarlo sin haber aceptado soborno alguno.

Ashley Judd, por ejemplo, contó cómo durante el rodaje de Besos que matan (1997) Weinstein la citó para una reunión de trabajo en el Hotel Península de Beverly Hills. Allí lo encontró vestido sólo con una bata, y le propuso darle un masaje o que lo mirara mientras se duchaba. La actriz logró huir, y ha declarado: “Hasta ahora las víctimas habíamos hablado de esto entre nosotras, pero los tiempos cambiaron y es hora que lo hagamos público”. De inmediato nuevas voces se sumaron a McGowan, Battilana y Judd: Jessica Chastain, Brie Larson, Kate Winslet, Jennifer Lawrence, Lena Durham, Amber Tamblyn, Ellen Barkin y Rosanna Arquette. Incluso varios hombres (el director Judd Apatow, el comediante Seth Rogen, George Clooney, Mark Ruffalo, Matt Damon) declararon saber desde mucho tiempo antes que estas cosas sucedían con Weinstein. De todas las figuras denunciantes, las palmas se las llevaron seis actrices de clase A.

Gwyneth Paltrow relató al New Yorker que antes de rodar la película Emma (1996), cuando tenía 22 años y comenzaba su carrera –siendo sólo la hija de Blythe Danner- Weinstein la convocó en su hotel y le sugirió ir a su habitación a hacerle masajes y pasar la noche con él. Según cuenta la actriz, rechazó la proposición.

Angelina Jolie también lo habría rechazado durante el lanzamiento de Corazones apasionados (1998), en idénticos avances del productor en su habitación de hotel, algo que a estas alturas ya comenzaba a ser un denominador común de varias acusaciones.

Mira Sorvino, que por esa misma época estaba en la cresta de la ola al haber ganado un Oscar por Poderosa Afrodita (del también cuestionado Woody Allen), era la novia de Tarantino, y sin embargo –según ha confesado- también debió rechazar al productor, que la amenazó con cortarle la carrera si no se iba con él a la cama. Las pruebas están a la vista: Mira nunca más llegó a ocupar un primer plano en Hollywood. Por esa misma fecha, además, cortó su relación amorosa con Tarantino.

La actriz y cineasta italiana Asia Argento, hija de Darío, protagonizó el caso más grave de los revelados hasta hoy. Declaró que el voluminoso productor la acorraló y le hizo sexo oral a la fuerza, y que si hasta hoy no había dicho nada es porque hace veinte años Weinstein juró destrozarla si contaba algo. No obstante, la italiana recreó la escena en su film Scarlet Diva (2000), y aseguró que ya en ese entonces había sido contactada por muchas colegas, que reconocieron el comportamiento de Weinstein en la película.

Otra fuerte declaración fue hecha por la francesa Léa Seydoux mediante una carta abierta a la prensa. En ella relata: “La primera vez que vi a Weinstein no me llevó mucho tiempo descifrarlo. Estábamos en un show de moda. Era encantador, divertido, inteligente, y muy dominante. Quiso salir conmigo y tomar unas copas, e insistió en concertar cita esa misma noche. Podía ver claramente que tenía segundas intenciones, pero era muy difícil decirle que no porque era muy poderoso. Accedí debido a que junto a nosotros estaba su asistente, pero al rato se fue y quedamos solos, y allí empezó a perder el control. Estábamos hablando en el sillón y de repente se abalanzó sobre mí e intentó besarme. Tuve que defenderme. Es enorme y gordo, por lo cual debí aplicar todas mis fuerzas para resistirme. Dejé la habitación totalmente asqueada”. La valentía de Léa Seydoux es mayor aún en el final de su declaración, donde cuestiona al sistema de vida de Hollywood y a varias presuntas víctimas: “En los años siguientes lo vi varias veces más. Estamos en la misma industria, así que era imposible evitarlo. Weinstein no acepta un no como respuesta, y ha hecho alarde abiertamente de todas las mujeres de Hollywood con las que tuvo sexo, aunque ahora algunas de ellas lo acusan. Una noche lo vi en los BAFTA intentando convencer a una joven que se acostara con él. Todo el mundo podía ver lo que hacía. Eso es lo más desagradable: todos veían lo que hacía y nadie hizo nada. Es increíble que haya podido actuar de ese modo por dos décadas y aún así mantener en alto su carrera y su prestigio. Pero así opera Hollywood, porque es una industria misógina que se alimenta solamente de actrices deseables”.

Igual de virulenta fue la mexicana Salma Hayek, en una nota al New York Times, en la que relató: “Quiero revelar el horror que me tocó vivir cuando decidí que para cumplir mi sueño de llevar la vida de Frida Kahlo al cine debía hacerlo con la empresa más brillante por entonces, la de Weinstein. Este hombre era un cinéfilo apasionado, alguien que corría riesgos, un promotor de talentos, y esas cosas podían definirlo como una especie de padre para los jóvenes emergentes. Lo que no sabía es que, además de eso, también podía ser un monstruo. En momentos de hacer Frida yo era casi nadie en Hollywood, y hasta parecía una osadía que una mexicana aspirara a meterse en ese negocio. Pero no me importó el dinero. Yo estaba emocionada por trabajar con él y su empresa, y cuando aceptó llevar a cabo el film ingenuamente pensé que mi sueño se había cumplido. Harvey validaba con su apoyo mis últimos 14 años de vida apostando por mí, por la ‘casi nadie’. No sabía que muy pronto tendría que decirle que no. No a abrirle la puerta a cualquier hora de la noche: en cuanto hotel y locación yo estaba aparecía inesperadamente, incluido un sitio en el que estaba rodando un film que no pertenecía a su empresa. No a bañarme con él. No a dejarlo que me viera bañarme. No a dejarlo que me diera un masaje. No a que un amigo suyo desnudo me diera un masaje. No a dejarlo que me hiciera sexo oral. No a desnudarme con otra mujer. Y con cada rechazo surgía su ira, porque odiaba la palabra ‘no’. Algunas de sus demandas eran absurdas, desde recibir una llamada iracunda a mitad de la noche en la que me exigía que despidiera a mi agente porque no le caía bien, hasta sacarme de una gala de Frida en Venecia para llevarme a una fiesta privada con él y unas mujeres que pensé que eran modelos, hasta que me percaté que eran prostitutas. Su táctica de persuasión era muy amplia: iba desde hablar muy dulcemente, hasta aquella vez que en un ataque de ira me dijo fríamente: ‘Te voy a matar, y no pienses que no puedo’. Lo peor es que Harvey es el más notorio pero no el único depredador, y son ellos los culpables que las mujeres hayamos sido devaluadas cómo género, y también como artistas”.

El currículum de Weinstein en esta materia es tan amplio que incluso llegó al Río de la Plata. Impactada por todas esas declaraciones, la argentina Julieta Ortega, hija de Palito, aportó al tema una situación que vivió en carne propia: “Weinstein estuvo en Buenos Aires hace unos años. Te invitaban a fiestas para conocerlo. Fui a una. Apenas llegabas ya querías salir corriendo. Es común que cuando vienen este tipo de personas todopoderosas les organicen fiestas, básicamente para que conozcan chicas. En 2011 nos invitaron a una fiesta en un departamento de Recoleta, donde él iba a estar. Fuimos porque siempre es interesante reunirte con gente de la industria, y mucho más si es internacional. Apenas llegamos vimos que era una pérdida de tiempo. El tipo era un maleducado, no le interesaba conocer a los actores ni hablar de la película: estaba obnubilado con tres rubias, y para lo único que se había armado esa reunión era para que evaluara a cuál de ellas se llevaría a la cama”.

En la actualidad, se registran más de 40 acusaciones contra Weinstein. Como ya se dijo, fue expulsado de la Academia de Hollywood, pero además su esposa le exigió el divorcio y su hermano se vio obligado a retirarlo temporalmente de su propia compañía. Lo único que ha hecho Weinstein hasta ahora es emitir un comunicado en el que pidió perdón por su comportamiento, confesó estar recibiendo terapia y aseguró que “estoy tratando de hacer las cosas mejor, pero sé que todavía me queda un largo recorrido”. En la actualidad, ¿alguien podrá creerle?

Kevin Spacey. Tres semanas más tarde, y en sólo 72 horas, Kevin Spacey pasó de ser uno de los actores más respetados del mundo del cine, el teatro y la TV a tener que tomarse un descanso para recibir ayuda. Nacido en Nueva Jersey en 1959, Spacey ganó dos veces el Oscar (Los sospechosos de siempre, Belleza americana) pero además su currículum era tan extenso como lustroso. En cine había sido descubierto por Mike Nichols en El difícil arte de amar y Secretaria ejecutiva, y luego brilló a gran altura en El precio de la ambición de James Foley, Pecados capitales de David Fincher, Los Ángeles al desnudo de Curtis Hanson, Medianoche en el jardín del bien y del mal de Clint Eastwood, Atando cabos de Lasse Hallstrom, La vida de David Gale de Alan Parker, El precio de la codicia de J. C. Chandor e incluso en su icónico Lex Luthor para la fallida Superman regresa de Bryan Singer. En teatro, además de su lucimiento como actor, se hizo cargo de la dirección del Old Vic londinense, y en la época de su actual caída venía cosechando éxitos en los cuatro años de la serie House of Cards.

El 30 de octubre de 2017, en el contexto del por entonces naciente Efecto Weinstein, el actor Anthony Rapp declaró que en 1986, teniendo 15 años, había sido acosado sexualmente por Spacey en el transcurso de una fiesta celebrada en la residencia de éste. En respuesta a estas acusaciones, Spacey alegó que no recordaba haberse comportado de manera inapropiada, y pedía perdón si fue así, pero cometió la torpeza de confesar en ese mismo comunicado que era homosexual, condición que había ocultado hasta ese momento. Spacey siempre había sido muy buen conversador, pero se cerraba a la hora de hablar de su vida privada, que desde el inicio había sido objeto de insinuaciones y rumores. En 1999 había querido despejarlos y comentó a Playboy que un titular de la revista Esquire en 1997 (“Kevin Spacey tiene un secreto”) le ayudó a conquistar mujeres que querían “transformarlo”. Todo eso le granjeó la enemistad de la comunidad gay, que lo tildaba de cobarde, y que ahora no le perdonó que vinculara su condición sexual con una presunta violación a un quinceañero. Según Rapp, el actor “me agarró como un novio agarra a la novia en el umbral. Yo me intenté librar al principio, y no paraba de pensar qué estaba pasando. Pero luego me empujó y se acostó encima de mí. Estaba intentando seducirme. Yo sabía que estaba intentando tener algo sexual conmigo. Por suerte le pedí de ir al baño, y así logré escabullirme e irme de la fiesta”.

A partir de esas declaraciones, en los días siguientes surgieron acusaciones similares, como la del actor mexicano Roberto Cavazos, quien denunció que tanto él como otros muchos jóvenes actores habían sido acosados por Spacey cuando era director artístico del Old Vic de Londres. En parecidos términos, varios empleados de la serie House of Cards lo han señalado por delitos de la misma naturaleza. Tres días después de la denuncia inicial, Netflix anunció que cancelaba sus compromisos y proyectos con Spacey, mientras Ridley Scott volvía a rodar sus escenas en Todo el dinero del mundo (donde componía al multimillonario John Paul Getty) suplantándolo por el octogenario Christopher Plummer. En forma similar a Weinstein, Spacey anunció su ingreso a una clínica en Arizona para someterse a tratamiento por su adicción al sexo. El día que salga, si quisiera seguir actuando, va a necesitar una mejor campaña publicitaria.

Dustin Hoffman: El 2 de noviembre caía en la redada un actor querido por los cinéfilos del mundo entero. También uno de los más talentosos de una generación inolvidable. A los 80 años Dustin no necesita presentación. Pero la guionista Anna Graham Hunter lo acusó de acosarla cuando ella tenía 17 años: “Esta historia la he relatado tantas veces que me sorprende que los que viven en el mundo del cine aún digan que no la conocían. Cuando tenía 17 años hice una pasantía como asistente de producción en La muerte de un viajante. El primer día que estuve en el set me pidió que le hiciera un masaje en los pies. Lo hice, porque no pensé que hubiera algo raro detrás de ese pedido. Pero desde el día siguiente comenzó a perseguirme, a manosearme la cola, a hablarme de sexo delante de otros. Una mañana fui al camarín para saber qué quería desayunar, me miró, me sonrió, se tomó su tiempo y dijo: ‘Voy a tomar un huevo duro… y un clítoris pasado por agua’. Salí despavorida del camarín. Es verdad que viví momentos muy felices en ese rodaje, y me emocionaba conversar con John Malkovich y Arthur Miller, e incluso con Hoffman al principio. Después no”.

Como todos, Hoffman salió a decir que no recordaba nada de lo relatado por Anna, y sin embargo dos días después otra guionista, Wendy Riss Gatsiounis, declaró haber sufrido acoso de Hoffman en 1991, cuando ella tenía 20 años y él 53. Wendy se había acercado al actor para ver si se interesaba en una obra teatral de su autoría. Al verse por primera vez el actor le dijo: “Antes de empezar déjame preguntarte algo: ¿alguna vez has tenido relaciones íntimas con un hombre de más de 50 años?”. Abriendo sus brazos y muy sonriente, continuó: “Sería un nuevo y completo cuerpo para explorar, ¿no?”. Acto seguido Hoffman la invitó a acompañarlo a comprarse ropa, y ella se negó. Al día siguiente su agente le informó que Hoffman no estaba interesado en su obra.

De inmediato otras cinco mujeres acusaron al pequeño gran intérprete en Hollywood Reporter y Variety. Cori Thomas tenía 16 años en 1980, quería ser actriz y era hija de una compañera del actor. Por eso se presentó a él en el hotel. Dustin le habría pedido que subiera a la habitación, y cuando lo hizo lo encontró desnudo, y mientras le hacía insinuaciones sexuales le pidió un masaje de pies. La chica huyó de la habitación. Por su parte Melissa Keshter denunció que el actor metió sus dedos bajo los pantalones de ella durante el rodaje de Ishtar (1986), diciéndole que la haría despedir si decía algo. Una tercera mujer afirmó que el intérprete abusó de ella en un coche, también durante el rodaje de Ishtar. Una cuarta contó que en 1975, cuando tenía 21 años, oficiaba de guía turística en Washington y aseguró que tras pasar una tarde con el actor, la encerró en su propia casa y le dijo que no se iría de allí sin quedar satisfecho, por lo que la chica se vio obligada a practicarle sexo oral. Por último, una mujer llamada Pauline afirmó que en 1973, cuando tenía 15 años, el actor se masturbó y eyaculó delante de ella. Dustin parece tener muy mala memoria, ya que insiste en que no recuerda nada de todo esto.

Efecto Weinstein. La caída de Spacey y la delicada situación en que se halla Hoffman son parte de lo que ha dado en llamarse Efecto Weinstein. Repasemos otros famosos que también se han visto envueltos en esta vorágine. La lista no es excluyente.

James Toback: Nacido en Nueva York en 1944, se destacó como libretista para Karel Reisz (El jugador) y Warren Beatty (Bugsy). El 25 de octubre fue denunciado por 38 mujeres al Los Ángeles Times, y a ellas se sumaron otras 200 en las redes sociales, por supuestos acosos cometidos en los años 80 y 90. Toback presuntamente embaucaba a las mujeres bajo el pretexto de darles entrada a Hollywood. Sus encuentros tenían lugar en espacios privados (habitaciones de hotel) y también en lugares públicos (parques), y en ellos se masturbaba frente a ellas. Entre los testimonios públicos se cuenta el de Julianne Moore, que declaró: “Se acercó a mí en Columbus Avenue. Quería que fuera a su apartamento a hacer una audición. Me negué. Un mes después intentó repetir el intento, y lo mandé a cagar en público”.

Brett Ratner: Nacido en Miami en 1969, es conocido como director de Dragón rojo, X-Men: la batalla final, Hércules y la saga Rush Hour. Se unió a la terrible lista el 1º de noviembre, cuando fue acusado públicamente por las actrices Olivia Munn y Natasha Henstridge. La segunda declaró al Los Ángeles Times que la obligó a practicar sexo oral en su apartamento de Nueva York en 1990, cuando ella recién comenzaba su labor como modelo y aún no había llegado al cine. Munn, por su parte, recordó que Ratner se masturbó frente a ella en 2004, durante el rodaje de Al caer la noche. La actriz llegó a contárselo a su abogado, quien le recomendó que evitara enfrentarse a un poderoso. “Eso me dejó impactada”, dijo Munn.

Steven Seagal: El rudo actor, rival en la taquilla de Sylvester Stallone, Jean-Claude Van Damme y Arnold Schwarzenegger, ya había sido denunciado en los años 90 por una modelo y actriz, Jenny McCarthy, que afirmaba que para no quedarse sin trabajo debió desnudarse frente a él. En aquel momento nadie le hizo caso, pero ahora, a mediados de noviembre de 2017, quedó claro que parecía no mentir, porque una periodista llamada Lisa Guerrero confesó a Newsweek que en 1994, cuando quería ser actriz, su manager la llamó para contarle que la habían elegido para un casting del film Terreno salvaje, y que el lugar del encuentro era la mansión del protagonista Seagal. Precavida, Lisa fue junto a una asistente de la agencia, Shari Rhodes. Seagal las recibió en bata de seda y las condujo a una habitación donde se efectuó el casting. El actor alabó su actuación, y horas más tarde la llamó para ofrecerle el rol femenino principal. Además le pidió que volviera a su mansión para filmar dicho casting y con él convencer al director. La chica, desconfiada, se negó. Dos días después le informaron que le habían dado un rol muy secundario. “Como joven aspirante a actriz que era, ¿a quién iba a quejarme sobre esta discriminación sexual? Él era el protagonista y coproductor de la película”, explicó la hoy famosa periodista de TV.

John Lasseter: Noviembre parecía interminable en Hollywood: el 21 cayó el director creativo de Disney y jefe de los estudios Pixar, aunque lo suyo fue diferente. Aquí no hubo denuncias, sino un rumor interno y una súbita renuncia de Lasseter, que reunió a sus empleados y les dijo que se tomaría seis meses de licencia de su cargo, citando “dolorosas” conversaciones acerca de “errores” no especificados. Por su parte, el rumor tenía que ver con la hija del músico Quincy Jones, Rashida Jones, que figuraba como colibretista de Toy Story 4, y que abandonó el proyecto junto a su compañero Will McCormack después que Lasseter le hizo un avance no deseado. Al saberse la noticia, varios ex funcionarios de la empresa declararon que Lasseter era famoso por “agarrar, besar, manosear y hacer comentarios soeces sobre sus atributos físicos a las mujeres”.

James Franco: Este mediático actor californiano nacido en 1978 y con varios éxitos en su haber (la saga de El hombre araña, The Company, La conspiración, Milk, Comer rezar amar, 127 horas, Planeta de los simios: revolución, Alien: Covenant) acarició el cielo con las manos al ganar el Globo de Oro el 7 de enero por su estupenda comedia Obra maestra. Ya estaba perfilado con mucha chance para las nominaciones al Oscar, pero al día siguiente de la ceremonia varias actrices cargaron contra su falsedad, por haber llevado en su solapa una insignia de Time’s Up, ya que lo hacían responsable de episodios de acoso sexual. Una de las chicas, Violet Paley, dijo: “Bonito pin, James. ¿Recuerdas la vez que me bajaste la cabeza hacia tu pene descubierto en tu coche? ¿O la otra vez que le dijiste a una amiga en común que fuera a tu hotel cuando tenía 17 años, después que ya te hubieran agarrado haciendo lo mismo con otra menor? Por su lado, la también actriz Sarah Tither-Kaplan declaró que Franco le dijo que su desnudo completo en dos de sus films “por cien dólares al día no es explotación, ya que firmaste un contrato para hacerlos”. Días después, el actor no fue nominado al Oscar.

Ben Affleck-Casey Affleck: Es tal el nerviosismo de la fauna hollywoodense en estos momentos que Ben Affleck tuvo que pedir disculpas por algo que hizo hace 14 años, y todo porque comentó que el comportamiento de Weinstein lo hacía sentir mal. Entonces la actriz Hillarie Burton le recordó por Twitter que en 2003, cuando ella era animadora de MTV, Ben le tocó los senos. El actor no tuvo más remedio que admitir su conducta indecorosa, pedir disculpas y llamarse a silencio para sentirse mejor. Por su lado Casey, el hermano menor, que en marzo de 2017 ganó un muy merecido Oscar por su labor en Manchester junto al mar, también está involucrado en un escándalo sexual. Hace siete años, cuando dirigió el falso documental I’m Still Here, en el que contaba la historia de cómo el actor Joaquín Phoenix dejaba el cine para dedicarse al rap, fue demandado por acoso sexual por dos mujeres que formaban parte del staff, algo que él negó desde el comienzo en forma rotunda. Con razón o sin ella, si eso le hubiera ocurrido este año no sólo no hubiera ganado el Oscar: ni siquiera hubiera competido.

Michael Douglas: También el hijo del legendario Kirk fue acusado recientemente por una libretista que permanece en el anonimato (eso no vale). La mujer hizo declaraciones muy duras al Hollywood Reporter sobre hechos ocurridos a mediados de los años 80. Acusó a Douglas de amenazarla con boicotearla profesionalmente, masturbarse delante suyo y dirigirse a ella en forma maleducada, faltándole el respeto en público. El actor declaró que el abuso y el intento de boicot son absolutamente falsos. En cambio, recuerda haber tenido un roce público con ella, por el cual le ofrece sus disculpas.

Voces disonantes. En medio de tal barahúnda, hay figuras del mundo del cine que han matizado un poco las cosas. Una de ellas, como ya vimos, fue Léa Seydoux en la parte final de su durísima carta. Pero hay otras, de Estados Unidos y Francia.

Catherine Deneuve: Publicó junto a un centenar de celebridades un manifiesto en el que se defiende el derecho de los hombres a importunar a las mujeres, en el buen sentido del término. En dicho manifiesto se explicita que “se está llevando a cabo una campaña internacional de delaciones contra los hombres cerdos, y con las debidas pruebas eso está bien, porque la violación es un crimen. Pero el ligue insistente y desafortunado no es un delito, ni la galantería es una agresión machista. Tras el escándalo Weinstein se ha producido una legítima toma de conciencia de las violaciones sexuales consumadas contra las mujeres en un marco profesional, cuando los hombres abusan del poder. Pero tal como está siendo llevada esta campaña, por medio de la prensa y las redes sociales en lugar de las Cortes de Justicia, está perjudicando a los acusados sin dejarles defenderse apropiadamente, y poniéndolos en el mismo plano que los confesos violadores convictos o internados”. Deneuve y su movimiento agregaron que “no nos reconocemos en ese feminismo que, más allá de los abusos de poder masculinos, toma el rostro del odio contra los hombres y la sexualidad en general. Defendemos la libre voluntad masculina de importunar, tanto como la libre voluntad femenina de rechazar. Eso es indispensable para la libertad sexual. Por supuesto que la pulsión sexual es ofensiva y salvaje por naturaleza, pero no confundamos el ligue desagradable y sin fortuna con la violencia sexual”. La recordada actriz de Repulsión, Belle de Jour y Tristana levantó tanta polvareda a escala mundial, que dos días más tarde no tuvo más remedio que pedir disculpas por el tono del manifiesto, aunque no por su contenido.

Brigitte Bardot: A ella en cambio no le interesa pedir disculpas. El mayor símbolo erótico de los años 60, retirada desde hace casi medio siglo, está más allá del bien y del mal. Por eso suplantó a Catherine y arremetió con todas las baterías cargadas días más tarde: “La mayor parte de las denuncias de acoso sexual en el cine dadas a conocer en los últimos meses son casos hipócritas, porque sabido es que muchas artistas calientan a los productores para tener un papel”, dijo la ex diosa sexual a Paris Match. (En este momento no puedo dejar de pensar que Gwyneth Paltrow acusa ahora a Weinstein de su intento de acoso en 1996, pero Google Imágenes está lleno de fotografías suyas abrazada al productor besándolo, dos años después, cuando ambos ganaron el Oscar por Shakespeare apasionado). Luego Brigitte remató: “Yo nunca he sido víctima de acoso sexual, y me parecía encantador que me dijeran que estaba buena o que tenía un buen culito. Ese tipo de piropo es agradable. Pero ahora muchas chicas jóvenes, para que se hable de ellas, cuentan que han sido objeto de abusos. Más que beneficiarlas eso las perjudica. Lo peor es que esta fiebre de llevar a los presuntos cerdos al matadero nos está devolviendo a un puritanismo y una moral victoriana de la peor calaña, porque sólo sirve a los intereses de los enemigos de la libertad sexual, los extremistas religiosos, los peores reaccionarios, aquellos que opinan que las mujeres somos seres especiales cuando en realidad somos iguales a los demás”.

Alec Baldwin: El polémico actor, que últimamente se ha lucido en su feroz imitación del presidente Donald Trump, utilizó una defensa del cineasta Woody Allen para elevar el mensaje a un nivel diferente. Se refirió al hecho que ciertos colegas que acaban de trabajar para Allen en la aún no estrenada A Rainy Day in New York (Rebecca Hall, Timothée Chalamet) donen sus salarios como si estuvieran expiando un presunto delito. “Woody Allen fue investigado por dos estados y no se presentaron cargos. Renunciar a él y a su trabajo sin duda tiene un propósito, pero me parece injusto y triste. Me pregunto, y les pregunto: ¿es posible apoyar a los sobrevivientes de la pedofilia y de abusos y acosos sexuales, y al mismo tiempo pensar que Woody Allen es inocente mientras no se demuestre lo contrario? Sí, debería serlo. La intención no es ignorar o rechazar las quejas, pero acusar a la gente de ciertos crímenes debería manejarse con otro cuidado. Incluso pensando en las víctimas. Es asombroso advertir que volvemos a transitar por un camino en que los acusados tienen que probar su inocencia. En la América en que me educaron era al revés: el acusador tenía que probar el delito”.

¿Un nuevo maccarthysmo? Esas voces disonantes de Deneuve, Bardot y Baldwin me llevan a reflexionar sobre el viejo dicho que “el camino del infierno está sembrado de buenas intenciones”, y me permite formular una muy incómoda pero urgente pregunta: ¿estará Hollywood cayendo sin querer en un nuevo maccarthysmo? La alusión no es política, por supuesto, pero si nos detenemos a pensar un poco en la metodología que se está empleando, advertiremos que es inquietantemente similar. Vayamos por partes.

Desde el 5 de octubre de 2017 el escándalo ha golpeado las puertas de Hollywood de manera continua. Eso no está mal, porque debido a eso han rodado varios indeseables que parecían intocables, mientras otros pesos pesados se tambalean con buena chance de caer. Pero este asunto no debería quedarse en el simple ruido ensordecedor que ha ocasionado. A mi entender, dos instancias parecen imprescindibles: 1) que se diriman responsabilidades y se haga lo necesario para que esas cosas no sucedan más, y 2) que lo que deba hacerse se haga por vía legal, no periodística ni mediante redes sociales.

Es correcta la decisión de la Fiscalía del Condado de Los Ángeles de abrir una investigación formal debido al aluvión de denuncias generalizadas que llovieron sobre Hollywood. Las víctimas deben recibir el apoyo necesario, y los presuntos acosadores deben ser investigados, afrontar un juicio y cumplir la condena que  les sea impuesta, más allá que su conducta delictiva quizá sea difícil de probar, debido a los años ya pasados y la falta de evidencias físicas o testigos directos. Pero más allá de tecnicismos legales, hay cosas que podemos aceptar racionalmente como ciertas sólo aplicando una lógica deductiva. Cosby, Weinstein y Spacey son claros casos de esto que aquí planteo. Seguramente los dos primeros no puedan ser procesados por muchas de las acusaciones que recibieron, pero el conocimiento general de sus depredaciones y la multiplicidad de testimonios de mujeres agredidas (60 para Cosby, más de 40 para Weinstein) hacen que eludir la verdad parezca imposible. Es un disparate suponer que se haya llevado a cabo una conspiración colectiva para eliminarlos. Por el lado de Spacey, el solo hecho que su representante asegure que el actor se ha sometido a una evaluación psiquiátrica y una internación para corregir su adicción sexual basta para dar garantías a las acusaciones, más allá de cualquier duda razonable.

En cambio para todos aquellos de los que no podemos deducir su culpa de ningún modo directo -Hoffman y un largo etcétera- debería reconocerse a priori su presunción de inocencia y aguardar el desarrollo de las instancias judiciales que deberá llevar a cabo la Fiscalía del Condado. Esa gente debería ser apartada de inmediato de los rodajes en los que se supone cometen sus villanías, en espera que su culpabilidad se confirme o se refute vía judicial o psiquiátrica. Por su parte, los estudios deberían implantar nuevas reglas para impedir que surjan nuevos agresores y asegurar así la tranquilidad de sus trabajadores. Aquí es bueno advertir que el caso de Woody Allen no entra en ninguno de los dos parámetros, ya que es el único que está caratulado como cosa juzgada. Su resurrección se debe a una rencilla familiar ventilada a los medios y las redes sociales, y no a una nueva necesidad judicial, por otra parte imposible de efectuarse, ya que en Estados Unidos no puede juzgarse a una persona dos veces por un mismo delito.

Y aquí llegamos al punto neurálgico y doloroso del tema, y que debería formar parte del debate diario, sin ser malinterpretado por fanáticos de uno u otro bando. Hay que reconocer que varias cosas que han sucedido no sirven absolutamente para nada contra los acosos. La primera es sólo prestar atención al costado espectacular y mediático, a “lo que vende”, de todo este asunto. Es decir, a las acusaciones largadas a diestra y siniestra, y cuanto más espectaculares y morbosas mejor. Por idénticas razones me dio vergüenza ajena el circo realizado en la ceremonia del Globo de Oro, con un desfile de mujeres vestidas de negro en medio de inoportunos chistes de muy mal gusto a costa de los árboles caídos. Eso revela con claridad las peores características de la mentalidad estadounidense. Por eso es importante la labor de Me Too y Time’s Up, pero aún me parece superior el trabajo llevado a cabo por Women in Film, organismo que promueve las carreras de las mujeres que trabajan en la industria del cine para conseguir la paridad laboral. Esa organización ha ofrecido una línea permanente de ayuda, las 24 horas de todos los días del año, para atender de inmediato los casos de personas afectadas, sean hombres o mujeres, y las declaraciones de testigos presenciales de los hechos. La tarea está llevada a cabo en forma muy seria y con perfil bajo, para no distraer la atención de lo que importa, y fue dada a conocer mediante un sencillo comunicado de prensa. Por supuesto, ha tenido poquísima resonancia, porque “no vende”.

Una segunda cosa que no sirve para nada es retirar a Weinstein de los créditos de las películas que produjo, como si sus abusos desaparecieran con los títulos. Lo mismo digo de la suplantación de Spacey por Plummer en Todo el dinero del mundo, ya que no debería quitársele al actor el mérito indiscutible de lo hecho en su arte, por lo que pueda llegar a ser como persona en el ámbito privado. Y coincido con Baldwin en que donar el sueldo por haber actuado recientemente para Woody Allen es un disparate. Negar la realidad, como negar el pasado, es absurdo, inútil y muy peligroso, porque conduce inevitablemente a actos irracionales. El siglo 20 vivió varias instancias de ese calibre. Al caer el comunismo llegaron a prohibirse retrospectivas de cineastas y actores marcados, y a nivel montevideano recuerdo un ciclo de Cinemateca sobre Eisenstein en el cual en el boletín informativo aparecían los cinco asteriscos de El acorazado Potemkin entre signos de interrogación. De la misma manera, pero al revés, aún cuesta admitir en público que la mejor cineasta de la historia del cine fue nazi y se llamó Leni Riefenstahl. No podemos rechazar grandes obras del cine sólo porque las haya pagado Weinstein, las dirija Allen o actúe en ellas Spacey. De hacer eso, tendríamos que negar el cine de Chaplin porque le gustaban las quinceañeras, las novelas de Dostoievski porque era ocultamente pedófilo, y los cuadros de Caravaggio por ser un malviviente tirando a degenerado. Es conveniente que entendamos de una vez por todas que muchas veces las obras explican facetas del autor, pero no por ello son el autor.

Una última cosa que no sirve para nada es la metodología que se está utilizando para encarar este delicado tema, y es por ese lado que surgen mis temores acerca de un nuevo maccarthysmo. Recordemos que en los años 40 y 50, en medio de la Guerra Fría (más caliente que nunca por Corea), en Estados Unidos detectaban comunistas hasta en la sopa. El método que empleaba la Comisión de Actividades Antiamericanas era la utilización de la delación, mediante la presunción anticonstitucional que cualquier acusado era culpable si no podía demostrar su inocencia. Así se llegó a un estado de paranoia colectiva en el cual, sólo por ser amigo o pariente de un comunista, cualquiera era automáticamente culpado. Y se le exigía que confesara, porque de no hacerlo le cortarían la carrera y le harían imposible vivir. Unos cuantos acusados eran en efecto comunistas (sin ir más lejos, los famosos Diez de Hollywood), pero la mayoría no. Sin embargo igual terminaron mal, y todos fueron juzgados sin distinción de grado en la evaluación del presunto delito. La consecuencia fue que durante los años 50 Estados Unidos vivió el momento más totalitario de su vida independiente.

Traslademos al momento actual, y al específico tema de las acusaciones, no la instancia, sino el método. Hoy también hay acusados que a todas luces parecen culpables (Weinstein, Cosby, Spacey), pero una amplia mayoría está siendo crucificada (como dicen Deneuve y Bardot) sin pruebas, y con casi nula posibilidad de defenderse. En lugar de una Comisión de Actividades ahora hay varias nocivas redes sociales, en las que se escribe cualquier cosa con total impunidad, y todo el mundo les cree. Y también hay organizaciones feministas con buenas intenciones, pero que parecen haber perdido el rumbo y canjear justicia por venganza… ¿de género, quizás? Si no es así, ¿cómo se explica lo que le sucede hoy a Matt Damon? Textualmente el actor declaró tiempo atrás: “Es maravilloso que las mujeres se sientan con poder para contar sus historias, eso es totalmente necesario. Pero razonemos: hay una gran diferencia entre dar una palmada en el culo a alguien, o violar y abusar de una mujer o de un niño, ¿no? Estos problemas han de ser erradicados, pero tampoco deben ser confundidos”.

De inmediato esta opinión generó que se elevara una petición firmada por 19.000 mujeres, para que el actor sea despedido del rodaje de Ocean’s 8 y su personaje sea eliminado del film. Ese comunicado dice que “exigimos esto porque se suponía que gracias al protagonismo femenino en esta historia, la película supondría un gran paso en el empoderamiento de las mujeres”. Es cierto que el actor pudo haberse expresado de manera más pulcra, pero el contenido de lo que dice no es insensato, mientras que en el comunicado de las feministas hay dos palabras que me rechinan: “exigimos” y “empoderamiento”. La primera es un desubique dictatorial. En las negociaciones nadie tiene derecho a exigir nada. A lo sumo deberán sentarse y discutir con sensatez, como debe hacerse en democracia cuando hay dos opiniones enfrentadas sobre una misma cuestión. La segunda palabra me preocupa mucho, porque “empoderamiento” implica que, conseguido el primer loable cometido de buscar justicia, ya se está pasando a una segunda instancia, que sería la toma del poder, o sea destronar al macho rey. Pero ¿para qué?… ¿para que la hembra reina comience un reinado haciendo lo mismo? Porque se podrá estar o no de acuerdo con lo que dijo Damon, pero por una opinión se exige dejarlo sin trabajo. Eso, exactamente eso, es lo que hacía el maccarthysmo.

Como Alec Baldwin, me declaro a favor de las denuncias de acoso y de la defensa de la mujer en su lucha por la igualdad de género, Pero sólo si se pretenden lograr cambios, y no como vía para imponer suplantaciones con idénticas o parecidas características a las existentes. Adhiero al discurso de Oprah Winfrey en los Globo de Oro, cuando llamó a “la lucha de las mujeres valiosas de la mano con los hombres valiosos”. Es la única vía posible para desterrar los viejos vicios. Pero entre los desmelenados mensajes de Twitter y las prepotentes exigencias de ciertas feministas radicales (que por lo menos ya son 19.000 en Estados Unidos) el horizonte se ensombrece y el método maccarthysta bosteza, listo para despertarse y ser aplicado en un ámbito diferente, aunque de idéntica manera y en una América similarmente retrógrada a la de los años 50. Por eso, cambiar las formas parece prioritario para enaltecer aún más los contenidos.

 


 

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