Jim Carrey, una estrella que vuelve a brillar

Por Martín Imer


Luego de varios años alejado de la pantalla el protagonista de La máscara, Mentiroso Mentiroso y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos regresa con dos proyectos muy distintos que evidencian tanto su talento como su versatilidad.

Hay intérpretes con una enorme facilidad para meterse en la memoria colectiva de los espectadores, sean cinéfilos o no. Gente muy reconocible con la que uno genera una complicidad instantánea y un deseo de seguir su obra. Se trata, sin dudas, de lo que se dice “una estrella”, y a partir de ahí el esquema es sencillo — el artista se gana el cariño y la fidelidad del espectador, pero también debe ofrecer algo a cambio que esté a la altura y no traicione esa confianza. El canadiense Jim Carrey ascendió rápidamente al estrellato absoluto con un par de grandes éxitos que no gozaban de gran calidad artística pero al menos servían a la hora de patentar un estilo, el cual en su caso era el del alegre bufón, disparatado y torpe, y si bien de vez en cuando se iba para un rumbo más serio siempre volvía a lo que el público más quería ver de él. Sin embargo, los últimos años no fueron los mejores para el actor, tanto en lo personal como en lo profesional: en el cine, el éxito estaba mermando y en su vida se enfrentaba a una polémica debido al suicidio de una antigua novia, algo que claramente repercutió en su trabajo ya que se tomó un descanso de 4 años de la pantalla grande. Incluso su propia personalidad pública sufrió los estragos de un golpe así, ya que uno puede ver en internet el extraño comportamiento de Carrey en las entrevistas o incluso en el extraño y fascinante documental Jim y Andy en Netflix.

En los distintos materiales que menciono se puede ver a un Carrey desatado, con la mirada perdida o fija a la cámara y afirmando, como en la alfombra roja de un evento de moda, que “no existe”, declaración que sirvió para que millones de personas conjeturaran diversas teorías sobre su salud mental. Con cada aparición pública del intérprete las cosas parecían empeorar más y más, logrando lo que parecía imposible: que el público se fuera alejando de él, traicionado ante la idea de que el bufón de repente se quitó el maquillaje y dejó ver su verdadero rostro, uno que parece burlarse de la misma gente que lo llevó a donde estaba. El tiempo pasó y finalmente Carrey volvió al trabajo con Sonic, estrenada en los cines hace algunas semanas, y Kidding, serie que se exhibió en pantalla chica en el 2018 y volvió este pasado Febrero para su segunda temporada. En ambas, el gran atractivo y lo mejor del asunto es el actor, aunque por razones totalmente distintas.

Kidding es la historia de Jeff Piccirillo, aunque todos lo conocen como el adorable Sr. Pickles, el animador de un show infantil que lleva muchísimos años en la pantalla de manera similar a lo que en la vida real fue Fred Rogers. Jeff es un ser que destila bondad y alegría, genuinamente preocupado por los niños que miran su programa, aunque su vida privada y la de sus afectos está totalmente destrozada: mientras lidia con el duelo por la muerte de uno de sus hijos, su padre sólo quiere explotar más y más la marca del show, su hermana está en un matrimonio que se desmorona y su ex mujer está comenzando a salir con otro hombre. Todo es un combo de problemas y angustias que lentamente comienzan a quebrar la personalidad infantil del protagonista, obligándolo a madurar.

La serie se presenta como una comedia absurda, jugando en muchos momentos con el surrealismo, y hay que decir que la primera temporada es en general un producto irregular, que durante todos sus diez capítulos lucha con sus diferentes tonos sin lograr del todo un punto adecuado. Asistimos a situaciones infantiles que son seguidas por momentos de gran violencia o humor negro sin la fluidez necesaria para que el espectador se sienta cómodo o acepte que todo funciona dentro del mismo universo, creando un alejamiento hacia el material que perjudica el disfrute. El problema está en el guion, y se hace aún más evidente cuando insiste en subtramas que carecen de mucho interés, pero uno se siente atraído por el poder de algunas escenas, el curioso estilo visual que le imprime el francés Michel Gondry en varios capítulos (una suerte de collage plástico que alterna entre lo real y lo “dibujado” en la pantalla, sin ningún temor a lo kitsch) y el sólido trabajo actoral de un cuarteto de lujo: Carrey, Catherine Keener, Frank Langella y Judy Greer, los cuales gracias al talento y profesionalismo logran leer la propuesta y adaptarse con facilidad a cada situación que se plantea en los libretos.

Ante el resultado desigual se podría optar por el abandono, pero quedarse tiene su recompensa ya que tiene una notable recuperación en la temporada 2. La trama es más o menos la misma, pero el tono es mucho más consistente y en general se nota una mayor seguridad que permite que se tomen más riesgos y se vaya más lejos en lo que tiene que ver con ideas. El humor negro sigue ahí, pero los estallidos de violencia (los cuales resultaban bastante innecesarios) disminuyen y se hace mayor hincapié en el drama y el desarrollo de los personajes, algo que claramente hace sentir más cómodo al elenco empezando por un Carrey en estado de gracia. Lo del actor en la primera temporada estaba muy bien, con ciertos toques de inocencia que parecían en sintonía con sus trabajos más conocidos, pero lo que hace en la segunda es de antología ya que parece sentirse totalmente identificado con el papel: tanto Jeff Pickes como Jim Carrey construyeron figuras, personajes ante la cámara, y resultaron profundamente criticados cuando destruyeron la persona pública y dejaron de preocuparse por ocultar sus sentimientos, sus dolores profundos. Hay que decir que la serie también se las ingenia para ofrecerle al intérprete momentos de profunda emoción, como cuando visita a su madre — la cual no lo reconoce debido al alzheimer — o todo el capítulo final, un tour de force que muestra la madurez que alcanza el producto. Debe ser su mejor trabajo actoral.

Después de esto filmó Sonic – la película, una producción que devuelve a Carrey a los blockbusters – lo que hace unos años parecía imposible – y también lo acerca a la comedia física, algo que caracterizó a sus primeros éxitos. El canadiense, sin embargo, no es la estrella absoluta de este film, ya que comparte el reflector con Sonic, figura principal de la famosa serie de videojuegos que comenzó en 1991. En el film el protagonista, un erizo azul con la habilidad de correr a gran velocidad y generar una enorme cantidad de energía, vive escondido en la Tierra luego de tener que huir de su planeta de origen, y luego de muchos años de soledad por accidente queda expuesto ante la sociedad, siendo protegido por algunos, temido por otros, y perseguido por el implacable Doctor Robotnik, interpretado por el comediante. Uno puedo imaginarse lo que va a ver durante las casi dos horas de metraje: una comedia familiar sana y entretenida, discreta y apegada a las fórmulas del cine de este estilo que tanto hemos visto durante años, con varios problemas (la narración es bastante apresurada en la primera mitad, algunas ideas son repetitivas o ya hechas en el pasado, los efectos especiales no siempre funcionan) que son compensados con una bienvenida energía de parte del personaje digital y su archienemigo.

Ahí es donde Carrey se luce en el rol más inesperado, ya que mientras cualquiera podría esperar que el foco de atención estuviera sobre Sonic es Robotnik quien se roba el show. Es cierto que el director admitió que se trató de un inusual caso en donde la estrella tuvo una libertad creativa casi total, con escenas de pura improvisación, pero incluso así se trata de una contundente demostración de talento: pocos actores pueden agarrar un papel así y llenarlo de vida, locura y gracia recurriendo únicamente a su carisma. Es también insólito que el intérprete muestre aquí “el otro lado de la moneda”, con respecto a la propia imagen que mostró en los últimos años y reflejó magistralmente en la serie: mientras Carrey y Jeff Pickles parecen ser dos hombres hartos del sistema, ansiosos por destrozarlo y realmente mostrar una verdad que salga de lo más profundo de sí mismos, aquí estamos ante una muestra de conformidad con ese mismo sistema, incluso de autoconciencia. El actor sabe en dónde está y en vez de entregar algún trabajo rutinario y en modo dormido decide subir la apuesta, gustosamente aceptando el rol de bufón por el que se hizo conocido y reclamando nuevamente la atención y el cariño del público. Es positivo que un artista al que no suele reconocérsele seguido su talento vuelva a reafirmar su estatus, y lo que es mejor: lo hace mostrando su enorme rango actoral, siendo efectivo tanto en la comedia como en el drama.


 

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