La extraña experiencia estética del teatro


Por Luis A. Fleitas Coya

Labio de liebre.

No ver, no oir, no hablar.

La refinada estética de los hijos de puta.

Es una lástima que al escribir esta crónica Labio de liebre ya no esté en cartel y no pueda ser aprovechada por quienes no la vieron. Estrenada este año 2018 en Uruguay por la Comedia Nacional, estuvo solo unas pocas semanas en cartel en la Sala Zavala Muniz, pero se constituyó en uno de los puntos más altos de nuestra cartelera teatral en esta temporada. Fuimos a verla con todos los prejuicios habidos y por haber por el nombre, por la temática, por la nacionalidad del autor, y por yo qué sé qué otra pavada, y terminamos recibiendo una reverenda lección de teatro en toda su extensión y en toda su medida.

Es que Labio de liebre es una caja de sorpresas, a cada cual mejor construidas, desde la inicial escena en que a un personaje encerrado en una habitación claustrofóbicamente se le aparece –no se sabe de dónde ni cómo- un muchacho que sufre los complejos de tener labio leporino y que por eso tiene el apodo “Labio de liebre” (ahí nos enteramos que así es como llaman los colombianos a quienes nosotros apodamos como “mellados”) hasta la aparición en la habitación de igual manera imprevisible del resto de la familia del muchacho, la madre, un hermano y una hermana (todos muchachos jóvenes). La relación entre esta familia de un pueblo del interior profundo colombiano, es muy peculiar y conflictiva,  con las constantes imprecaciones y rezongos de la madre, las peleas y reyertas entre los varones que incluyen la mofa por el defecto de “Labio de liebre”, y el carácter de muchacha ligera de la hermana. Entre las discusiones de todos ellos y los chispeantes diálogos que sostienen con el personaje que originariamente estaba solo en la habitación, se va conformando una serie de idas y venidas en las que los miembros de la familia van desapareciendo y apareciendo inesperadamente en la habitación, hasta que la historia que va surgiendo ante nosotros nos pone de manifiesto que el personaje inicial es un coronel del ejército colombiano que por sus crímenes de lesa humanidad en la represión contra la guerrilla ha sido castigado con un benévolo exilio en un alejado lugar (¿europeo?) en una casa que no puede abandonar. Entre medio de todos esos vaivenes, va haciendo su aparición una periodista que en diversos flashes va informando sobre los delitos cometidos por el coronel. Y por último, se nos revela que la familia entera que se le aparece al militar, fueron víctimas del sadismo y la crueldad del siniestro personaje.

La historia, por tanto, gira en torno a la violencia de la represión y a las víctimas civiles.  Sin embargo, y ahí ocurre otra sorpresa no menor,  cuando nos damos cuenta de todo eso, hace rato venimos disfrutando una divertidísima obra teatral, que nos hace reír con las zafadurías de los hermanos y de la propia madre, con toda la ingenuidad, la picardía, y una inmensa sabiduría popular que se va revelando escondida en los entresijos de la trama. Pero además, todo eso regado abundantemente con vallenatos y canciones populares colombianas, cantadas por todos los miembros de la familia, cuya música  además interpretan tocando instrumentos típicos. Por añadidura todos bailan, cantan y se ríen, al mismo tiempo y en la misma medida que nos van revelando la sórdida historia, a nosotros –el público- y al mismo coronel, que se resiste a escuchar lo que ya conoce.

Con esta obra, Fabio Rubiano Orjuela, nacido en 1963 en Fusagasugá, Colombia, actor, director y dramaturgo múltiplemente premiado en su país,  da una monumental lección de teatro, encarando una trama angustiante y terrible, con desparpajo, y al mismo tiempo con una madurez tal que le permiten abordar el tema desde el humor y la desfachatez.  Baste mencionar que una de las discusiones  versa sobre un partido de fútbol que los soldados jugaron con la cabeza de una de las víctimas civiles masacradas. Este enfoque  no le resta en lo más mínimo seriedad ni credibilidad a la tragedia que se está contando; todo lo contrario, el texto resulta escalofriante.

Pero a ese gran texto, debe agregársele, sin lugar a dudas, a quien tuvo el  mérito de haber montado un espectáculo de tan altos quilates. El director, Lucio Hernández, artífice de la agilidad, el dinamismo sin decaimiento, y las destacadísimas marcaciones de movimientos actorales colectivos y aprovechamientos del espacio teatral y del timing, en una gran labor que viene a confirmar sus excelentes dotes para la dirección,  que ya había mostrado en Variaciones Meyerhold (Comedia Nacional) y concretado con rotundidad en el notable unipersonal Tom Pain de Will Eno con Rogelio Gracia, que se ha representado en diversas salas.

No menor fue el mérito de la escenografía a cargo de Gustavo Petkoff, pues el espacio teatral contenido en una sola habitación, estuvo diagramado de tal forma que una ventana al fondo permitió a los personajes jugar parte de la trama a través de ella, y adentro de la pieza, aparecer y desaparecer misteriosamente, sumiendo a los espectadores en dudas e interrogantes. Destacadísimo también es el aporte de arreglos y grabación de la música de Estudio Mute, que juega un papel fundamental.

Para el final dejamos el desempeño del elenco,  para aplaudir largamente. Pues fue una actuación general de altísimos ribetes, parejo en excelencias, lo que logró darle tal vida y tal vuelo a la obra. Luis Martínez, en la cumbre de su madurez artística construyó de gran manera el personaje de Salvador Castello, el militar represor confinado, desde su altivez y soberbia inicial a su final de acosado por sus víctimas; una actuación sobresaliente, por su rotundidad, y paradójicamente también por sus matices. Los hermanos fueron  Fernando Vannet (“Labio de liebre”) en un brillante desempeño, y Leandro Núñez, que conjugó con el anterior una dupla de altísimo voltaje actoral, con momentos desopilantes y momentos  de transmisión de un dolor desgarrador.  Andrea Dadidovics, interpretó a la madre, una mujer de pueblo, humilde y sencilla, con una autenticidad y una intensidad sin parangones en la carrera actoral de la actriz, rayando a un grandísimo  nivel.  Jimena Pérez por su parte logró dar vida a una periodista contundente y sin fisuras, de grandes apariciones, en una actuación destacadísima. Queda para el final,  quien, en medio de esos niveles de actuación sin embargo se destacó en forma extraordinaria, desempeñando el papel de la hermana mujer, como una muchachita sin mayores escrúpulos, vendiendo su cuerpo al represor, con una naturalidad, una frescura y una solidez propias de una consolidada y notable actriz. Versatilidad, talento, sin dudas, Stefanie Neukirch realizó un capolavoro.

Si una de las premisas del espectáculo teatral es entretener, y otra, sin duda alguna, es enseñar y educar;  una tercera, tal vez más rara y más difícil,  pero que cuando se logra acerca al espectador a la médula misma del arte escenográfico, es conmover. Esta obra se erige en el paradigma del buen teatro, y a su estética más profunda, aquella que logra a la vez entretener, enseñar y conmover.

Pero sorpresa va, sorpresa viene, este año Stefanie Neukirch, además de la actuación descollante que acabamos de describir,  se descolgó con No ver, no oir, no hablar, una obra aún en cartel en el Teatro Circular, escrita por la actriz y dirigida por su compañero de la Comedia Nacional, el también joven y gran actor Diego Arbelo.

Stefanie Neukirch, esta joven actriz de la Comedia Nacional, empezó a brillar desde hace tiempo con singularidad y luz propia. Tuvo una actuación consagratoria en la recordada El tiempo todo entero  de Romina Paula (inspirada en el “Zoo de Cristal” de Tenessee Williams), por la que obtuvo el Florencio a Mejor Actriz, y sus cualidades aparecieron con todo su esplendor en la ya comentada Labio de liebre. Sin embargo ninguna carrera de actuación teatral de por sí puede hacer vaticinar que una actriz tenga además el talento de dramaturga  para escribir una obra como No ver, no oir, no hablar.  Montada en el estrecho y alargado escenario de la Sala 2 del Teatro Circular,  la obra plantea una perturbadora interrogante en relación a una familia y en torno  a una madre (Bettina Mondino) y dos hijos (Martín Castro y Dulce Elina Marighetti). A partir de los iniciales conflictos y discusiones filiales madre-hijos, con diálogos fluidos y eficaces, la obra da un salto cualitativo y propone la fantástica posibilidad de que la maternidad y la vida familiar no sean más que una manipulación empresarial, a través de una actividad laboral que pone en entredicho los vínculos y su autenticidad. En tiempos en que todo parece poder ser objeto de  explotación comercial y de tercerización,  el texto de Neukirch se atreve a colocar en ese plano el rol materno, lo que le da a la obra una extraordinaria potencialidad  dramática que la autora no desaprovecha.

Ahí aparece la figura del empresario, en una interpretación magistral de Juan Graña, hace ya mucho tiempo convertido en uno de los grandes actores de la escena nacional, con grandes desempeños como el papel del increíble abuelo Nicolás  en Breve apología del caos por exceso de testosterona en las calles de Manhattan de Santiago Sanguinetti (estrenada en el mismo Teatro Circular).  Aquí compone un personaje, Juan,  cuya meticulosidad y eficiencia en el engranaje de la empresa que desde un lugar remoto (Japón) contrata personas para cumplir roles familiares como la madre de esta obra, se ve de pronto comprometida por los sentimientos encontrados de la trabajadora-madre.  Y esa composición es una labor exquisita de Juan Graña, por la espontaneidad de sus respuestas, por sus gestos, por sus poses, por sus desplazamientos en el escenario, por su dicción, a través de la desesperación de ese empresario que intenta por todos los medios que su labor no se desbarranque y la labor continúe sin alteraciones. El actor utiliza sucesivamente todos los recursos a su alcance, deleita, seduce e hipnotiza a los espectadores a tal punto que logra conquistar al público en la empatía con su monstruosa misión,  utilizando la vieja pero eficaz receta de Stanislavski en Mi vida en el arte: “Cuando interpretes al malo, encuéntrale su punto bueno”.

La muy buena actuación de Bettina Mondino permite un dúo actoral con Juan Graña, de excelentes resultados. Dulce Elina Marighetti realiza también una buena labor, y  Martín Castro acompaña correctamente.

Con una eficaz escenografía Gerardo Egea, y una muy buena dirección de Diego Arbelo, esta obra logra poner al espectador frente a abismos verdaderamente insondables de una manera inteligente y sugerente que va mucho más allá de lo que se dice expresamente sobre las tablas, apuntando a la sensibilidad del espectador. Muy claramente inspirada en el carácter de actriz de la autora, la obra sugiere la inquietante posibilidad de que la vida familiar tal como la vemos, pueda no ser más que una actuación de eximios actores, una suerte de reality show al estilo de The Truman show (la película de Peter Weir con Jim Carrey), producto de intereses empresariales. Más aún, tal vez toda la obra pueda incluso ser considerada como una metáfora de la vida como actuación.

Es el desdoblamiento y el conflicto moral que se le plantea a la madre que actúa de tal, lo que pone en marcha el engranaje dramático, y lo que coloca sobre el tapete emociones, disyuntivas, preguntas frente a la conveniencia y al deber ser, interrogantes que en la vida real se lanzarían al inescrutable destino o al sentido de la vida, pero que en la trama de esta ficción teatral no son más que preguntas y cuestionamientos de una trabajadora a su empleador. De no ser así, esa vida actuada seguiría adelante sin que nadie siquiera lo atisbara. Por momentos estremecedora, la obra sugiere más que plantea dudas y cuestionamientos sobre las estructuras parentales y filiales, sobre la adopción, sobre la autenticidad de los vínculos, y sobre el rol de los sentimientos en las vidas y en las conveniencias  de las personas, en sus apariencias.

Muy buen texto, y muy auspicioso inicio de la carrera dramatúrgica de Stefanie Neukirch.

En el extremo opuesto, la temporada teatral nos ofrece simultáneamente en el Teatro Victoria, La refinada estética de los hijos de puta  de Jimena Márquez, quien también dirige su obra.  Tiene en común con No ver, no oir, no hablar, que centra  su temática en la familia, pero a diferencia de la obra de Neukirch, aquí no hay sugerencias ni mensajes subliminales en una apuesta a la intuición y a la sensibilidad; aquí lo que hay es un texto vocinglero en el que todo se le grita a la cara al espectador, y para colmo, lo peor sobre lo cual puede estar construida una familia. Lo único que le faltó fue el incesto o el abuso sexual, que no se sabe ni cómo no fueron introducidos en cualquier momento en la obra. Todo lo demás está dicho, en palabras y gestos: destratos y humillaciones, el dominio por el dinero, falta de sentimientos y emociones, griteríos, recriminaciones y acusaciones, hipocresía y apariencia, desprecios, odios y amenazas, padre abusivo y bromista absurdo,  y madre gritona y frustrada, hermanos ajenos uno al otro. No hay quien no le grite a quien, de manera sistemática. Esa monocordia monotemática es lo que transforma la obra de prometedora y revulsiva, en un planteo teatral plano.

Lo más acertado de este espectáculo es la dirección de Jimena Márquez, en una puesta en escena muy bien lograda, con aciertos de ritmos y climas. Otro rubro a destacar es la escenografía a cargo de la misma Jimena Márquez e Inés Iglesias, que marca la pieza principal donde se desarrolla la obra con una simple alfombra a la que ingresan meticulosamente los personajes, respetando sus líneas como una suerte de frontera, y que, sin delinearlos, simplemente sugiere ambientes adyacentes como un dormitorio o un baño donde se encierra el hijo. En cuanto a las actuaciones, todas están teñidas por el planteo homogéneo, reiterativo y monótono de la obra, como la de Alberto Coco Rivero en una muy limitada y previsible performance como padre bromista y sin empatía alguna por sus hijos, sin variantes, o la de Marisa Bentancur, gritona y contracturada en su expresión facial, hasta el final, una suerte de máscara de la que no se despoja en ningún momento. Los más destacables son Jimena Vázquez y Pablo Colacce en los papeles de los hijos, la primera por construir una hija también monocorde pero que sin embargo logra trasmitir con convicción una maldad ínsita por debajo de una bondad aparente y glacial, y el segundo por ofrecernos de manera creíble un hijo desorientado y trastornado en su soledad. Los cuadros y escenas se suceden presentados por cada uno de los personas que comienzan enunciando: “Esta historia habla sobre mí y sobre …” vinculando su posición individual con el de otro miembro de la familia, hasta el final en que aparecen vinculados los cuatro.

Y hablando de estética. El arte, la obra artística, se sustenta sobre una apuesta, que en tanto teatro, cobra particular importancia como sentido final de una empresa colectiva en la que intervienen muchas personas (actores, director, técnicos, ayudantes) y tras la cual existe un gran esfuerzo que antes que nada debe respetarse y valorarse. Muchas veces ese sentido estético puede ser extraño, y llegarnos de una manera  impensada u oblicua, sorprendernos, chocarnos, o incluso desagradarnos. Pero al final, en definitiva todo es arte, y debemos ver a los artistas poniendo de sí un contenido que nos están queriendo trasmitir, y que es nuestra misión como destinatarios finales,  develar qué es o qué significa.

¿La refinada estética de los hijos de puta es teatro del absurdo?,  ¿es teatro del grotesco? Desde El mito de Sísifo de Camus en adelante el teatro del absurdo como teatro vanguardista, sostiene la filosofía del absurdo, es decir, muestra a los seres humanos viviendo en un mundo que no entienden, adoptando  en su vida cotidiana insensatas creencias y rutinas cuya función es proporcionarles un engaño ante la carencia de sentido de la existencia y su soledad. En su formulación de contenido más social es un teatro de protesta, pero en sus aspectos metodológicos o instrumentales es un teatro de paradoja. Fue llevado a su máxima expresión por Ionesco en obras como La cantante calva, La lección o Las sillas.  El teatro del grotesco en cambio, apunta a la deformación disparatada, a la exacerbación distorsionada  de situaciones y personajes, a lo exagerado e incluso a lo monstruoso. Va desde el estilo de Pirandello,  el teatro esperpéntico de Valle-Inclán, y arriba a estas tierras rioplatenses con el nombre del grotesco criollo en las obras de Alberto Vacarezza, Armando Discépolo, o en vertientes  más modernas como las obras de Roberto Cossa y Carlos Gorostiza.

Esta obra de Jimena Márquez parecería querer participar de ambos tipos de teatro, pues hay un planteo de la vida familiar como absurdo que se formula a través de paradojas como la ruptura de un pío nono que ocasiona una crisis familiar de vastas consecuencias,  una broma de regalos navideños que desencadena en el hijo una ilógica crisis de aislamiento de largos años, o el nombre de la hija (Neldra, mezcla de los nombres de los padres, Nelson y Sandra) que le provoca la suerte de desdoblamiento esquizofrénico en la que vive, y al mismo tiempo apela al grotesco en la exacerbada personalidad y discurso de los personajes, como ocurre con el carácter de bromista profesional del padre que anima fiestas y cumpleaños y que es trasladado sin más al modo de relacionamiento con los demás miembros de la familia, la monstruosa madre cargada de amargura, frustración y resentimiento,  y como ocurre con el hijo con súbito trastorno de hikikomori, encerrándose años en su habitación, o con la hija, bibliotecaria sin sueldo que conoce todas las respuestas a las preguntas que se formulan los demás por leerlas en los libros de la biblioteca.  La confesada falta de afecto de ambos padres por sus hijos y entre sí como pareja, sin embargo, evade el absurdo y el grotesco para situar la cuestión en un plano mucho más existencial.

La obra se construye sobre  estridencias y  gritos: su estética es gritarnos en la cara que todos los miembros de esta familia son unos hijos de puta. Y si el mensaje final es ese, o que, extrapolado,  todos lo somos, en tanto miembros de familias, ese mensaje es el que nos debe llamar a la reflexión.

Ya desde el mismo título la apuesta es desafiante y agresiva, lo cual prosigue con el ingreso a sala que se realiza con los actores bañándose en público antes de empezar la obra, y es claro que busca impactar y desacomodar al espectador, y ese propósito es válido. No es de dudar que haya sórdidos vínculos familiares que la obra intente mostrar desde la distorsión, y que haya quienes se merezcan esos motes, aún cuando, ya se sabe, se trate de una obra de teatro que todo lo puede mostrar en aras de lo que se quiere contar o plantear. Lo cuestionable es que esta obra pueda verse como una parábola sobre la condición familiar en general, en base a una ramplona grosería y vulgaridad, como ese final “Bromaaa” con que se cierra el espectáculo, más un esperpéntico final de brocha gorda, que  arte.

El teatro es siempre una experiencia extraña, única, una aventura del intelecto y de la intuición, en la que carecemos de una exacta perspectiva de a dónde nos conduce cuando ingresamos acomodando nuestra visión a una sala sumida en la penumbra o en la semi penumbra, con apenas la escenografía muda puesta sobre el escenario. Lo extraordinario es que  podamos asistir a un espectáculo que inesperadamente cumpla con creces con todo lo que una puesta en escena puede aspirar y nos deje plenos, como Labio de liebre,  a propuestas novedosas y sugerentes como No ver, no oir, no hablar, o a apuestas chirriantes como La refinada estética de los hijos de puta.


 

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