“La mula” y “Rojo”renuevan la cartelera montevideana


Por Martín Imer

Curioso cuento con aire referencial 

LA MULA (The mule, EE.UU, 2018) Dirección: Clint Eastwood. Guion: Nick Schenk. Música: Arturo Sandoval. Fotografía: Yves Bélanger. Con Clint Eastwood, Bradley Cooper, Taissa Farmiga, Andy García, Dianne Wiest. CALIFICACIÓN: 7/10

Es innegable que Clint Eastwood es un titán del mundo del cine y su constancia a la hora de seguir trabajando, incluso cuando ya no tiene nada más que probarle a nadie, es francamente admirable. Lo que sí puede ser un poco cuestionable es el rumbo que eligió seguir en esta última etapa con sus producciones, o mejor dicho, el abandono total de sutilezas y contemplaciones a la hora de reflejar sus puntos de vista y su ideología, acompañada – por supuesto – del ya clásico patriotismo de su realizador. Es cierto que no todas las películas de Clint siguieron esta vena, pero el director parece haber elegido en estos últimos años retratar historias centradas precisamente en “héroes americanos”; personajes que han cumplido un rol en proteger la seguridad de los ciudadanos estadounidenses, sea un francotirador en plena guerra o un piloto de avión común o corriente. Los resultados han sido bastante variados, tanto artísticamente como en taquilla, y particularmente su última producción del estilo fue un absoluto fracaso en ambos por lo cual esta nueva película tenía varios frentes para combatir: justificar el regreso delante de cámaras de Eastwood como actor, contentar a los fans y acallar a aquellos que pensaban que éste ya no tenía nada más para dar luego de lo último que vimos.

La mula narra la historia real de Earl Stone, un hombre a punto de cumplir 90 años que ha conocido mejores días en su vida, cuando su negocio de plantas era lo suficientemente exitoso para permitirle viajar por todo el país y tener amigos y fiestas por doquier. En la actualidad está en quiebra, el banco va hipotecar su negocio y su familia lo abandonó casi en su totalidad debido a que gracias a los viajes no pasaba tiempo con ellos. El anciano decide arreglar las cosas focalizándose en cultivar una buena relación con su nieta, pero la falta de dinero lo vuelve a dejar enemistado con sus allegados, por lo que un día decide seguir el consejo de un amigo de su nieta y aceptar un trabajo que a priori era muy sencillo: llevar en el maletero un paquete de un punto a otro del país, y luego recibir la paga. Un día Earl decide ver lo que hay en el paquete, descubriendo que es droga, y se convierte en una de las mulas más exitosas para un cartel mexicano, transportando enormes cantidades de cocaína sin que nadie lo detenga debido a su perfil para nada sospechoso. Las cosas sin embargo están a punto de complicarse, ya que un tenaz agente de la DEA se obsesiona con darle caza.

Cuando hablaba en el primer párrafo sobre el abandono de sutilezas, lo decía de una forma absolutamente literal, y debería haber ido más allá: en las películas de Clint parecen no existir grises en la escala y es todo blanco o negro; momentos de supuesta intimidad familiar son seguidos inmediatamente por las más insólitas fiestas sexuales y así en básicamente cada aspecto — pero es destacable que al menos la gente detrás parece estar totalmente consciente de esto y deciden usarlo a su beneficio, creando una película muy divertida a partir de cada exceso, apoyándose en un personaje mucho más ambiguo en su moralidad que en las previas películas del director y sobre todo contando una historia muy sencilla con gran oficio: sigue sorprendiéndome la capacidad de Eastwood para crear de la nada situaciones de buena tensión y suspenso, especialmente sin recurrir a elementos demasiado rebuscados (algún policía aquí o allá, un perro, los del cartel). Lo que es una sorpresa es que de vez en cuando en el metraje se suceden algunas viñetas donde el realizador parece querer abarcar la diversidad cultural y sus conflictos raciales, algo que si bien en alguna de ellas está bien conseguido termina cayendo un poco en una zona dudosa debido a que a pesar de mostrar situaciones no ocurre ningún tipo de reflexión sobre ellas, apareciendo casi arbitrariamente para hacer ver que el racismo “está ahí” muchas veces incluso de la boca de su propio personaje protagónico.

Esa transparencia del protagonista, sólo traicionada en su tercer acto, también le sirve a Clint como actor para sacar en pantalla su versión más auténtica y casi referencial (en un momento dice no recordar haber tenido filtro alguna vez en su vida) y su presencia delante de cámaras es prácticamente clave, ya que logra sacar su intacto seco carisma en escena y el espectador rápidamente lo sigue con mucho interés. Él le aporta al film dos cosas: en primer lugar logra crear un personaje simpático con mucha facilidad, algo en lo que ayuda el propio legado cinematográfico del intérprete que ya no intenta siquiera ocultar, reiterando gestos y maneras de hablar del pasado, y en segundo lugar debido a su edad y su figura mediática ya parecería tener prácticamente un pase libre para decir y mostrar todo como quiera, algo de lo que el film se aprovecha mostrando una serie de picardías, especialmente sexuales, que para el tipo de producción es absolutamente insólito. El elenco secundario simplemente está allí para potenciar la figura principal sin mucho juego propio, pero sin dudas destaca la buena química que se sucede en pantalla entre Eastwood y Bradley Cooper, protagonista de El francotirador quien aquí aparece relativamente poco pero en las dos escenas que comparten se siente el respeto y la buena relación que deben mantener en la vida real, haciendo que al menos a mí me interesara que en el futuro, si volviera el realizador a ponerse delante de cámara, hiciera algo al estilo “padre-hijo” con el joven actor.

En definitiva, esta producción es puro Clint Eastwood: desatado, sin filtros y radical, y también es un muy buen producto menor para los fans del legendario realizador. Es ágil, logra tener suspenso, apuesta a un humor un poco más jugado para sus raíces conservadoras y es, en definitiva, muy divertida, con una notable interpretación protagónica que sostiene todo el peso del film. Si el lector es fan, o al menos conoce un poco por donde va la mano en la última etapa Eastwood, no se sentirá en absoluto defraudado.

Un pueblo lleno de secretos

ROJO (Ídem, Argentina/Brasil/Francia/Países Bajos/Alemania, 2018) Guion y dirección: Benjamín Naishtat. Música: Vincent van Warmedan. Fotografía: Pedro Sotero. Con Darío Grandinetti, Andrea Frigerio, Alfredo Castro, Diego Cremonesi. CALIFICACIÓN: 10/10

Es 1975, en alguna provincia de Argentina. Claudio es un reconocido abogado, y allí todos se conocen con todos. Hay, sin embargo, un aire extraño en el aire, a intervención, y dicen que puede pasar algo serio en el gobierno. Pero en la ciudad no pasa nada, y todos viven en normalidad. Una noche, al abogado le ocurre un singular evento en un restaurante: un extraño pretende ocupar su mesa hablando de forma bastante agresiva y sin ningún respeto. El protagonista le cede el lugar, pero luego lo humilla públicamente y genera un estallido de violencia en el desconocido, que termina siendo echado del lugar. El incidente parece terminar aquí, pero luego cuando Claudio se va del lugar junto a su esposa vuelven a ver al extraño, esta vez con una piedra en la mano y dispuesto a tomarse venganza por lo que acabó de ocurrir. Lo que termina sucediendo en la noche y los hechos que ocurren después acaban por probar los límites del protagonista como ser humano.

Benjamín Naishtat puede no ser muy conocido para el público general pero para el de festival tal vez resulta más familiar: el argentino hizo previamente dos films de poco acceso al público de salas comerciales como Historia del miedo y El movimiento. Ambas realizaciones ofrecían una gran muestra de talento y una singular mirada para describir la sociedad y sus cambios políticos y humanos. En la primera especialmente había una sensación constante de pánico y peligro, mientras en la otra todo se centraba en la creación de un movimiento político aunque con engaños de todo tipo (y por supuesto el primero era “pensamos en ustedes”). En Rojo el realizador parece tener la intención de abrirse camino para un público más amplio, y crea su producción más accesible, aunque no por esto menor ni disminuyendo su inteligencia. Todo lo contrario: estamos ante la mejor película del director, librada de ciertos tics del “cine arte” y totalmente enfocada en contar una historia, muy potente, aunque sin abandonar la marca de la casa.

De hecho, la primera sorpresa está en encontrarse con que Naishtat, en calidad de guionista, elije seguir con su habitual estilo de desarrollar la trama a través de viñetas, que muchas veces no tienen mucho que ver con el argumento que se planteó en el principio pero sin dudas ayudan a una mayor comprensión del asunto en general. Así llegamos a ver publicidades de la época, encuentros entre el gobierno interventor del pueblo y “los vaqueros americanos” (incluyendo una fantástica escena entre estos personajes y un reportero) y un ensayo de una obra juvenil musical cuyas imágenes remiten a otras mucho peores que históricamente sucedieron más adelante. Aquí hay otra magnífica decisión del libreto: contar lo que sucedió en esa época en el país a través de escenas o personajes que, si uno no está del todo atento, pueden estar totalmente libres de significado o tener uno absolutamente distinto. Las alegorías y metáforas visuales están a la orden del día, con un demoledor efecto. También está muy lograda la sensación de incomodidad que viven los personajes producto de la situación política y las decisiones que van tomando son también muy adecuadas.

En lo visual es donde se aprecia la mayor apertura que el director ha elegido tener, pero no se trata en realidad de un artificio para atraer más público (que podría ser, y está totalmente bien) sino también otro intento de comprender y meterse aún más en el tiempo que describe. Naishtat deja de lado lo estático, la distancia y la frialdad para no escatimar en movimientos de cámaras, acercamientos/alejamientos, bella gama de colores privilegiando los cálidos y variedad de escenarios que aportan lo suyo a la trama. La fotografía es sin dudas de lo más destacado, generando imágenes que parecen salidas de un cuadro — es todo una belleza que a su vez se combina con la historia; no van hacia dos lugares distintos sino que se complementan mutuamente y el producto queda muy digno.

Darío Grandinetti se luce en el rol protagónico, mostrando una gran versatilidad y una variedad de tonos muy acertada y que hace que el protagonista, de cierta forma, sea siempre interesante. Él es el centro de la producción pero aun así hay espacio para que los secundarios tengan buenos momentos, como es el caso de Alfredo Castro quien llega en la última parte del film para “sacudir las cosas” y con su excéntrico personaje termina de redondear la idea general: que en esa época todo estaba inestable, la línea entre lo bueno y lo malo era ya inexistente y sólo se podía aferrar a lo que realmente uno creía, aunque fuese de forma extrema. Andrea Frigerio, a pesar de que no se le da mucho, logra llegar de todas formas a un buen lugar con su personaje.

Rojo es fantástica, otra enorme demostración de talento de su director y un trabajo poderoso, vivo, con un fuerte mensaje y claras miras políticas que incluso podrían tener, para ciertos espectadores, reminiscencias atemporales. Es necesaria y válida, y por eso imperdible.


 

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