“La trinchera infinita”, una pesadilla muy real

Por Martín Imer


En estos años un grupo de autores se destacó en el panorama de la cinematografía española. El término es amplio, ya que son bastante inclasificables: se trata de un trío de cineastas que no siempre trabajan juntos ni en la misma labor, funcionando a veces como directores, guionistas o las dos. Pero sea en la función que sea el equipo de Jon Garaño, Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga es digno de tener en cuenta, ya que desde su primer colaboración en un mismo proyecto, Loreak, se muestran como artistas con una voz creativa y fresca, dispuestos a proponerse desafíos en la pantalla. Lo demostraron convirtiendo lo que parecía un melodrama clásico en una interesante muestra de habilidad narrativa, y lo reafirmaron en Handia, un bonito cuento freak sobre las adversidades y las sorpresas que se nos presentan en la vida, con un notable trabajo técnico y de recreación de época además de una narrativa sensible, con algo del cine de Jeunet, que no juzgaba a sus criaturas sino que las exponía con cariño ante el espectador, evitando las bajadas de línea sobre las personas diferentes. Estos dos trabajos, con sus aciertos y errores, ya dejaban la vara alta, y La trinchera infinita supone un importante antes y después en la carrera de los tres, ya que es un trabajo (si se puede) más ambicioso que el anterior y con mayor repercusión tanto en España como internacionalmente.

La película nos sitúa en 1939, cuando la Guerra civil está finalizando en España. Hidalgo, un republicano, debe huir de su pueblo ya que las fuerzas franquistas andan detrás de él, pero rápidamente descubre que es imposible ya que no sólo los soldados están alertas sino también los vecinos, especialmente uno que mantiene un viejo rencor contra el protagonista. Sin lugar a donde ir Hidalgo regresa a su casa, en donde tiene un pequeño hoyo que sirve de refugio cada vez que alguien entra a revisar el lugar. Al principio tanto él como su esposa, Rosa, confían en que esta situación extrema durará poco tiempo, idea que sostiene la cordura del hombre y la esperanza de la mujer, pero los años pasan y las cosas siguen igual, o más afianzadas aún. Seremos testigos entonces de cómo se las ingenia este personaje para sobrevivir durante 30 años en un encierro total.

Como mencionaba antes, este debe ser el trabajo más complicado de sus autores, y afortunadamente el más satisfactorio, ya que potencia y consolida las habilidades que demostraron previamente. Un primer acierto se encuentra en la eficacia de la narración, empezando de forma muy rápida aunque sin apresurarse, explicando lo necesario y confiando también en que el público sabrá rellenar lo que falte, para luego adaptar el ritmo a lo que la situación requiera. Existen momentos muy movidos en el metraje, sobre todo en cada intento de escape de Hidalgo, pero también se le presta atención a la desesperación interna, el tedio del escondite, la impotencia al no poder salir y el miedo a lo que puede pasar —- un intimismo que le da más potencia al drama y sobre todo no desentona. También es notable el manejo de la tensión a través de todo lo que sucede fuera de plano, lo que nos posiciona directamente dentro de la cabeza del personaje principal.

Ese es tal vez el mayor triunfo de la película, ya que no solo podemos entender lo que vive el pobre Hidalgo sino también su esposa y posteriormente su hijo. La trinchera infinita se encuentra totalmente en contra de la persecución por parte de un régimen autoritario, sea por ideales, por gustos o por lo que sea que se reprima a una persona, pero también muestra que la condena no solo la sufre el individuo sino también todo aquél que lo rodea, gente que incluso se puede llevar la peor parte, como puede ser la tortura física y la psicológica. Y finalmente abre otra línea, la del idealismo político, planteando una pregunta interesante: ¿Tiene más valor aquél que huye o aquél que es mártir? ¿En qué lugar de la historia quedan esos “topos”, como se les llamó a estos hombres que se escondieron del franquismo en sus casas?

Esos cuestionamientos son espléndidamente interpretados por la dupla de Antonio de la Torre y Belén Cuesta, los cuales realmente se involucran con el material y transmiten muy bien el dolor y la amargura de sus roles. Él viene de dos roles que realmente me habían impactado, en El reino y La noche de 12 años (en donde incluso imita a la perfección los modismos del Pepe Mujica), por lo que no me sorprende su nivel, pero debo confesar que desconocía el trabajo de Cuesta y logró impresionarme, por momentos llegando a robarse toda mi atención. Ambos tienen mucha química y resultan creíbles en cada salto temporal, ayudados también por el buen y discreto trabajo de diseño de producción que, si bien no es tan vistoso como en Handia, deja bien en claro en qué momento viven los personajes.

También hay que detenerse un segundo en la notable fotografía de este film, la cual sin dudas era un gran reto. Sin irse a los extremos de Enterrado, otra destacable película española, aquí casi todo se filma en espacios reducidos, pero con la suficiente inteligencia y creatividad para que el espectador no se sienta aprisionado sino que crea que realmente está ante un espacio infinito. Es una lástima que en la pasada edición de los Premios Goya esta película se haya tenido que enfrentar con otras igual de poderosas, lo que se vio reflejado en los pocos premios que terminó consiguiendo a pesar de ser la más nominada, pero si siguen por este camino no hay dudas: en algún momento estos tres directores se llevarán a casa el premio más importante de la ceremonia.

LA TRINCHERA INFINITA (2019, España/Canadá/Francia) Dirección: Jon Garaño, Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga. Guion: Luiso Berdejo, Jose Mari Goenaga. Fotografía: Javier Agirre. Música: Pascal Gaigne. Montaje: Laurent Dufreche, Raúl López. Con Antonio de la Torre, Belén Cuesta, Vicente Vergara, José Manuel Poga, Emilio Palacios.


 

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