Los estrenos de la semana en cine


Por Martín Imer

 

LLORAR Y LLORAR

Últimamente vengo resaltando bastante el hecho de que existan cada vez más producciones sobre el mundo de la música, una tendencia que sólo parece ir hacia arriba. También hay otra: las películas de perros, aunque es válido decir que esta es ya es una tradición de antaño, una especie de subgénero muy exitoso que año tras año va generando más y más contenido dirigido a un público específico al cual no le molesta que casi todas partan de la misma base e incluso el mismo desarrollo. Particularmente había abandonado este mundo hace varios años luego de Siempre a tu lado, un brutal drama en donde el protagonista animal esperaba pacientemente a su dueño, quien había muerto en el trabajo — un hecho que el perro no podía entender. Ese film había sido demasiado para mí por lo que me perdí el reciente nuevo boom del cine canino, encabezado por La razón de estar contigo y sus secuelas y derivadas, pero ahora me encuentro ante una nueva producción que pretende seguir los pasos de la tan conocida Marley y yo.

Como en aquella recordada película aquí el perro vendría a ser testigo de la vida de sus dueños en los momentos más importantes de sus vidas, siendo la oportunidad para que el libreto hable de temas humanos a la par que ofrece el componente tierno (y vendedor) de la figura del canino. El protagonista se llama Enzo y es adoptado por Denny, un conductos de autos de alta velocidad que sueña con llegar a la Fórmula uno. El film es narrado por Enzo, quien tiene una capacidad de razonamiento altamente elevada para su condición y dispara frases profundas a lo largo del metraje cual filósofo contemporáneo. La vida es fácil para estos dos personajes hasta que Denny conoce a Eve y se enamora, hecho que cambia para siempre la dinámica del hogar. A medida que la familia se agranda Enzo comienza a entender el valor de la familia y su propia importancia dentro de ella, sirviendo de colchón emocional para sus dueños a medida que las vueltas de la vida los van llevando tanto por rincones felices como por momentos tristes.

No es muy dificil detectar las intenciones de Mi amigo Enzo: ofrecer un producto simpático y sensible para el gran público, con algunos momentos graciosos pero con el pedal puesto en el drama, con el objetivo final de hacer llorar a la platea. Bajo estos términos y con pocas pretenciones la película funciona bien, estableciendo de entrada una cierta honestidad con el espectador mostrando sus cartas desde los primeros minutos. El libreto es muy sencillo y uno puede predecir con relativa facilidad por donde irá la trama, por lo que el interés de sus responsables no es reinventar la rueda sino andar correctamente por el mismo camino de siempre, algo que el director Simon Curtis cumple correctamente, aunque está lejos de la energía y la entrega de un trabajo tan notable como Mi semana con Marilyn. Lo que allí era funcionalidad con pasión por lo que se está contando aquí es simplemente lo primero, aunque no molesta ya que la narración es ágil e impide el aburrimiento a base de constantes golpes de efecto, con clara tendencia al melodrama. Esa honestidad mencionada antes es lo que impide que el espectador se pueda enojar con la propuesta: abundan durante el metraje los montajes melancólicos, la música que subraya emociones y los momentos tiernos, ejecutados sin grandes sorpresas aunque con una cierta timidez que impide que el drama sea más intenso o emocional, manteniéndose en un tono familiero que si bien impide que pueda ser más profunda también logra que no se use al golpe bajo como un recurso excesivo.

Como en cada producción de este estilo que aspira llegar a salas tanto sus aspectos técnicos como artísticos son muy correctos aunque un pelín televisivos, especialmente en la fotografía. Por el lado actoral Milo Ventimiglia sortea bastante bien el desafío de tener que interactuar la mayoría del tiempo con un personaje que jamás le va responder, siendo más que competente a la hora de establecer el vínculo entre su personaje y el perro. Está bien acompañado por Amanda Seyfried, una actriz que gracias a la simpatía saca adelante un papel muy menor, y la voz de Kevin Costner como Enzo. Lo de la narración parecería ser un nuevo requerimiento en este subgénero y Costner resulta una voz agradable y que curiosamente va bien con el perro aunque muchas veces su presencia no es del todo necesaria o es demasiado rebuscada en el material que tiene. Sin embargo, a la hora de la verdad los fans de las “películas de perros” no creo que tengan algún problema con Mi amigo Enzo, una producción sencilla y discreta que logra ser competente dentro de sus objetivos: hacer pasar un buen rato al espectador y dejarlo con una sonrisa… luego de haberle sacado muchas lágrimas.

MI AMIGO ENZO (The art of racing in the rain, EE.UU, 2019) Dirección: Simon Curtis. Guion: Mark Bomback. Fotografía: Ross Emery. Música: Volker Bertelmann, Dustin O’Halloran. Montaje: Adam Recht. Con Amanda Seyfried, Milo Ventimigilia, Gary Cole, Kathy Baker, Martin Donovan y la voz de Kevin Costner.

OTROS ESTRENOS

 

Por un lado tenemos a Ciervo (Oneira), un viaje a lo más profundo del País Vasco que relata dos historias fuertemente conectadas. En primer lugar la de un chico árabe, obviamente una rareza en ese lugar, tratando de sobrevivir a duras penas y a través de trabajos de porquería para pagarse los estudios y poder tener un futuro mejor. Y en segundo lugar el empleador del chico, un hombre que vive enfrente a su hermano y por motivos del pasado ni se hablan. El protagonista eventualmente ejercerá como una especie de puente entre ambos, aunque los inconfesables secretos que rodean su tormentosa relación harán difícil la unión entre ellos. El director Koldo Almandoz, cuya carrera hasta el momento pasaba sólo por la realización de documentales, debuta en la ficción con una historia que comienza de una forma interesante, revelando a cuentagotas información básica sobre los protagonistas y creando una tensión que promete avanzar, además de la notoria y exquisita fotografía en 35mm. El problema ocurre cuando pasado el inicio el realizador parece no tener mucha idea de que quiere contar realmente, o en cuál de las historias quiere enfocarse por lo que decide avanzar sin un foco claro, yendo de un lugar a otro sin llevar de la mano al público quien tiene que ir atando cabos sin muchas pistas. Lo más perjudicial es cuando la falta de rumbo afecta directamente a los propios personajes, ya que los arcos dramáticos de casi todos son moldeados directamente por la arbitrariedad, particularmente en el caso de un personaje femenino que promete tener alguna incidencia mayor en la trama…… y no la tiene. Es difícil entonces seguir una trama si nunca existe un punto central o muchas intenciones de encontrarlo, abriendo caminos de lo más interesantes pero sin ganas de explorarlos en profundidad, resultando entonces una experiencia frustrante, técnicamente bellísima pero confusa y con sabor a oportunidad perdida. Por otro lado también se estrena Divino amor de Gabriel Mascaro, la cual llega con una fuerte mirada crítica a un alto poder brasileño: la religión evangélica. Al comienzo parece tratarse de una situación perteneciente a una novela distópica, ya que transcurre en el año 2027, con la religión insertándose en los costados más vulgares y carnales de la sociedad (las fiestas electrónicas, las orgías) con increíble facilidad y poder de convicción, para centrarse en Joana, una ferviente religiosa que utiliza su posición como notaria para truncar pedidos de divorcio y atraer a las parejas a su fe. La protagonista quiere desesperadamente un hijo y no lo logra de ninguna manera, llegando a insólitos límites para lograr su propósito y finalmente cuestionando todo en lo que cree. Mascaro crea un mundo atractivo y fascinante desde lo visual, ayudado por una gran producción y un trabajo técnico de mucha altura, y lo refuerza con un guion ácido, potente y lleno de sorpresas el cual logra ser entretenido y profundo, muy gracioso pero aterrador en el fondo, hablando sobre una realidad cada vez más cercana y seria.

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