Luca Guadagnino, muy dañino


Por Amílcar Nochetti

Suspiria (Suspiria), Italia/USA 2018. Dirección: Luca Guadagnino. Libreto: David Kajganich basado en personajes de Darío Argento y Daría Nicolodi. Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom. Música: Thom Yorke. Con: Dakota Johnson, Tilda Swinton, Mia Goth, Angela Winkler, Ingrid Caven, Chloë Grace Moretz. Estreno: 28 de febrero. Calificación: Regular.

Después de asistir a los 150 minutos de duración de Suspiria se me ocurrió algo que me hizo reír, y además me definió con certeza lo que el talentoso Luca Guadagnino acaba de conseguir con su nuevo opus: ¿puede imaginar el lector una remake de El exorcista en la que su tema específico (la posesión de Regan por el diablo) se mezclara con las protestas por Vietnam, los Black Panthers, el movimiento hippie y el caso Watergate? Sería un completo disparate. Algo equivalente es lo que Guadagnino acaba de perpetrar con su versión de Suspiria de Darío Argento. El veterano cineasta italiano nunca fue santo de mi devoción, pero siempre me pareció respetable la honestidad de su planteo por un cine de terror y suspenso visceral, sucio, y que no pedía perdón por sus excesos.

Luca Guadagnino se dice fanático de la Suspiria de 1977, y por eso desde hace años quería llevar a la pantalla su versión del asunto. Ahora, después de un fallido intento con Natalie Portman, lo ha logrado, pero poco y nada de lo que vemos en su película da cuenta de una admiración por la versión original. Eso en sí mismo no estaría mal: parece digno que un autor valioso encare una remake para hacer con ella algo personal, que tenga vida propia, ideas originales y estética a tono. El resultado podría ser un nuevo tipo de terror artístico, como han sido últimamente La bruja o El legado del diablo. Sin embargo Guadagnino confunde los términos y convierte su Suspiria en un producto pretencioso, que busca ser experimental y en cambio hace agua por todos lados, mientras remarca una profundidad conceptual que en realidad no existe.

Porque aquella historia de terror sobre la joven que ingresa a una academia de baile la misma noche en que asesinan a una de las alumnas, termina convertida en manos de Guadagnino en un pretexto para encarar los Grandes Temas Importantes de la Vida y la Humanidad (así, en mayúsculas). La intención queda clara desde el inicio, cuando al nombre Suspiria se agrega el subtítulo Seis actos y un epílogo en una Berlín dividida. Debido a esa declaración de intenciones la película se pierde en un contexto erróneo, enmarcado en una capital alemana partida por un Muro que permite al director sumar al asunto un costado político con bajadas de línea ideológicas que la anécdota de Suspiria no necesitaba. Al igual que el mayestático Stanley Kubrick de El resplandor, Luca Guadagnino parece pedir disculpas por llevar a la pantalla una sencilla anécdota de terror, y busca desesperadamente imprimir a su film un sello autoral, llevando a cabo un relevamiento de la sociedad europea posterior al nazismo y el Holocausto, junto a los descalabros de la Guerra Fría y el terrorismo de la banda Baader-Meinhoff.

Como sin duda alguna el director es talentoso (viene de realizar la estupenda Llámame por tu nombre), durante largo rato disimula el pesado menjunje con una iluminación sofisticada, buenas ideas visuales para resolver escenas, una reconstrucción de época sin fallas y un elenco inquietante y casi totalmente femenino, con un pico en Tilda Swinton. Sin embargo, ni siquiera funciona como broma interna el hecho que la diva lleve a cabo un múltiple rol (Madame Blanc, Helena Markos y el Dr. Klemperer), sino que también eso parece formar parte de la falta de humildad que aqueja a Suspiria. Faltando media hora empero Guadagnino advierte que en teoría ha estado rodando la remake de una historia de terror, entonces aprieta a fondo el pedal del gore. Ahí es cuando el enorme castillo de naipes que es Suspiria se le derrumba sin remedio. Porque a las molestas alegorías sociopolíticas Guadagnino suma perturbadoras dosis de sadismo y violencia, casi intolerables, en su afán por estar a la altura del género. Pero olvida que el gore tenía como aliado un viscoso sentido del humor, mientras en esta Suspiria hasta la violencia más radical luce solemne. Es por ello que la imprescindible escena del aquelarre final hace tocar fondo al film, porque la visión que allí se registra del contacto entre el mundo terrenal y el infernal parece una ridícula mezcolanza de desfile de modelos de Victoria’s Secret con una lección de danza dictada por alguien que padece el Mal de San Vito.

Sabido es que el hecho de ir a ver una película de terror implica que el espectador está dispuesto a sufrir durante un largo rato. Ningún psicólogo ha sabido explicar el motivo de la misteriosa pulsión que lleva al público a someterse a esa suerte de masoquismo, aunque parece que se experimentara por puro entretenimiento. El problema es que en Suspiria el sufrimiento no llega por el sobresalto emocional o sensorial, sino por tener que soportar una suma inacabable de pedanterías artísticas en una película que presume de tener contenidos profundos aunque en verdad no tiene nada interesante para decir. En forma similar a Kubrick, Guadagnino daña al film porque no terminó de entender que el mejor terror puede hablar de cosas muy valiosas o inquietantes sin necesitar subrayarlas. Debido a eso, de acá a un año seguramente nadie hable de Suspiria, aunque seguiremos recordando a Psicosis, El bebé de Rosemary, La noche de los muertos vivientes e incluso, sin llegar a esos niveles de magisterio, a la Suspiria de Argento.


 

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