“Mank”: la creación de un mito

Por Martín Imer


Para el director David Fincher, encarar esta historia debe haber resultado una doble carga: por un lado, la expectativa por ver cómo contaba la historia de una de las películas más importantes del cine, y por otro, la responsabilidad de llevar a la pantalla el único libreto (por ahora conocido, al menos) de su padre, fallecido en 2003. Podría decirse entonces que Mank resulta una producción particularmente personal para el realizador de películas como Zodíaco, El curioso caso de Benjamin Button, Perdida, El club de la pelea y Pecados capitales, un proyecto largamente ansiado que estuvo a punto de materializarse en los años 90 pero finalmente llega en 2020 y por Netflix, una casa que – más allá de las quejas puntuales – ha servido como refugio artístico de creadores cuyas ideas no siempre han ido de la mano del éxito comercial.

De todas formas, el segundo aspecto no quita la importancia del primero: los Fincher se meten con una de las películas más importantes de la Historia del cine, El ciudadano, legendaria ópera prima de Orson Welles cuya historia particular es, en sí misma, una maravilla. Welles, de 24 años, con una carrera en ascenso (ya había hecho la impactante adaptación radial de La guerra de los mundos), logra un contrato sin precedentes con la productora RKO en donde se incluye lo que él más deseaba: la libertad total a la hora de trabajar. El talentoso artista se reúne entonces con Herman Mankiewicz, un guionista reconocido en el ambiente… aunque no tanto por si trabajo sino por su manía a emborracharse y apostar fortunas. El resultado de dicha colaboración ya es conocido por todos, aunque las dudas sobre la autoría de la película siempre existieron, con algunos sosteniendo que se trataba de un trabajo del dúo y otros, como la influyente crítica Pauline Kael, afirmando que el único guionista que tenía que ser reconocido era Mankiewicz. Y uno puede entender que la opinión de Fincher padre (y al parecer también de Fincher hijo, quien trató a Welles de “malabarista” en una reciente entrevista) se incline mayormente hacia la segunda postura, la de Mank como único guionista, pero lo bueno es que la cinta no se detiene tanto en esa polémica puntual sino que extiende su alcance – y su análisis – hacia otros aspectos de la vida del escritor, como los motivos que lo hicieron enemigo de varios personajes importantes del Hollywood del momento y la particular relación que tenía con William Randolph Hearst, magnate de los medios que sirvió de principal inspiración para los libretistas, y especialmente con Marion Davies, amante de Hearst, quien también aparecía retratada en El ciudadano de forma muy desfavorecedora.

Y es que hay que resaltar un aspecto muy interesante de Mank: se divide en dos líneas narrativas que se van intercalando constantemente, por un lado la creación del libreto y por el otro el acercamiento del guionista a la vida de la pareja. Ambas revelan un gran nivel de investigación y cinefilia, pero en la segunda es en donde se dejan ver los aspectos que más deben haberle interesado a Fincher padre, ya que a partir del contacto de Mankiewicz con Hearst se puede ver la escena política de la época y cómo el poder que se manejaba en esas altas esferas podía prácticamente cambiar un resultado electoral. Si el espectador siente que ese cuento ya está contado, no debe ser una sorpresa: El ciudadano también era una amarga mirada al poder de los medios para manipular la opinión popular y una ácida crítica a quienes eran esos creadores de opinión, seres que no hacían eso por el bienestar de la población sino que obedecían únicamente a sus intereses personales. La película complementa ese costado social con un amplio muestrario de figuras importantes de la farándula de los años 30-40, aunque no tienen un mero fin de guiño como podía ser en The cotton club sino que son figuras clave de una narrativa que, como en la mencionada obra maestra de Orson, se detiene en las miserias personales que se ocultan detrás del éxito masivo, las sonrisas por conveniencia, el dinero a montones y la exuberancia.

Y hay una diferencia clave entre ambas películas: el abordaje de la figura de Marion Davies. Quienes hayan visto el excelente documental La batalla por El ciudadano recordarán un momento cerca del final en donde Welles, reflexivo, confiesa que estuvieron mal al retratar a Davies de una forma tan negativa, ya que seguramente no lo merecía. Era un momento impactante, ya que hasta entonces tanto Mankiewicz como Orson afirmaban que Susan Kane, actriz y amante del protagonista, era un personaje inventado, que no tenía relación alguna con la amante de Hearst aunque compartían la profesión y la obsesión del millonario por encontrarles papeles “de prestigio”. En esta película parecería encontrarse un acto de nobleza, de redención cinematográfica con más valor que los jueguitos de realidad cambiada de Tarantino: se reivindica la personalidad traviesa pero inteligente de la intérprete, su autoconciencia ante la situación en la que estaba (personal y frente a los demás) y sobre todo el amor genuino que sentía por el viejo magnate, lo que fue reconocido con brutal franqueza por Davies cuando afirmó en una entrevista que “había comenzado como una cazarecompensas”, pero eventualmente llegó a enamorarse de Hearst. Los momentos de la chica junto a Mank (muy buenas labores de Amanda Seyfried y Gary Oldman) resultan los más insólitos y tiernos de la cinta, que se preocupa por crear un fuerte vínculo entre ellos para que lo que luego fuera visto como “la traición” del guionista a la actriz sea más chocante para el espectador.

La realidad es que Mank te sorprende. No por el virtuosismo, habitual en el realizador, o por la obsesiva dedicación a los detalles (también marca de la casa) y su intención de que todo parezca hecho en los años ’30, algo en lo que ayudan los vestuarios, el estupendo diseño de producción y el equipo de maquillaje y peinado, sino por un elemento que no suele existir en el cine de Fincher: el aspecto lúdico de la cinta, la alegría con la que se encara este juego cinéfilo que comparten padre e hijo y la saludable novedad de agregar chistes, ironías y datos insólitos que despojan a la cinta de la solemnidad que podría tener un producto de este estilo y de este señor. Se trata de una cinta tan feliz con su conocimiento y su forma clásica que invita al espectador a meterse en su mundo y seguir sus reglas de forma cómplice, entendiendo que en el fondo el tema principal es la redención del protagonista a los ojos de sus allegados y su propia superación personal tomando un hecho real como esqueleto narrativo, algo que permite que uno no se enoje tanto ante las reiteradas faltas a la verdad que presenta el relato. El final es un típico happy ending, con las dificultades sorteadas, el protagonista redimido e incluso una particular buena noticia que propicia la alegría, el abrazo de los personajes principales y la presencia de una música llena de energía – cortesía de los talentosos Trent Reznor y Atticus Ross – que te dice que las cosas van a ir bien. Lo pudo haber hecho John Ford. Y uno sonríe. Qué importa si no pasó así.

MANK (EE.UU, 2020) Dirección: David Fincher. Guion: Jack Fincher. Fotografía: Erik Messerschmidt. Música: Trent Reznor, Atticus Ross. Montaje: Kirk Baxter. Con Gary Oldman, Amanda Seyfried, Lily Collins, Charles Dance, Arliss Howard, Tuppence Middleton.


 

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