“Mujica me dijo ‘menuda changa te agarraste haciendo de mí”. Con Antonio de la Torre, el actor español de “La noche de 12 años”


Exclusiva para Granizo. Desde España, entrevista de Joaquín DHoldan.

Pocos nombres logran la unanimidad de la crítica, el público y sus colegas. Antonio de la Torre (Málaga, 18 de enero de 1968) deslumbró (entre otros trabajos) con la película “Azuloscurocasinegro” (Goya el mejor actor secundario), “Balada triste de trompeta” (Álex de la Iglesia), “Gordos” (Daniel Sánchez Arévalo), “Grupo 7” y “La isla Mínima” (Alberto Rodriguez) y  “Tarde para la ira” (Raúl Arévalo). Trabajó como periodista en radio y también actuó en televisión y teatro. Además de ganar un Goya estuvo nominado en diez ocasiones. Nominado a los premios platino por la fantástica “Caníbal”, varios premios de la Unión de actores, premio a la trayectoria del Festival europeo de Sevilla y un enorme etcétera que menciono sólo para recomendar fervientemente que, además de ver “La noche de los 12 años”, busquen todas las películas de este gran actor-

Contame cuando te llega el proyecto a las manos un proyecto y ves “Tengo que hacer de Mujica”

Si te soy sincero, a riesgo de quedar como indocumentado, cuando yo me reúno en una cafetería de Madrid, allá por marzo del 2016, con el director uruguayo Álvaro Brechner, yo no tenía mucha idea honestamente… Ahora me resulta impensable. En este año y medio estuve cuatro veces en Uruguay, conocí a mucha gente, de los Tupamaros, de Uruguay, leí mucho, por eso ahora no me cabe en la cabeza que yo en ese momento no me fuera familiar el Uruguay y lo que pasó en la dictadura. Pero lo cierto es que en aquel entonces no lo tenía claro, más allá de lo que se vio de Mujica en el reportaje de Jordi Évole. Recién ahí le empezaron a dar más bola en España, con el discurso en la ONU, esos momentos que lo hicieron célebre a nivel universal, pero me acuerdo como te dije que cuando quedé con Álvaro me contó muy someramente lo que fueron los tupamaros, la época de la dictadura, la lectura de “Memorias del calabozo”. Y me pareció una historia tan fascinante que a los diez minutos le dije “Que hay que hacer una película de esto, está claro, pero ¿qué estamos haciendo acá?”. Me miró, y recuerdo perfectamente que sonrió así como diciendo “qué bueno” y ahí mismo me embarqué en  el proyecto. Unos meses después, en julio del 2016, hice mi primer viaje a ese maravilloso país llamado República Oriental del Uruguay. Se entregaban los Premios Platino, y aproveché y conocí a los tres, Rosencof, Mujica y Fernández Huidobro. Era divertido, entre divertido y tierno, porque me dijo Álvaro: “Mirá para que te den bola, pero que además es cierto, les voy a decir que no tengo claro a cuál de los tres vas a hacer”

No me digas…

Si, si, pero era verdad, recién comenzaba el proyecto. Creo fui el único de los tres actores que tuve la suerte de estar con Eleuterio Fernández Huidobro que me impresionó muchísimo. Porque todo el mundo va a pensar que era obvio que el papel más atractivo era ser Pepe, pero los tres a mi me resultan tan fascinantes.

A mí me pasa con Rosencof, la visión de un escritor…

Y El Ñato a mí me impactó, cómo hablaba, la cabeza que tenía. Se lo dije a Álvaro: “Yo te juro que, capaz por vanidad, Mujica sería un rol más interesante por la proyección, por el reto pero cualquiera de los tres me parecen, tan intensos, que encarnar a cualquiera de ellos es un reto superlativo para un actor”. De Huidobro tengo un recuerdo muy emocionante porque diez días después se murió. Recuerdo que teníamos una entrevista de diez minutos y debimos caerle bien y nos vio con pasión y ganas de hacer la historia, pero no hacía más que cancelar la siguiente y la siguiente cita. Porque como sabes era Ministro de Defensa cuando nos recibió. Nos recibió en un apartamentito, estaba ahí y parecía mi tía Paca. La imagen era muy tierna. Yo decía “¡mira qué Ministro!”.

¿Y cómo vivías la historia con la información actual, sabiendo que esos personajes que iban a pasar un infierno serían uno ministro, otro presidente?

Era muy impresionante obviamente, y muy inspirador. Para mí la historia de estos hombres, salvando las distancias, me recuerda a la de Nelson Mandela. A ver, yo soy consciente de que es muy controversial la figura de los Tupamaros en el Uruguay, recuerdo que en aquel viaje primero que hice, nada más bajar me monté en un taxi y no te podés imaginar la de pestes que echaba ese taxista de los Tupamaros, no te podés imaginar: “¡Los Tupamaros fueron los que rejodieron el país!”, todo cosas así. Pero lo cierto, lo innegable, y más allá de los errores que cometieron seguramente, y hablo desde una óptica muy lejana, – yo hice un laburo muy intenso por sentirme uruguayo, no lo soy, ni lo seré, pero traté de sentirme así -, te  decía que lo innegable es que al salir los rehenes de Libertad, lo primero que hicieron fue dar esa conferencia donde decían que abandonaban la lucha armada. Una gente que tuvieron una experiencia durísima, donde llegaron a la locura, donde objetivamente se puede pensar que el odio iba a macerarse y lejos de eso lo que decidieron es no dejar que el odio estuviera presente y construir un nuevo país desde la confraternización y del entendimiento político. Yo entiendo que muchos uruguayos dirán “que dice este gallego, anda a la (Piiii) de tu madre” (Nota del autor: Antonio habla perfectamente en nuestro acento y hasta en los insultos se nota un gran trabajo de su “coach”). Pero en serio, en cuanto a memoria histórica, de los errores que han podido cometerse en el pasado, digo solemnemente que es histórico lo que hicieron estas personas, y de hecho es tan histórico y es tan simbólico, tan poderoso, que consiguen el poder. Yo creo que es gracias a este gesto.

De todas formas no es una película política ¿verdad? Va más de la historia de las cárceles, el encierro…

No, no, claro, te cuento esto porque sos uruguayo y estoy consciente que tenés la información para saber de qué hablamos. Pero si supiera que vos no tenés ni idea el encaje de la película va por otro lado, es totalmente apolítico, es el abismo existencial de tres personas. Yo definiría la película como el viaje ida y vuelta de tres personas a la locura o de cómo tres personas sobreviven en las circunstancias más adversas. Es una película profundamente existencial.

Es una historia que mi generación vive con mucha intensidad.

Yo le preguntaba a Pepe: “¿cómo lograste sobrevivir?”, y él me decía que con la rutina, “marcándome rutinas”. Le daba mucha bola a su pensamiento político y decía (imitando a Pepe a la perfección) “siempre tuve claro dos cosas, una, que iba a salir, y otra, que cuando saliera iba seguir en la militancia política”. Él reflexionaba mucho sobre la supervivencia, sobre el aguante, decía que habían comprobado que los compañeros que tenían menos convicciones, que estaban menos cuajados políticamente, la pasaron peor.

Había una relación entre ideología y la resistencia.

La ideología te da la fortaleza para seguir. Es un chute de gasolina que te carga el alma. Esto yo lo he vivido y obviamente no tengo ni el 0,4% de ese poderío moral pero sí que lo entiendo, no digo que yo lo tenga, ni en pedo, pero después de mis reflexiones como actor y mi camino por la vida, soy consciente que eso es así.

¿Qué fue lo más duro desde el punto de vista actoral? Uno se imagina que para empezar tuviste que luchar con un acento muy distinto.

En efecto. Lidiar con el acento fue un kilombazo. “Menuda changa te agarraste haciendo de mi, Antonio”, decía el hombre (risas).

¿Sabés que Pepe dijo luego de ver la película que le gustó mucho pero que por ahora no la quiere volver a ver?

Yo pienso que es por su “vieja”. Lo vi en Venecia, porque vino también por el documental de Kusturica. Nosotros presentamos la película el sábado y el domingo por la mañana nos encontramos, pudimos organizar un acto con los medios de comunicación españoles. Le dimos bastante bola a la película. Es difícil agarrar solo a Mujica, pero pude. Álvaro también me había dicho ese comentario y le pregunté y me dijo eso, “la vieja”. A mí ya me dio una pista porque en otras conversaciones salió el tema de las madres.

Es fuerte porque en un hombre mayor le parece algo lejano la pérdida de la madre.

Yo perdí la mía y hace años además, y si, es esa sensación como de anclaje a la vida, se te va el origen de la vida, la que hizo posible el milagro de que estés vivo, siendo como somos seres consientes de nuestra existencia, nuestra muerte, nuestra finitud. Siempre, de alguna manera, tu mamá te marca. Mujica, yo creo que por educación, que por cultura, lo definiría como estoico, con una gran capacidad para aguantar, para sufrir, pero al mismo tiempo se nota que es muy sensible. Aunque no le dé mucho espacio a su dolor o a su pena, es obvio que está ahí.

Volvamos al sufrimiento del actor.

Es como el mito de “La caverna” de Platón. Lo que pasamos debe ser una sombra mínima de lo que debieron pasar ellos, y la pasé mal, muy mal.

Con un gran cambio físico de golpe. Te vi en “El Reino” (película en cartel en España en estos días) y estabas en tu peso.

En la película perdí 16 kilos para todo el principio, luego tuve que recuperar diez para grabar los “flashbacks” y con ese peso hice la otra película. “La noche” fue en abril, mayo, y en junio julio ya estaba rodando “El reino”. Estaba planeado para rodar, ya recuperados la parte filmada en Montevideo.

¿Y trabajar el tema del encierro?

No, porque al final es un juego actoral. Yo hasta por respeto al encierro real no lo marcaría como algo difícil, al final estás rodeado todo el rato, trabajando. Todo lo que yo haga al final es una representación y lo de esa gente es tan extremo que yo ni lo nombraría como algo difícil. Pero sí el hambre y el frío. Te cambia el metabolismo. Las manos y los pies los tenía fríos, porque en realidad se rodó más tiempo en España, en Navarra, en el mes de marzo, los interiores, las celdas, los calabozos…  Hacía frío, sobre todo si andas escaso de alimentos. Eso sí fue objetivamente duro. Al principio, que estábamos más extremos, con escasa alimentación, y en Navarra a primera hora de la mañana…

No deja de ser una pincelada de lo vivido por ellos, pero estaba ahí, ¿no?

Si claro, está ahí. No es que cenáramos en un restaurante el día anterior y fuera todo divino y nos dieran luego dos toques de maquillaje. Como actor nunca vives la vida de los demás, pero tienes que hacer un intento lo más honesto que puedas, con los límites de la salud, para intentar entender donde se metieron esas personas.

 “Mal día para pescar” es una de mis películas favoritas. ¿Cómo fue trabajar con Brechner?

Hombre, yo te digo que yo no me meto en esto si no es con un director uruguayo. Esa charla que te dije en Madrid, si no es con un director y una productora uruguaya, yo no me embarco porque para hacer películas al pedo siempre hay tiempo (risas) Yo decía “bastante riesgo están corriendo conmigo, un gallego haciendo de un uruguayo”, pero bueno, laburé mucho con un “coach” para lo que me decías del acento, los viajes a Uruguay, ver gente, documentarme bien, una labor de investigación, de inmersión. Es que hay películas que se hacen que son de mentira, hay una mano comercial ahí, y yo creo que las películas deben contar una realidad, una historia, con un lenguaje, una cosa cinematográfica, pero si no estás hablando de algo que conoces estás hablando al pedo.

¿Y la interacción argentino- uruguaya con Darín y Tort?

Hicimos muy buenas migas los tres. Conectamos mucho, hicimos una amistad, con el Chino, que la pasó también fatal con el tema del hambre, que si la comida y la dieta, nos contamos nuestros avatares. Fue muy bonito para los tres, fue una aventura, hicimos una buena relación. Nos sentábamos los tres en “El diván de los zombies” a esperar, iba uno hacia su escena. Y luego era “venga, te toca a vos”. Fue bonito. Películas así que tú haces con alma, con ganas, porque la historia te parece hermosa, es un lujo de verdad.

Cuando fui al cine a ver “El Reino” (de Rodrigo Sorogoyen), pensaba que estabas interpretando a un personaje que era la radiografía perfecta de un corrupto que se enriquece de la política, de lo que es una trama de corrupción política en España y al mismo tiempo que en Latinoamérica, representabas otro tipo de político, casi un antagonista, el símbolo del político sobrio, austero.

Creo que a  los dos los envuelve esa frase de Terencio que dice “Soy humano, por lo tanto nada humano me es ajeno”.


 

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