Natalie Portman brilla en “Vox Lux”


Por Martín Imer

La carrera del multifacético Brady Corbet  es casi totalmente desconocida en Uruguay en todos sus aspectos. Tanto como actor, guionista o director, las películas del estadounidense se han mantenido en un entorno muy limitado en su país o en Europa, mayormente en circuitos dedicados al cine arte independiente. La primera película donde estuvo detrás de cámaras, The childhood of a leader tenía una muy interesante premisa, contando la problemática infancia de un chico durante el fin de la primera guerra mundial que eventualmente se convertiría en un dictador en la segunda, pero pecaba de pedante y con un final decidamente hecho para subrayar todos los temas previos, aunque mostraba un decidido talento formal; una seguridad muy saludable a la hora de tomar decisiones narrativas y artísticas que se dejaba ver en cada momento, además de una certera dirección de actores y una atmósfera bastante aterradora, contando el drama como si se tratara casi de un film de terror al mejor estilo La profecía. Teniendo en cuenta que ciertas páginas de cine muestran como el próximo film de Corbet a otra historia de guerra, podría decirse entonces que Vox lux – el precio de la fama es una anomalía en su carrera, al menos en un punto de vista superficial.

La historia arranca en 1999, cuando una chica llamada Celeste sobrevive a una brutal masacre en su escuela. Junto a su hermana Ellie componen una canción salida de este sufrimiento, la cual se vuelve un hit nacional y catapulta a la chica al estrellato pop, cambiando su vida totalmente. Muchos años después, en 2017, Celeste es una estrella consagrada pero en una caída libre personal, con una vida privada llena de escándalos y adicciones. Mientras se prepara para volver a los escenarios con un nuevo espectáculo, intenta reconectar con su hija adolescente, su distante hermana y escaparle a la polémica luego de que un grupo terrorista cometa una masacre en una playa teniendo como disfraces una ropa muy similar a la de un antiguo video de ella.

Es cierto, no puede estar más lejos que la solitaria y lúgubre infancia de un niño durante la post-guerra, pero sin embargo hay una varias conexiones más profundas entre los dos trabajos de este director. Corbet vuelve a apostar por un estilo frío pero atmosférico, opresivo, oscuro, trabajando de nuevo con el mismo director de fotografía y músico de The childhood… y logrado los mismos buenos resultados en estos departamentos que en aquella. A pesar de ser una historia sobre el mundo de la música, el tono en general es tan violento e incómodo que hace totalmente creíble la pesadilla pop de su protagonista; la prisión personal en la que se debe poner para obedecer a un personaje que consumió su vida y el narcicismo extremo en el que debe cubrirse para tapar su profunda vulnerabilidad y vacío interno. Para Celeste todo el mundo habla de ella, y el director la usa para hablar de una particular visión negativa del mundo, gobernada por el morbo y la frivolidad: en un astuto juego de constante contraposición, a veces visual y a veces narrativa, las tragedias van quedando relegadas a un segundo plano para los protagonistas cuando el dinero aparece o sus propias ambiciones se van concretando. La poca sutileza con la que Corbet suele presentar sus intenciones termina siendo bastante favorable para el film, que de esta forma camufla mucho mejor el subrayado del cual el realizador no puede escapar.

El film se divide en tres partes, y a pesar de lo que vende la publicidad la verdadera protagonista del film es Raffey Cassidy, quien interpreta a Celeste de adolescente en el primer fragmento y luego en los otros dos hace de su hija Albertine. En ambos casos, pero sobre todo en el primer papel es verdaderamente sorprendente el parecido físico que tiene con Natalie Portman, pero también se observa cierta atención en las gesticulaciones y formas de hablar para asemejarse más a la popular actriz. Cassidy logra aportar el centro dramático de la producción, pasando por diferentes estados que logra transmitir con facilidad y honestidad al espectador: la alegría por sobrevivir que luego se convierte, involuntariamente, en lucro y los temores y posterior silenciosa resignación que surgen luego de esto. La joven protagonista comienza a perder su identidad y humanidad ante nuestros ojos de manera implacable y poderosa, y el guion hace aquí el mayor desarrollo de toda la película, presentando al resto de los personajes, sus miedos, conexiones profundas y sobre todo presenta una sutil exploración sobre la pérdida de inocencia que está brillantemente interpretada. Uno podría asumir cuando termina todo este primer apartado que la propia película ya no tiene nada más para explorar y de ahí decaerá en interés, pero entonces es cuando Portman aparece en la pantalla y se pone la camiseta…

La película aprovecha la parte de Celeste como adulta para recoger los “frutos” de esa destrozada adolescencia y reflejar casi paródicamente el mundo egocéntrico y distante de las estrellas pop; un universo donde reina la histeria y el maltrato, donde el artista es simplemente una parte más de una enorme maquinaria, y la actriz deslumbra entendiendo como funciona el film tanto en su parte burlesca como en su seriedad — el retrato que compone de la protagonista está rodeado de matices, sobrio humor, imponente carisma y a su vez una sensación de soledad que la hace ver diminuta en pantalla. Es inteligente la fragmentación que elige Corbet para contar su relato (similar en las formas también a su ópera prima) ya que la Celeste adulta sin el adecuado contexto podría resultar totalmente aborrecible, pero viendo todo lo que le precedió termina resultando un adorable desastre, chocante, hiriente pero sincera en su mundo de mentiras y escándalos. Portman está claramente inspirada en esta interpretación, aportándole al film muchísimo más de lo que podía esperarse a pesar de su clara actuación como actriz de reparto, y hay una sensibilidad latente y rústica detrás de la caricatura que la cámara del director intenta sacar a la luz a través de la observación silenciosa y sus encuadres invasivos. Jude Law está correcto en su breve participación, brindando un sostén emocional bastante creíble al personaje de Portman, aunque es mucho más relevante en la primera mitad del metraje.

Este segundo film de Brady Corbet resulta muy interesante y lo pone en el mapa de directores a seguir: por un lado es un cuento radicalmente distinto a lo que venía encarando en su filmografía y por el otro tiene una cierta continuidad en sus inquietudes que lo hace tonalmente similar. Aquí se refleja la violencia en las dos caras de la sociedad: la frivolidad y el terrorismo, cruzándose casi de manera natural y tapándose mutuamente. Al tratar un conflicto y un tema con menos alcance que en la vez anterior el talento del realizador es mucho más notorio, y si bien no siempre alcanza el grado de profundidad que la propia película cree que tiene es un atrapante y poderoso cuento de inocencia perdida y moral corrompida bajo las leyes del capitalismo más bestial, ese que utiliza la tragedia como medio de tener más público adicto y no duda a la hora de convertir a un ícono de la esperanza en una bestia.

VOX LUX: EL PRECIO DE LA FAMA (VOX LUX, 2018, EE.UU) Guion y dirección: Brady Corbet. Fotografía: Lol Crawley. Música: Scott Walker. Montaje: Matthew Hannam. Con Natalie Portman, Jude Law, Stacy Martin, Jennifer Ehle, Raffey Cassidy.


 

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