“Pájaros de verano”: Un épico cuento colombiano llega a salas


Por Martín Imer

Había mucha expectativa por los pasos que tomaría Ciro Guerra luego de la multinominada El abrazo de la serpiente. Aquella celebrada película del 2015 venía dentro de un conjunto de producciones latinoamericanas audaces por su originalidad y visión, dispuestas a revolucionar una cinematografía regional que había quedado un poco estancada. Los resultados de este conjunto se pueden ver hasta el día de hoy, en un panorama internacional en el que cada vez más películas latinas son reconocidas y premiadas en festivales de todo el mundo — y esto no es lo único positivo: gracias al reconocimiento el cine latino comienza a ampliar sus mirar, contando con mayor presupuesto y escala, logrando resultados artísticos impensados hace solo un par de años. Resultado de esto es ahora Pájaros de verano la cual se anima a crear, en ciertas forma, un cruce entre Scorsese con García Márquez.

La última frase es por lejos curiosa, aunque no es descabellada. La película narra la historia de la familia Pushaina, quienes se convierten en los reyes del narcotráfico en los años 70 luego de comenzar a vender mariguana en Colombia. La trama abarca desde el comienzo del negocio, cuando sin pensarlo mucho comienzan a ser vendedores para un grupo de chicos estadounidenses hasta los conflictos que lentamente surgen entre clanes que previamente eran aliados cuando los propios lazos familiares empiezan a jugar en contra, conspirando contra la paz local que es cada vez más frágil. Pasando los años los Pushaina deben decidir si están del lado del negocio o la familia especialmente cuando las palabras son reemplazadas por las armas y no estar en ninguno de los dos bandos significa la muerte segura.

Ciro Guerra y Cristina Gallego construyen un cuento que sorprende durante todo el metraje por la originalidad y la solidez con la que nos muestran el crecimiento del narcotráfico en Colombia, enfocándose en la parte personal de quienes comercializan antes que en lo estrictamente referente al negocio en sí, algo que ya hemos visto tanto en numerosas producciones previas. La película tiene un centro emocional poderoso en el retrato no sólo de la familia Wayuu sino de toda su comunidad, encontrando en las tradiciones de esta tribu un componente distintivo y único, humano y con un aspecto incorruptible que finalmente se va diluyendo ante la tentativa del dinero, ese elemento que genera tanta debilidad en toda sociedad. El film no renuncia a su esencia latinoamericana negándose a adquirir un tono y un aspecto propios del cine criminal hollywoodense: tiene un ritmo decididamente pausado pero que permite que las escenas respiren y asciendan en tensión además de una estupenda fotografía y una música potente que mantiene firme el interés del espectador.


Se trata de una canción épica que incluso está dividida en cantos que muestran la influencia insidiosa de la ambición en los seres humanos, destruyendo cualquier esbozo de felicidad o incluso de lealtad, presentando unos personajes que no tienen ningún problema en traicionar a sus propios familiares con tal de salvar su vida o su negocio. Y también se abre a otras lecturas, lo que siempre enriquece el material: como el dinero (o el capitalismo, que se menciona bastante al comienzo del film) va echando raíces sobre territorios vírgenes con una cultura propia para eventualmente despojar a sus individuos de todo lo que consideraban suyo, engañándolos con un espejismo de éxito y prosperidad que les impide ver lo que realmente están perdiendo hasta llegar al punto de existir en una tierra totalmente ajena a ellos mismos, que los termina rechazando en un espiral de violencia que no hace más que crecer.

A medida que avanza el relato las desgracias se van haciendo más grandes e insoportables para los personajes, algo que desde la parte actoral está muy bien representado especialmente por la dupla protagónica de Carmiña Martínez y José Acosta quienes construyen una relación suegra-yerno tirante y cargada de tensión aunque con vulnerabilidades en ambos personajes que los intérpretes saben reflejar a través de sus expresiones faciales. El conjunto habla de un rotundo éxito narrado con energía y buen pulso tomando el ascenso y la caída de un clan familiar como espejo de las consecuencias de un mal que no ha parado de causar estragos tanto en Colombia como en el resto del mundo.

PÁJAROS DE VERANO (Colombia/Dinamarca/México/Alemania/Suiza/Francia, 2018) Dirección: Cristina Gallego, Ciro Guerra. Guion: Maria Camila Arias, Jacques Toulemonde. Fotografía: David Gallego. Música: Leonardo Heiblum. Montaje: Miguel Schverdfinger. Con Carmiña Martínez, José Acosta, Natalia Reyes, Jhon Narváes, Greider Meza, José Vicente.


 

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