Peter Jackson: juego de reflejos

Con motivo del estreno del notable documental “Jamás llegarán a viejos” vale la pena comparar los otros documentales en los que estuvo involucrado el director de “El señor de los anillos”: producciones totalmente distintas que revelan las múltiples facetas de un realizador más complejo y valioso de lo que se suele creer.


Por Martín Imer

La pantalla cuadrada, con el único sonido de las voces en off y un proyector viejo, con imágenes en blanco y negro y mal estado: así comienza Jamás llegarán a viejos, prometiendo básicamente un documental clásico sobre la Primera Guerra Mundial. Se van tirando datos, escuchando puntos de vista alegres y enérgicos, y lo único que le da algo de color a la pantalla son los anuncios patrióticos donde se invita a los jóvenes a unirse al ejército. Si bien es interesante desde un punto de vista pedagógico, ya que en poco tiempo logra resumir el estado de ánimo de una nación sin meterse demasiado en detalles, en términos cinematográficos estaba dando muy poco… hasta que de repente los jóvenes van a la guerra. La pantalla se hace ancha, el blanco y negro se vuelve color, se agrega música, voces, efectos de sonido. Lo que antes era una lección se vuelve historia viva, sangrante frente a los ojos de un espectador que está ante una nueva forma de hacer documentales: un proceso que seguramente debe haber llevado su largo tiempo pero tiene unos resultados de maravilla. Siguen las voces en off como instrumento para hacer avanzar la historia, llevarnos por los terrenos más oscuros de una guerra que prometía ser civilizada, y arrastrarnos como pocas veces en este género por la locura, la soledad y la inhumanidad de los campos de batalla. El efecto puede parecer sencillo en papel, una táctica de circo si se quiere ser despiadado, pero logra una sensación de inmersión tan palpable que es imposible no sentirse asombrado ante distintos momentos de la película que parecieran estar filmados hace un par de años, como mucho.

Es cierto que en el documental faltan los puntos de vista de otros soldados que lucharon en la guerra (al parecer una decisión tomada por parte de los realizadores para no abrumar al espectador) pero en definitiva se trata de una reflexión madura y emotiva sobre la necesidad de la guerra y sus consecuencias para toda la vida; algo que incluso un soldado en off admite al decir que “no era necesaria”. Todo esto sólo podía lograrse de la mano de un cineasta de raza alcanzando la punta de sus capacidades narrativas y estéticas, un trabajo de artesano y enfermizo observador. Jackson no pierde detalles, agrega sonidos genuinos y hasta en lo más mínimo está su ojo, incluso llegando a hacer lectura de labios a partir de las imágenes para ponerles voz a los soldados. El esfuerzo es minucioso, trabajando con material del legendario archivo de la BBC, tratando de crear una narración dinámica e interesante, manteniendo un ritmo constante sin ser superficial y no convirtiendo la situación en un show personal: de hecho, en ningún momento escuchamos su voz y el único vínculo personal que tiene con la cinta es el hecho de que tuvo familiares que lucharon en la guerra y a quienes dedica el film. Este es el primer documental serio que hace el realizador, pero ya sabemos que volverá a él en el futuro (esta vez con los Beatles) y que ha coqueteado en el pasado con el género, en dos films que lo reflejan como persona y director.

Nacido en 1961, el neozelandés tuvo fascinación por el cine desde la infancia, cuando a los nueve años vio en televisión por primera vez la King Kong del ’33. El encanto que tuvo el film en el niño lo llevó a querer recrear la película y de ahí no paró más, aunque su debut tenía muy poco que ver con las aventuras de un mono gigante en la selva. Mal gusto, estrenada en 1987, era una producción de mínimo presupuesto sobre una invasión extraterrestre en un pueblo de Nueva Zelanda. Jackson mostró en esa película una constancia y dedicación extraordinarias, ya que debido a la falta de presupuesto y los pocos miembros involucrados debía filmarla los fines de semana, algo que en definitiva terminó durando cuatro años. La alocada imaginación y la frenética narrativa que manejaba el debutante le abrió las puertas para proyectos que manejaban la misma línea bizarra, sangrienta y demente del mencionado film. La que le siguió fue Meet the Feebles, inclasificable comedia al estilo Los muppets pero con un humor adulto y grotesco, presentando el detrás de escena de un show de muñecos que distaba de infantil. De esta etapa juguetonamente shockeante saldría luego Braindead, título cuya traducción en España muestra claramente el estilo de película: Tu madre se ha comido a mi perro. Por lejos la más inspirada de las tres, contaba la historia de un brote de rabia proveniente de una isla (la de King Kong) que llegaba a un pueblo por parte de un mono. Cuando éste muerde a uno de sus habitantes se contagia rápidamente entre la población creando una invasión zombie que terminaría en un festín gore que pese a sus limitaciones presupuestarias se convertiría en una de las escenas más icónicas del género.


Uno podría imaginarse que Jackson, cómodo en estos films, seguiría esa línea pero mostrando un inesperado interés por otras formas de cine presentaría en 1994 Criaturas celestiales, un drama de época sobre dos chicas que forman una amistad muy cercana hasta terminar matando a la madre de una de ellas. El film no sólo era un cambio de registro del responsable (que fue recompensado con su primera nominación al Oscar) sino también el debut en cine de Kate Winslet, actriz que más adelante pasaría al estrellato absoluto con la mega conocida Titanic. Luego realizaría lo que podría llamarse la prueba para pasar a las producciones de gran presupuesto, una aventura de terror con Michael J. Fox llamada The frighteners, y finalmente conseguiría la gloria con la trilogía fantástica, que lo llevó también más adelante a cumplir el sueño de hacer su versión de King Kong en una enorme producción que dividió a crítica y público. Pero Jackson no se olvidaría de sus raíces gamberras, e inmediatamente luego de Criaturas… en 1995 co-dirigiría La historia oculta del cine.

Este es un falso documental de menos de 1 hora que se exhibió originalmente en el canal estatal de Nueva Zelanda, promocionándose como un material serio que prometía revelar la historia de Colin McKenzie, un antiguo cineasta de su país que había sido olvidado con el tiempo por todo el mundo. La historia que cuentan Jackson y el co-director Costa Botes abarca desde principios del siglo XX hasta la Guerra civil española, mostrando primeramente cómo el supuesto director habría inventado de forma casi casual técnicas de filmación absolutamente impensadas para la época, e incluso realizar películas sonoras y a color. Lo que le sigue es una narración cruzada entre las hazañas artísticas de McKenzie y la búsqueda en la actualidad de un épico set donde estarían escondidos los carriles de su Magnus opus, una ambiciosa representación de la historia bíblica de Juan el bautista y Salomé. Como puede esperarse el producto tiene un humor bastante tonto pero simpático, mostrando el respeto de Jackson al cine más antiguo y hasta logrando atrapar al espectador con los constantes giros y complicaciones de la vida del protagonista. Los propios creadores revelarían días después que todo el asunto se trató de una rebuscada broma al público, pero estaba filmada con tanto compromiso que logró engañar a muchos.

El siguiente acercamiento del neozelandés al género sería muchos años después de La historia oculta… pero no lo tiene en la silla de director sino en la de productor. Los chicos de Memphis de la directora Amy Berg aborda un delicado tema: en 1993 en el estado de Arkansas tres niños fueron encontrados asesinados y horriblemente mutilados en un arroyo. Luego de intuir que podría tratarse de un asunto con fines satánicos tres chicos fueron acusados y condenados por el crimen: uno de ellos a muerte y otros dos a perpetua. Luego de muchos años en los que el trío permaneció en prisión se encontraron nuevas evidencias que apuntaban directamente a otra persona como el asesino y mostraban que los tres eran inocentes. Empezó así una extensa campaña alrededor del mundo para pedir a la justicia que libere a los hombres; campaña a la que se unieron, entre muchos otros, Peter Jackson y su esposa, quienes incluso donaron dinero para hacer nuevas investigaciones con el fin de aportar más material para la causa. El documental, a pesar de su excesiva duración, es muy interesante ya que recrea minuciosamente el largo proceso judicial por el que pasaron estos individuos y las distintas razones por las cuales el sistema decidió juzgarlos sin investigar demasiado. En este punto medio entre aquel falso documental y la obra mayor de Jamás llegarán a viejos se puede ver claramente el proceso de transición del realizador, quien ya vería de lejos su etapa juvenil e irreverente y trataría de poner la fama de su nombre en disposición de historias serias e importantes que merecen mayor difusión.

La carrera del director seguiría con el melodrama Desde mi cielo y la trilogía El hobbit, precuela de El señor de los anillos aunque sin tanta cantidad de garra o inspiración. Lo que queda claro a través de este breve repaso es que Peter Jackson es uno de los cineastas más curiosos de la actualidad, un artesano que ha sabido ponerle su toque a todo lo que ha hecho y un profundo apasionado por el cine que nos dió algunas joyitas desde lo más bizarro hasta lo más épico. Su último trabajo es una obra de altura, un documental fascinante por su técnica y su agilidad narrativa, que muestra que todavía existe espacio para la originalidad en cualquier género. Un realizador que evolucionó en pantalla y hoy, más de 30 años después de su debut, presenta su maduración definitiva.

JAMÁS LLEGARÁN A VIEJOS (They shall not grow old, Reino Unido/Nueva Zelanda, 2018) Dirección: Peter Jackson. Montaje: Jabez Olssen.


 

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