Polanski a medio siglo de una cumbre del horror

Por Amílcar Nochetti (*)


CINEASTA. Pocos realizadores han sido tan discutidos como Roman Polanski, pero no por su obra sino por sus vivencias personales. Su matrimonio en 1959 con la actriz polaca Barbara Lass dio paso al escándalo cuando, después de divorciarse en 1962 y huir a Londres en 1964, terminó casándose en 1968 con la joven y bella estadounidense Sharon Tate. En ese momento los moralistas de extrema derecha se comenzaron a revolver, y ni siquiera se ablandaron ante el horrendo asesinato de Sharon llevado a cabo por el Clan Manson. Para ellos, eso fue un castigo divino. Nuevos odios surgieron en 1977, cuando el director fue acusado de haber mantenido relaciones sexuales con una chica de 13 años. Declarándose culpable, Polanski pasó 42 días en una prisión de California bajo evaluación psiquiátrica, y huyó del país antes de conocer el fallo del juez. Cuatro décadas han pasado y todavía no ha vuelto a Estados Unidos, pero los odios aún siguen vivos: las feministas lo hostigan diariamente y acaba de ser expulsado de la Academia de Hollywood. Su constante predilección por chicas jóvenes (su ex pareja Nastassja Kinski y su esposa Emmanuelle Seigner podrían ser hijas suyas) agregó leña al fuego de la moralina derechista, que terminó acusando al director de “disolvente capaz de carcomer las bases cristianas de la sociedad”. Los abanderados de la izquierda rígida en cambio lo tacharon de “renegado del socialismo, que decidió pasarla lo mejor posible en medio de los decadentes placeres capitalistas”.

Con más sensatez puede reconocerse en Polanski a un autor cuyos temas se instalan en un nivel provocativo de verdadero talento, con el énfasis puesto en asuntos sexuales, misoginia, fuerzas demoníacas que acechan al individuo, bastante violencia y humor negro. Con ese cóctel Polanski se ha permitido lanzar una mirada singular a la torturada psicología de sus protagonistas. La coherencia de esa obra es de tal magnitud que los personajes han llegado a estar definidos mediante el vestuario, la iluminación y el maquillaje. Una o varias de esas vertientes estéticas y conceptuales pueden verse en sus obras más logradas, entre las que hay que citar El cuchillo bajo el agua, Repulsión, Barrio Chino, El inquilino y Tess, pero también en títulos menos enjundiosos aunque siempre logrados y muy personales (Cul-de-sac, La danza de los vampiros, Macbeth, Perversa luna de hiel, La muerte y la doncella, El escritor fantasma). Sin embargo, ninguno de ellos logró la perfección estilística y la solidez de contenidos que exhibe la película que se erige como su mayor culminación, la magistral El bebé de Rosemary, que acaba de cumplir medio siglo de vida.

OBRA MAESTRA. El despojamiento absoluto de todo aquello que resulta accesorio y el ir en concreto a lo que importa caracterizaron a El bebé de Rosemary, y esto desde luego definió el estilo narrativo que desde el inicio había elegido Polanski. Obra abierta, siguiendo la difundida definición de Umberto Eco, esta película encierra más de un significado y puede ser leída de muy diversas maneras, mientras su director presenta una Nueva York cotidiana y a la vez siniestra, habitada por una joven pareja (Mia Farrow, John Cassavetes) en el preciso momento en que atraviesan una crisis. La misma comienza y crece desde el momento en que la chica queda embarazada.

Palabras mayores del cine de terror, la película no escatima por ello el suspenso ni el misterio, al punto que en el momento de su estreno montevideano la Curia y algunos colegas de la época recomendaban a las mujeres embarazadas no asistir a su proyección. Más allá de esa anécdota perteneciente a un Uruguay que ya fue y dejó de ser, lo que verdaderamente debería importar es la circunstancia por la cual Polanski en El bebé de Rosemary pautó, con enorme sutileza, un crescendo dramático iniciado en la angustia y las amenazas premonitorias, y culminado con la revelación de una verdad que, si se pudiera confirmar, resultaría espantosa. No obstante, todo lo que ocurre en esta película perfectamente podría tener una explicación lógica, y si en torno de la joven Rosemary se entrometen unos brujos de carne y hueso (Ruth Gordon, Sidney Blackmer, varios más), siempre queda el recurso de suponer que los mismos no son más que unos tipos extravagantes o, mejor aún, unos pobres viejos maniáticos.

Por otro lado, permanece abierta la posibilidad de pensar que Rosemary es sólo una neurótica y que, como resultado de esa condición, su mente enfermiza distorsionaría una serie de hechos absolutamente normales. Una tercera posibilidad nos llevaría asimismo a suponer que sea factible algo bastante más terrible: Satanás coexiste entre nosotros y posee un poder supremo. La experiencia de Rosemary se haría, desde semejante punto de vista, aterradora. En forma muy inteligente Polanski, en su doble faceta de director y guionista, nos permite quedar libres para optar entre una de tantas posibilidades. ¿Qué obra maestra, después de todo, no permite diversas y superpuestas interpretaciones? Lo único realmente cierto al ver El bebé de Rosemary es que es una de esas películas que mantiene en vilo al espectador, una obra en la cual lo macabro encierra sorpresivas y por momentos insólitas facetas humorísticas, y donde se plantea en forma fascinante la existencia de un posible mundo paralelo con el “normal” en el que nos movemos todos los días.

Una estupenda fotografía de William A. Fraker, una no menos elogiable adecuación escenográfica y una actuación sensible, matizada y con los nervios a flor de piel de Mia Farrow (una de las tres mejores de su carrera, junto a las que brindó en Terror ciego y La rosa púrpura del Cairo), son algunos de los elementos arrebatadores usados por Polanski en El bebé de Rosemary. Todo ello le sirve para redondear una obra singular. Debe agregarse que Mia Farrow compone con facetas múltiples su personaje de chica desvalida, profundizando en la dramática instancia de la protagonista y plegándola al dictado de una ambigüedad insertada de principio a fin de manera casi permanente. Pero no es la única que brilla en el elenco. A su lado cabe destacar la presencia del mítico John Cassavetes, muy sutil en su rol de resbaloso marido; de Ruth Gordon, siniestra y a la vez caricatural, en un rol que le valió un Oscar; de Sidney Blackmer, veterano actor de reparto que aquí luce decantadamente amenazador; y de Ralph Bellamy, presentado de manera muy estilizada, en un probable doble juego, como médico de Rosemary.

Roman Polanski se reveló en El bebé de Rosemary como un verdadero maestro de ultratumba y de un más allá sugeridos apenas con el mínimo de elementos. Empero, a la hora de dar a conocer su película había declarado que no creía en el demonio. Esto no impide que Satanás marque su fuerte presencia en el film, que con el correr del tiempo ha servido de fuente de inspiración a títulos más espectaculares pero menos auténticos, como El exorcista y La profecía (y sus respectivas secuelas y remakes). En El bebé de Rosemary en cambio Polanski se afilió a la tradición del viejo expresionismo alemán en su variante polaco-judía (con El Golem a la cabeza), y con ella redondeó un logro excepcional en el género. Mal que le pese a las feministas y los dogmáticos de derecha e izquierda, Polanski es un maestro del cine, un artista audaz que en sus mejores títulos experimentó con una sabia combinación de formas y contenidos, y de esa manera pudo dejar constancia del desajuste del ser humano consigo mismo y con el mundo que lo rodea. Ese universo artístico, por supuesto, parece inseparable de sus terribles vivencias personales. Quizás por eso Polanski siga resultando un cineasta particular y talentoso, y El bebé de Rosemary aún luzca tan moderna e inquietante como medio siglo atrás.

 


(*) Publicado en el semanario Voces

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