Sobre Bakunin Sauna: Del caos disruptivo a la dramaturgia post todo


Por Luis A. Fleitas Coya

Dos jóvenes notables.  Santiago Sanguinetti nacido en 1985 y Gabriel Calderón nacido en 1982, junto a otros jóvenes dramaturgos de la última década y media como Jimena Márquez y otros como Sergio Blanco, han venido a constituir una revitalización renovadora de una literatura teatral nacional que venía derrapando en la inercia, en el tedio y en la repetición.

La aparición de ambos fue inesperada cuando se produjo la eclosión y el éxito de Mi muñequita de un Gabriel Calderón de apenas 20 años, estrenada en El Galpón en el 2004, o de Ararat de Santiago Sanguinetti puesta en escena por la Comedia Nacional en el 2008.  Pero mientras que la obra de Calderón apunta a lo simbólico y a un juego de representaciones dentro de la representación, saliendo y entrando en la ficción teatral, la  de Sanguinetti apunta mucho más al ritmo de un lenguaje y un texto vertiginoso que a través de los personajes ametralla al público en una suerte de espontaneísmo y   asociación libre de ideas.  Lo cierto es que han devenido en dos dramaturgos excelentes y proficuos en su obra. Así, Gabriel Calderón ha escrito y estrenado  Mi pequeño mundo porno, Tal vez la vida sea ridícula (Uz-el pueblo, Or-tal vez la vida sea ridícula, Ex- que revienten los actores), La mitad de dios, y recientemente If-Festejan la mentira.

La obra de Santiago Sanguinetti.   Por su parte Santiago Sanguinetti  también ha escrito, publicado y estrenado obras sin cesar, entre las que tiene un lugar destacado su ya famosa  Trilogía de la Revolución, compuesta por  Argumento contra la existencia de vida inteligente en el Cono SurBreve apología del caos por exceso de testosterona en las calles de Manhattan y Sobre la teoría del eterno retorno aplicada a la revolución en el Caribe.

Breve apología del caos por exceso de testosterona en las calles de Manhattan  estrenada en el 2014 en el Teatro Circular, con una memorable actuación de Juan Graña en el papel del abuelo, incluyendo el delirante conflicto de pareja entre el joven nieto y su novia encerrada en el baño,  y la idea de la agresividad derramándose sobre la sociedad para combatir el capitalismo a través del contacto con el color rojo de las latas de Coca Cola, fue un hito.

En la misma línea también puede situarse  El gato de Schrödinger, que estrenó dirigiendo a la Comedia Nacional en 2016 en la Sala Zavala Muniz, mezcla de reflexiones sobre la física cuántica y el conocido experimento teórico de Schrödinger en el que el gato está vivo y está muerto al mismo tiempo (sobre el asombroso descubrimiento de que un átomo puede existir  y no existir simultáneamente, dependiendo de que se lo observe),  un vestuario de fútbol, y el destino individual,  en un entrevero tan filosófico, absurdo como ingenioso.


Bakunin sauna.  Como un reguero de pólvora y vidrio molido antisistema vertido en molde de humor vitriólico, así puede definirse  Bakunin sauna de Santiago Sanguinetti.

Revulsivo hasta la saciedad, el espectáculo es, más que provocativo, tenaz, irreverentemente explosivo.  Disrupciones en el texto, caos en el discurso ideológico, metodología de asociación libre, parafernalia dialéctica, todo eso lo asalta de golpe al espectador cuando comienza la obra y las dos viejas de 80 y 75 años comienzan su alocado discurrir, ametrallando al público con un inesperado voltaje y vitalidad revolucionaria para derribar todos los basamentos sociales, atentar contra la empresa de informática y robótica (IBM) en la que han trabajado toda su vida, y de la ahora están jubiladas.  Margarita (Nelly Antúnez) y Rosa (Myriam Gleijer) están en el sauna de un hotel de Las Vegas, donde se ha reunido funcionarios y directivos de la empresa para homenajear a sus ex empleados jubilados. La contraposición de opuestos es el disparador elegido por Santiago Sanguinetti para provocar simultáneamente el desconcierto y las carcajadas del público con un ritmo avasallante: las dos viejas hablan como adolescentes, se mofan de todo, y desde su edad se permiten cualquiera comentario cínico. Así, las dos personajes se consideran las revolucionarias de las revolucionarias, y dispuestas, ya de vuelta de todo, a iniciar la etapa de liberación de la sociedad y de la humanidad entera. No hay ningún plan genérico sino operaciones específicas, con ambas dispuestas a todo.

En esa primera parte,  Rosa, interpretada magistralmente por Myriam Gleijer (a esta altura un ícono actoral de nuestro teatro, imperdible en cada una de sus actuaciones) es la que lleva sobre sus hombros la obra, con sus extensos parlamentos en los que reflexiona y divaga sobre todo y sobre todos, como un meteorito, a toda velocidad, hablando, subiéndose encima de bancos, sillas y lo que sea, y bajándose, recorriendo el escenario de un lado al otro, incansable, indagando a Margarita e ignorándola casi en simultáneo. En suma, una tromba sobre tablas, toda tatuada, apenas cubierta por una toalla. Parece haberse adueñado de Rosa una especie de droga juvenil que la hace hablar y actuar como la más rebelde e inconformista de los jóvenes, mientras que Margarita le responde también con las mismas convicciones, pero mucho más calma y más parca, en una contraposición expresa y explícita.

La abrupta irrupción en escena de Bernardo, interpretado por  un Héctor Guido descacharrante,  con el pelo largo, bigotes sesentistas a lo Fu Manchú, en una moto, escuchando rock and roll pesado y también todo tatuado y envuelto en una toalla, es el apoteosis de la obra. Bernardo, también exultante y verborrágico,  sin parar de hablar, al punto que eclipsa a su esposa, Rosa, la desplaza y la sustituye como motor escénico.  Revolución, revolución, clama, y apunta al público, amagando disparar una  metralleta, parodia de la violencia ideológica desencadenada y eufórica. Héctor Guido es ya también una de las leyendas de nuestro teatro, e ir a verlo es garantía de una gran actuación.  Al punto que aquí en esta obra, cuando aparece, logra superar con creces los despliegues de Myriam Gleijer, ya de por sí excelente. Personaje memorable, Bernardo es la encarnación del grotesco y de lo irreverente.

Pero aún no ha llegado el desenlace de la obra. Éste se va a producir en una tercera parte, cuando aparece una suerte de robot con el aspecto de Mijail Bakunin cargado con toda la información sobre el mismo, y que se mueve y habla como el teórico del anarquismo. Es un engendro creado por Margarita, especialista en computación cognitiva, para llevar a cabo sus planes violentos y revolucionarios.  Bakunin es interpretado por Pierino Zorzino, y es el nuevo personaje que pasa a tener el papel fundamental de la obra, desplazando las anteriores y sucesivas primacías de Rosa y de Bernardo. Su áspero discurso es ortodoxo y caricaturesco al mismo tiempo, reproduciendo y sintetizando  las ideas y pensamientos del Bakunin real sobre la sociedad, la revolución y la desaparición del Estado y de la Iglesia, de manera fogosa y convocante a la acción directa, y que lleva a un espiral de violencia. Así es que este Bakunin robótico encabeza el apresamiento, secuestro y tortura de la Gerenta de la empresa, que aparece ingenuamente  en el sauna. Ema (Claudia Trecu), es al mismo tiempo víctima ingenua y patética; es notable el discurso con el que pretende calmar las furias revolucionarias, invocado  su sensibilidad con los niños pobres de África.

En el final, es Margarita la que toma el rol principal con frialdad y decisión, por su carácter de programadora de inteligencia artificial y creadora del engendro, cerrando la obra, y demostrando Nelly Antúnez una sobriedad actoral acorde a lo que el papel exigía.

La dirección del propio Santiago Sanguinetti por un lado le imprime a la obra una adecuada velocidad a los parlamentos y a los actos, y por otro lado, un exacerbado naturalismo incongruente con el irrealismo o absurdo del planteo, de  similar forma a  lo que señalaba Ionesco para sus obras.

¿La forma de la escritura es el mensaje?  Es cierto que la escritura teatral de Santiago Sanguinetti se atreve con casi todo, y que sus dardos no dejan títere con cabeza en cuanto tema toca, como por ejemplo,  los pliegues de la piel de la vejez que Rosa compara con el escroto:  “Desde los 75 tengo cara de escroto” le dice a su amiga Margarita, mientras el público delira.

En  una entrevista Santiago Sanguinetti dice que los textos le salen así, en lo que parecería ser una inesperada forma casi inconsciente de escritura que apela al humor sin rehuirle al grotesco, a las asociaciones más dispares y a veces disparatadas, al cinismo, a la caricatura, y a la desacralización de temas y mensajes sobre todo políticos. El mismo Santiago Sanguinetti confiesa haber sido poeta antes de escritor teatral,  lo que condice con ese permanente recurso de acercamiento y relacionamiento  intuitivo de temas muy lejanos entre sí, como lo plantea esta obra, vinculando la vejez y la jubilación con el ímpetu revolucionario, los tatuajes  con  el secuestro, el ambiente calmo de un sauna con la moto y  el rock and roll.

No hay dudas. En el teatro de Santiago Sanguinetti lo que prima es el lenguaje, no como forma de aderezo o lucimiento, sino como método, es decir, como forma de relacionar conceptos a velocidad y de manera contrastante, produciendo la sorpresa y la risa en el espectador, desafiándolo.

Sin embargo, bien mirados sus personajes son débiles en cuanto a carnadura intrínseca, más allá de la estridencia de sus chisporroteos discursivos, y la trama final, pese a lo novedoso del planteo, no deja de culminar en un previsible conflicto entre humanos y robot que se descontrola pasando del anarquismo y de Bakunin a creerse Charles Manson.  Desde este punto de vista, el teatro de Santiago Sanguinetti cede en su impulso y deriva hacia zonas más trilladas y previsibles.

Dramaturgia post todo.  No puede encasillarse este teatro en los moldes de la comedia negra, o del teatro del absurdo, o del grotesco; tampoco es un teatro nihilista. Es un teatro que tiene un poco de todo eso, pero que al mismo tiempo es distinto; como si utilizara todos sus resortes sin encasillarse, yendo más allá de esos planteos y propuestas estilísticas o conceptuales. Sin dudas Santiago Sanguinetti se anima y se arriesga sin prejuicios frente a todo el enorme paradigma del teatro confrontativo y revulsivo y de autores como Jarry, Artaud,  Ionesco,  Genet, Beckett, Pirandello, Pinter, Darío Fó, o hasta el mismo Roberto Cossa.

Sus mayores aciertos están en las propuestas del texto, en sus aciertos y en sus desmesuras, y en los asombros y risas que provoca en el espectador, animándose a navegar por nuevas y más filosas aguas.

Por momentos caótico, por momentos disruptivo, bien puede asimilarse un teatro de estas características a una dramaturgia post todo.  

Funciones: sábado 21:00 – domingo 19:30 horas.

Teatro El Galpón Sala César Campodónico.


 

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