Sobre “Los cumpleaños de Irina” y “Éramos tres hermanas”

Por Luis A. Fleitas Coya


Los cumpleaños de Irina sobre Villa Dolorosa de Rebekka Kricheldorf. (Teatro El Galpón)

Éramos Tres Hermanas. Jugando con Chéjov de José Sanchis Sinisterra. (Comedia Nacional, Sala Verdi)

Emulando a Chéjov.  En el 2018 se dio un fenómeno inusual en nuestra cartelera teatral pues no es común que se pongan casi simultáneamente en escena dos obras basadas o inspiradas a su vez en un mismo texto dramático. El cumpleaños de Irina basada en Villa Dolorosa (tres cumpleaños fracasados) de la alemana Rebekka Kricheldorf, estrenada en el Teatro El Galpón, con dirección de Villanueva Cosse, y Éramos tres hermanas. Jugando con Chéjov del español José Sanchis Sinisterra, estrenada por la Comedia Nacional en la Sala Verdi y dirigida por Ramiro Perdomo, constituyeron sendas  versiones de Las tres hermanas de Chéjov, esa obra maestra del teatro de inicios del siglo XX.

En este año 2019, ha vuelto a escena El cumpleaños de Irina, en El Galpón.

Las tres hermanas.  Poco es lo que puede adicionarse a toda la inmensa literatura teatral que se ha escrito sobre Chéjov, sobre su sutileza, sobre lo sugerido  y no dicho, sobre su lirismo latente, sobre su talento genial. Sin embargo,  aún hoy el lector o espectador no puede leer o ver el teatro de Chéjov sin que lo asalte la sorpresa y la admiración.  En sus obras, sin mayores referencias ni indicaciones, de pronto, súbitamente, y exclusivamente a través de los actos y los diálogos de los personajes, aparecen retratados el espíritu humano, la esencia misma de los hombres y mujeres  de la sociedad en que transcurre la obra, y al mismo tiempo, la de los hombres y mujeres de todas las épocas,  todo con tal grado de incisión y profundidad que corta el aliento.

Pero lo más notable es que ese retrato jamás es explícito.

Ha sido señalado con razón que el uso sistemático por parte de Chéjov de los tres puntos suspensivos a continuación de las frases que dicen los personajes son una llave para acceder al lenguaje cifrado del autor; le señalan al lector los pensamientos y emociones que los personajes no manifiestan expresamente. Son así mismo una guía para los actores  que deben actuar y decir el texto,  callando, bajando el tono de la voz, ralentizándola, impregnando la escena de ambigüedad, haciéndolo de forma tal que lo no dicho quede debidamente sugerido. Por otra parte el teatro de Chéjov es lo opuesto a la ampulosidad, y requiere sencillez actoral a la par que la ya referida intensidad. Vladimir Nemiróvich-Dáncheko, director artístico del Teatro de Arte de Moscú, contemporáneo de Chéjov, y principal artífice de que Chéjov no abandonara la escritura teatral luego de sus estrepitosos fracasos iniciales y la incomprensión y el rechazo de la crítica, sostenía: “En las obras de Chéjov el actor no puede vivir solo con las palabras que pronuncia en el momento y con el contenido que se evidencia a la primera lectura. Cada personaje de Chéjov lleva en sí algo no expresado, algún drama oculto, algún sueño oculto, viviencias ocultas, toda una vida que no está expresada en la palabra” (citado por Galina Tomalcheva, en el prólogo a Anton Chéjov. Teatro completo Ed. Sudamericana).

Sin embargo, pese a lo subyacente en sus textos, Chéjov no es un autor hermético. Va sembrando aquí y allá pistas y datos que alumbran el carácter de sus personajes y el sentido de la obra. En Las tres hermanas, en el primer acto Olga e Irina expresan su sueño de vender la casa, liquidar todo e irse cuanto antes a Moscú; pero, mientras que es el cumpleaños de Irina que se siente radiante, Olga, profesora del liceo femenino y que solo tiene veintiocho años se siente vieja y que va perdiendo la juventud; anhela casarse y amar a un marido. En el segundo acto, Irina, que es pretendida por dos personajes que se le declaran, Tussenbach y Soloni, sin embargo es la que llena de angustia, cierra el acto con su famosa “¡A Moscú!  ¡A Moscú!  ¡A Moscú!”.  Y Masha, casada con Kuliguin, también profesor del liceo, se enamora del oficial Vershinin que a su vez está casado con una mujer loca que permanentemente amenaza matarse ella o matarlo a él.

Kuliguin le expresa a cada rato su amor a su esposa Masha, y remata “Estoy contento, estoy contento, estoy contento” y ésta le responde “Estoy harta, estoy harta, estoy harta”, en notable retruécano apenas disfrazado con  la explicación de referirse a las deudas de juego de su hermano Andréi.

El barón Tusenbach representa la aristocracia parasitaria que no trabaja, (“No he trabajado ni una sola vez en mi vida”, dice), y ansía él mismo purificarse mediante el trabajo, al punto de lanzar su conocida premonición de la entonces futura e ignorada revolución en ciernes,  expresando que ya está en marcha la tormenta sana y fuerte que aventará de la sociedad la pereza, la indiferencia y los prejuicios contra el trabajo. Dice que va a trabajar y que dentro de veinticinco o treinta años todos lo harán, cosa que él nunca hace, por supuesto.

Como todo en Chéjov, si bien la obra se titula Las tres hermanas,  en realidad se trata de cuatro hermanos. El cuarto hermano, Andréi Prózorov, contrariamente a los deseos de sus hermanas de que sea un hombre de ciencia y que llegue a ser profesor universitario,  solo es un funcionario del Consejo Provincial sumiso y mediocre que termina lleno de deudas de juego; se enamora de Natasha en el primer acto, pero  en el cuarto pronuncia su frase “La mujer es la mujer” en referencia a que luego del enamoramiento y del casamiento, la mujer se convierte en un ser vulgar.  Natasha a su vez lo engaña a la vista de todos con su jerarca, el Presidente del Consejo Provincial, Protopópov.

Otro notable personaje, Chebutikin,  el médico  alcohólico para cuya construcción Chéjov se valió de su conocimiento de la profesión, pues él mismo era médico, hace gala de uno  los puntos más altos de la obra en cuanto a cinismo cuando expresa que los demás creen que es un médico que sabe curar todas las enfermedades, pero que en realidad él ha olvidado todo lo que sabía y que lo que hace es fingir.

Lo que más impacta de la obra es su dualismo de áura nostálgica y anhelante, y así mismo su sensación de estancamiento. Seres jóvenes pero que se sienten envejecer y decaer,   seres que viven en un presente que no pueden asumir como suyo prefiriendo añorar un futuro que no verán, y  seres que lo tienen todo pero que prefieren lamentarse por lo que nunca harán. La contradicción interior es el planteo esencial del universo chejoviano, pues todo lo que los personajes sienten es contrario a lo que viven. Es tan fuerte esta impronta de contradicción entre apariencia y subjetividad que incluso se traslada hasta al ámbito espacial, pues curiosamente  la localidad en la que se desarrolla la obra no es ni un pueblo ni una localidad perdida -que es la impresión que se sugiere veladamente a  los lectores cuando la leen o a los espectadores cuando ven la obra-, sino que externamente es presentada como una ciudad importante por el propio autor, que señala al principio que “La acción se desarrolla en una capital de provincia”, e incluso en el texto se expresa que es una urbe de  cien mil habitantes.  Una vez más, se dice una cosa, pero se sugiere otra.

El particular lirismo de Vershinin en el primer acto, con palabras que repite de manera similar en el tercero, parecen contener la médula misma de la obra: “Dentro de doscientos, trescientos años, la vida en la tierra será increíblemente hermosa, asombrosa. El hombre necesita una vida así,  si por ahora ella no existe, su deber es presentirla, esperar, soñar, prepararse para ella…

En  Tres rusos Gorki sostenía que el Verchinine (o Vershinin) de Chéjov imagina la belleza en el futuro, sin darse cuenta que a su alrededor todo se descompone (Tres rusos, Ed. Calomino, pág. 106). Sin embargo bien puede decirse que el idealismo de Verhinin representa la imposibilidad  de asumir la vida tal como es.

Curiosamente esta obra tan sutil y tan bien elaborada, fue escrita por Chéjov directamente para sus representación por el Teatro de Arte de Moscú de manera bastante apurada, al punto que iba enviando los actos a medida que los terminaba, con cambios sobre la marcha, como la sustitución de un largo monólogo de Andréi por las palabras que ya hemos analizado “la esposa es la esposa” (Stanislavski, Mi vida en el arte, Ed. Arte y Literatura, 1986, pág. 262).

Contemporaneizando a ChéjovLos cumpleaños de Irina, sobre la base de Villa Dolorsa (tres cumpleaños frustrados) de Rebekka Kricheldorf (Alemania, 1974), propone una puesta a punto de Las tres hermanas de Chéjov en  clave contemporánea. Así, la obra mantiene el trío de personajes de Las tres hermanas, las hermanas Irina (interpretada por Soledad Lacassy), Olga (Elizabeth Vignoli) y Masha (Guadalupe Pimienta); al cuarto hermano, Andrei (Pablo Pipolo); a Vershinin, el enamorado de Masha, aquí solo con el nombre de pila Georg (Pablo Robles);  y la que parecería representar a Natasha, la mujer de Andrei, con el nombre Janine (Melisa Artucio). Claro que  reformulando sus principales sentimientos y conflictos, enmarcándolas en el hoy por hoy de la sociedad actual, y de los jóvenes, entendiendo por tales la sociedad actual alemana burguesa, y los jóvenes alemanes de esa clase social.

En reportaje realizado por Mauricio Rodríguez y publicado en Granizo.uy (5/4/2019),  su director Villanueva Cosse explica que versionó la obra para corregir un “exceso de ingenio” del original, y ciertamente,  aún después de esa decantación, el texto se muestra agudo y perspicaz a la hora de mostrar a los personajes como jóvenes desencantados e insatisfechos en una sociedad europea opulenta,  decadentes en su situación económica y en sus subjetividades, con cierto esnobismo intelectual y hasta una llamativa xenofobia. Al igual que en el original de Chéjov,  aquí se mantienen la subjetiva  insatisfacción  de Irina, el hastío de Olga, el desprecio de Masha por su marido,  el enamoramiento de Georg (Vershinin) por Masha así como su insatisfacción por la vida que le toca vivir y su anhelo de un futuro que no verá, y el carácter frustrado de Andréi, mientras que Janine (Natasha) en su sensualidad parecería ser el personaje que en su reformulación actual sería quien podría escapar al clima de decadencia burguesa que trasunta toda la obra.

Los hermanos,  jóvenes de la sociedad moderna burguesa y alemana, parecerían estar condenados al hastío de sí mismos y de su condición inteligente y culta, y por la buena condición económica que vivieron con sus padres, sentirse superiores y despreciar el trabajo y las condiciones de una vida socialmente más baja. Sin iniciativas, a la deriva en una mansión heredada que se viene abajo,  rechazan todo lo que sea esfuerzo y  todo lo que les resulta aburrido. Es Janine, la novia o pareja de Andréi,  de condición social inferior, la que va a poner la nota distintiva en ese panorama.

La obra se divide en tres actos, que son los tres cumpleaños sucesivos de Irina, y que se frustran por diversas circunstancias, desde el primero en el cual Irina, pese a sus deseos de festejar en buena forma, se aburre. Tampoco sabe a qué dedicarse. ¿Qué le espera, una terapia psicoanalítica, un cambio de planes de estudio, un nuevo proyecto de vida? En fin, la incertidumbre, la insatisfacción, el desasosiego, una y otra vez, de forma machacona y deslucida, tras lo cual la autora parece querer mostrarnos  que no hay nada.

Lo más llamativo del contenido de la obra es esa falta de sentido intrínseco y de valores auténticos de esos personajes, aún soterrados, y de los que bien podrían estar dotados aún con sus conflictos y sus insatisfacciones, para no ser meras apariencias huecas, como lo son. Un teatro, pues, que apunta al vacío de esas personalidades, y que el director Villanueva Cosse se cuida muy bien de subrayar.

En cuanto a las actuaciones de esta puesta en escena de El Galpón, las actrices femeninas se desempeñan de buena forma, con especial destaque de Melisa Artucio en el papel de Janine; Pablo Pipolo compone correctamente su personaje Andrei, destacándose en las situaciones chirriantes o humorísticas,  las cuales, como se sabe, son su fuerte, y Pablo Robles debió afrontar la difícil tarea de dar con el tono que requería un personaje como Georg que tiene la pesada carga de la complejidad del Vershinin del original de Chéjov.

Respecto a la dirección, es imposible desconocer la enorme capacidad de su director, Villanueva Cosse, devenido en una leyenda viviente del mundo teatral, para mostrarnos un espectáculo ágil, agudo, y desconcertante en cuanto a la exhibición descarnada del vacío de los personajes.

Deconstrucción. “Deconstrucción” es lo que rezaba el comentario del director Ramiro Perdomo (Montevideo, 1975), al presentarnos Éramos tres hermanas.Jugando con Chéjov, que se estrenara en el 2018 por la Comedia Nacional, en la Sala Verdi. Y se explicaba: de lo que se trataba era de romper, retorcer, buscar en los entramados de las obras teatrales. Citaba la obsesión de Heiner Muller  con la perfección de Hamlet, que lo llevó a crear La máquina Hamlet  para atacar y cuestionar la primera. Era lo que se intentaba a través de esta obra, reelaboración de Las tres hermanas de Chéjov,  por José Sanchis Sinisterra. El director postulaba para ello que la lógica teatral no es una sino varias, que buscaba demoler la obra original para entender los “íntimos filamentos que impulsan la teatralidad de estos personajes”, que la búsqueda de sentido en la vida de los personajes se transformara en una búsqueda inmediata de sentido en las actrices en su cotidiano vivir,  ¿qué sentido tiene hacer teatro?, ¿saldrá bien la obra? Para este director no había respuestas sino que se trataba de demoler las preguntas y las respuestas de las actrices y de los personajes, como un polvo escénico en su más reducida posibilidad.

El desafío era pues, no menor.

José Sanchis Sinisterra (Valencia, España, 1940) el autor de la obra,  dramaturgo y  director teatral, ha sido catalogado como gran renovador de la escena hispánica, y asentado en el local La Corsetería, en el Lavapiés, el barrio más multicultural de Madrid, donde funciona su Nuevo Teatro Fronterizo y su Taller de Interpretación,  a sus 78 años continúa pregonando que enseña para aprender, que la creación está íntimamente ligada a la investigación,  y que el arte tiene que ser permanentemente cuestionado. Sostiene que debe buscarse modificar el denominado “horizonte de expectativa” para elevar la mira en relación al “no público” (aquel ajeno al teatro),  acceder a las “dramaturgias ausentes” (aquellas que no llegan a España),  promover las “dramaturgias inducidas” mediante el tratamiento de temas como la invisibilidad de la mujer, la memoria histórica, la laicidad, y los ecológicos o de planeta vulnerable.

En entrevista del 26/1/2018 publicada en formato digital por El Cultural, este insigne pedagogo del teatro contemporáneo señala que la deconstrucción implica que aún todo sistema dotado de unidad de sentido como lo es un texto teatral, muestra fisuras o resquebrajaduras, así como diversidad de voces que fracturan el discurso. “Deconstruyendo se puede ocasionar una masacre pero también revelar nuevas dimensiones”, dice, y subraya la búsqueda del subtexto, la ambigüedad y  la polisemia.

En otras entrevistas ha dicho que  un buen texto dramático debe permitir la hegeliana tríada dialéctica reconocimiento-desconocimiento-conocimiento, o sea un reconocimiento primario de lo que el texto muestra en la apariencia o superficie, a lo que se opondrá luego un desconocimiento cuando se entra a bucear en zonas más profundas o desconocidas que generan incertidumbres y rechazos, seguido de una superación de esa contraposición o conflicto  a través de un nuevo conocimiento del texto. Por otra parte, aunque se declara contrario a la noción de escuela porque prefiere decir lo que no se sabe, revela como sus maestros a Brecht, Kafka, Beckett, Pinter, Cortázar, de los que se declara epígono.

El esquema básico para la comprensión de Éramos tres hermanas de Sanchis Sinisterra es la supresión de todos los demás personajes que plantea la obra original de Chéjov, dejando en escena solamente a los tres personajes principales: Olga, Masha e Irina Prózorov, ubicadas además en una zona temporal posterior a la de la obra original, por lo que en Éramos las tres hermanas rememoran lo que ya vivieron. Desde el punto de vista espacial continúan situadas ya para siempre en esa localidad  de provincias en que las ubicaba la obra de Chéjov.  En  la versión de Sanchis Sinisterra, las únicas que parlamentan son los tres personajes femeninos que a su vez relatan partes de los diálogos con el resto de los personajes suprimidos -casi todos hombres-, así como sus monólogos, de la obra original.  Las tres hermanas conservan de la obra de Chéjov, no solo los colores de sus vestimentas (azul Olga, blanco Irina, y negro Masha), también sus esquemas psicológicos; pero a partir de allí, juegan, bailan, se mueven por el escenario recitando, vistiéndose y desvistiéndose, en un juego aparentemente libre aunque ancladas cada una en sus moldes que retoman una y otra vez, cíclicamente.

En la puesta en escena de la Comedia Nacional, la escenografía de Lucía Tayler apuntaba a una estructura con cierto sesgo piramidal, con por lo menos tres niveles con escalones por los que bajaban y subían las protagonistas, y una cúspide plana donde se sentaba Olga (Cristina Machado) y dialogaba con Irina (Natalia Chiarelli) y Masha (Lucía Sommer), lo que sugería que Olga  era el núcleo central que atraía y repelía a las demás, y a ello nos llevaba en síntesis,  la reducción eidética del sentido esencial de la obra que nos proponía el director Perdomo.

Vaya una especial mención a Cristina Machado, quien, entre los vaivenes subtextuales y polisémicos por los que transitó  Éramos tres hermanas, interpretó su personaje con tales matices actorales y tal fortaleza, que hizo vislumbrar por momentos toda la sugestión y expresividad del texto chejoviano y nos lleva a pensar en qué magnífica Olga hubiera sido en una puesta en escena de la  original Tres hermanas.

Actualidad, intelecto, atemporalidad, emoción.  Los cumpleaños de Irina y Éramos tres hermanas, constituyen por supuesto una nueva visión o una revisión de la obra de Chéjov, que deben  apreciarse como tales.

Sin embargo del lirismo y toda la nostalgia de Las tres hermanas,  en Los cumpleaños de Irina solo encontramos ecos entre el vacío existencial de jóvenes burgueses decadentes y carentes de autenticidad, y en Éramos tres hermanas, fragmentos disociados y alternados en un espectáculo frío y distante. El tipo de puesta en escena contemporánea que plantean Los cumpleaños de Irina en clave de actualidad, y  Éramos, deconstrucción mediante, apelan más que nada al resumen del conflicto en versión de vacío de la sociedad moderna que raya la obviedad, y al intelecto y a la razón del espectador que debe bucear y buscar  los múltiples sentidos y resonancias que propone Sanchis Sinisterra en Éramos.

Contrastan con  las entrañables obras de Chéjov que apuntaban a la atemporalidad de la angustia humana, y a la complejidad de la sutileza y  emoción de lo sugerido y de lo no dicho. Qué cosa tan admirable es que a más de cien años de su estreno,   Las tres hermanas  siga inspirando a dramaturgos contemporáneos que aquí y allá replantean y vuelven a mostrarnos una y otra vez, aunque con nuevos y diversos ropajes, las mismas viejas  incertidumbres y anhelos de que nos hablara el gran Anton.


 

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