“Suspiria”: el infierno de una bailarina


Por Martín Imer

Durante el visionado de Suspiria comencé a tener una sospecha que a lo largo de su metraje comenzó a convertirse en certeza hasta llegar a los créditos finales: a Luca Guadagnino no le debe gustar el cine de terror. O al menos el cine comercial de este maltratado género, que semana a semana vuelve a ser explotado en la pantalla grande, exprimido hasta el hartazgo en producciones de dudoso nivel y nulo contenido. Por supuesto que hay – pocas – excepciones, como los recientes estrenos de El legado del diablo y La bruja, pero la mayoría de los films de terror navegan en un océano de profunda mediocridad. Ya que es el género que más vende en salas pareciera que los productores simplemente tuvieran un objetivo en mente: hacer un producto en poco tiempo, barato y que sea redituable. El ingenio es el primer prescindible de la lista, como siempre, y luego lo sigue la calidad. Pero pareciera que el director de Llámame por tu nombre y El amante se despertó un día dispuesto a revolucionar el género, abrir un camino nuevo y ser como un Colón en una tierra desconocida. Tamañas pretensiones sólo podían venir de un talento en ascenso, pero lo que sorprende es de donde viene: las dos mencionadas, junto con otras de la corta filmografía del realizador, son dramas sensibles, hasta jugando en la línea del melodrama, con particular interés en la belleza estética y con pocas aspiraciones comerciales.

En pocas palabras: la Suspiria original y Guadagnino son dos mundos completamente distintos. Aquella, estrenada en 1977, se inscribe en el llamado giallo italiano, una vertiente de terror extremo y sangriento, y causó impacto en su época convirtiéndose eventualmente en un clásico. No significa que sea muy buena: de hecho, a pesar de ser la más reconocida y celebrada de su director Darío Argento es un thriller con elementos gore que tiene lo de siempre, pero condicionada con una buena fotografía repleta de colores chillones y una icónica banda sonora; tal vez los dos elementos más identificables de la película. Tanto la original como esta remake comparten el punto de partida: la llegada de Susie Bannion, americana, a una academia de baile alemana. Susie llega atraída por el reconocimiento global de esta legendaria escuela, un lugar donde si la persona es talentosa puede quedarse sin pagar y actuar en las presentaciones que hacen para el público. La chica resulta ser una excelente bailarina — tan buena que llama la atención de la directora de la academia, Madame Blanc, y también de todo el staff del lugar, en donde se esconde un diabólico secreto: todas son brujas, preparadas para entregar a Susie como nuevo recipiente para Elena Markos, la líder del aquelarre.

Y ahí podría decirse que terminan las comparaciones entre ambas, ya que ésta decide sólo agarrar el esqueleto del guion original de Argento y  Daria Nicolodi para comenzar a explorar otras formas de contar relativamente lo mismo, tanto en lo narrativo como en lo estético. Ya las diferencias son notorias, teniendo en cuenta que esta versión dura 1 hora más que la del 77, su delicada fotografía utiliza colores apagados durante todo el metraje (a excepción del clímax, donde en la pantalla domina deliciosamente un rojo intenso) y la música por momentos genera una curiosa desconexión con la imagen que se acerca más a lo alternativo. La diferencia en los tiempos entre ambas se aprecia en pequeñas cosas: el desarrollo mucho más pausado y a fuego lento de la trama, el noble intento por parte del guion de encontrar en los personajes una profundidad mayor que en otros films del estilo, priorizando sus interacciones antes que un susto fácil, y un acercamiento mucho más radical pero discreto a la mitología que anteriormente sólo se había esbozado con frustrante superficialidad. Tiene además un trasfondo político, transcurriendo en el otoño alemán, en 1947 — algo que podría sospecharse como caprichoso pero que termina quedando bastante en sintonía con la creciente ola de violencia, incomodidad y dolor que se va sucediendo dentro de la tiránica academia. Pero el aspecto más curioso de esta adaptación es que en cierta forma intenta ser una reescritura y un refinamiento del material original, bajándole un cambio a su naturaleza excesiva y sus escenas aleatorias de torture porn, tratando de crear una suerte de versión definitiva de esta historia.

No es sorpresa que a Argento no le haya gustado nada, ya que esta película parece estar en guerra consigo misma, despreciando sus propios origenes y todo lo que la Suspiria original representa: ese cine comercial, excesivo, barato, sanguinario sin mucho motivo y exitoso sin requerir mucho talento artístico. La propia Elena Markos expresa en un momento el pensamiento que habrá rondando en la cabeza del mencionado italiano en su momento: “aquí no estamos haciendo arte“. Guadagnino pretende aleccionar sobre el género, diseccionando parte por parte sus tópicos y tratando todo el tiempo de esquivarlos. El asunto por un lado funciona, ya que el producto es uno de los más originales que hemos visto en cartelera en largo tiempo, desafiante incluso para el espectador más preparado y directamente cerrada para un público casual, pero por el otro resalta su mayor fallo que es el de no dar miedo. O al menos en la primera mitad, en la que el director rinde un gozoso homenaje a las técnicas estéticas del giallo, con zooms, cortes rápidos de edición y abundancia de planos generales. Recién sobre la mitad en adelante las secuencias de corte onírico y surrealista comienzan a aparecer lentamente y se transmite en la platea una sensación de incomodidad e inseguridad, que va avanzando junto a la trama para culminar en una alucinante media hora final — un festín impactante, perturbador, retorcido. Para llegar a esto, sin embargo, sacrifica el constante sobresalto, reemplazándolo por la potencia de unas estilizadas escenas de baile que capturan la atención del público y están filmadas con un pulso casi digno del cine de suspenso, dándole mucha energía y fuerza a la producción en los momentos que más necesita.

Suspiria es un intento radical de cambiar la cara del cine de terror actual (o de todos los tiempos) aunque su propia vanidad termine relegándola al placer de unos pocos. Es una película muy bien actuada, con una potente química entre sus protagonistas, con momentos hipnóticos y seductores, una trama interesante y un contexto curioso pero bienvenido, aunque también excesivamente larga, algo pedante y con una conclusión que no termina de aclarar correctamente sus misterios. Recomendar verla con la mente abierta tal vez se queda corto, ya que incluso un seguidor del cine de su director podría detestarla, pero si el espectador está preparado para seguir el juego que propone Guadagnino terminará conforme con el intento. Tal vez el cine de terror aún no encontró la película definitiva que lo reinvente, pero es positivo que se sigan explorando nuevos rumbos.

SUSPIRIA (Ídem, Italia/Estados Unidos, 2018) Dirección: Luca Guadagnino. Guion: David Kajganich. Música: Thom Yorke. Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom. Con Dakota Johnson, Tilda Swinton, Mia Goth, Jessica Harper. CALIFICACIÓN: 7/10.


 

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