Temporada 2018: 10 fracasos y dos títulos discutibles


Por Amílcar Nochetti

Definición de fracaso según el Diccionario de la Real Academia Española: “Resultado negativo de una cosa que se esperaba saliera bien”. Debido a ello conviene entonces aclarar al lector que no hallará en esta reseña las tonterías de terror usuales (que incluso pueden ser exitosas en taquilla, como La monja), ni esperpentos descerebrados estilo Bañeros 5, o películas tan pulidas como descafeinadas “onda” La chica en la telaraña. Y por supuesto tampoco habrá mención alguna para un título proselitista de una iglesia brasileña, que desde la pantalla llegó a pedir un rezo al Todopoderoso. Revisaremos en cambio diez films que por los quilates de sus autores o los premios que cosecharon auguraban cualidades ciertas, aunque a la postre revelaron una realidad creativa adversa. En orden alfabético son:

15.17: tren a París (USA, Clint Eastwood): Tres amigos estadounidenses que viajan por Europa (dos pertenecen al Ejército, un tercero es civil) enfrentan a un terrorista islámico en un tren con destino a París y, junto con otros pasajeros, lo dominan y evitan una masacre. Como en Francotirador y Sully, Eastwood vuelve a basarse en hechos y personajes reales, aunque aquí fue más lejos, confiando sus roles protagónicos a quienes lo fueron realmente: Spencer Stone, Alek Skarlatos y Anthony Sadler. En una de sus peores películas (junto a Firefox y El guerrero solitario), el anciano cineasta se distrae con los paseos de esos amigos por Roma, Venecia y Ámsterdam, filmando con increíble desgano y torpeza las peripecias de esos americanos que tiran monedas a la Fontana De Trevi, almuerzan frente al Gran Canal o dudan en visitar París. El resultado obtenido es un globo inflado hasta los 85 minutos, y el mayor fracaso de la temporada que acabó.

Averno (Bolivia, Marcos Loayza): Aquí había una idea excelente: contar una historia que permitiera usar y recrear paródicamente los espacios y personajes del submundo de La Paz, alimentándose de una frondosa mitología urbana originada en la mezcla de las culturas indígena y cristiana. A ello se suma la obsesión paceña por el disfraz y los seres del inframundo, más su conocida adicción al alcohol y la fiesta. La alusión mitológica es evidente (el joven protagonista, nuevo Orfeo, deberá descender al infierno de los penumbrosos bares para rescatar a su tío), pero el error de Loayza fue haber combinado el tono del film, que en todo momento debió ser paródico. Sin embargo hay fragmentos enteros que no son graciosos ni mordaces, por quererle dar al film mayor importancia artística, obligándonos a participar de un verdadero viaje iniciático cuando en realidad todo debió haber sido un divertimento. El resultado es un diamante mal pulido, pero ya se sabe que de buenas ideas está empedrado el camino al Averno.

Basada en hechos reales (Francia-Bélgica, Roman Polanski): Se centra en el vínculo de dos mujeres, una escritora enfrentada a un bloqueo creativo y una joven misteriosa que se mete en su vida y la incita a escribir una novela catártica. Entre ellas crece una relación tóxica cuando la joven pasa a encargarse de la agenda y la vida de la escritora, convirtiéndose en una amenaza más que en una amiga. Los principales reparos que se le pueden hacer a Polanski son los montones de sub tramas que quedan abiertas y alguna vuelta de tuerca previsible. La película quizás deba contarse entre sus mayores fracasos, después de Piratas. Aquí se lo ve muy poco original: cualquiera pudo haber hecho esta película. La música de Alexander Desplat ayuda a crear la atmósfera necesaria, pero la película cuenta una historia sencilla y la complica gratuitamente, sin mantener la tensión ni sacar suficiente partido de las carismáticas Emmanuelle Seigner y Eva Green.

El Potro: lo mejor del amor (Argentina, Lorena Muñoz): Es imposible no comparar este biopic sobre el cantante cuartetero Rodrigo Bueno con aquel sobre Gilda, donde se lucía Natalia Oreiro: la muerte de ambos ocurrió en accidentes automovilísticos, la directora es la misma, y el ambiente y la época en que se movieron son similares. Esas comparaciones elevan a Gilda, más allá que la joven cantautora parecía más querible que Rodrigo, un ser oscuro y quizás menos noble. El problema de este film es que toca de taquito un montón de tramas, pero entre canción y canción no desarrolla ninguna. Por su lado el joven Rodrigo Romero es un clon del cantante, pero no logra comunicar su perturbadora vida interior. De esa forma la película se ve falsa, y más sensación de fracaso trasmite si recordamos que Lorena Muñoz realizó los excelentes documentales Yo no sé qué me han hecho tus ojos y Los próximos pasados. Una pena.

La quietud (Argentina, Pablo Trapero): Esta es una historia de gente adinerada que se pasa la vida entre dos limbos (el casco de estancia en el campo, el extranjero), sin mantener conexión alguna con la realidad y vegetando en una burbuja circunscrita al ámbito familiar. Así aparecen la copetuda matriarca Graciela Borges, el marido que de golpe entra en coma, y dos hijas: Martina Gusmán, que vive con los padres, y Bérénice Bejo, que retorna de Francia. A partir de ese momento el libreto comienza a disparar una andanada de hechos articulados de manera deficiente: edipos e incestos caprichosos e innecesarios, viejos secretos familiares, accidentes, histerias, fortunas mal habidas, infidelidades y venganzas, mientras todo ese menjunje naufraga entre el oportunismo políticamente correcto y el disparate. La intención era la del melodrama, pero Trapero nunca emociona con su material. En dicho subgénero, eso es un serio problema.

No dormirás (España-Argentina-Uruguay, Gustavo Hernández): Nada mejor que un hospital psiquiátrico abandonado para un tour de force generado por Belén Rueda, que para una performance artística sobre la locura lleva a sus actrices, física y mentalmente, hasta el núcleo de ella, mediante una vigilia que si se extiende por más de 108 horas borronea los límites entre lo real y lo simbólico. Lo curioso es que quizás la parte real pueda ser más siniestra y oscura que la imaginada. La idea era buena, y en la primera mitad la película se ubica más cerca del suspenso que del terror. Empero, como casi siempre sucede, llegado el último tercio surge la imperiosa y estúpida idea de cerrar la trama en forma ampulosa, rematándola con una escena final tan efectista como burda. Es entonces cuando el cineasta uruguayo Gustavo Hernández se rinde a los clisés, y a partir de ese momento todo cierra mal y deja de asustar.

Tully (USA, Jason Reitman): Se ubica en una inconfundible propuesta del cine indie estadounidense, la de estudiar la formación y cotidianeidad de una familia trabajadora típica, donde los roles y las situaciones parecen claramente definidos: vida acelerada, con el hombre que trabaja para sostener al núcleo parental, y la mujer (Charlize Theron, excelente) encargada del hogar y los hijos. Un punto a favor de Reitman como cineasta y narrador es que mediante las imágenes que vemos podemos empatizar e incluso identificarnos con el malestar de la protagonista. Pero si la película fracasa es por culpa de Diablo Cody, responsable de un guion que va de lo mediocre al directo desastre. Y para colmo de males la libretista se saca de la galera una vuelta de tuerca final que en los papeles pudo parecer ingeniosa, pero en los hechos resulta un verdadero desatino porque sabotea su propio mensaje y anula el potencial dramático.

Una mujer fantástica (Chile, Sebastián Lelio): Este fue el gran engaño colectivo de la temporada. Por más atractiva que parezca la propuesta (joven transexual ve morir a su amante y en las próximas horas padece los prejuicios y discriminación de los deudos de la víctima, más las sospechas de la policía), desde el inicio da la sensación de haber sido hecha para seducir a la prensa, ganar premios y ubicarse a la vanguardia del discurso políticamente correcto. Logró su cometido en las tres áreas, pero eso nada tiene que ver con el talento y la creatividad. Como película revela serias debilidades de dirección y guion: un inicio flojo y carente de garra, un desarrollo estilo meseta donde las escenas se suceden sin aportar nada nuevo al tema, y un episodio de violencia física tan gratuito y manipulador que dos minutos más tarde se liquida sin solución de continuidad. Si a ello sumamos un costado formal para nada rupturista o novedoso, cabría preguntarse por qué serían tan fantástico este film y su mujer.

Una mujer, una vida (Francia, Stéphane Brizé): Un fracaso respetable, porque regresar al universo de Guy de Maupassant requiere valentía en el cine actual, y eso por dos razones: para evitar los lugares comunes de la épica histórica y para no caer en los vicios preciosistas del cine de qualité. Pero hay un tercer peligro menos visible aunque más sutil, que es el de querer aggiornar tanto un material que se lo termina despojando de sus características fundamentales, haciéndole perder el tono y su alcance conceptual. Ese error es lo que no supo evitar el cineasta Brizé en esta película que, tanto por su tono como por su apuesta narrativa y visual, quiso lucir más moderna y feminista que el habitual cine de época. Es allí donde falla, al aplicar una visión existencialista y demasiado intelectual a un material que en realidad es totalmente naturalista. Apelar al cerebro fue un error, porque lo que Maupassant necesita es la garra del corazón.

Zama (Argentina-España-Francia-México-Brasil-USA-Holanda, Lucrecia Martel): Más allá de los premios y el apoyo crítico, el mayor pecado de una película es que aburra. Filmar la espera inútil no es para cualquiera, y aquí estamos ante un film fallido desde su misma raíz, una experiencia errática que no sacude ni cautiva ni hechiza, un artefacto ambicioso que sólo ofrece virtudes técnicas y de puesta en escena. Lucrecia Martel adapta una existencial novela de Antonio Di Benedetto, y mediante la inacción intenta aludir al nivel de decadencia al que llegaron un sistema y un poder en caída libre. Dos escenas son reveladoras al respecto: una en que Zama desaparece de cuadro mientras una llama entra y ocupa su lugar; y otra en que se lo ve sin manos aunque enteramente libre. Pero un film no son dos escenas, y éste fracasa debido a la nula importancia de las vivencias que padece Zama. El resultado es fatuo, pomposo e insufrible. Eso sí: con encuadres sofisticados y notable tecnología para llenar el ojo de los esnobs y los jurados

SIN FRACASAR, AUNQUE NO CONFORMARON.

También este año hubo dos títulos muy discutibles que, si bien no deben ser catalogados como fracasos, por diversas razones no colmaron mis expectativas. Teniendo en cuenta el nivel mediático alcanzado por esas películas convendría dedicarles un párrafo.

Todos lo saben (España-Francia-Italia, Asghar Farhadi): La protagonista viaja con su hija adolescente y su hijo pequeño desde Buenos Aires a su pueblo natal en España para asistir a la boda de su hermana menor. Lo que debería ser una breve visita familiar se ve trastocada por un secuestro que sacudirá la vida de todos los implicados. Según avancen los minutos, el film va revelando pequeñísimos detalles de las disputas entre esa familia y los habitantes del pueblo. El reencuentro entre distintas generaciones y formas de vida casi antagónicas nos permite comprender mejor el entramado de esos vínculos, las cosas irresueltas del pasado, y la negación de una dura actualidad en beneficio de las añejas glorias de ayer. Esa exploración dramática es lo mejor del film, que con el correr de los minutos se cae debido a que todo termina decantándose hacia el costado policial, en lo que claramente parece haber sido una imposición de los productores. El resultado es un híbrido tan curioso y desigual como su elenco (Javier Bardem notable, Penélope Cruz correcta, Ricardo Darín visiblemente incómodo), y se ubica por debajo de los cuatro anteriores opus de Farhadi: A propósito de Elly, La separación, El pasado y El viajante.

Roma (México-USA, Alfonso Cuarón): El memorable plano inicial de las baldosas de un patio que comienza a ser baldeado preanuncia que lo que siga será imponente: el agua cae sobre el suelo y se refleja el cielo, por él pasa un avión, se sigue limpiando y enjabonando, hasta que la cámara cambia su inclinación y muestra el patio y la puerta de calle. Es un plano bellísimo y preciosista, porque el esteticismo es la marca del film. En casi todas las escenas, aún en las más dramáticas (la asonada callejera, un parto difícil, el instante de angustia en la playa), la labor estética se impone por encima de cualquier cosa. Esta exacerbada apuesta por el realismo hace que todo lo cotidiano y auténtico aquí se vea espectacular y exagerado, hasta hacernos sentir que estamos ante una película muy calculada. Demasiado, quizás. A tal punto que en muchos momentos olvidamos qué se nos está contando en tal o cual escena, abrumados por el esteticismo. Por supuesto que esto no es un fracaso, pero tampoco la obra maestra que pregonan por ahí. Para adquirir ese estatus una película debe tener una dosis equivalente de brillantez estética y conceptual, pero en esta película los contenidos quedan sepultados ante la omnipresencia del esteticismo preciosista. Es cierto que hay escenas memorables, pero las obras maestras suelen ser un todo, no una suma de momentos notables.


 

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