“Tres rostros”: un potente vistazo a la desigualdad en Irán


Por Martín Imer

Al lector: En los últimos tiempos se ha generado una insólita fobia colectiva llamada “Spoilers”.  El solo hecho de decir la palabra despierta en la gente los peores miedos y lleva incluso a enormes enojos ya que parece ser una suerte de traición al otro. Un spoiler es hablar de un evento de una película, serie o libro que no está contemplado en la sinopsis que se reparte públicamente — el mencionar alguna situación clave sobre el material que la otra persona aún no vio. Entiendo que muchas veces el hecho de compartir un giro clave con los demás es un acto de malicia intencionada, pero particularmente nunca lo vi de esa forma, ya que en ciertas ocasiones es imposible no hacerlo, especialmente en productos en el que el contenido es mucho más importante que las formas. Por eso advierto que esta nota incluye los llamados spoilers y que de aquí para abajo queda a su criterio el seguir leyendo (aunque no creo, y mucho menos en este caso donde la película abre tantos puntos de conversación, que influya saber uno de ellos).

Para entender este estreno es necesario conocer el contexto en el que se gesta y la historia de su realizador Jafar Panahi. El iraní saltó a la fama tempranamente al ganar la Cámara de Oro en Cannes con su debut “El globo blanco” y de allí en adelante comenzó a cosechar premios y elogios por todo el mundo presentando películas de fuerte contenido social y de crítica en contra del régimen político del país como El círculo y Offside. Por supuesto que esto no le generó ningún amigo en las altas esferas del poder que siempre estuvieron detrás de él hasta que finalmente en 2010 lo encerraron en la cárcel con el único justificativo de que el director “estaba haciendo una película en contra del régimen”, algo que tanto él como sus familiares negaron. Finalmente luego de una ardua batalla legal Panahi se tuvo que conformar con una condena “leve”: 6 años de cárcel y 20 años de prohibición para hacer cine y viajar al extranjero — el delito: “hacer propaganda contra el estado”. Obviamente para un hombre de cine esto sería el fin, pero no fue así: a partir del 2010 el cineasta comenzó a realizar films clandestinos, siendo el primero de estos Esto no es una película en 2011, una producción filmada en su casa que detalla el día previo a conocer el resultado de la apelación a su condena. La cinta tiene su propia anécdota de clandestinidad: salió de Irán hacia Cannes en un USB escondido dentro de un pastel. Lo que siguió hasta el día de hoy es un estilo híper realista de producciones hechas desde la desesperación y la necesidad del director tanto de mostrar su realidad (él mismo se sitúa en el centro de la acción en todas las recientes) como de hacer algo, lo que sea, para mantenerse vivo y activo: un acto personal que encierra una realidad social.

La primera escena de Tres rostros es demoledora: una joven habla a cámara en un video casero dirigido a Behnaz Jafari, conocida actriz iraní. Allí la chica habla de cómo en su pueblo no le permiten seguir su sueño de actuar, especialmente luego de ser aceptada en el conservatorio — algo que su familia ni siquiera imaginaba. La desesperación comienza a consumirla y luego de, según ella, intentar contactar a Jafari sin respuesta decide suicidarse colgándose de una rama dentro de una cueva. Obviamente el video conmociona profundamente a la actriz que junto con Panahi (ambos se interpretan a sí mismos en esta ficción) viajan hacia el pueblo en busca de respuestas: en primer lugar si el suicidio verdaderamente se llevó a cabo, y luego para tratar de averiguar más sobre la vida de una persona que a tan temprana edad se le presenta como única alternativa una tan terrible. El hecho luego se revela como falso pero de todas formas deja una incertidumbre vital: ¿Qué motivo puede llevar a tamaño acto que encima tiene que mostrarse como una forma de inmolación para llamar la atención de los citadinos?

A pesar de la prohibición que le impusieron, este director sigue realizando cine en la absoluta clandestinidad y Tres rostros deja ver su condición con orgullo: sobre el comienzo hay una enorme prolijidad técnica (que sigue constante durante todo el metraje) pero la calidad de la imagen es fea, como si estuviera rodada con un celular, algo que va cambiando a medida que pasan los minutos. Esto no es un detalle menor: el film parece tomar más coraje durante su desarrollo tanto en lo visual como en lo conceptual. La historia parece muy sencilla pero va adquiriendo una profundidad más que interesante y finalmente termina siendo una denuncia silenciosa sobre la desigualdad de condiciones de las mujeres en Irán, el lugar del artista en un territorio así y finalmente la gran, masiva contradicción que presentan aquellos que sólo se mueven gracias al miedo y la ignorancia. Repasemos: Panahi y Jafari, ambos artistas que seguramente tengan un reconocimiento intelectual en el país son muy bien recibidos por este pueblo donde se los trata como invitados de honor, especialmente a ella que es muy abordada por las mujeres quienes tal vez ven con incredulidad como una de ellas puede manejarse tan libremente entre hombres. Aparte la actriz impone mucho más respeto ya que ella es conocida por la televisión mientras al director no lo conocen tanto; sin embargo a las dos artistas del lugar se las ha marginado y humillado sistemáticamente por ser mujeres y por cumplir sus sueños fuera del sistema patriarcal. Ahí el título tiene un doble significado ya por un lado pueden ser los tres rostros que aparecen reflejados todo el tiempo en pantalla (los dos artistas y la chica) o también los tres rostros femeninos que marcan tres etapas diferentes de la vida de una actriz y una mujer y el enorme desafío que deben afrontar: una joven que desafía a toda su comunidad logrando el desprecio colectivo y la soledad, una mujer madura que ha logrado un reconocimiento general gracias a su trabajo pero que seguramente pasó por lo mismo que la otra y enfrenta una enorme soledad en la ciudad además de una gran incomprensión por parte de los demás y una mujer mayor que no logro salir adelante y quedó en el puedo, totalmente sola y dedicada exclusivamente a pintar cuadros a quien incluso no se le ve el rostro ya que sólo aparece de espaldas, demasiado vejada para mostrarlo. La inteligencia de Panahi como realizador se deja ver a través de ese sutilezas demoledoras y un constante juego de contradicciones bien explicitas pero nunca subrayadas por el notable libreto.


Pero hay una realidad aún más grande y poderosa que el impactante machismo que impera en la sociedad mostrada en el film, una que oprime incluso al hombre: el totalitarismo político. Este tipo de represión golpea en lo más profundo de los habitantes y es lo que les impide “salir de sus roles” o intentar ser algo más, ayudado también por el enorme respeto religioso que se tiene en la región. Por eso Panahi también está en desigualdad de derechos y puede aportar su sensibilidad al asunto tratado: no es mujer, pero tampoco puede andar en libertad ni siquiera por el mundo y en su país filma a escondidas, desafiando a las autoridades y a la sociedad entera. Son posiciones totalmente distintas pero tienen un punto de encuentro: la irracionalidad de los demás, exteriorizada a través de la violencia. El hermano de la protagonista es claramente un reflejo de toda la comunidad pero sin la presión de tener que salvar apariencias o ser civilizados. Es salvajemente agresivo y sin ningún aparente remordimiento, consumido por una ira casi infernal despertada solamente porque la chica desafió a la familia y tal vez fue al conservatorio igual a estudiar a pesar de que se lo prohibieron. Sin embargo a él no se lo muestra nunca haciendo nada de utilidad: no está estudiando o volviendo de trabajar sino que simplemente parece estar allí despotricando sobre el esfuerzo de su hermana que es inmoral por ser mujer. ¿O será que en su accionar está dejando en evidencia la incapacidad e inutilidad de ese hombre, y tomando la metáfora, de ese régimen?

En la penúltima escena sucede un evento de máxima tensión aunque obviamente tratado con el enfoque meditativo y sereno del realizador. Cuando llevan a la chica a su casa, ambos artistas se muestran bastante temerosos de lo que puede ocurrir en el lugar y deciden que sea Jafari quien hable con los padres de ella. Cuando abren la puerta las cosas parecen estar en paz pero echan de allí al irascible hermano quien comienza a golpear la puerta, patear la pared de afuera y gritar hasta que se queda sentado en el lugar, una imagen francamente patética. En la metáfora es el poder totalitario derrotado, expuesto, triste, solitario y final. Panahi lo mira desde el auto pero advierte que de todas maneras el muchacho tiene en sus manos una roca, por lo que tranquilamente sale de allí y comienza a caminar. En el plano vemos como el director se aleja antes de que sea eclipsado por la gran espalda de esta figura amenazante y violenta. Y a pesar de que la resolución está lejos de ser una trágica (en definitiva sólo le rompe el vidrio, otra muestra del patetismo) la imagen no deja de ser desoladora ya que en definitiva así ha sido el cine del realizador en los últimos años: una forma pacífica de tratar de convivir con las imposiciones autoritarias que solo dejan ver la profunda violencia e ignorancia de quienes la ejercen, constantemente mirando desde la distancia, siguiéndole el paso a sus espaldas. La filmografía futura de Panahi seguramente seguirá manteniendo el estilo mostrado aquí. Ojala mantenga también esta profunda sensibilidad, tacto y enorme nivel. Es necesario.

TRES ROSTROS (Se rokh, Irán, 2018) Dirección: Jafar Panahi. Guion: Jafar Panahi, Nader Saeivar. Fotografía: Amin Jafari. Montaje: Mastaneh Mohajer, Panah Panahi. Con Behnaz Jafari, Jafar Panahi, Marziyeh Rezaei, Maedeh Erteghaei, Narges Delaram.


 

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*