Un farhadi profesional aunque menos profundo

Todos lo saben, España/Francia/Italia 2018. Dirección y libreto: Asghar Farhadi. Con Penélope Cruz, Javier Bardem, Ricardo Darín, Bárbara Lennie, Inma Cuesta, Eduard Fernández, Ramón Barea, José Ángel Egido, Carla Campra, Elvira Mínguez, Sara Sálamo. Estreno: 06/09/2018. Calificación: Buena.


Por Amílcar Nochetti (*)

A una película no hay que exigirle lo que el público y la crítica quisiera recibir, sino que lo que quiere comunicar y desarrollar el realizador funcione como es debido. Eso no significa ser condescendiente, sino juzgar un producto desde lo que quiso darnos. Por eso no había que pedirle a Asghar Farhadi algo similar a lo que logró en films mayores como A propósito de Elly, La separación o El viajante, sino que abordara con su habitual talento exactamente lo que quería exponer en Todos lo saben. El problema es que Farhadi parece no saber qué tipo de material está manejando para esta ocasión.

La película transcurre en un pequeño pueblo de la España rural, cuya subsistencia está asociada con la prosperidad de sus viñedos. Penélope Cruz, su hija adolescente (Carla Campra) y su hijo pequeño llegan de Argentina después de varias años de ausencia para asistir a la boda de una hermana menor (Inma Cuesta). En esa zona inicial Farhadi prueba ser uno de los más talentosos libretistas de la actualidad, porque en contadísimos minutos presenta no menos de veinte personajes secundarios sin que el espectador sufra la más mínima confusión acerca de sus identidades. En esa enorme parentela destacarán luego el veterano pater familias (Ramón Barea), el cuñado Eduard Fernández, dueño del hotel del lugar, y Paco (Javier Bardem), que posee viñedos cercanos y está casado con la bella Bárbara Lennie, aunque en la juventud tuvo un fuerte romance con Penélope. La boda propicia lógicamente una alegre y ruidosa fiesta. En medio de ella se larga a llover torrencialmente, hay un apagón y la hija de Penélope desaparece. Minutos después sabremos que ha sido secuestrada por alguien que quizás sea del lugar. Como es obvio, el hecho propicia la llegada del dolido y preocupado marido de Penélope (Ricardo Darín), que se había quedado en Buenos Aires por razones laborales no muy claras.

Según avancen los minutos, Todos lo saben irá revelando pequeñísimos detalles de las disputas entre los habitantes del pueblo y esa familia. El reencuentro entre distintas generaciones y formas de vida casi antagónicas permite al espectador comprender mejor el entramado de esos vínculos, las cosas irresueltas del pasado, y la negación de la dura actualidad en beneficio de las añejas glorias de ayer. Esa exploración dramática es lo mejor de la película y lo que sin duda más le interesaba abordar a Farhadi, ya que forma parte de su universo cotidiano: al igual que en A propósito de Elly, aquí también hay un personaje femenino que desaparece en medio de una reunión; como en El pasado, vemos a una mujer en medio de su actual pareja y un ex; como en La separación, hay alguien que hace o deja de hacer cosas por respeto a la divinidad; y al igual que en El viajante, relaciones humanas firmes en apariencia se resquebrajan y saltan en pedazos debido a la falta de dinero y a un hecho irrefrenable causado por alguien desconocido.

El problema de Todos lo saben es que esa riquísima zona está abordada en forma superficial, ya que Farhadi se termina decantando por el costado policial del asunto. Y esa no parece ser su área, a tal punto que la explora en forma cansina, como diciendo que en definitiva es lo que menos debe importarnos. Y tiene razón en pensar así, pero en un raro alarde de incoherencia le brinda más minutos que a la exploración psicológica de los personajes y a la compleja situación familiar que puso ante el espectador. Lo que rebaja el nivel del notable material que a priori tenía Todos lo saben es que esas dos vertientes, la dramática y la policial, nunca se complementan ni se retroalimentan. Son como dos líneas paralelas, que corren muy cercanas una de otra del inicio al fin de la historia, pero sin tocarse jamás entre sí. Es decir: las sospechas de todos para con todos, los reproches, el choque de los dueños de los viñedos con sus operarios e inquilinos, los chismes que alimentan viejos rencores ocultos, permiten que cualquiera sea sospechoso del secuestro. Pero eso, que debió ser una excusa (el mcguffin hitchcockiano) para analizar el verdadero drama, termina siendo la esencia del film. Conociendo la obra anterior de Farhadi hay que suponer que el iraní pretendió desarrollar lo habitual con su historia, y quizá haya tenido que acceder a presiones de la coproducción occidental para comercializar la película. Sin embargo, eso no parecía necesario para un producto que debido a sus figuras estelares igual hubiera funcionado bien en la taquilla.

El resultado es un híbrido, tan curioso y desigual como su elenco. Allí Javier Bardem se devora cada escena en la que aparece, Penélope Cruz supera una inicial timidez para empinarse luego en un par de instancias dramáticas de verdadera fuerza, y Bárbara Lennie resulta de principio a fin un notable acierto de casting. Eduard Fernández en cambio actúa en piloto automático, Inma Cuesta queda relegada a segundo plano, y un desperdiciado Ricardo Darín da la sensación de no tener nada que ver con lo que aquí se está contando. Todos lo saben no es un film fallido, y en nuestra paupérrima cartelera diaria luce más que interesante, pero como obra de Asghar Farhadi resulta menor.


(*) Publicado en el semanario Voces

 

 

 

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