“Van Gogh: a las puertas de la eternidad”: viaje al centro de una mente complicada

Willem Dafoe as Vincent Van Gogh in Julian Schnabel's AT ETERNITY'S GATE. Photo credit: Lily Gavin

Por Martín Imer

Las películas que siguen las vidas de personajes famosos siempre han sido populares, y en el 2018 no fue la excepción; de hecho una de ellas, Bohemian Rhapsody, la cual se ocupó de mostrar la historia del famoso Freddy Mercury, fue una de las más vistas del año. Su actor, Rami Malek, fue el ganador en una ardua batalla donde 4 de los 5 nominados se encargaban de interpretar personas reales. Entre ellos estaba el legendario – y jamás premiado – Willem Dafoe quien presentó una singular visión del artista Vincent Van Gogh en la película que este pasado fin de semana estrenó en salas uruguayas. La historia del perturbado pintor ya había sido retratada en el pasado, y de hecho muchos recordarán la notable Loving Vincent, película animada que planteaba la muerte del hombre como un misterio y estaba dibujada con el mismo estilo que sus obras. Aquí también se plantea un punto de vista distinto sobre el confuso final de Van Gogh, pero a diferencia de la anterior lo que importa no es lo que lo llevó a su muerte sino los problemas que se encontraba en el camino de ser feliz y libre; su particular forma de ver el mundo que reflejaron sus pinturas y la incomprensión de su alrededor.


Todo esto está abordado por el director Julian Schnabel de una forma particularmente intimista, con un trabajo de cámara que se apega al actor de una forma casi enfermiza, por momentos llegando tan cerca de él que hasta asume su punto de vista, y especialmente funcionando como un instrumento más para que sintamos el particular mundo interior del personaje. Es una jugada arriesgada, ya que sacrifica por momentos la belleza visual en pos de un movimiento continuo y frustrante, aunque de todas formas consigue un par de momentos muy interesantes — especialmente en ciertos trucos visuales que meten de lleno al espectador en la cabeza de Van Gogh. Claramente la película está planteada como una experiencia sensorial y un tómalo o déjalo radical, dedicando largos momentos a observar en detalle el proceso creativo del artista, su soledad y la necesidad de compartir con todos lo que sucedía en su interior. En este aspecto es donde más funciona la producción, ya que las secuencias donde Dafoe camina sólo por los bosques y rodeado por la naturaleza son hipnóticos y tienen un aire encantador al mejor Terrence Malick. Hay una espontaneidad en esos momentos que se transmite de forma muy genuina al espectador, creando momentos de auténtico cine mágico y emocionante. Lamentablemente cuando debe contarse la trama el film se frena, ofreciendo algunos diálogos que se debaten entre interesantes (el de Van Gogh con un cura) o sencillamente arbitrarios (una especie de monólogo en un manicomio). Son situaciones que muestran que el objetivo del director no era crear una biopic convencional sobre el artista sino tratar de entender la precaria situación mental por la que pasaba; su papel como víctima de un entorno que no tiene ni interés en comprenderlo y los pocos que quieren ayudarlo son incapaces.

Pero el asunto no podía haber funcionado sin la titánica labor del protagonista, un Dafoe inspiradísimo, comedido, reservado. El actor trata de entender al personaje que interpreta y para eso ofrece un trabajo donde deja de lado todo aquello que lo hizo conocido: su fuerza, sus expresiones faciales, su seguridad escénica, entre otras. Aquí vemos un Van Gogh frágil, encerrado en su mundo, dubitativo y errático, alguien que no pretende encontrar soluciones a sus problemas sino una forma de vivir en paz con ellos. Pocos intérpretes podrían aguantar el peso de una cámara tan invasiva sin quebrarse y caer en sus propios clichés, pero Dafoe logra permanecer oculto en el rol, incluso con la obvia diferencia entre ambos al tener 25 años más que Van Gogh al morir. Es además un testamento a su versatilidad, ya que había conseguido recientemente otra nominación al Oscar por su emotivo papel en la recomendable Proyecto Florida. Con una actuación tan poderosa era obvio que al resto del elenco le costaría lucirse, pero aun así hacen un buen trabajo con lo poco que tienen, especialmente Oscar Isaac como Gauguin y el cameo breve pero intenso de Mads Mikkelsen.

Se nota que este debe haber sido un proyecto muy especial para el director Schnabel, quien a pesar de tener experiencia con este tipo de films ofrece un trabajo muy distinto al de “Antes que anochezca”. Su sensibilidad está latente y no tiene miedo de presentar una obra imperfecta (podría servirle algún retoque en la edición) pero que transmita de la forma más personal las contradicciones y los problemas de un artista a la hora de entregarle al mundo la mejor versión de sí mismo. Para destacar también es la preciosa banda sonora, que engloba las emociones de la película con lucidez y buen gusto. La excelente actuación protagónica es el empujón necesario para recomendar este estreno, el cual se aleja de lo convencional para acercarse a los sentidos y conmover en lo más profundo, de la misma manera que las obras de Van Gogh.

VAN GOGH: A LA PUERTA DE LA ETERNIDAD (At eternity’s gate, 2018, EE.UU/Francia/Reino Unido/Suiza/Irlanda) Dirección: Julian Schnabel. Guion: Jean-Claude Carrière, Julian Schnabel, Louise Kugelberg. Fotografía: Benoît Delhomme. Música: Tatiana Lisovskaya. Con Willem Dafoe, Rupert Friend, Oscar Isaac, Mads Mikkelsen, Mathieu Amalric, Emmanuelle Seigner.


 

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