“Wendy”: Un mundo mágico, de nuevo en el cine

Por Martín Imer


En 2012 el director Benh Zeitlin apareció en la escena cinematográfica mundial con La chica del sur salvaje, un bellísimo film que relataba con ternura las rispideces entre un padre y una pequeña hija en una zona inestable de Louisiana, cuyos habitantes llamaban “La bañera”. Sorprendía la sensibilidad de la mirada del debutante ante temas difíciles como la pobreza, la ausencia maternal y la difícil relación entre esos dos personajes, además de un interesante trabajo de realismo mágico en la pantalla, con ciertos momentos totalmente surrealistas. Más allá del mundo de los adultos lo que realmente parecía importarle a Zeitlin era la mirada de los niños ante ese mundo, a veces totalmente desconocido, a veces tremendamente cercano e ineludible. La inocencia de la joven protagonista no solo se dejaba ver en el notable trabajo de la actriz sino también en toda la puesta en escena, adaptándose al entendimiento de una niña de seis años sobre lo que la rodea. Esa película ganó en Cannes, en Sundance y redondeo su inesperada carrera de premios con cuatro nominaciones al Oscar. Sin embargo, luego de este éxito el director desapareció de la escena y volvió en este convulsionado 2020 con Wendy, estrenada ahora en plataformas digitales.

El propio nombre ya aporta bastante información, y tal vez la única manera de hacerlo más explícito sería si se pusiera al lado PETER. Sí, estamos ante una nueva adaptación del clásico de J.M. Barrie Peter Pan, narrado muchísimas veces en el cine, aunque en este caso la perspectiva del cuento cambia y vemos todo desde el lado de Wendy, la niña que acompaña al protagonista al País de Nunca Jamás junto a sus hermanos, aquí llamados Douglas y James. Por supuesto que Zeitlin lo adaptó a su mundo particular, por lo que los chicos no salen de Inglaterra sino de un restaurante al lado de las vías de un tren en EE.UU, lugar totalmente carente de glamour, y terminan en una isla bastante salvaje junto al singular grupo de Peter, el chico que no aparece volando por la ventana sino que los llama desde el techo de uno de los trenes que pasa por allí. Hay otros cambios durante el metraje, pero lo principal está ahí, de forma lo suficientemente ingeniosa para sonar familiar sin ser una simple repetición, logrando convertirse en una versión muy imaginativa, virtuosa e intrigante.

Los que hayan visto el anterior film del director verán muchos aspectos similares entre ambas, lo que habla de un estilo marcado, en lo estético y en lo narrativo. Zeitlin sigue rodando en 16mm y logra una imagen atractiva, diferente, con la marcada textura del formato exhibiéndose de forma orgullosa, mientras se apuesta por la mínima luz artificial aunque siempre manteniéndose en el rango de la visibilidad — el espectador ve sin ningún problema lo que ocurre a la vez que compra la naturalidad visual del asunto. Y volvemos también a un universo marcadamente infantil, con las preocupaciones adultas de fondo (tal vez menores a las que se veían en La niña…) y un fuerte interés por mantener la credibilidad de ese mundo, dedicando un largo espacio del metraje a los pensamientos de esos niños, el juego que significa para ellos ese mundo extraño y desconocido, las risas y el desenfado, la necesidad de las aventuras. La primera mitad de Wendy se ocupa de establecer esos códigos de infancia, lo que ya de entrada puede alejar a ciertos espectadores debido a la longitud de estas escenas y la sensación, creo que buscada, de que no hay nada serio en todo eso, que no existe un rumbo fijo, exactamente como en la imaginación de un niño.

Sin embargo la segunda mitad del film, marcada por un hecho clave, vuelve al asunto un poco más oscuro y adulto, aunque sin abandonar nunca la mirada infantil. Conocemos la otra parte de la isla, esa de la que este protagonista nunca habla, y vemos que allí residen los niños que cedieron a las preocupaciones y se transformaron en gente grande. El relato continúa por sendas familiares, pero comienza a trazar un puente entre las dos etapas de la vida y transmite con contundencia el mensaje principal: no es malo crecer, como puede parecer incluso en la adultez, mientras que la aventura eventualmente sirve para madurar y entender mejor el mundo. Si Barrie pretendía dejarnos varias lecciones a través de un cuento de hadas, Wendy asume orgullosamente sus raíces a pesar de lo torcido del cuento, regalando un final emotivo que también resulta muy realista y sabe dejar los mismos consejos, adaptándolos a un entorno diferente al que tenían los niños de la versión original. Y hay también una valiosa, estupenda labor de la niña protagonista, quien con pocas expresiones transmite de forma segura y potente los sentimientos de su personaje, asume sin problemas el riesgo de ser el núcleo emocional de toda la película y triunfa en la labor.


Una rareza a modo de conclusión: la cinta fue filmada en la isla de Montserrat, y según lo que cuenta la Imdb se trata de un lugar tan peligroso y complicado “que ningún ejecutivo jamás pasó por el set a supervisar” lo que se estaba haciendo. No solo eso, sino que en muchas escenas simplemente se filmaba con muy poca gente en el lugar, los indispensables que tenían que aparecer en escena y algunos pocos del equipo detrás de cámaras. Mucho de eso se transmite al espectador y genera una suerte de extraña tensión que conspira con el tono amable y la idea de seguridad infantil que intenta generar el film – sobre todo en sus primeros cincuenta minutos – aunque cuando las cosas toman otro rumbo termina resultando más adecuado. Sin embargo, mientras la miraba no podía parar de pensar en otra película con actores en riesgo real, la salvaje Los leones se divierten con Tippi Hedren.

Uno piensa, a pesar de lo logrado del film: ¿Es necesario arriesgar así a un grupo creativo?

WENDY (2020, EE.UU) Dirección: Benh Zeitlin. Guion: Benh Zeitlin, Eliza Zeitlin. Fotografía: Sturla Brandth Grovien. Montaje: Scott Cummings, Affonso Goncalves. Música: Dan Romer, Benh Zeitlin. Con Devin France, Yashua Mack, Gage Naquin, Gavin Naquin, Ahmad Cage.


 

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