X Men: Dark Phoenix cierra la saga. ¿Definitivamente?


Por Martín Imer

Esta película llega con una inusual mala fama, ya que se trata de un producto filmado originalmente en 2017 pero expuesto a múltiples retoques que causaron que la fecha de estreno se retrasara una… y otra… y otra vez hasta la fecha, donde finalmente verá la luz del día. Esto ya despierta las alarmas de cualquier cinéfilo atento, pero aparte venía precedida de un espanto del 2016 que llevaba el subtítulo Apocalipsis y realmente lo era, tanto para los personajes como para la saga en sí; una franquicia de mucho éxito que sin embargo ha tenido gran variedad de pasos en falso estando bien establecida, como si una persona adulta comenzara a tener ciertas actitudes de niño. Así asistimos tanto al buen hacer de la película original como al gran avance que se presentó en “X2” y luego una especie de caída libre compuesta por La última batalla y Orígenes: Wolverine para tener luego una exquisita recuperación con Primera generación y Días del futuro pasado acompañadas de algún spin off exitoso como Logan o Deadpool. Sobre Primera… y Días… hay que resaltar que se trataron de un giro total en la saga al presentarse como precuelas — películas ambientadas antes de los eventos de la primera trilogía las cuales pretender explicar las cosas que vimos originalmente, como se llegó a las fracturas entre personajes o, en definitiva, como se conocieron. Dark phoenix llega patrocinada como el cierre de estas precuelas (y tal vez, incluso, de la saga) por lo que suscita un particular interés en aquel espectador que vio todos los capítulos anteriores.

A Jean Grey ya la conocíamos desde el principio, ya que integraba la troupe original de los X-men de la película del 2000, aunque en esa oportunidad la interpretaba la neerlandesa Famke Janssen. En esas intenciones de precuela ahora el papel le pertenece a Sophie Turner, quien es evidentemente más joven que la anterior para emparentarla con las diferencias de edades que tenían todos. Y en cierta forma también hemos visto esta historia en la pantalla grande, ya que fue la subtrama de “La última batalla”: cansada de luchar con sus demonios interiores a raíz de un poder supremo que podría causar la destrucción del mundo la heroína cede a su lado oscuro causando una infinidad de problemas y una profunda división en el grupo de mutantes; están los que la quieren salvar, con Charles a la cabeza (con quien tiene una historia que data desde la niñez de la chica) y los que quieren eliminarla para siempre, teniendo como líder…. a Magneto, obviamente. En el medio de este conflicto hay también una misteriosa raza alienígena, con una misteriosa mujer a la cabeza, que pretende aprovechar el misterioso poder que contiene ahora la protagonista en pos de sus malvados planes. Esto lleva a todos los personajes al punto límite donde deberán decidir si lucharán en bandos antagónicos o se unirán definitivamente para vencer al mal.

Para explicar mi principal problema con el devenir de esta saga mutante (en más de un sentido) tendría que remontarme a la original, y por ende también a todas sus continuaciones. En aquella se observaba más allá del show de efectos especiales y acción por doquier un particular subtexto que estaba mucho más presente en los comics: la lucha de los seres marginados por ser distintos contra un régimen autoritario al cual sólo podían responder con violencia. No hay que meterse muy profundo en la trama para descubrir que los X men podrían ser cualquier minoría oprimida por los estatutos sociales que intentan taparlos: una alegoría brutal a un movimiento social cada vez más grande y que ruge con más potencia, además de una cariñosa aceptación de las diferencias que podemos tener los seres humanos a la hora de presentar una utopía como la escuela de Xavier donde el único requerimiento para entrar era justamente ser alguien marginado por los demás y con “un don especial”. Prueba de esa falta de prejuicios de la saga era ver a los dos protagonistas: por un lado Wolverine/Guepardo y por el otro Rogue/Pícara, los cuales eran capaces de causar enormes tragedias incluso sin buscarlo, como en el caso de la chica. Eran personas solitarias que tenían en su interior una enorme lucha entre el bien y el mal, presentando un panorama bastante gris en la moral de sus personajes. Obviamente ambos terminaban inclinados hacia el bando de los buenos, pero no sin cuestionárselo previamente, sobre todo si del otro lado se encontraba un villano tan sensacional como Magneto, el cual hacía muchas maldades por requerimientos del guion pero también tenía algún razonamiento que invitaba a la duda sobre su rol antagónico; su postura era sin dudas extremista – algo que fue acentuando con sus participaciones futuras – pero parecía haber, entre su locura, un razonamiento interno movido por un profundo dolor y una enorme desesperanza, además de un desequilibrio producido por un desencanto por la humanidad: precisamente el tipo de persona que debido a sus diferencias fue progresivamente golpeado y humillado por la sociedad civilizada hasta llegar a un quiebre definitivo y final. Este tipo de planteos, tanto en la trama como en los personajes, se mantuvo en la trilogía original (incluso aunque la parte tres fuera profundamente desbalanceada e imperfecta) y parecía hacerse más fuerte en Primera generación, una película tan bien meditada que permitía alejarse de la interesante acción para enfocarse en muchos momentos en las relaciones de los personajes entre ellos mismos y con la sociedad que los rodeaba en un momento donde todos los diferentes eran particularmente perseguidos; una hazaña lograda con muy buenos resultados donde el drama era efectivamente más importante que todas las bombas que pudieran lanzarse.

Días del futuro pasado decidía apoyarse en las fuertes bases emocionales de la anterior para construir un relato a pura adrenalina y combinar de forma muy simpática a los dos elencos, contraponiendo a los jóvenes con los más experimentados y dando como resultado tal vez la mejor película de la saga a nivel de entretenimiento. Esta funcionaba porque existieron las demás, ya que la tensión venía de ver a todos los personajes que seguimos durante años enfrentarse a una destrucción masiva que podía barrerlos a todos y sin ese colchón emocional jamás podríamos habernos interesado, aunque incluso ahí deberíamos haber advertido una tendencia que continuaría: la de abandonar progresivamente las ideas más arriesgadas y dramáticas en pos del espectáculo constante. De ahí se entiende que la continuación, Apocalipsis, fuera un estallido de sonido y acción desde el momento uno pero intentando retener algunos esbozos de desarrollo de personajes y drama dando como resultado un mayúsculo fracaso debido a la saturación de temas a tratar y la indecisión absoluta de sus creadores para elegir un tono y una narrativa sólida: todo parecía andar por su cuenta y sin criterio, con una dirección perdida entre tanto efecto especial y en donde destacaban sus escenas más histéricas y melodramáticas hilvanas por una amenaza que supuestamente era de las más importantes y termino siendo vencida en un par de minutos luego de incontables idas y vueltas, peleas, reconciliaciones, desvíos varios y demás. Con ese antecedente uno podía esperar con mucha seguridad lo peor a la hora de enfrentarse a Dark phoenix y si bien es cierto que no estamos ante el mejor exponente de la franquicia es un producto que refleja a la perfección las actuales expectativas que tienen sus responsables: un entretenimiento pasatista sin mucho lugar a reflexiones profundas con un par de escenas de acción vistosas y de consumo rápido. Y a decir verdad el producto cumple con eso.

Que no significa que estamos ante una película redonda: de hecho, está lejos de eso. Pero la realidad es que tampoco estamos ante una producción de ínfima calidad como Ghost rider o todas las de Los cuatro fantásticos ya que se trata de un film muy sencillo tanto en su narrativa como en sus objetivos, con el ya habitual buen nivel a la hora de los efectos especiales, la fotografía y el sonido, que no genera grandes sorpresas pero tampoco las busca, eligiendo quedarse en una sabia discreción antes que jugársela por la clase de excesos que podrían perjudicarla (algo en lo que caía constantemente la anterior), como una trama rebuscada o un continuo ida y vuelta en el tiempo. No es que se trate de un triunfo, especialmente considerando un guion muy errante, pero al menos es un avance. La dirección parece más enfocada esta oportunidad de la mano del debutante Simon Kinberg, pero tampoco hay sorpresas por este lado, ya que estamos ante un trabajo funcional donde los hechos van ocurriendo de forma bastante mecánica, sin aburrir pero sin pedir la implicación del público: sólo demanda nuestra atención aunque no nos invita a participar activamente de la trama poniéndonos de un bando o reflexionando sobre el accionar de sus personajes. Sin embargo, en su simpleza narrativa y su falta de matices se halla un inesperado hallazgo: esta debe ser la X-men más parecida en estructura a las famosas caricaturas de los años 90 que popularizaron definitivamente a la franquicia. Si bien Dark phoenix es una película totalmente seria (una rara avis en estos días) las formas que tiene de enganchar al espectador son similares, utilizando un lenguaje muy sencillo y una banalización del bien y el mal que permite apagar la mente y sólo dejarse llevar por la lineal aventura.

Hay dos problemas más que parecerían impedir el éxito total de esta producción: en primer lugar uno que ni siquiera es totalmente culpa de esta película y es el absoluto manoseo que se le hace a la continuidad de la saga. En busca del efectismo, se recurre a situaciones shockeantes que no tienen mucho sentido considerando lo que supuestamente después ocurre en las originales (y si, sé que hay una que borra los eventos de otra pero no debería afectar a la primera…) dejando una sensación de duda en el público que difícilmente se borre a la salida. Desconozco si en algún momento los creadores salieron a afirmar que ya no se trataba de una serie de precuelas sino de una saga independiente, pero a falta de pruebas lo voy a considerar directamente como una sucesión de inconsistencias de insólito alcance. Y lo segundo es tal vez lo más desconcertante, ya que se trata de un elemento clave: el elenco, en donde se encuentran desniveles muy evidentes debido a estar en lugares tan extremos de la tabla. Por un lado se destaca Sophie Turner, quien aquí está excelente como Jean Grey. La intérprete maneja a su personaje con enorme soltura y permitiéndose incluso añadir matices y profundidad emocional al papel, equilibrando de forma acertada la aparente fragilidad de la chica con su enorme poder mutante. Es acompañada por un correcto James McAvoy y un soberbio Michael Fassbender que cumple sea la película que sea. Este último es un actor tan comprometido, respetuoso y estupendo que incluso aunque muestra cierto agotamiento personal con la franquicia no deja de enaltecerla con su caracterización, interesando al espectador desde el primer momento que aparece en escena trayendo consigo todo el dolor y la ira de Magneto. Es tan intensa la participación del irlandés que termina revelando las actuaciones más flojas, como las de Jennifer Lawrence, Tye Sheridan o Jessica Chastain que interpreta aquí a una villana a la cual nunca le dan una verdadera oportunidad de brillar.

Habiendo visto todos los films de esta saga que ya tiene 19 años en pantalla uno siente que si bien Dark phoenix está muy lejos de ser la conclusión que tamaño emprendimiento requería no es tampoco el abismo que anticipaban las voces más pesimistas. No tiene la profundidad dramática de la que pueden alardear varias de sus predecesoras pero al menos es un producto acorde a sus pretensiones, ofreciendo un espectáculo simple pero entretenido, que sacrifica el desarrollo de sus personajes en pos de ir cerrando tramas. Seguramente los X-men vuelvan a la pantalla grande muy pronto, pero por ahora tenemos este film que no conquistará nuevos corazones pero al menos tampoco decepcionará a los más incondicionales de la franquicia.

X-MEN: DARK PHOENIX (Ídem, EE.UU, 2019) Guion y dirección: Simon Kinberg. Fotografía: Mauro Fiore. Edición: Lee Smith. Música: Hans Zimmer. Con Sophie Turner, James McAvoy, Michael Fassbender, Jennifer Lawrence, Jessica Chastain, Nicholas Hoult.


 

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