Y la Tiera tembló: Un cine de terremotos.

Los terremotos sufridos en California el 5, 6 y 12 de julio, de escala 6.4, 7.1 y 4.9 respectivamente, sirven de excusa para repasar los temblores cinéfilos más recordados.


Por Amílcar Nochetti (*)

REALIDAD. Los sismos de California de las últimas dos semanas volvieron a recordar a los habitantes del Estado que en algún momento llegará el temible Big One, nombre con el que se conoce al hipotético gran terremoto de efectos catastróficos que la ciencia espera sacuda un día la Costa Oeste de Estados Unidos. El término Big One se utiliza para referirse a un terremoto gigante en la falla de San Andrés, un evento de magnitud 8 en la escala Richter, pero lo más temible en este asunto no sería el grado en dicha escala sino el nivel de daño que causaría en ciudades como San Francisco, San Bernardino y Los Ángeles, Hollywood incluido. Esas enormes moles urbanas han sido construidas en las cercanías de la activa e imponente falla de San Andrés, que recorre California de sur a norte a lo largo de 1.300 kilómetros y delimita la placa tectónica estadounidense con la del Pacífico.

La citada falla es una de las más estudiadas del planeta, ya que en su 90% se halla sobre superficie terrestre. Como ejemplo recordatorio cabe decir que fue San Andrés la que causó el devastador terremoto que el 18 de abril de 1906 destruyó gran parte de San Francisco, provocando la muerte de más de 3.000 personas. De producirse el Big One o un sismo de escala parecida en esa sección, tendría un impacto directo en Los Ángeles, la segunda ciudad más poblada del país. Los cálculos más conservadores señalan que cerca de 2.000 personas morirían y habría más de 50.000 heridos. Por otra parte, los daños materiales superarían los 200.000 millones de dólares.

ESPECTÁCULO. El cine ha tratado esporádicamente las historias sobre terremotos, pero irónicamente es el espectáculo y no la tragedia el que ha dominado la pantalla. Más que reproducir un drama social, político y económico, el cine de terremotos ha sido un desafío para el departamento de efectos especiales. Un ejemplo temprano y recordado fue San Francisco (W. S. Van Dyke, 1936), drama musical al servicio del divismo de Clark Gable, Jeanette MacDonald y Spencer Tracy. Dos tercios del film se dedicaban a la historieta sentimental del simpático timador Gable y la cabaretera Jeanette, con el dato adicional que Gable era ateo y su mejor amigo (Tracy) sacerdote. Sólo en la media hora final se recreaba el histórico terremoto de 1906, y allí dominó un montaje “a la Eisenstein”, con maquetas, transparencias y bruscos movimientos de cámara para el sismo y sus consecuencias (incendios, derrumbes de edificios). El resultado fue una serie de efectos visuales que aún deslumbran y marcaron un camino a seguir en el cine.

Ese antiguo film hacía hincapié en la solidaridad, el consuelo y el renacer de las cenizas. En cambio Terremoto (Mark Robson, 1974), que inauguró el sistema Sensurround y fue un ejemplo mítico de cine catástrofe de su década, abordó los errores de la ciencia y los políticos ante semejantes desastres. Con libreto de Mario Puzo (en la cresta de la ola después de la saga padrinesca de Coppola), el film se tomó tiempo para poner en tela de juicio a las autoridades, para las cuales el pánico del anuncio de la inminente catástrofe podría llevar a más muertes, a un peligro de saqueo colectivo e incluso a la vergüenza de una falsa alarma científica y las consecuencias políticas que ello acarrearía. De todas formas, el film y su renovador sistema de sonido seguían la fórmula del mega show, en una historia coral repleta de artistas veteranos (Charlton Heston, Ava Gardner, Walter Matthau, George Kennedy y Lorne Greene, recordado patriarca de Bonanza) y muchos problemas familiares con redenciones personales a la orden del día.

Igual camino tomaron dos producciones recientes, Terremoto: la falla de San Andrés (Brad Peyton, 2015) y el film noruego Terremoto (Jon Andreas Andersen, 2018). En ambas brilla el heroísmo individual del protagonista de turno (especialmente en el caso de Dwayne Johnson en el film de 2015) y por supuesto el espectáculo visual, sólo que ahora no hay maquetas ni transparencias sino efectos digitales para que el show sea más dantesco y macabro que en el pasado.

METÁFORAS. Mucho más interesante es cuando el cine utiliza el terremoto como acicate para un ajuste de cuentas colectivo, como sucede en Este es el fin (Seth Rogen y Evan Goldberg, 2013), donde se muestra a Hollywood como una Sodoma de jóvenes ególatras y cobardes a los que les caía encima un verdadero Apocalipsis. En forma aún más seria y brillante pasaba algo similar en Ciudad de ángeles (Robert Altman, 1993), donde el terremoto que sobrevenía al final coincidía con una violación, en medio de una obra coral basada en relatos de Raymond Carver en la cual parecía haber muy pocas esperanzas para la redención. Exactamente al revés sucedía en El corazón de la ciudad (Lawrence Kasdan, 1991), donde el sismo ocasional dejaba espacio a la reflexión de los personajes y abría una luz más esperanzadora sobre el futuro.

En esa línea nada puede superar lo mostrado por Paul Thomas Anderson en Magnolia (1999), una obra maestra durísima pero con hondas connotaciones morales, en la que la sacudida sísmica era tan metafórica que llegaba en forma de lluvia de ranas, para borrar de un plumazo el dolor, la soledad y la muerte que habían aquejado a sus personajes, permitiendo así que los nubarrones existenciales dieran paso a un mañana mejor. La plaga bíblica era un terremoto existencial como escapatoria al caos de la vida cotidiana.


(*) Publicado en el semanario Voces

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