¿A dónde vamos Walt Whitman esta noche?

Por Luis A. Fleitas Coya


 Ah la poesía (4)

Debo a un  poema de Allen Ginsberg mi hallazgo de Walt Whitman, no en el sentido de saber quién era sino en el de encontrarme con su poesía. El poema tiene un nombre toscamente sencillo,  vulgar:

Un supermercado en California

 Cómo he pensado en ti esta noche, Walt Whitman, mientras caminaba por las callejuelas,

       bajo los árboles, con dolor de cabeza, ensimismado en la contemplación de la luna

       llena.

En mi hambrienta fatiga, y para comprar imágenes, entré en el supermercado de frutas,

        soñando con tus enumeraciones.

(…)

¿A dónde vamos, Walt Whitman? Las puertas se cerrarán dentro de una hora. ¿Hacia

         dónde apunta tu barba esta noche?

(…)

¿Caminaremos toda la noche por calles solitarias? Los árboles añaden sombra a las

        Sombras, las luces de las casas se apagaron, nos sentiremos solos.

¿Pasearemos soñando con la perdida América del amor al lado de automóviles azules en

        las carreteras, camino hacia nuestra silenciosa casita?

Ah padre querido, barba gris, solitario y viejo maestro del valor

(…)

Ir a un supermercado e imaginarse  allí a Walt Whitman,  parece no tener nada de especial. Lo curioso es que este poema me impresionó más que los propios poemas de Whitman que también integraban la misma antología de poesía.  Cuando lo leí, hacia 1974,  Ginsberg era un poeta contemporáneo, una leyenda viviente de la contracultura norteamericana de la década del 60 y del movimiento o generación beat o beatnik, a partir de su memorable lectura del primer borrador de su Aullido en la Six Gallery de San Francisco. Su poema del supermercado era por tanto la voz de la época actual -que era la mía-, el juicio  de su generación, -que también me concernía-, sobre el gran Whitman, como  profeta y  guía. Y lo hacía imbricando  en la vida cotidiana al poeta-maestro, a su poderosa voz y a sus imágenes –la perdida América del amor-,  y al verso para mí central:  “¿A dónde vamos, Walt Whitman? Las puertas se cerrarán dentro de una hora. ¿Hacia dónde apunta tu barba esta noche?”, que puede resumirse en la pregunta ¿a dónde vamos Walt Whitman esta noche?, como guía y faro para generaciones de jóvenes alucinados por la poesía y por la literatura.

          La voz de los versos de Ginsberg  volando sobre la noche, sobre el supermercado, sobre las calles, sobre los autos azules, sobre los árboles, invocando al espléndido Whitman, a su alta poesía,  me hizo tomar para mí aquella pregunta.

 

Apenas una muestra muy mínima del poema Canto a mí mismo de ese inmenso libro que es Hojas de hierba de Walt Whitman basta para mostrar su actualidad,  su poderosa voz, la conmoción que causan -tan lejos  de ser una antigualla-  pese a sus más de 160 años de haber sido publicado por primera vez, en 1855.

Yo me celebro y yo me canto,

Y todo cuanto es mío también es tuyo,

Porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.

 

Indolente y ocioso convido a mi alma

Me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano.    

 

Mi lengua, cada átomo de mi sangre hechos con esta tierra, con este aire,

Nacido aquí, de padres cuyos padres nacieron aquí, lo mismo que sus padres,

Yo ahora, a los treinta y siete años de mi edad y con salud perfecta, comienzo,

Y espero no cesar hasta mi muerte.

 

Me aparto de las escuelas y de las sectas, las dejo atrás, me sirvieron, no las olvido;

Soy puerto para el bien y para el mal, hablo sin cuidarme de los riesgos,

Naturaleza sin freno con elemental energía.

 

(…)

El aire no es un aroma, no huele a nada.

Desde el principio ha sido destinado a mi boca, estoy enamorado de él.

Iré a la ribera junto al bosque, me quitaré el disfraz y quedaré desnudo,

Me enloquece el deseo de que el aire toque todo mi cuerpo.

 

(…)

Quédate conmigo este día y esta noche y serás dueño del origen de todos los poemas

 

(…)

Estos son en verdad los pensamientos de todos los hombres en todas las épocas y

         países: no son originales míos

(…)

En todos los hombres me veo, ninguno es más ni menos que yo,

Y lo bueno y lo malo que digo de mí, lo digo de los otros.

 

Sé que soy sólido y soy fuerte,

Hacia mí convergen sin fin las incesantes cosas del universo,

Todas me escriben y debo descifrar esas escrituras

 

 

Walt Whitman, un cosmos, de Manhattan el hijo,

Turblento, carnal, sensual, comiendo, bebiendo, engendrando.

Ni sentimental ni sintiéndose superior a otros hombre y mujeres, ni alejado de ellos,

No menos modesto que inmodesto.

 

¡Arrancad los cerrojos de las puertas!

¡Arrancad las puertas de los goznes!

 

(…)

 

¿Me contradigo?

Muy bien, me contradigo,

(Soy amplio, contengo multitudes)

 

(…)

 

Si quieres encontrarte conmigo, búscame bajo la suela de tus zapatos.

 

Apenas comprenderás quién soy yo o qué quiero decir,

Pero he de darte buena salud, y a tu sangre, fuerza y pureza.

 

Si no me encuentras al principio no te descorazones,

Si no estoy en un lugar me hallarás en otro,

En alguna parte te espero.

 

 

La primera y la última impresión que dan estos versos siempre es de fresca y permanente actualidad;  un ciclón se apodera del lector, un ciclón de aquellos, tremebundo,  cuya energía vital lo sacude, así como también su pulsión sexual, su alegría, su desborde, su pretensión omnívora y universal de extenderse a todo, de nombrarlo todo, de reflexionar y de interrogarse sobre todo, con una utilización magistral del verso libre.  Versos que aún leídos en su traducción al español, suenan majestuosos, como una tempestad serena.

La crítica y la historiografía literaria norteamericana se han visto desorientadas siempre por la inclinación sexual de Whitman que tanto le canta al amor por una mujer como a la felicidad de dormir abrazado a un hombre.  Esa discusión se arrastra hasta nuestros días, pero un siglo y medio después, bien podemos decir que carece de sentido la pregunta de si Whitman era heterosexual, homosexual o bisexual.  En su obra campea la más absoluta libertad creativa, y no vacila en confesar su amor por todo y por todos; tal vez sus alusiones sexuales sean fruto de su imaginación omnívora como lo fueron muchos de los episodios que describe: el asesinato de los cuatrocientos doce muchachos,  el viejo combate naval,   las vidas que nunca tuvo  de cazador de osos polares y de focas, de aventurero de las praderas, de esclavo perseguido, de bombero destrozado, o de viejo artillero.

O no. No lo sabemos ni nadie puede afirmarlo con certeza. Lo que sí importa y llega incontaminado por el paso del tiempo es la energía sensual y vital que late en sus páginas, propia de un hombre que no temió decir lo que sentía ni lo que pensaba, ni tampoco a la veracidad o no de lo que relataban sus imágenes, tanto le cantara a la hierba  como al cosmos,  al individuo como a la democracia.

A mí me basta el maravilloso flujo de sus versos, su calidad prosódica tal -en cuanto a pronunciación y  acentuación-, que parecen haber sido escritos para ser arengados más que para ser recitados, y  que haya escrito cosas como ésta:

Camarada esto no es un libro,

          El que lo toca, toca a un hombre


 

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