Cerrenses. Por Joaquín DHoldan


Sugiere la leyenda que somos cerrenses para siempre si nacemos allí, o si de niños nos sentamos en los cañones de la fortaleza a mirar la bahía de Montevideo. También nos transforma en cerrenses salir de pesca atrás de la Isla de Ratas, lugar lleno de fantasmas de las personas que fueron llevadas en cuarentena cuando la peste bubónica.
Plantea una teoría, que el Cerro es un volcán apagado, y que explotan, en cambio, romances, llenos de lava ardiendo de sus habitantes.
Explican los historiadores que a los cerrenses los marcó tener un acorazado alemán hundido en sus costas, y que algunos sueñan con que el Graff Spee, una noche los bombardea desde las profundidades.
Aseguran los parapsicólogos que en ningún otro sitio suceden tantos fenómenos extraños, y que por cada habitante hay un adivino, un fantasma y un cuerpo que no es de este mundo. Ellos afirman que el Cerro es un montículo producido por los desechos de los extraterrestres que excavaron la bahía, construida artificialmente para hacer una pista de aterrizaje para sus naves.
Analizan los geógrafos que tener calles con nombres de ciudades y países es muy bueno para saber que no debe haber fronteras.
Suponen los sociólogos que en ningún otro cerro sin población autóctona, se juntaron gallegos, italianos, polacos, judíos, armenios, turcos, portugueses, lituanos, chinos, africanos, alemanes y personas que ya no recordaban de que lugar provenían.
Reclaman los militantes que se reconozca esa zona como en constante lucha sindical, el paralelo 38, donde los milicos temían cruzar, los carneros eran marcados, jamás se aceptó la traición y se inauguró, allá en lo alto el monumento al Che, cerca de Artigas y en la playa el Memorial de los Desaparecidos, porque allí se celebra la memoria, como una forma más de justicia.
Susurran las vecinas que en el islote del Bizcochero hay un duende, único testigo del asesinato del bizcochero que dio nombre a la pequeña isla.
Describen los poetas que los culos cerrenses son superiores porque son producto de la mezcla de razas y de la marcada pendiente de las calles.
Avisan los skaters que si uno se lanza desde lo alto llega al mar, al campo chico o al muelle público, sin parar.
Mienten (mientras roban), los políticos diciendo que el Cerro Norte está lleno de delincuentes.
Huelen los viajeros cada vez más fuerte las aguas del arroyo Pantanoso, sin saber que nos separa de la ciudad pero nos une para siempre a una dama que sea expuesta a su aroma.
Creo yo, que haber puesto al Cerro en el Escudo Nacional de la República, como símbolo de fuerza, nos condenó a hacernos los fuertes, cuando en realidad tenemos el corazón blandito.

Joaquín Doldán

186 años de la Villa del Cerro


(Obra de Eduardo Labraga)

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