Crónica. El indio Mott

Por Macarena Rueco (*)


Don Juan, como le dice la gente del barrio, mira para arriba. Al fogonazo le sigue el sonido del trueno. Chilla la caldera sobre la hornalla  y él, que nació indio, acomoda el mate.

El lugar donde nos citamos no es su casa, es su refugio. Una casona antigua llena de cosas que la gente le da para vender o que él compra y arregla porque se revuelve. Está jubilado. Ha hecho de todo en la vida, pero una sola cosa hizo todo el tiempo, desde que le enseñaron en la escuela rural de Villa Darwin: escribir.

Además de dos discos editados, tiene casi 500 versos registrados en la Biblioteca Nacional y unos cuantos también en AGADU.

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Juan Carlos Mott nació el 17 de mayo de 1946 en Villa Darwin, una localidad del departamento de Soriano, también conocida como Sacachispas, por donde alguna vez pasó Charles Darwin. Más de 100 años después de aquella visita ilustre en esas tierras nació un indio con apellido anglosajón: Mott.

Todavía era un niño cuando su madre se fue de la casa. De los siete hermanos, cinco varones y dos mujeres, sólo Juan Carlos se quedó con su padre en Villa Darwin.

-Cuando era chico en Soriano teníamos un boliche que funcionaba ahí mismo, en la casa. Me ponían un banquito y yo me quedaba al lado del guitarrero. Luego, cuando empecé a ir a la escuela, escribía las relaciones para el pericón.

Tenía once años y había quedado a cargo de su padre, haciendo sus primeras armas con las letras en una escuela rural a la que luego le dedicaría varios versos.

Recuerdo una palmera que nunca podré olvidar

Está plantada en el predio de mi escuelita rural

Cada vez que agarro un lápiz, empiezo a meditar

Recuerdo ese paisaje de varios años atrás

De cartera, de bolita, de moña y delantal

Recuerdo la campanilla y esa voz -niño a formar-

 

Fragmento de Escuela de Campaña de Juan Carlos Mott.

 

El indio dice que nunca se fue de la escuela. Siempre vuelve. Para pintarla o para entregarle unas rimas y hacer llorar a las maestras.

Dice que empezó a escribir en el año 61 y no paró hasta la fecha.

-Cuando era joven me iba para los cerros con un lápiz y un cuaderno de esos que tenían a Artigas cruzado de brazos en la tapa, escribía mis versos con devoción y los escondía.

En aquel entonces tenía 19 años y trabajaba en Paysandú. Allí lo encontró su padre, luego de haberle perdido la pisada por casi tres años. Juan Carlos se había escapado de su casa.

A los 18 años cantaba tango por las noches en un bar en Paysandú, pero su verdadero anhelo era cantar poesía gaucha de Wenceslao Varela, de Juan Pedro López y de Serafín J. García.

-Cuando cantaba La leyenda del Mojón, que es de Juan Pedro López, quedaban todos como en misa.

El indio no habla, cuenta.

-Yo siempre compré libros.

Sobre la mesa hay montañas de papeles, efectivamente hay muchos libros, revistas en las que ha publicado sus versos, y un par de lentes que usa solo para leer. Tiene 71 años y a pesar de una vida dura de pesado trabajo físico, no los aparenta. Se ríe con ganas y los ojos parecen ocultarse debajo de sus pómulos altos. Cuando habla del pasado mira siempre más allá, como evocando.

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El primer disco que grabó de forma casera fue editado por Sondor, el sello discográfico más antiguo de Uruguay.  El segundo fue editado en la productora del músico uruguayo Néstor Techera, exintegrante de varias agrupaciones musicales y carnavaleras de nuestro país, entre ellas la murga Falta y Resto.

Ahora está juntando “fuerza” para sacar otro disco con canciones que él compone e interpreta. Una de las cosas que más lamenta es no haber estudiado nunca un instrumento. Toca la guitarra de forma autodidacta. Por eso dice que necesita un músico que lo acompañe cuando graba en estudio sus canciones.

El indio tiene cinco hijos, todos “encaminados”, que lo apoyan con sus proyectos. Corrigen sus versos, los pasan en limpio en la computadora y lo ayudan con los trámites para mantener el material registrado.

Juan Carlos Mott, el carpintero, albañil, extrabajador de la represa de El Palmar, y tantos otros oficios más, es por sobre todas las cosas un verso que lo despierta a cualquier hora y no lo deja dormir hasta que lo escribe. Lo importante es que no se escape el primero. Luego vienen los otros versos en tropilla y caen naturalmente, como predestinados a existir.

Al amor deteriorado

Altos, de cráneos voluminosos, pómulos y mentones salientes. Con la nariz larga y delgada y el porte atlético. Cutis bronceado, ojos oscuros y pelo generalmente lacio y negro. Esta descripción de Wikipedia de un indio Chaná podría ser un retrato hablado de Juan Carlos Mott, aunque no lo sea.

-Yo soy indígena. Cuando llegué a Montevideo me pusieron el apodo de “el indio Mott” y me quedó.

Según le contó su padre, los Mott de origen inglés fueron colonos que llegaron navegando por el Río Uruguay y se vincularon a una comunidad de indios chanás acogidos por una familia de apellido Villanueva. Hasta allí llegaron las averiguaciones.

A pesar de que la nación charrúa lo buscó en algún momento para sumarlo a su causa, el indio no quiere vincularse  a ningún movimiento o que de pronto se lo vea como un oportunista. Quizás sean los susurros de sus antepasados, los que le recuerdan que la libertad no es negociable. Vaya uno a saber.

Ahora que está jubilado y tiene más tiempo, ya con los hijos criados, aprovecha para escribir y participar de la organización “Semillas de Humanidad”, que edita una revista con recopilación de varios autores nacionales y colaboraciones de otros países, además de poesía y narrativa infantil y juvenil.

El indio le escribe y le canta sobre todo al amor que, según él, está “muy deteriorado” y a las nuevas generaciones.

-En el año 63 estuve con Horacio Guaraní y me dio un papelito para que fuera a Buenos Aires, pero nunca fui, me quedé en Paysandú.

Esa es la espina, quizás unas de las pocas, que todavía tiene clavada. Se consuela pensando que luego vinieron años difíciles, la dictadura militar, y que tal vez la suerte quiso que se quedara por estos pagos, donde más o menos pudo capear el temporal.

“Las grandes lluvias” del 59 trajeron inundaciones y el primer gobierno colegiado blanco. El Río Negro se salió de su cauce, hubo más de 10.000 personas evacuadas y el término “crisis” se incorporó al lenguaje cotidiano para hablar de lo que estaba pasando en nuestro país por aquel entonces.

***

Ya planté el árbol. Señala una foto donde se lo ve más joven, con su pelo suelto, junto a un enorme Ombú.

-Ahora solo me falta el libro, pero no tengo plata.

Entre los versos que se arremolinan sobre la mesa tiene uno dedicado a ese ombú. Aún está en su versión borrador.

-Así arranco mis versos, con algo de qué agarrarme.

Nación de Bonifacio Natalio Mott y Ecilda Evangelista Acosta. A pesar de que lo crió solo su padre, nunca sintió rencor por la madre. Por el contrario, no perdió contacto y habla de ella con afecto. Murió a los 98 años.

Como hizo con el Ombú, con sus versos el indio quiere dejar algo que no se borre. Una semilla, como la que promete la revista donde publica. Un legado inmaterial para sus hijos.

Nada para sí mismo, nada para ahora. El hoy es el arco, el gesto, el músculo que se tensa. Como una flecha que conecta el pasado con el futuro, para llevar el presente a otro plano, más allá, más lejos.

Porque quizás en el mañana

Cuando ya no cantes más

Alguien repita tus versos

Y de vos se acordarán

 

Que fuiste con tu guitarra

Conociendo pagos y amigos

Y así dejaste tu nombre

Guitarrero peregrino.

 

Fragmento de El Guitarrero de Juan Carlos Mott.

 


(*) Este texto es el trabajo final del Curso de educación permanente “Contar historias: decirlo en una crónica”, de la Facultad de Comunicación de la Universidad de la República, dictado entre setiembre y octubre de 2016 por Carolina Bello.

 

 

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