Cuando Juega Uruguay. Por Luca Raimondo


Se acerca el mundial y es inevitable no enterarse.

La tele y la radio se encargan de montar una cuenta regresiva ineludible, omnipresente. Los hilos se empiezan a tensar entre todos los uruguayos.

Se acerca el mundial y todas las publicidades se vanaglorian de la grandeza celeste, los niños en las escuelas preguntan qué es la patria, cambian figuritas, aquel que venía con ganas aprovecha y se compra la 50 pulgadas, aparecen máscaras de Suárez, del Maestro, Montevideo se llena de autos con banderitas de Uruguay, una mirada cómplice te sorprende en la parada del ómnibus, en la panadería, en cualquier pasillo entre murmullos se escucha “la garra charrúa”, de éste don sacrosanto la gloria merecimos.

Los días corren y se preparan los vendedores de banderas, el INJU anuncia proyecciones en la fachada de la intendencia, la mitad de los periodistas deportivos se suben a largos aviones. Se acerca el mundial y los viejos hablan de nombres olvidados, de grandes proezas en épocas remotas, “era otro fútbol”, otros publican libros. En las calles aparecen pañuelos celestes, remeras celestes, camperas celestes y ponchos celestes, el Uruguay capitalino y el Uruguay profundo se hacen uno.

Llega el mundial y se mezcla todo. Los valores históricos, los próceres que en la lid clamaron por libertad, los próceres inventados por la historia, la mano en el área, los tiempos que fueron mejores, el legado de una nación, el orgullo, el bajo perfil, el gol en la hora, la patria o la tumba, yo juré la bandera, una vez vi al Cebolla en el Buquebús, mi primo conoce a Forlán.

Sin duda junto con las elecciones nacionales, se trata del momento menos racional del Uruguay.

“- Hoy ganamos por goleada

– Cállate nos vas a secar

– Yo me siento de éste lado, ésta silla tiene que estar acá

– Si ganamos me rapo y camino arrodillado desde el centro a carrasco

– Yo voy contigo.”

Toda persona que le gusten los hombres tiene el deber de elegir un favorito de entre el plantel celeste y expresar públicamente su voluntad de poseerlo. Todo aquel que no ve fútbol y no sabe nada, tiene la obligación de discutir fervorosamente sobre los fundamentos del fútbol con cualquier persona, en cualquier lugar. Todo inmigrante será interrogado sobre si hinchará por su país o por Uruguay.

En las radios y los canales de televisión resurgen de un cajón olvidado las canciones-homenaje a la selección uruguaya. La de Jaime, la del Pitufo, la del Canario, la de No Te Va Gustar, la plena que le gustaba al Cebolla, la cumbia que no le gustó a nadie pero igual hay que pasar.

También se hacen entrevistas a todos los grandes gestores de las hazañas históricas, los campeones del 50 de nota en nota, los vemos viejos y abandonados y lamentamos no poder mantenerlos con una pensión que les resuelva la vida, como mantenían los antiguos griegos a sus campeones olímpicos.

Llega el Mundial y el primer partido nos encuentra con la familia, con amigos, con asueto en el trabajo o con el televisor en la oficina. Nos paramos para el himno, nos paramos como nunca y hasta nos quedamos con ganas de cantar la marcha a mi bandera.

Empieza el mundial y el desconocido se tiñe de celeste, interrumpimos su andar ajeno con un “vamo arriba la celeste eh”, los boliches y restaurantes refuerzan el servicio los días de partido y hay como una sensación de que bajó la inseguridad.

Cuando se juegan los partidos la calles quedan vacías, solamente se puede ver alguien pasar apurado porque llega tarde, probablemente escuchando la radio mientras camina casi trotando o infringe el límite de velocidad en el auto.

Cuando Uruguay hace un gol ese silencio inusitado se rompe y nos inflama de entusiasmo sublime, nos abrazamos con los de al lado, gritamos con los vecinos, el que iba en auto toca bocina y se apura para llegar a ver el replay.


 

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