Cuatro poemas. Por Román Bueno

NOCTURNO
La lluvia empezó a martillar las chapas marrones.
Sobre la única cama
hecha de tablas
y casilleros de cerveza
el gurisito calculaba
la distancia
hasta la ventana.
El olor a tierra mojada
dominaba el lugar,
una única habitación
perfectamente desordenada
de juguetes y ropa
y un poco más allá,
también ropa.
La ventana
incrustada por tres o cuatro más herrumbre que clavos
estaba tapizada por un opaco nylon del cual no era posible adivinar el color.
Paredes de costanero y
otra vez chapas
salpicadas por algún porfiado ladrillo.
Las ilusiones alojadas más allá de la senda que limita la esperanza.
La certeza de que todo lo que yace allí afuera
es real;
gallinas y aves de riña,
niños y viejos,
barro y mugre
valores y urgencias
viciados por la necesidad…
Una necesidad con acepción distinta
a la de los políticos
que se preocupan más por cuotas y matices
de urgencias y necesidades de su propio diccionario.
Entonces el gurisito
se levantó con el mismo sigilo que las noches
de tiroteo
y esquivando los charcos a ambos lados de la cama
miró detrás de la ventana
para comprobarlo todo…
VIOLENCIAS
La tarde muy calurosa.
Un revuelo en el barrio.
La Juana se había sarpado.
La sirena se adivinaba entre relinchos, música y algún grito.
El Alberto yacía
igual que alfombra
entre el polvo del rancho
justo al lado
de la botella de vino.
Juana salió caminando
como en procesión
rumbo a lo de Marta.
Juana llevaba una mano ensangrentada
y la otra también.
Los gurises están en la escuela
a salvo de aquella escena macabra.
Pensó en ellos.
Por ellos lo hizo.
Por ella.
Por todos.
Se cansó.
Juana no aguantó más.
Lo abrió al medio
dejando un reguero de tripas en la panza.
El cuchillo
cortó la carne
y segó la vergüenza
de años de golpes recibidos.
Esa intrépida violencia
dio fin
a su violencia.
Alberto yace en un rincón
con las manos teñidas de sangre.
Sólo que esta vez
la sangre
era la suya.
UNA TARDE MÁS
Entre papeles y firmas
colgados por alfileres,
bramidos de teléfono
y tinta desparramada,
transcurre
lenta y pesada
mi tarde.
Vos estarás
a unos cientos de metros
un poco allá en el mapa
desvistiendo tras tus lentes
algún detalle inconcluso,
atajando infamias en proceso,
y dejando escapar una sonrisa
sin maquillaje.
Te imagino y concluyo
que fue una suerte encontrarte;
me disparaste lo extraño
que me hace amontonarte palabras
y dedicarte mi tiempo.
No tiene caso
pensarlo.
Al teléfono le queda
sólo el 8 por ciento,
condición suficiente
para cortar estos versos,
condición necesaria
para instalar más misterio…
CAMINOS
Acompañando la rutina del ómnibus
que rezonga en cada esquina
vengo con mente y alma en blanco
pero fijando la atención en alguna fachada
que le gane al asombro.
La marcha quejosa
de gentes y fierros
dibuja la órbita
que tantas veces he recorrido
cual mapa sin tesoro.
Por extraño que parezca,
a pesar de la confianza de la memoria
en cada parada,
cada viaje es diferente.
Hoy nomás,
así como si nada,
reparé que las distancias
son relativas…
Estoy seguro
que más de alguna vez
nos habremos cruzado
trayendo encima
cansancio,
la ilusión de que mañana,
o el alivio de un viernes,
sólo interrumpidas
por el que vende caramelos.
Creo adivinar
que te habrás reído
cuando encontraste
en el bolsillo invisible
de la cartera
las llaves que misteriosamente
diste por perdidas hace meses;
compartiste el dolor
que nos da ver ese gurisito
descalzo en championes
con agujeros y mocos porfiados;
como también descansaste mil veces
sobre el cristal
la cabeza tan llena y vacía de incertidumbres…
justo igual que hoy.
El boleto terminado en 14
es una coincidencia más
a las que siempre resto importancia.
Y el silencio,
ese al que yo mismo invité
es una señal de resistencia,
o por lo menos
y casi
una declaración de destino.

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