“Disfrutar la epifanía ante el hecho artístico”. Entrevista a Pablo Thiago Rocca, director del Museo Figari

Abrir el abanico para mostrar la riqueza simbólica de los Figari


 Por Mag. Gabriela Cabrera Castromán / Fotografías de Cecilia Serra

Los Figari: Pedro y Juan Carlos. El Museo Figari pone en escena a Pedro Figari y a Juan Carlos Figari Castro, hijo del reconocido pintor. Pedro Figari (1861-1938) es uno de los artistas que integra la iconografía nacional. Fue abogado, escritor, periodista, político y también director interino de la Escuela Nacional de Artes y Oficios.  En 1918, renunció a este cargo y se dedicó a pintar. Juan Carlos, su hijo, (1893-1927) «que era arquitecto, también pintó de muy jovencito con su padre y lo acompañó en importantes emprendimientos, por ejemplo en la reforma de la Escuela de Artes y Oficios, hace cien años», explica Pablo Thiago Rocca, director del Museo.

«Desde que comienzan a pintar, salen juntos y entre los dos encuentran el estilo que ahora está plenamente identificado con Pedro —relata Rocca—. En general, la crítica ha considerado que el hijo había sido un imitador del padre. En cambio, juntos encuentran el estilo característico y juntos hacen su primera exposición en Buenos Aires, en 1921, en la Galería Müller». En esa muestra «vendieron un solo cuadro de Pedro y entonces Juan Carlos se hace a un lado. No deja de pintar, pero sí de exponer y comienza a ser su mánager, de alguna manera, pues quería que se reconociera la obra de su padre».

La vida de los Figari cambió y en la segunda muestra realizada en Buenos Aires vendieron varias obras y luego surgió la oportunidad de viajar a Europa. Juan Carlos, en su nuevo rol, organizó muestras en París, Luxemburgo y en Londres. En 1923, viajaron ellos dos primero y después el resto de la familia.

Juan Carlos enfermó pronto y falleció muy joven (1927). Fue un gran golpe para Pedro que siempre insistió en el importante rol y en lo buen artista que era su hijo. Por ello, el Museo se llama Figari porque también incluye a Juan Carlos y muestra, a través de pinturas y documentos, la obra de los dos.

«El Museo Figari es el más joven del país», explica Rocca. Cuando se creó, en 2009, no tenía acervo propio, pero contaba con el recurso del préstamo de otras instituciones públicas al ser parte del Ministerio de Educación y Cultura. Así, el Museo Histórico Nacional —que había hecho un acuerdo de cesión con María Elena, la hija mayor de Figari padre— transfirió varias obras. Fue el principal componente de este Museo que abrió sus puertas en 2010. En la colección del Figari además hay dieciséis obras cedidas, por diez años, por el Museo Nacional de Artes Visuales, otras que se sumaron por custodia y algunas, también, por adquisición.

 

Pintar la memoria, pintar de memoria. La colección principal, con obras de Pedro Figari, está en la planta baja y no está ordenada cronológicamente porque el pintor rara vez fechó los cuadros. «Una vez conquistado el estilo, no hay diferencias estilísticas que ayuden a distinguir etapas. Hay una etapa formativa sencilla de datar, después hay una segunda etapa y, a partir de 1921, luego de la primera exposición, hasta la fecha de su muerte ya es muy difícil», argumenta Rocca.

La muestra principal del Museo innova periódicamente en función del grado de exposición de las obras. «Cada tanto hacemos una renovación del guion museográfico para destacar una serie. Hacemos pequeños núcleos temáticos y utilizamos también otros criterios. Por ejemplo, una obra que ha estado mucho tiempo en exposición ha tenido una incidencia lumínica mayor y tratamos de cuidarla en ese sentido. Contamos con las herramientas técnicas para medir y tomar las decisiones, porque los aspectos de conservación también juegan».

Figari fue un pintor prolífico y hay muchas obras que están dispersas por el mundo, especialmente en Europa; también cuadros vendidos a particulares ―en Argentina, por ejemplo―. Según menciona Rocca, se estima que Figari pintó, en 15 años, entre 3500 y 4000 cartones. Cómo lo logró es la pregunta ineludible y, entonces, el director explica: «Observando los cuadros y con documentación histórica, se desprende que pintó pocas telas, la inmensa mayoría fue sobre cartón que permite un secado más rápido. No le daba fondo blanco o imprimación, dejaba el cartón crudo para dar unidad tonal, era su técnica, una conquista o hallazgo. Tampoco bocetaba primero y, directamente con el pincel embebido en la paleta, pintaba sobre el cartón. Lo hacía sin mirar un modelo o una fotografía. Tenía una memoria fotográfica. Se había formado para ello».

Figari —según Joseph Vechtas en Estética, arte, pintura— pintó la memoria del Río de la Plata, pues pretendía crear la leyenda. «Pintaba la memoria y lo hacía de memoria», explica Rocca y ejemplifica: «En París y en Buenos Aires pintó sobre danzas que había estudiado mucho y que hacía mucho tiempo que no veía. Pintaba rápido, iban apareciendo las imágenes. Según testimonios, era muy lindo verlo pintar».

A diferencia de Pedro, la colección de obras de Juan Carlos es reducida y en el Museo se muestra reunida en uno de los laterales de la sala principal. Hay armonía y continuidad en los cuadros, hay unidad estética y un estilo indudablemente compartido.

La consolidación del Museo permitió, en 2015, la apertura del primer piso para las colecciones temporarias. Los patios interiores también son espacios destinados a las colecciones ad hoc con curatorías del Museo y externas.  «Hay llamados abiertos para exposiciones de los patios de luz. Son exposiciones para reflexionar sobre la vida y obra de Figari, padre e hijo, con propuestas contemporáneas».

El Figari multifacético que recibe y viaja. Los Figari, padre e hijo, reciben diversos públicos en el Museo. Los extranjeros suelen visitarlo, mayormente, en verano. Es un público que conoce a Figari y no es menor, explica el director. Los uruguayos, por su parte, sin coordinar la visita previamente, suelen entrar para reconocer y admirar el patrimonio nacional. «Al ser un Museo nuevo, conquistar el público montevideano ha sido difícil. No hemos hecho campañas en la vía pública por falta de recursos. Es un camino lento y hemos progresado significativamente. Tanto que en los días del Patrimonio y en la Noche de los Museos, este Museo también explota en público», comenta el director.

Los escolares —un público atendido por todos los museos— asisten con visitas guiadas planificadas por el Área Educativa. «Nos formamos para dar un servicio acorde», acota Rocca.

Además, el equipo del Figari organiza y coordina muestras itinerantes con fotografías y otros objetos que han recorrido el Uruguay. «Desde el hall de la Terminal de Tres Cruces en una semana de Primavera hasta una escuela rural en Paso Centurión [Cerro Largo]. Llevamos banners con fotografía, documentación y texto. Dejamos de lado el fetiche de la obra única para aproximar el Figari multifacético al público». El objetivo, agrega Rocca, es mostrar todas las dimensiones de una figura exuberante, como la de Pedro Figari, y también la de Juan Carlos, que no es no tan conocido: «Vamos tratando de abrir el abanico para difundir esa complejidad».

Accesibilidad y estrategias para la implicación emocional. La accesibilidad «es un debe importante», explica el director. El gran paso fue la instalación de un ascensor, que el edificio no contaba. En la actualidad, se definen reformas que «no son fáciles porque estamos impedidos de algunas cuestiones, ya que es un edificio patrimonial. Es una contradicción», reflexiona Rocca. Y agrega: «La accesibilidad universal es una meta a la que nos proponemos llegar».

En el Figari hay catálogos impresos y digitales de libre acceso, un material de alto valor simbólico que está a disposición de todo el público. No hay audioguías.

Pablo Thiago Rocca: «Disfrutar la epifanía ante el hecho artístico»

Pablo Thiago Rocca es licenciado en comunicación, escritor, investigador y crítico de arte. Admira a Pedro Figari, conoce su obra y la explica con el oficio de quien maneja la palabra. Dice que no es un experto en el pintor, pero convive con su obra que lo acompaña sin aburrirlo, porque «eso es lo que logran los grandes».

Aclara que sin formación ni experiencia en la gestión, lo convocaron para dirigir el Museo por sus conocimientos sobre Pedro Figari, en especial sus investigaciones sobre la etapa del artista como director de la Escuela de Artes y Oficios. Rocca no tiene estudios específicos en arte, pero sí tiene un lugar ganado en el concierto nacional como escritor y crítico. «Me fui formando en teoría de la pintura y artes por mi cuenta y con la guía de los grandes profesores de la Universidad de la República que te ponen en contacto con el conocimiento, te indican los libros».

En el Museo Figari, es director artístico y director ejecutivo, dice Rocca. Se encarga de resaltar ambas figuras y agrega que, como son muy pocos —cinco en total—, «el equipo es todo». A la cabeza de un pequeño y comprometido grupo, el director perfila el Figari como un museo de investigación en el que «se registra todo lo que pasa, como una especie de trazabilidad. Eso nos obliga a realizar publicaciones exahustivas de las muestran que se publican luego en la web para descargar gratuitamente», explica.

Como no podía ser de otra manera, a Rocca le gustan los museos y aclara que, en general, se inclina por los monográficos y los pequeños. También le interesan los museos de sitio, las casas de los artistas y lo vivencial. «Prefiero los museos intimistas, los locales, aquellos que son como casi un gabinete de curiosidades». Y recuerda uno en Corrales, en el sur Chile. Lo describe en detalle y cuenta por qué se interesó y por qué, en el catálogo de tantos museos, lo rememora en particular: «Era un museo chiquito con fotos de terremotos hasta frascos con animales raros. Difícil de hilvanar, pero interesante. Ese tipo de museos, muchas vece, carece de guion museográfico».

Con su bagaje de crítico de arte y sus años en la gestión del Museo, frente a una obra de arte predomina el primero. «Porque antes de ser director del Museo ya era crítico. Siempre voy con un cuaderno para tomar apuntes. Todavía hoy colaboro con la prensa y esas notas son los disparadores, por lo general. Como si fuera a realizar la crítica; es un acercamiento metodológico que me permite el disfrute».

Rocca explica que, como espectador y como crítico, aspira al hecho estético, al encuentro con la obra de arte, él con su bagaje y sus circunstancias. Prescinde de las guías y de la información oral para llegar directamente a lo que el artista quiere decir. «Es una comunión. Disfruto de ese estado, de la epifanía que se produce frente al hecho estético. Los museos uruguayos, no tan concurridos como otros, son espacios proclives a ese vínculo», explica.

Entre las artes, Rocca se inclina por las manifestaciones del siglo XX. «Tengo una sensibilidad un poco antigua ya —dice mientras ríe abiertamente—. Me gustan ciertas expresiones del arte contemporáneo, pero las vanguardias históricas me gustan más. Tengo debilidad por el grabado, por ejemplo. Te digo eso pero al mismo tiempo tengo fascinación por la ilustración de textos. Me gusta más ver una pintura que un video, una escultura que una instalación, en líneas generales».

Pablo Thiago Rocca tiene tres hijas, de 17, 13 y 10 años. Vive en Salinas y procura que el Museo no lo absorba cien por ciento. «La voy llevando y creo que lo hago bien. Pero no hay un momento del día en el que no piense en el Museo, a veces me despierto en la madrugada con un problema que a otros le pueda parecer nimio: una lluvia que pueda afectar los desagües, una curaduría. Y están mis otros proyectos también. No los sé… que los demás lo juzguen, los resultados están a la vista».

Los resultados son una activa producción simbólica de diversas manifestaciones. Entre tantas, su blog Arte Otro en Uruguay («un relevamiento de artistas, al margen del canon») y la reciente curaduría de la muestra de Cabrerita para el Museo Nacional de Artes Visuales. El trabajo sobre Cabrerita —quien «no solo estuvo al margen del canon, sino al margen de la sociedad»— fue realizado en febrero de 2018. Rocca narra con detalle la experiencia, disfruta de los vericuetos de cada historia, del vínculo entre los artistas de aquel Uruguay proclive al desarrollo de las artes. Brinda datos, aporta fechas y explica; lo hace con didáctica de docente, con meticulosidad y voz pausada. Disfruta y se nota.

●●●Qué ver en el Museo Figari

El Museo Figari nuclea pinturas y documentos: cartas, afiches y libros, entre otros. «Todo lo que está relacionado con Pedro y Juan Carlos Figari. En especial con Pedro, que era muy meticuloso y guardó hasta tiques. No tiraba nada», explica el director.

Es un museo joven, monográfico y con intenciones de llegar a ser un reconocido centro cultural. Además de encargarse de preservar obras de carácter histórico de Pedro Figari y de su hijo Juan Carlos, gestiona el Premio Figari que el Banco Central del Uruguay otorga a la trayectoria de los artistas visuales desde 1995.

●●●Dónde está el museo

Juan Carlos Gómez 1427, Ciudad Vieja

●●●Web y redes

Desde la creación, el Figari se ha perfilado como museo de investigación y, por ello, se registran todas las exposiciones con publicaciones exhaustivas de las muestras que se publican en la web institucional para la descarga gratuita. «La comunicación va en ese sentido ―dice el director―. Nos falta, principalmente, el trabajo con los medios. Somos pocos y nos distribuimos».

Además del minucioso trabajo de registro en la web, están en Facebook e Instagram (@museofigari) y también en YouTube con canal propio.

●●●Público/Privado/Costo

Museo público con entrada libre y gratuita. Ver días y horarios de visita en la web.

●●●La tienda y la cafetería del Museo Figari

El museo no tiene cafetería y la tienda se gestiona a través de la Asociación de Amigos. Cuenta con una incipiente colección de souvenirs y se destacan, especialmente, los catálogos y libros editados por el Ministerio de Educación y Cultura para el Museo Figari.

●●●Estacionamiento para bicicletas

El edificio no posee estacionamiento para bicicletas.


 

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