El asado visto desde el hocico canino. Por Catalina Saibene


Se acercaba el fin de semana e intuí que tendríamos visitas.

Las más regulares del hogar son mi hermana y mi cuñado, a los que quiero con locura.

Mi amo estuvo despejando el área de la estufa, acomodando la leña, separando la que iba a dejar usar a Nicolás y la que no, así que confirmé mi teoría: era noche de asado familiar.

En nuestra casa en particular eso puede ser una gran caja de sorpresas porque dependiendo de la energía de los comensales y sus temas a tratar mediante la reunión, será grato o no el resultado de la hazaña.

Si se hace a fuego fuerte, sin escatimar en la cantidad de ramas y troncos a utilizar, avivando las llamas cuando sea necesario y cocinando con paciencia tanto para quienes comen crudo como para quienes comen cocido, todo puede marchar sobre ruedas.

Yo, la verdad que disfruto. Cada pedacito que me convidan, es oro.

A veces también ligo cuando cae un regalo desde la mesa y todos exclaman: “¡no! Justo lo más rico le toca al perro”.

Ta, gracias. También les tengo un cariño enorme.

¿Por qué los perros o mascotas deberían comer ‘feo’ o alimentos de menor calidad? Es absurdo. Nunca lo voy a entender. Aunque si reflexiono un instante, el día que prueben la ración que ingerimos, les doy la razón sin ofrecer resistencia.

Creo que todas las comidas son ricas. Todo lo que cocina mi mamá, mi papá, incluso mi cuña cuando se calza el traje de asador y deja al dueño de casa descansar. Como dicen por ahí “sos un tacho de basura”. Bueno, tampoco para tanto.

Si hay algo que me apasiona de las noches de asado, además de los recortes y el festín que me hago a lo largo de la contienda, es contemplar a los míos.

Porque primero hay alboroto. Todos opinan qué prefieren y cómo, si hay picada o si vienen derecho a los bifes, si hay que esperar que llegue alguno porque se retrasó el partido o el cumpleaños de Juana. Ahí, me mantengo atento a la charla y pido si hay qué pedir, recibo mimos por doquier, mimoseo y también ladro bastante cuando no me dan corte o cuando quieren que deje de hacer lo que más disfruto (después de dormir): mendigar. Y poner cara tierna para conseguir el objetivo deseado.

Luego, cuando ya pasó la etapa inicial de la celebración, queda todo medio quieto, cada uno en su lugar. Algunos ayudando con ensaladas o el acompañamiento elegido para esa jornada. Otros, abriendo las bebidas y sirviéndose intempestivamente como si no hubiera un mañana. Y los demás, mirando el fuego sagrado. Porque lo que une es la chispa, el color naranja en el centro del living llamando la atención. La estufa y sus llamas. El calor concentrado que invita a estar cerca, de ella y entre nosotros. El compartir, las risas, las anécdotas, las visiones de otra gente que nos cae bien y aquella que no lo hace. Lo sucedido en ese día o en el tiempo que pasó desde que no nos vimos cara a cara.

Se sigue valorando el encuentro, el contacto.

Es extraño cuando se corre la bola, ese discurso de que las personas ya no se miran a la cara, no se abrazan, no se confiesan alegrías y tristezas. Yo lo veo todo el tiempo y por más que a veces me duelen los oídos porque mi familia es de sangre italiana, lo agradezco. La intensidad, la pulsión de vivir, las ganas de decir y hacerlo ya; cuando lo sienten. La sinceridad. Si no existe eso en una familia, ¿para qué sacarse una foto y subirla al Instagram?

Eso es estar perdido o desconectado, vaya contradicción en un mundo tan tecnologizado.

En cambio, rescato que los míos, -y quiero creer que unos cuantos más- se observan y se alientan, se corrigen, se toleran y se conocen de punta a punta. Así como ocurre con la parrilla. Para ser un buen asador no se precisan grandes herramientas ni cursos online ni mucha recomendación (o quizás sí al principio). Se necesita conocer el espacio, las normas y reglas del lugar donde se llevará a cabo el famoso asado. Conocer a la gente y sus gustos. Saber aceptar las críticas y comentarios que se expresan cuando hay comida de por medio – y eso ya nos caracteriza bastante como especie-. Estar preparado para que sea un éxito y todos aplaudan, y para que sea un fiasco y algún detalle no salga como lo esperamos.

Sin embargo, siempre hay una chance, una remontada: una oportunidad. Si no es esta vez, ojalá sea la próxima, u otra persona me dé una mano y lo termine asando mejor. Que dicho sea de paso, en mi vida anterior fui experto en cocinar carne vacuna. Será por eso que la primera noche que marqué territorio en esta hermosa casa, le ladré durante horas a la luna.


 

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