El Chuck eléctrico. Sobre Better call Saul

Divagaciones para compartir con quien siga Better call Saul.


Por Martín Lasalt

Las comparaciones con Breaking Bad las pasamos hace muchas millas atrás mientras volvíamos a Albuquerque, pero quizás se pueda decir todavía que son drogas distintas. Lo que ofrece BCS es una experiencia despaciosa, un bienvenido descanso de la velocidad. Tiene un tempo de western y sus personajes, lo quieran o no, son personajes de far west. Este espíritu añoranza romántica de un pasado previo incluso a la tecnología eléctrica está encarnado en el personaje de Charles (Chuck) McGill y su hipersensibilidad al electromagnetismo. Y para mirar a Chuck nada mejor que el lente del útimo capítulo de la temporada 3 (“Farol”). Este capítulo sigue gravitando sobre las acciones de su hermano Jimmy McGill aunque ya haya terminado la temporada 4, y seguramente lo hará hasta el final.

En “Farol” vemos el resplandor final de Chuck McGill, la imagen del abogado brillante y sin fisuras que no conocíamos más que por las referencias de los flashbacks. Presenciar esta imagen rearmada por el Chuck actual es muy poderoso. Hasta ahora habíamos convivido con su versión enferma. Chuck era un tipo temeroso, dependiente, con esa dolencia psicosomática que su hermano Jimmy, para aclarar el tema rápido a los médicos, llamaba “alergia a la electricidad”. Chuck era un despojo, agarrado a sus gestos de superioridad descubiertos todo el tiempo como torpes y conmovedoras formas de defensa: sus caras de orgullo, su teatralidad, las palabras que elegía, su magnanimidad tan fuera de lugar, eran trucos para taparse y que no vieran cuánto se estaba desintegrando. Un personaje que se desintegra es siempre un personaje intersante, y Chuck es muy intersante.

Su hermano Jimmy vuelve a entrar a la casa de Chuck para ver si está bien y descubre que los electrodomésticos están prendidos, el tocadiscos, las luces. No lo puede creer, lo felicita, y sabemos que se alegra genuinamente por él, pero Chuck le pregunta a qué vino. Jimmy dice que lamenta algunas cosas que ha hecho. ¿Remordimientos? Sí. No debe lamentarse, responde Chuck, que deje de intentar ser lo que no es; Jimmy hará siempre el mal, lastimará a la gente y destruirá todo porque esa es su naturaleza. Y le dice casi lo mismo que le se ha dicho a sí mismo sobre su enfermedad: aunque crea y sienta que sí, el remordimiento de Jimmy no es real, del mismo modo que su hipersensibilidad al electromagnetismo no es real. Y para quitarle el peso de intentar ser otra cosa que el arquetipo que él mismo ha decidido que cada uno debe ser, lo toma por los hombros y le dice: “no quiero herir tus sentimientos, pero la verdad es que tu nunca me has importado tanto” (BCS, T3, E10, min25).

Chuck cree que puede cortar los lazos con todos y seguir adelante como si nada, ser un abogado eléctrico sin fallas, ser la imagen que proyectaron siempre él y su ex socio Howard Hamlin. Pero se despierta en la madrugada con dolor, toma sus pastillas, anota en el diario de su tratamiento de resistencia a la electricidad la hora y la duración de la molestia que lo ha despertado. En el diario aparecen las anotaciones de los días previos. En Netflix se puede volver y suspender la imagen para revisar un detalle, como quien lee un libro, y la edición da por hecho que eso es parte del ejercicio de visionado. Si paramos para leer el diario vemos que hay una nota de la hora 15 del día anterior, la tarde de la visita de Jimmy, por un episodio de dolor. En la columna de sensación emocional asociada al malestar pone “irritado” (el resto de las anotaciones son “promedio”, solo esta es distinta), y en la columna de causas pone solo “ambiente”. Las causas de estos estados de la enfermedad son siempre por fuentes eléctricas, y en otros registros anota “ambiente”, porque la fuente es difusa, pero aceptar que estaba irritado la tarde que echó a Jimmy como a un perro y poner como causa al ambiente, es también una forma de decir que no había nadie más en la habitación, como si lo que pasó no hubiera tenido tal importancia. El dolor persiste: lo sucedido no puede asumirlo con la frialdad que intenta, pero Chuck solo buscará una fuente eléctrica que explique su malestar.

De un momento a otro vuelve a ser el hombre enfermo que no soporta la electicidad. Apaga todo pero la sensación no lo deja. Sale y revisa el contador de la corriente: el disco gira, o sea que debe haber algo encendido todavía. Vuelve adentro, desenchufa todos los aparatos. La sensación sigue, y Chuck poco a poco empieza a destruir la casa, sin orden, de una manera dolorosa. No lo hace con la velocidad rabiosa de Gene Hackman en la secuencia final de “La Conversación”, ni con la meticulosidad de Mike Ehrmantraut cuando desarma su camioneta para encontrar un transmisor. Chuck tiene una tenacidad llena de un odio torpe hacia sí mismo. A la vista está: es cierto que el que sabe destruir aun sin quererlo es su hermano, él lo hace mal. Pero persiste. Mientras, la música de todo el montaje remite a los clarines de un condenado. Después de cada intento por encontrar la fuente de esa sensación de malestar vuelve al contador de la corriente y encuentra que el disco todavía gira. Finalmente, después de romper todas las paredes y desarmar todos los aparatos, cuando el contador aún indica un consumo de corriente, destruye el contador con un bate, como debe ser destruido él mismo, porque Chuck McGill es como el contador de la corriente, un aparato fallado que dice que hay algo mal cuando en realidad todo debería estar bien.

Sobre qué ha desatado esta dolencia de Chuck no se sabe nada todavía. Suponemos que pasó cuando su esposa lo dejó, pero de todos modos no parece importante. Sí vemos al inicio del capítulo una escena en la que el Chuck adolescente y el Jimmy niño, están en una carpa improvisada en el jardín, alumbrados por un farol a querosén como el que usa para alumbrarse en su casa. Chuck lee a su hermano menor de manera muy paternal “Las aventuras de Mabel”. En otro episodio (“Mabel”), hablan de este libro: Jimmy creía que se lo había leído su madre y Chuck le recordaba que había sido él. Del mismo modo, cuando la madre muere, lo último que dice es “Jimmy”, pero quien está en ese momento con ella en la habitación del hospital es Chuck. Es como si a pesar de haber sido —según él podría pensar—un agente de cohesión de su familia, o quizás por eso precisamente, se hubiera vuelto invisible. Tan así que se ha pasado la vida haciendo ruido y buscando el reconocimiento que en su casa le faltó mientras que su hermano, Jimmy que los llevó a la ruina, nunca dejó de ser el mimado. En el camino ha disminuido a Jimmy y lo ha invisibilizado, pero ahora también quiere dejarlo por completo fuera de sí. Quisiera no tener puntos en común con Jimmy, pero no consigue librarse de él, ni de sí mismo, ni abrazado a su imagen eléctrica, ni cayendo a su enfermedad ficticia. Al fin, rendido, con el mismo farol que los alumbró en la poca convivencia que se permitieron como hermanos, provoca el incendio que lo mata. Ya le ha pasado la posta a Jimmy, que él cumpla con su destino. Como hermano mayor se ha sentido en la obligación no de proteger a Jimmy del mundo, sino al contrario, proteger al mundo de Jimmy, pero ya no puede hacerlo, Jimmy lo ha vencido.

Durante la 4ta temporada Jimmy hace caso al mandato de su hermano, y lo cumple con mucha seguridad, se vuelve un cínico sin fallas. En una entrevista de trabajo demuestra el desprecio que le genera la gente que no es capaz de protegerse de los embaucadores. Está solo, no hay un Chuck que lo frene. Ese momento de claridad es lo más parecido a un duelo que se lo ve hacer. Sabe que hay algo mal en él, pero no cede a la tentación de una terapia: para cumplir con su destino debe seguir adelante sin detenerse a mirar el pasado. Este abogado berreta, de persistente mal gusto, que a primera vista lo mismo podría ser un político o un pastor televisivo, hace su miserable ascenso o descenso, amparado más que nada por la lástima de su novia Kim Wexler. En el último capítulo de la temporada 4 (“Ganador”), van los dos a la corte para intentar que vuelvan a habilitarlo como abogado. En un pasillo hablan Kim y Jimmy antes de entrar y hay un plano y contraplano en el que se anticipa que ya no hay retorno, que cada uno tiene una naturaleza de la que no podrá evadirse. Detrás de Kim está el pasillo con un retrato antiguo de un abogado, posiblemente un fundador del comité, además de un cuadro con los nombres del directorio: el ambiente es sobrio y es posible pensar que la aspiración última de Kim, más allá de sus flirteos con el delito, es la de creer en las reglas y seguirlas para alcanzar lo que ella llama “hacer el bien”. Por otro lado, detrás de Jimmy, en la misma conversación, ocupando todo el fondo de la imagen, hay una máquina de refrescos y otra de snacks. Esa es la bandera de Jimmy, como un niño descreído de las reglas y fascinado por las recompensas, que parece no entender del todo el mundo de los adultos, aunque lo entiende perfectamente. El personaje de Brad Pitt al final de “Killing them softly”, después de escuchar parte del discurso de asunción de Obama en su primer gobierno, remata a su vez un pequeño discurso propio diciendo al tipo que lo ha contratado: “America is not a country, it´s just a business. Now fucking pay me” (Estados Unidos no es un país, solo es un negocio, ahora por favor pagame). Algo de esta reflexión sobre la democracia y la Ley del Oeste parece repetirse en el final de la temporada 4 de BCS. Recién a la salida de la audiencia Kim es capaz de ver el cinismo y la falta de escrúpulos de Jimmy. En este momento esa vaquera fuerte y compañera que es Kim Wexler nos defrauda más que Jimmy: es verdad, ella no lo había querido ver tal cual es, y su imagen mientras mira a Jimmy alejarse por el pasillo camino hacia su destino parece también la representación de los votantes de un presidente berreta y destructivo.


 

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